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sábado, 17 de enero de 2026

Choque generacional

 

Choque generacional

Asistí a un festival, con canciones rapeando. Me atronaron los oídos, casi terminé llorando.

Quise comprender la letra, me empezó a doler la olla. Entendí frases sueltas, como "tonto" y "gilipollas".

Rapeaban unas chicas, debían de estar sin trabajo. Que todo les daba igual, estar encima o debajo.

Una cosa me extrañó: verlas tan desesperadas. Decían estar más alegres cuando estaban colocadas.

Las canciones tenían de todo: de maría y otras sustancias, de pollas y chupetones, y otras muchas "elegancias".

Mucho de "hijos de puta", de chorizos y ladrones. De unos polvos mágicos, y no sé de qué cojones.

Palabros que en otros tiempos eran como guarradas, ahora son aplaudidos y con furor coreadas.

Si ya no me coloco mirando tías cachondas, se ve que no estoy al loro: ya no cojo ni las ondas.

Mucho ruido, muchas luces encima del escenario. Difícil de asimilar, al ser yo octogenario.

Me vuelvo para mi casa, que allí se está más tranquilo. Prefiero mis viejos discos, que tienen mucho más estilo.

La aparición del río

 

La aparición del río

Era un pueblo tranquilo, nunca pasaba nada. A pesar de tener río, la gente no se bañaba.

Era esa época antigua en la que existía el pudor. Desnudos sentían vergüenza y no tenían bañador.

Nada dura eternamente, todo cambia en esta vida. Se armó una revolución al llegar una atrevida.

Prudencio cogió la burra, no puso ni un aparejo. La guiaba con los pies, montó a pleno pellejo.

La burra sabía el camino, lo tenía muy andado. Solo ver el azadón, se encaminó hacia el prado.

Al pasar cerca del río, creyó estar viendo visiones, Le flojearon las piernas, se hincharon los pantalones.

Tumbada en una toalla, había una chica desnuda. Era una desconocida, y estaba cojonuda.

Con el chichi a medio pelo, con un buen par de tetas. Pensó en una extraterrestre, que venía de otro planeta.

No pudo apartar la vista, estaba hipnotizado. Se olvidó de la burra. Eso lo pagó muy caro.

Una puñetera piedra, justo en medio del camino. Tropezó en ella la burra, lo lanzó contra un espino.

Jurando se levantó, apretándose los puños. Estaba como un Cristo, todo lleno de rasguños.

Su mujer se asustó, al verle en ese estado. Hizo la señal de la cruz, ¿Con quién te has peleado?

La burra es la culpable Porque tuvo un tropezón. Mejor vamos a la cama y me bajas la hinchazón.

No se sabe si hubo cura para aquel gran sofocón, pero hoy evita el río por miedo a otro tropezón.



El Hormiguero Fantastico.

 El Hormiguero

Tenía una mujer que era bastante sosa. Él hacía por cambiarla, pero no funcionaba la cosa.

La besaba en la boca, muy apasionadamente. Era besar a una estatua: se mostraba indiferente.

Con solo dar un besito, él se ponía emocionado. Ella giraba el cuerpo, mirando para otro lado.

Era una estatua de bronce si le tocaba una teta. No se ponía caliente, ni arrimando cebolleta.

Sigue de ella enamorado, no piensa en separación. Lo primero que hace es un cambio de colchón.

Fuera duro o fuera blando, ella siempre respondía: —Hoy me duele la cabeza, lo haré mejor otro día.

Pasan días, pasan meses, lo mismo siempre a diario. Una noche por el campo, ocurre algo extraordinario.

Quizás fuera por la brisa o por el cambio de ambiente. Ella le da medio beso, él la encuentra diferente.

No piensa desperdiciar otra ocasión como esa. Rápido la lanza al suelo, como el león a la presa.

Al empezar la faena, y sin dar explicaciones, ella empezó a moverse a seis mil revoluciones.

Al terminar, ¡le pregunta el motivo de ese cambio!: —¡Casi me dejas capado y sin palanca de cambio!

—Te está bien empleado, otra vez mira primero. ¡No se te ocurra tumbarme encima de un hormiguero!

Desde aquel día el marido, cuando la nota dormida, busca siempre un hormiguero ¡para' darle un poco de vida!



La María y el Jabón

 La María y el Jabón

Cantando estaba María, lavando ropa en el río. Esa ropa remendada, de ella y de su marido.

Con un trozo de jabón, de la grasa del gorrino, que sobraba en la sartén al freír bien el tocino.

Una trucha juguetona dio un salto de improviso. El jabón se le escurrió, se lo llevó el remolino.

Por intentar alcanzarlo, en un acto instintivo, la María se cayó a lo hondo del río.

Un árbol medio caído le vino de maravilla. Aferrada a las ramas, pudo ganar la orilla.

Puso su ropa a secar a la orilla del río. No quería entrar mojada a la casa del marido.

Tener las carnes al aire se consideraba guarro. La María se tapó con un pegote de barro.

Dejó un pequeño agujero, para poder respirar. Pensando también la pobre que tendría que mear.

El marido bajó al río al ver que tardaba tanto. Verla en esas condiciones le produjo un gran espanto.

—María, ¿pero qué pasa? ¡Tienes el "chichi" endurecido! Está duro como roca y el agujero encogido.

—¡Así no podrás ser madre, ni podré darte un hijo! ¡Se te ha quedado más chico que el pitorro de un botijo!

El marido se marchó dando voces por el río: —¡Vaya una suerte la mía, tener el botijo obstruido!

El Burro Galán y el Hechizo.

 El Burro Galán y el Hechizo 

Era un burro muy feo. ¡Qué feo era ese burro! Pero estaba bien dotado del atributo del burro.

Andaba siempre muy triste, el ánimo decaído. El rabo entre las piernas y el aparato encogido.

El pobre estaba virgen, lo tenía sin estrenar. Soñaba con ser más guapo para así poder ligar.

Conoció a una bruja que cobraba muy barato. Al burro, por ser tan feo, ella lo ponía guapo.

Lo transformó en el burro más bonito del lugar, con una sola condición: no podría rebuznar.

—Si llegas a rebuznar no respondo del hechizo: o sigues siendo guapo, o pierdes el chorizo.

No parecía complicado cumplir esa condición; dejar de rebuznar y ser un burro molón.

La bruja no se fiaba de que el burro lo cumpliera. Para despejar las dudas lo probó de esta manera:

Se transformó en la burra más molosa del lugar. El burro empezó a dar saltos y se puso a rebuznar.

Se olvidó que era bruja al ver aquel aparato; pensó que tenía derecho a disfrutarlo un buen rato.

Los dos se sentían felices en medio de aquel alborozo. Se ponen a rebuznar, formando los dos un coro.


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La Máquina y la Moneda

 

La Máquina y la Moneda

Un matrimonio de pueblo, que se quieren divorciar, Es la custodia del hijo, lo que tienen que aclarar.

No se ponen de acuerdo, explican sus razones, Se encuentran ante la juez, dan sus explicaciones.

—Señoría, yo lo parí, sufrí muchos reveses, Tuve una gestación difícil, durante los nueve meses.

Una madre ama al hijo, no lo pienso abandonar. Su padre es un desastre, que no sabe ni labrar.

—Soy un buen labrador, esto no puedo aguantar, Para plantar la semilla, hay mucho que trabajar.

Ella es una tierra mala, dura como la arcilla. Yo me tiré cinco años, para plantar la semilla.

Es como un terreno baldío, muy poco roturado. Hace falta sudar mucho, para enterrar el arado.

—¡Eso es una pura mentira! Tu reja no es buena. No vale para labrar, ni en un terreno de arena.

Además, es muy pequeña, endeble y muy gastada. Echa de gominola, como cuando está chupada.

La juez no es de pueblo, tampoco ha parido. Nada entiende de reja, ni de terreno baldío.

Para dictar la sentencia, la juez está hecha un lío. La juez dictó la sentencia: —No se peleen, señores, que el producto es de la máquina... ¡Y el dueño cobra los valores!


La venganza de María

 La venganza de María

Se casó mediante poderes, sin conocer al marido. Salió muy mal el negocio: un borracho empedernido.

Falló la noche de bodas, esa noche tan deseada. Él bebió como una esponja y no se le enderezaba.

No existía el divorcio, ni remedio para el mes; ideó ella un invento para no tener bebés.

Aguantar a un hombre así no es para tomarlo a broma; lo primero que compró fueron unas bragas de goma.

Él notaba algo extraño, no sabía lo que era: él empujaba hacia dentro, algo empujaba hacia fuera.

A pesar de estar borracho, protestó por la manía: —No me gusta esta postura, la encuentro algo fría.

—Cambiaremos el estilo si no vienes a gatas; si vienes algo sereno, lo haremos a cuatro patas.

Si no llega bien despierto, se va a enterar del asunto; le prepara una sorpresa que lo dejará en su punto.

No se fiaba ni un pelo, por si salía al revés: cogió esa bolsa antigua que calentaba los pies.

Se la puso entre las piernas para darle un escarmiento, con el agua bien hirviendo para que la echara dentro.

Como siempre, llegó ebrio, no se enteraba de nada. Esa noche terminó... ¡Con la pilila escaldada!


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Revolución en la Aldea

 


Revolución en la Aldea

Estrenábamos maestra. Íbamos medio asustados; resultó que era muy guapa y con los labios pintados.

Usaba la falda corta, las curvas muy bien marcadas, se le notaba el orgullo y no tenía barriga.

Zapatos de medio tacón, usaba medias de seda; una cosa nunca vista: vestir de aquella manera.

Las madres cotilleaban: —¡Qué desgracia hemos sufrido! No enseñará a nuestros hijos y altera a cualquier marido.—

Era atractiva y simpática, no conocía la vara; nos hablaba sin gritar y aquello nos extrañaba.

Los chicos todos contentos, las madres muy enfadadas: —Es una señoritinga, no sabe enseñar nada.—

Acostumbrados a ir con maestras anticuadas, queríamos ir a la escuela y con la cara lavada.

Las madres dale que dale: —¡Qué desgracia hemos sufrido! Ahora quiere ir a la escuela el burro de mi marido.—

Revolucionó a los abuelos que no sabían ni un cero; ahora dicen a la abuela: —¡Préstame el lapicero!—

En una aldea atrasada solo cabía esperar que una mujer tan moderna no acabara de encajar.



El Pato de la Discordia

 

El Pato de la Discordia

Son dos buenos cazadores que así pasaban los ratos, pues lo que más disfrutaban era la caza de patos.

Quizás está fuera causa de no ser amigos buenos, pues discutían por verse invadiendo sus terrenos.

Llegó el enfrentamiento por una simple memez: al disparar a una pieza los dos tíos a la vez.

Un perro cobra la presa y se la lleva al patrón; el otro llega deprisa con sofoco y sofocón.

—¡Suelta ese pato ahora mismo! ¡No seas aprovechado! ¡Yo le tenía más cerca, seguro que lo he cazado!

—¡Es mío y no lo suelto, si no atiendes a razones, te vas a llevar de premio patada en los cojones!

Al ir a quitarle el pato le suelta la gran patada; con gritos por el suelo, la cosa queda zanjada.

Conmovido por su llanto se le ablanda el corazón: —Puedes quedarte la pieza... ¡Quizás tenías razón!

Moraleja: No merece un mal amigo ,si no se viene a razones, que es mejor ceder la pieza ¡que una patada ... en los cojones!


La suerte de los chinos

 

La suerte de los chinos

Era la más guapa del pueblo, simpática y resalada; una pandilla de mozos la tenía asediada. Tener tantos pretendientes es para ella un dilema, no sabe a cuál elegir: un verdadero problema.

No puede salir de casa, se siente como una presa; son como perros hambrientos tras el rastro de la pieza.

No puede resistir más, no soporta la presión; se ha armado de gran valor para dar un buen pregón:

—A todos os quiero mucho, no sé cuál es el mejor; haced entre vosotros un torneo y elegiré al vencedor.

Aceptan el desafío, pelean como guerreros; solo quedan dos en pie que resultan ser gemelos.

Ridícula la disputa, desisten de la pelea; se la juegan a los chinos: quien gane, se la queda.

—Como somos tan iguales, ella no lo va a advertir; nos turnamos cada poco, la podemos repartir.

En la primera ocasión se da cuenta del engaño: comprueba que el aparato no tiene el mismo tamaño.

—No sé cuál ganó de los dos, me estáis haciendo un lío. Es mejor vivir los tres y así formamos un trío.

El látigo olvidado

 

El látigo olvidado

En tiempos de Inquisición, época de brujería, condenaban a la mujer por la menor tontería.

Por una cosa muy vana fue una joven castigada: al cruzarse con el cura, le sostuvo la mirada.

Se quejó el buen superior de haber sido tentado por esa mujer de casta y de busto pronunciado.

«Indigno es en la mujer mirar al cura a la cara; para dar un escarmiento, ¡que sea bien castigada!»

«Serás tú el ejecutor, pues eres el ofendido; le darás cien latigazos, que no olvide lo sufrido».

Llevaron a la mujer a una celda muy oscura; la dejaron sin ropajes y entró enseguida el cura.

Se oyen gemidos y gritos, y los que están escuchando se quedan maravillados de la zurra que está dando.

Cuando abrieron la celda, se llevan la gran sorpresa: ella sale entre bailes con una jota aragonesa.

El cura está medio muerto, no puede ni respirar; no entiende qué ha sucedido, ni lo puede explicar.

«Para cumplir el castigo, se usa el látigo de cuero; tú olvidaste la correa... ¡Y encima  sales en cueros!»


El misterio del costurero

 

El misterio del costurero

En un remoto lugar, un domingo en plena misa, se puso una de parto: el niño nació deprisa.

En la pila del bautismo le lavaron al momento, pues era el agua más cercana al lugar del nacimiento.

Pensaron en un milagro que todo iba a cambiar: él sería el elegido que daría la señal.

Se crio muy apartado de los chicos y las chicas; como era tan agraciado, le tacharon de marica.

Le tocó en la Legión el servicio militar. Todos y todas pensaron: «Allí le van a cambiar».

Regresó de hacer la mili, y en algo había cambiado: se dejó crecer la barba, pero seguía afeminado.

Se dedicó a la costura, nadie lo podía creer: maestro en los sostenes y en prendas de la mujer.

Era tan perfeccionista al tomar bien las medidas, que pedía turno el pueblo —una mujer cada día—.

Empezaron a nacer niños sin saber quién los fabrica, pero todos se parecen al perfil del «marica».

Los hombres se mosquearon: «Algo raro está pasando». Las mujeres comentan: «¡Es el tiempo del cambio!».

Murió joven y agotado, dicen que «desnutrido», siempre al pie del trabajo y cumpliendo lo pedido.

Desfiló una multitud mientras le estaban velando: ellos le señalan el dedo, ellas desfilan llorando.

Analizando su historia, el misterio se complica: para unos fue un machote, para otros... un marica.

Los enanos de la Vicenta

 

Los enanos de la Vicenta

Ocurrió la historia en el pueblo, sobre los años cuarenta. Un regalo inesperado que recibió la Vicenta.

Viuda hacía veinte años, era ya una octogenaria, algo apartada del mundo, con una vida solitaria.

No sabía escribir, ni por supuesto leer; sabía cosas del campo y una miaja de coser.

No recibía pensión, pues entonces no existía; cultivaba algo en el huerto, comía lo que podía.

Los hijos y los nietos todos habían emigrado. Un nieto fue a visitarla cargado con un regalo.

Era una radio enorme con dos buenos altavoces; al estar un poco sorda, para que oyera las voces.

Aprovechó que la abuela fue a ver a la vecina; para darle una sorpresa, se la instaló en la cocina.

Al regresar la anciana, oyó que estaban hablando; salió a pedir auxilio, ¡pensó que estaban robando!

Se reunió medio pueblo, nadie se atrevió a entrar, hasta que llegó Aniceto, el más bruto del lugar.

Entró armado con un hacha, esa era su costumbre; rompió la radio en pedazos, después los echó a la lumbre.

—Podéis entrar sin temor, que todo está arreglado: me cargué a los enanos y después los he quemado.

Con su Propia Medicina.


Cuarenta años de casados ya no se pueden ni ver; hay intereses de por medio y no se quieren perder.

En situación tan extrema buscan cualquier desperfecto, con tal de librarse el uno del otro y hacer el crimen perfecto.

Como él ya está jubilado, se le ocurre una traición: va al campo a buscar setas con la peor intención.

Él las conoce de sobra, sabe cuál puede comer; es una trampa ideal para matar a su mujer.

Poco ducho en la cocina, no sabe nada de nada, pero le dice a su esposa: —"Están ricas rebozadas".

—"Ten cuidado al cocinarlas, que esta es una seta fina; para apreciar bien su gusto pásala solo por harina".

—"Esta otra es diferente, resulta un poco más sosa; si la rebozas con huevo te quedará más sabrosa".

Con este sencillo truco cree que ya está salvado: distinguirá las venenosas por el tipo de rebozado.

Pero ella, que desconfía, viendo el plan que se ha inventado, por llevarle la contraria les cambió el rebozado.

Engañar a una mujer es tarea complicada; él estiró la pata pronto con la seta envenenada.

Nunca fue ella acusada de malvada ni asesina; él murió por gilipollas con su propia medicina.

Un tacaño en el entierro

 

Un tacaño en el entierro

Era un viejo muy tacaño con el puño bien cerrado, no quería que su mujer disfrutara lo ahorrado.

Antes de morir el hombre le dijo: —"Escucha, mujer, todo el dinero que tengo al hoyo me lo he de traer".

—"Júrame por lo que quieras que al cerrar el ataúd, metes todos mis millones donde no haya ni una luz".

Ella, que era muy lista, le dijo: —"No sufras, marido, que te irás con tus pesetas aunque ya estés fallecido".

Llegó el día del entierro, la caja estaba ya ahí, y la viuda puso un sobre antes de decirle "así".

Una amiga le decía: —"¡Pero tú estás tonta o qué! ¿Le has dado todo el dinero para que no vuelva a pie?"

La viuda, con mucha guasa, le contestó muy sincera: —"Yo soy mujer de palabra y no soy una cualquiera".

—"He contado los billetes, las joyas y hasta el parqué, lo he ingresado en mi cuenta... ¡Y le he firmado un cheque!"

—"Si en el otro barrio quiere comprarse algún capricho, que baje hasta la oficina y que cobre lo que he dicho.

El milagro de la salchicha

 

El milagro de la salchicha

Condenado por el Rey, sumido en la desdicha, le acusan de que a la Reina le gustaba su salchicha.

Cosa tan insoportable el Rey no pudo tolerar; decidió cortarle el miembro: ¡que no vuelva a pasar!

Mensajeros por el reino anuncian el escarmiento, pues quiere el Rey que su pueblo conozca el acontecimiento.

Llegado el día marcado, la plaza está que revienta; entradas por las nubes y funciona la reventa.

Se cruzan mil apuestas de lo que pueda pasar: si cortarán los testículos y cuánto podrán pesar.

Le dejan en pelotas, sin hacer un rasurado; no caerá solo el miembro, irá bien acompañado.

Lo suben al patíbulo, un tronco ponen debajo, mas no encuentran el objetivo para cortarlo de un tajo.

Un silencio sepulcral, la gente queda sin habla: no encuentran lo que buscan, ¡es más liso que una tabla!

El tipo es un portento, la situación la aguanta: metió el miembro en la tripa y los huevos en la garganta.

Imposible castigarle, no encuentran el motivo; le había entrenado un Buda y se libró del castigo.

El Rey, muy avergonzado ante tal situación, no tiene más remedio que otorgar el perdón.

Para el Rey fue un alivio, para la Reina una dicha: ya no sería juzgada... ¡Por gozar de la salchicha!

La Frustración de la Viuda.

 

Veinte años lleva viuda, está muy desesperada; le gustaría recordar algo de cuando estuvo casada.

Recuerda bien a su esposo, aunque era un "puñetero": recogía muchos trastos y los guardaba en el trastero.

Cansada de tanto bulto, se pone a hacer la limpieza; ve una lámpara extraña y de una sola pieza.

Está toda oxidada, parece de varios siglos; por ver si es interesante, decide sacarle brillo.

La mujer frota que frota y no deja de frotar; al genio que estaba dentro lo consigue despertar.

—Date prisa en pedir algo, ¡que casi me muerde el deseo! No te enrolles al pedir, que solo concedo un deseo.

—No quiero abusar de ti, deseo algo modesto: ¡Convierte a mi perro fiel en un joven muy apuesto!

—Deseo concedido, será tu esclavo y amado; es un buen carpintero y sabe clavar el clavo.

La viuda se volvió loca al ver su cuerpo de atleta: «Seguro que está en forma y siempre llega a la meta».

Pero al mirar "la herramienta", ve una pieza obsoleta; ese martillo no clava ni una simple chincheta.

El joven soltó una risa, ella casi se desmaya; él le recuerda aquel día que le hizo una canallada:

—Solo tuviste un deseo, ¿no te has parado a pensar? Que cuando yo era perro... ¡Me llevaste a castrar!

El Avispero Tierno

 


El Avispero Tierno

¡¡Levanta el culo del sofá!! No seas tan marrullero, te llevo un año diciendo que tapes un agujero.

Sigues ahí tan pancho, ni te has dignado a mirar. ¿Necesitas material para poderlo tapar?

De noche ni lo ves, de día te da miedo; solo cerveza y sofá, y encima tirando pedos.

—Sabes que las avispas a mí me dan mucho miedo; esa pared es muy vieja, tiene muchos agujeros.

—Tiene tantos agujeros que no doy con el exacto. —¡Saca la chorra y los meas! Lo encontrarás en el acto.

Obedeciendo las órdenes, meó contra la pared; salió todo un avispero, le picaron más de diez.

Su miembro, una morcilla, no lo podía esconder; lo agarró con las dos manos, se lo enseñó a la mujer.

Sus ojos desorbitados, la mente se le nubló; no lo podía creer, por eso se desmayó.

Recuperada del susto, ella hincó la rodilla; estaba dispuesta a catar ese tipo de morcilla.

No sabía que las avispas elaboran tal morcilla, pero esta sabía a miel: ¡era una maravilla!

Le prohibió ir al médico, dijo que era pasajero, que no matara a las avispas... ¡Y tapará otro agujero!


Falta de Material.

Llevan poco de novios, los dos se encuentran a gusto, pasan a segunda fase: se interesan por sus gustos.

El hablar de casamiento es un poco complicado: ella quiere por la iglesia, él prefiere por juzgado.

"Me gusta por la iglesia, es la cosa más normal; pero antes de casarse... ¡Hay que ver el material!"

"Eso era antiguamente, ahora es más natural: si una cosa no te gusta, se devuelve el material".

"Esa idea que tú tienes no me deja convencida; mejor vamos a la cama y te tomo la medida".

Al catre fue a remolque, eso la hizo dudar; él apagó pronto la luz sin llegarse a desnudar.

Él, para disimular, se soltaba muchos pedos; ella esperaba una cuarta... ¡Y eran solo cuatro dedos!

Aquí termina la historia de María y de Gregorio: faltaba mucho material para llegar al casorio.

Lady: Una historia de adopción

 

Lady: Una historia de adopción

Hola, mi nombre es Lady, una perrita adoptada. No sé si tengo hermanos, porque fui abandonada.

Llegó un ángel del cielo que me libró de una jaula; ese ángel salvador tiene el nombre de Paula.

Me adoptó una familia amante de los animales; soy feliz con todos ellos, se terminaron mis males.

Para los que me conocen, soy una pura delicia; reparto amor a raudales a todo el que me acaricia.

No tengo pedigrí, no soy de raza pura; soy una perra bonita que rebosa de ternura.

Amo a todo el mundo, niños y jóvenes, seres de mediana edad y adoro a los abuelos.

Cada uno en esta vida disfruta a su manera; yo disfruto con los míos organizando carreras.

Antes de comprar un perro, lo que se debe pensar: que no es un simple peluche que se puede abandonar.

Si la vida de un perrito tú la quieres cambiar, ¡valora la adopción!, no necesitas comprar.

Cicatrices de la Infancia

 

Cicatrices de la Infancia

El niño nació pobre, con él nadie jugaba. Al llegar el invierno, ese niño cojeaba.

No lo llevan al médico al llegar el verano; el niño andaba descalzo y corría como un gamo.

Al preguntarle al padre, este siempre respondía que, con la llegada del frío, una pierna le encogía.

Así pasó su niñez, toda llena de complejos, vistiendo ropas usadas, calzando zapatos viejos.

Pasaron los años; a muy temprana edad, emigró del pueblo, se fue a la ciudad.

Trabajando en varios oficios pudo ahorrar algún dinero y conseguir su ilusión: comprarse zapatos nuevos.

Al regresar al pueblo, alguna chica se marea; está la mar de guapo y, encima, ya no cojea.

Al referirse a su cambio, él se muestra muy ufano: "Ahora no uso zapatos que eran de segunda mano".


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viernes, 16 de enero de 2026

La deuda del vecino

 






La deuda del vecino

Va a visitar a un amigo, no está en casa ese día. Lo recibe la mujer con un simple picardías.

Imposible no fijarse en cómo está la nena. Tiene un cuerpo de cine, la tía está muy buena.

Le invita a un café, seguido de una copa. Se sienta, cruza las piernas y no se cambia de ropa.

Él iba a ver al amigo por una causa pendiente. Se olvida del asunto y se la nubla la mente.

Le recuerda a Sharon con ese cruce de pierna. No puede resistir más, se le hincha la entrepierna.

—Sé que eres muy decente, te considero una amiga. Necesito deshinchar el pavo y yo te lo pagaría.

—Eres un tío muy majo, yo no soy una muerta. El tomar la decisión dependerá de la oferta.

Cinco mil pavos la oferta. Ella tira las picardías. —Por esa oferta ofrecida puedes venir todos los días.

La mujer queda contenta, le dice al poco rato: —Puedes llegar a los cinco y te saldrá más barato.

—Estos son los más baratos que puedo echar en la vida. Juego con tu marido y nos tocó la lotería.


La factura y la penumbra

Estas subidas de luz me resultan una locura; no enciendo ni una bombilla, ¡prefiero mear a oscuras!

A tientas me levanté, las paredes iba palpando; la gota quería salir, pero yo seguí aguantando.

Entre tanta oscuridad andaba desorientado, no encontraba bien el baño y me iba para otro lado.

Al llegar a la cocina decidí darme la vuelta, tropecé con la banqueta y choqué contra la puerta.

Atontado por el golpe caí frito en el pasillo; para colmo de mi suerte, di de frente en el bordillo.

Al fin di con el lavabo y, para no mear fuera, apunté al hueco más grande: ¡meé en toda la bañera!

De regreso al dormitorio tropecé con la mesilla, me di con el cabecero y me partí la barbilla.

Ya no salgo de la cama, me he buscado un artificio: ato el pito a una manguera ¡que me llega hasta el servicio!

Estas subidas de luz, con pensiones reducidas, son el caldo de cultivo que provoca mil caídas.

Mejor estaba en el pueblo, donde no había bombillas y al levantarme a mear... ¡Encendía unas cerillas!


Fuego en el Pezón

Fuego en el Pezón

La chica, desesperada, está llora que te llora; el novio se arrepintió poco antes de la boda.

Ella está desesperada; más, con lo guapo que es, está de muy mala leche: todo le salió al revés.

Le cuenta a una amiga el trance que está pasando: —Se pasa mucho peor cuando te estás divorciando.

—Eres una tía estupenda, hay muchos hombres solteros; muchas veces es mejor el segundo que el primero.

Lo mejor es ir al bar y olvidar con el alcohol, o fumarse algunos porros para sentirse mejor.

Infinidad de recuerdos se agolpan en su mente; sin saber bien el porqué, pega un grito de repente.

—No puedo ya olvidarlo, es un pedazo de cabrón; siento ahora mismo que me arde el corazón.

—Procura tranquilizarte, es que eres muy inquieta; ¡un porro no se enciende en el pezón de la teta!

(Cómo Emilia recuperó la alegría)

 (Cómo Emilia recuperó la alegría)


Era el marido de Emilia, un tipo de mucho fuste, trabajador y honrado... ¡Un hombre de los de ajuste!

Pero en esta perra vida la alegría es un momento, y al pobre se le pusieron los huevos de aditamento.

Cumplía bien en el catre con la parienta gozosa, pero el bicho de la muerte le enfrió la "poderosa".

A la hora del cocido apartaba hasta el jamón, y lo mismo le pasaba debajo del edredón.

Viendo que aquello no izaba y que la cosa iba a menos, se infló a pastillas azules como si fueran caramelos.

La "herramienta" funcionaba tiesa como una estaca, pero de tanto darle al muelle le dio un viaje la "paca".

"Me voy al cielo, parienta, pero te mando un consuelo, una señal de mi parte que te quite hasta el duelo".

Fue la viuda al camposanto una tarde de tormenta, y vio que sobre la tumba algo gordo se presenta.

Brotaban como sarmientos unos falos de cuidado, que al mirarlos de cerquita... ¡Eran hongos sazonados!

¡Ay, marido de mi alma, que hasta muerto das placer! Son semillas de tu nabo... ¡y me las voy a comer!

Se pegó tal atracón de boletus y de "palos", que la viuda por la gracia... ¡Parió un hijo sin pecados!

Espejismos de Ayuda

 Espejismos de Ayuda

Hace tiempo que no nos vemos, mi querido amigo Amaro; te veo feliz y contento con esa mujer al lado.

—Aquí vamos aguantando, buscando alguna alegría; unas veces por la noche, otras veces por el día.

—Seguro que esa mujer posee un buen patrimonio; la veo bastante fea, sería un gran matrimonio.

—No hables sin tener idea, la verdad no se adivina. Ella se está rescatando de la maldita cocaína.

Antes era una modelo que me llegó a enamorar; ahora la estoy ayudando, se tiene que recuperar.

En el mundo en que vivimos hace falta la empatía; uno se siente orgulloso al salvar una vida.

Tú, que te encuentras soltero, también lo podrías hacer; te sentirías dichoso al salvar a una mujer.

—Para mí eso es un problema, yo siempre vivo del ocio; meterme en esos líos perjudica mi negocio.

Trato con muchas mujeres, es un oficio que mola; yo soy el "buen" camello que les vende la droga.



La culpa fue del padre

 La culpa fue del padre

El niño vivió unos años un poquito acomplejado: no tenía el cráneo redondo, estaba un poco abollado.

Se dejó el cabello largo, una melena abultada; con ese pelo a lo afro todo se disimulaba.

Llegó la época jipi, esa fue su etapa buena; estaba a la última moda y ligaba con su melena.

Nada dura eternamente, llegó el servicio militar; no admiten esa melena, se la tiene que rapar.

Al pasar por la revista, sin decirle lo que pasa, rápido le dan la baja y lo mandan para casa.

Le pregunta así a su madre, que le diga con certeza: —¿Me sacaron con los fórceps y eso abolló mi cabeza?

—Tú naciste normalmente, te lo afirmo con certeza; fue la culpa de tu padre quien abolló tu cabeza.

Cerca de tu nacimiento mi tripa le motivaba; cuando me hacía el amor, apretaba y apretaba.

Lo hacía todos los días sin ninguna delicadeza; como la tiene muy larga, rebotaba en tu cabeza.

—No sé si me estás mintiendo o me estás contando un bulo; ¡no lo quiero ni pensar si llego a venir de culo!


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Ejemplos con el Chisquero.


Un nieto pide al abuelo que le explique, por favor, cómo era en otros tiempos su manera de dar amor.

El viejo queda atrapado como en un atolladero, se echa la mano al bolsillo y le enseña su mechero.

—Con este antiguo encendedor lo podrás bien entender: así hacíamos el amor, el hombre y la mujer.

Según las instrucciones, lo que se hace primero es, con mucho cariño, meter mecha en el agujero.

Cuando ya llega hasta el tope, la cosa se encuentra lista: das unos cuantos meneos y pronto salta la chispa.

Enciendes el cigarrillo y, mientras lo vas fumando, la mecha se va escondiendo y se termina apagando.

Para que esa mecha dure hay que tener gran cuidado, para no llegar a viejo y encontrarse "des mechado".

Entonces salta la abuela: —¡Estás viejo por fumar! Te falta la mecha y piedra y ya no puedes chispear.

Los nietos de estos tiempos lo tienen mucho mejor: les enseñan en la escuela cómo se hace el amor.

Costumbres que se perdieron, viejas formas de amar... ¡Ahora hay cosas modernas con las que puedes chis car!

La caída del burro (Versión Rústica)

 La caída del burro (Versión Rústica)

Me la topé en el camino, llorando la desdichada; el burro la había tirado, quedó toda magullada.

La mujer, en aquel tiempo, de medio lado, montaba; lo fácil era ir al suelo si el bicho se tropezaba.

Con el tobillo torcido, berreando sin parar, me presté yo de buen grado pa ayudarla a levantar.

—"Abre las piernas, muchacha, y agarra bien esa brida; que si no cambias el modo, te pegas otra caída".

Cuando su padre la vio, que era un viejo bien cazurro, arremetió contra mí por la caída del burro.

—"¡Me la traes hecha unos zorros, con el cuerpo averiado! ¡Tú le has tentado las carnes, tú me la has deshonrado!"

—"Como esto acabe en desgracia, te vas a cagar del susto: te corto los aparejos y me quedo tan a gusto".

Me hizo jurar ante el cielo que yo no la había tocado, que subió al bicho ella sola y el honor seguía guardado.

Vinieron la madre y ella, aplacaron al cazurro: —"Que el muchacho es buena gente, que la culpa es solo del burro".

¡Padres malagradecidos, siempre con la mosca en la oreja! Te buscas un buen pesebre... ¡Y te quedas sin la oveja!


La Caida del Burro




Regresaba de la huerta, Tan alegre y cantando. Se produjo la tragedia y me la encontré llorando.

 La encontré por el camino, llorando, desconsolada; el burro la había tirado, se encontraba magullada.

La mujer, en esos tiempos, de lado,
siempre montaba; lo normal era caer al suelo si el burro se tropezaba.

Con el tobillo torcido no dejaba de llorar; me ofrecí como voluntario para ayudarla a montar.

—Monta con piernas abiertas, asegura bien la brida; si no cambias la postura, habrá pronto otra caída.

Cuando su padre la vio, que era bastante cazurro, rápido me culpó a mí de su caída del burro.

—Me la traes hecha polvo, con el cuerpo magullado; le habrás tocado las tetas, ¡seguro la has deshonrado!

Como esto termine mal, te vas a cagar del susto; te cortaré los huevos y me quedaré tan a gusto.

Me obligó entonces a jurar que no la había tocado, que subió ella sola al burro y no la había deshonrado.

Regresaron hija y madre, convencieron al cazurro: que yo era un buen rapaz y la culpa fue del burro.

Padres poco agradecidos, siempre estaban con la mosca; te metías en un lío... ¡Y sin comer una rosca!



La sombra del orgullo

 

La sombra del orgullo

La familia la agobiaba, le impidió seguir conmigo. Yo me quedé destrozado, sin consuelo y sin camino.

Herido en mi propio orgullo, no supe reflexionar. Me marché a trabajar lejos, para poderme olvidar.

Así pasaron dos años, sin dar señales de vida. Ya no pude aguantar más: quise saber de su vida.

Ella ya tenía novio, pero dijo que me amaba. Si una promesa le hacía, al momento lo dejaba.

Su propuesta me asustó, no quise nada prometer. Y desde aquel triste día, no la he vuelto a ver.

Su boca era tan hermosa, sus labios yo los endulzaba. Con un terrón de azúcar, y después los besaba.

En mi recuerdo se quedan esos besos especiales. No los volví a repetir, fueron besos inmortales.

Es de esos viejos amores que no logras olvidar. Le echas la culpa al destino, sin saber ya qué pensar.

Espero verla algún día, para pedirle perdón. Ella fue buena conmigo; yo, un poco cabezón.

Eran tiempos muy oscuros, una época muy dura. La familia interfería, si no estabas a su altura.

Esos amores se marchan como billetes perdidos. Quien logre encontrarlos luego, ¡qué gran suerte ha tenido!

Entre el Pecado y el Altar


Entre el Pecado y el Altar

Católica es la mujer, él pasa de religiones; prefiere siempre aquel bar que tragarse los sermones.

Cuando ella marcha a la misa, él se va a tomar sus vinos, con buenos aperitivos, ¡mejor si son langostinos!

También le vale panceta, que por tener tanta grasa, le suaviza la garganta y el vino mucho mejor pasa.

En cambio, allá en la iglesia, ni hay vino ni aperitivos; solo rezos y sermones... ¡Y piden hasta donativos!

La mujer le recrimina: «¿Qué sacas tú de aquel bar?». —«Allí me pongo muy alegre y no tengo que rezar».

«¿Y qué sacas tú —él dice— de tanto rezo y sermón? Tendrás pecados muy gordos y querrás la absolución».

Un día regresa a casa a una hora inesperada, y la encuentra allí en la cama con un joven acostada.

—«Si estos son tus pecados, de nada vale rezar; estos cuernos son pesados, difíciles de llevar».

—«Me lo vas a perdonar... ¡No seas tan calzonazos! Él me vendió una Biblia y la pago... ¡A puros plazos!»

_ Vaya biblia tan costosa._ para librarte del infierno, Si tardas mucho en pagarla¡Yo no podre con los cuernos!

La Jefa y el Pardillo

 La Jefa y el Pardillo

Ella, mi jefa maciza; yo, inmaduro veinteañero. Me ponía muy caliente, no se cortaba ni un pelo.

Casada hacía diez años con un marido ya enfermo; siempre andaba repitiendo: «Yo me casé con un muermo».

Ante tal insinuación, yo nunca me terminaba. Era un cándido pardillo y ella me impresionaba.

Cuando me pillaba solo, aquello era un martirio: me abrazaba por la espalda y me buscaba el pitillo.

Al tocarme me decía: «Te noto muy asustado. Seguro que todavía no la has estrenado».

Yo la miraba a hurtadillas, ¡tanta carne yo veía! En vez de ponerse gorda, la ropa se le encogía.

Con veinte años, entonces, poco había yo "mojado"; con las ganas por las nubes, pero sin haber toreado.

Tuve que salir corriendo de esa tía pechugona, y para no dejar rastro, hasta cambié de patrona.

El acoso femenino poco se ha contemplado; aunque existe en su medida, casi nunca es denunciado.



El Sermón y el Porno.

 


Hizo la comunión, no asistía a misa; era un poco inquieto, se lo tomaba a risa.

Un día, estando sereno, se le ocurrió pensar que ya pasó mucho tiempo y se debía confesar.

Le dice al cura que peca, que quizás sea un trastorno: se encierra en su habitación todo el día viendo porno.

—Hijo mío, eso es grave, no te debes encerrar; eres joven, estás sano, sal a la calle a jugar.

—No tengo amigos, ni tampoco tengo amigas; con los jóvenes de ahora nunca hago buenas migas.

Me gustaría haber nacido en la época del abuelo; él siempre está contando que tenía muchos juegos.

—Sobre todo de casado, lo pasó como un enano; es lo que dice mi padre: ¡tiene catorce hermanos!

—Si leyeras la Biblia, se curaría el trastorno; cambiarías de opinión, dejarías de ver porno.

—No estoy muy de acuerdo, ustedes la han leído; hay curas pedófilos... de poco les ha valido.