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domingo, 25 de enero de 2026

El Descanso del Guerrero


 

El Descanso del Guerrero

Cariño, vamos a vivir juntos, y me gustaría saber: si prefieres el día o la noche o dónde te suele apetecer.

Yo no tengo horas fijas ni lugar especificado; cuando me da de repente, me quedo en cualquier lado.

Si me duele la cabeza, me tomo una aspirina; aprovecho la ocasión y me vale la cocina.

Si tengo muy poco tiempo, aprovecho la ocasión: lo hago encima de la mesa o mejor en el sillón.

No lo puedo remediar, es casi como un vicio; el momento que más uso es cuando voy al servicio.

Una vez me emborraché y se me hizo de noche; como no podía conducir, allí aproveché... en el coche.

No te preocupes por eso, que te sirva de consuelo: infinidad de veces me he quedado por el suelo.

Soy un tipo polivalente, puedo hasta estar encogido; me vale cualquier lugar para quedarme dormido.

Así que no te extrañes, si me ves por la casa tirado, que no es pasión ni locura... ¡Es que estoy muy reventado!

El Valor del Pan.


 Me acabo de enterar de que soy un tonto del bolo, y todo debe ser por comer el pan tan solo.

No quedé tonto del todo, pues a veces lo mojaba; con un chorrito de agua el pan se me ablandaba.

Si pillaba algo de vino, mojarlo era una fiesta; me ponía muy alegre y dormía una buena siesta.

Con un poco de tocino a veces yo lo untaba, otro método sencillo que el hambre me calmaba.

No hablo del pan de trigo, yo comía el de centeno; cuando se tiene hambre, cualquier pan está muy bueno.

Me vienen a la memoria todos mis antepasados, ¿sería por comer pan el estar tan atrasados?

Pido hoy a la Academia que elimine ese refrán, ese que dice que es tonto quien se alimenta de pan.

Yo valoro mucho el pan, que a veces ni lo tenía; aunque me quedara tonto... ¡Seguro lo comería!

Hoy bendigo yo ese pan, el que a mis padres crio, que si tonto me ha dejado, el corazón me llenó.

El Sentenciado a Palmar

El Sentenciado

Levantándose temprano, tras mil horas de labor, se encuentra desmejorado, perdiendo todo el vigor.

La cosa es para preocuparse, se siente ya muy pachucho; pide hacerse un chequeo: "así no aguanto yo mucho".

Sus sospechas se confirman, sin margen, para la duda; el médico le sentencia: "la muerte ya le saluda".

Con el diagnóstico en mano, sabiendo lo que va a durar, le dice a su mujer: "las tengo que aprovechar".

—Lo que tú quieras, cariño, ¡qué noticia tan horrible! Haremos el amor a tope, lo más que nos sea posible.

—Es tu última voluntad, será atroche y  moche; aprovechemos el domingo: mañana, tarde y la noche.

Todo el domingo de fiesta, sin comer ni descansar; la mujer está agotada, el lunes debe trabajar.

Tras varios viajes seguidos, a las cinco de la mañana, la vuelve a despertar diciendo que tiene gana.

—¡Marido, ya está bien! ¡Déjame ya descansar! Tú te estás aprovechando... ¡Porque no te has de levantar!

Viendo tu gran energía y este ímpetu tan fiero, me da que el de la consulta no es médico... ¡Es un embustero!

Retazos de Aldea


 Retazos de Aldea

A esa familia asquerosa, ni la ayudes, ni le hables, ni te acerques a sus hijos, que son igual que los padres.

Eso pasaba en mi aldea, sin saber por qué ocurría; nunca le hablé a aquella chica, aunque yo la quería.

Encontré un lazo suyo, le di vueltas sin razón; al ir a devolvérselo, ¡ella me llamó ladrón!

Tan grave fue la deshonra, que no la pude pasar; la busqué cuando iba sola para poderla zurrar.

U A n día lo conseguí, ella terminó llorando; pidió perdón entre lágrimas y terminé perdonando.

Nació así nuestra amistad, jugando siempre a luchar; ella se dejaba el triunfo y nos fuimos a besar.

Emigré joven del pueblo, había mil necesidades; se acabaron las peleas, odios, amor y amistades.

Hoy, que ya somos abuelos, la reté a una pelea; no la quiso aceptar, dice que está vieja y fea.

«Ganarías como antes, yo terminaría debajo; ¡mi marido y tu mujer nos mandarían al carajo!».

Más hoy guardo su secreto, pues ella ya se marchó; se llevó nuestras peleas y el alma me arrebató.

Cuarenta años de paciencia


 

Cuarenta años de paciencia

Cuarenta años de casado, pobre hombre, ahí aguantando; su mujer es un desastre, sobre todo cocinando.

Se compra todas las revistas que traigan una receta, pero no sabe freír ni un trocito de panceta.

Sigue por televisión los programas de cocina, pero si hace una sopa... ¡le echa caldo de gallina!

Dice que el Arguiñano cocina de maravilla, pero lo único que aprendió fue a girar la tortilla.

Si copia las recetas, eso a ella le da igual: no calcula cantidades, falta aceite o sobra sal.

El hombre come de todo y lo hace sin protestar, hasta que un día la cena ya no la pudo aguantar.

Decidió guisar él mismo para que viera su mujer, que sin tantas tonterías ricas se puede comer.

Le salen platos de lujo, perfectos de condimento; y le dice a su señora con aire de lucimiento:

—"No mires tantas chorradas, mira qué bien lo hago yo". Y ella le suelta enseguida, con un tono de humor:

—"No seas tan presumido, que no eres el mejor... ¡Llevas años viendo porno y cada vez lo haces peor!".

Ya no hubo más reproches, ni recetas, ni sermón, que al final en esa casa... ¡No cocina bien ni Dios!

¡Que viva la primavera!


 

Que viva la primavera!

En una clase de mayores, a la que estoy asistiendo, escribo a la primavera lo que se va ocurriendo.

Sale un poco de mi línea, pues no domino esa ciencia, pero espero que les guste esta humilde ocurrencia.

Con el sol de primavera, el campo viste colores, los pájaros se saludan y comienzan sus amores.

Con los días de más luz, hasta la sangre se altera; es la estación del festejo: ¡Que viva la primavera!

Salimos fríos del invierno, de ropa nos despejamos. Hermosas ven las mujeres, los hombres nos alegramos.

El calor empieza ahora, pero este no nos molesta; con tantas horas de luz, bien nos sienta una siesta.

Es estación de la vida, es la estación del amor, renace la naturaleza, ¡admiremos su esplendor!

Copiemos de lo que nace, olvidemos los rencores, que todos nuestros enojos se conviertan en amores.

Que no se acabe la clase, ni las ganas de aprender, que siempre haya primaveras en nuestro modo de ver.


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Hablando de médico


 

Hablando de médicos

Hablando de médicos varios, las amigas se entretienen, y cada una presume del doctor que ella tiene.

—A mí me gustan los jóvenes, que sea un chico el que ausculta, eso me quita la pereza de acudir a la consulta.

—Yo prefiero mediana edad, que tengan ya experiencia, que escuchen lo que les digo y me traten con paciencia.

—Mejor que sea doctora para las intimidades, nos comprendemos mejor, somos como dos mitades.

—Para mí es indiferente, el género a mí no me cuenta, no pienso ir a ninguno hasta pasar los cincuenta.

—Yo no me pienso casar, ni quedar embarazada, y teniendo sexo diario... ¡No los necesito para nada!

—Mi ginecólogo es mayor, pero no lo pienso cambiar, lo conozco desde niña y me hace disfrutar.

—Lo tuyo es un caso extraño, me lo tienes que aclarar: ¿qué te hace ese ginecólogo para hacerte disfrutar?

—Le tiemblan mucho las manos, y con solo rozarme un poco, yo me pongo a gemir... ¡Y al pobre lo vuelvo loco!

—Viendo cómo está el asunto, —dijo la de los cincuenta—, ¡pásame ya su teléfono, que ese examen sí me tienta!

El vuelo de la libertad


 

El vuelo de la libertad

En la calle lo encontré, casi a punto de morir, yo le di calor y amor, y logró sobrevivir.

En una caja de zapatos, con un calcetín usado, le preparé un buen nido, y se sintió acomodado.

Cazando moscas andaba, para darle su comida; el pico siempre me abría cinco veces cada día.

Tal confianza cobró que a la mesa se subía, se posaba sobre el plato y de mi parte comía.

Pero un buen día partió, pensé que no volvería; le dejé sobre el tejado su ración de cada día.

Tres veces volvió al día, sin dejarse ya coger; descubrió la libertad, solo venía a comer.

Al fin todo se termina, se adaptó a la libertad; ¡vuela feliz, pajarito, y vive siempre en paz!

Ya no es mío su vuelo, ya no busca mi mano; salvar a un ser tan pequeño no fue un esfuerzo vano.

Casting para un marido


 

Casting para un marido

Viuda muy joven quedó, se le alegra la mirada; su marido fue un tirano que la tuvo dominada.

Dinero tiene de sobra, juventud y libertades; busca ya un nuevo marido con precisas cualidades.

Primera: que sea tierno, que se deje dominar; que ni beba ni que fume, ni se le ocurra pegar.

Segunda: que sea un hombre, que no quiera ser mandón; que sea muy hogareño y no salga del salón.

Tercera: que sea activo de la noche a la mañana; con la escopeta cargada, un titán sobre la cama.

Reunir tales virtudes es un reto complicado; ha entrevistado ya a ciento y a ninguno ha seleccionado.

Tiene voluntad de hierro, no se rinde la mujer; busca un hombre a la medida que le dé todo el placer.

Si no encuentra lo que busca, no se piensa doblegar; prefiere quedarse sola que volver a claudicar.

Cuestión de prudencia


 

Cuestión de prudencia

Es una verdadera monada, como portada de revista; él la mira embelesado: amor a primera vista.

Es como vivir un sueño, viste ella fina ropa; él vence su timidez y la invita a una copa.

Ella acepta encantada, él es guapo y distinguido; ella pide, delicada, una copa de buen vino.

Es como vivir un sueño con una mujer tan bella; de una copa pasan a otra hasta acabar la botella.

Él quiere seguir bebiendo, ella dice en el instante: —Ya no quiero beber más, por hoy ya ha sido bastante.

—Por una sola copa más, no creo que pase nada; yo te acompaño hasta casa si te sientes mareada.

—Me dolerá la cabeza, me afectará al cuerpo entero, todo me dará mil vueltas y me causará mareo.

—Mejor te vas a tu casa, no me quiero aprovechar; no está la cosa para bromas ni que me puedas denunciar.

Con estas leyes de ahora hay que andar con cuidado: por solo tocar un pelo puedes acabar juzgado.

Así termina la historia, cada uno por su lado; mejor dormir en tu cama que terminar procesado.

El declive de mi aldea


 

El declive de mi aldea

Cuando regreso a mi aldea, siempre me quedo observando: llevamos el mismo ritmo, nos vamos deteriorando.

Le van poniendo remiendos, parece algo mejorada, pero su gente se marcha y se queda despoblada.

Ya no se habla de bautizos, ni de nuevos nacimientos, que allí lo que está de moda son los enterramientos.

Carente de juventud, ni mozas para casar, las que antes eran cotillas ya no tienen de qué hablar.

Los pocos que allí resisten no transmiten alegrías; solo cuentan sus dolencias, que les quedan pocos días.

Ciervos y jabalíes nos miran desafiantes; se creen dueños del pueblo, son los nuevos habitantes.

Nadie lo hubiera pensado, y menos nuestros abuelos: los campos abandonados, varias casas por los suelos.

Me marcho con amargura, suspirando en el camino, viendo cómo se nos borra nuestro rastro y el destino.

El Remedio de la Pitonisa


 El Remedio de la Pitonisa

Su matrimonio va mal, va de mal en peor, pues ella tiene mal genio y siempre está de mal humor.

No quiere oír de divorcio, a todo ella se opone; él busca alguna receta para que ella lo abandone.

Consultó a una pitonisa que viera qué es lo que pasa, y cómo echar a su esposa para siempre de la casa.

—Te salió el tres de bastos, lo que tú tienes que hacer, es echarle tres "polvos" cada día a tu mujer.

Como tres y tres son seis, para no sufrir reveses, el plan lo debes cumplir por lo menos seis meses.

Su mujer se puso alegre, canta y baila sin parar; él está hecho una piltrafa, no se puede ni aguantar.

Volvió con la pitonisa: —¡Eso no da resultado! Deme pronto otra receta, que estoy muy desesperado.

—Esta vez ha salido el seis, y seguimos aumentando: tu mujer resiste mucho, ¡dale caña todo un año!

El pobre perdió la fuerza como si fuera gaseosa; ella, en cambio, al pasar el año, estaba como una rosa.

Si tienes este problema y lo quieres resolver, no vayas a pitonisas... ¡Y dale caña a tu mujer!

Que no te pase como a este, que por quererla alejar, le devolvió la salud, ¡y ahora no la puede echar!

Confidencias de Acera


 

Confidencias de Acera

—¡Juani! ¿Pero qué tal te va? Te noto algo entristecida. Vamos a tomar un café y a contarnos de la vida.

—No tan bien como tú, creo yo, que te veo más guapetona; tienes la cara muy alegre, ¡pareces otra persona!

—La verdad es que no me va mal, estoy con mi compañero; llevamos ya casi un año, lo cumpliremos en enero.

Los dos tenemos trabajo, las cosas no marchan mal; el suyo es un puesto fijo, el mío es algo temporal.

Pero ahora cuéntame tú, que te veo tan decaída... ¿Es que dejaste a tu novio o qué le pasa a tu vida?

—Fue él quien me dejó a mí por una más salerosa... Ya sabes que soy bien fea y, la verdad, poquita cosa.

—¡Mujer, no digas eso! Piensa de otra manera; eres una chica normal, ¿por qué te crees tan fea?

—Al pasear por la calle se comprueba fácilmente: ningún hombre me dedica una mirada de frente.

Si paso por una obra y no escucho ni un silbido... o es que soy muy fea, Juani, o estoy mal del oído.

Bebe el café con orgullo y olvida pronto al ingrato, que estar fea o estar guapa es solo cuestión de un rato.

La Llave y la Cerradura


 

La Llave y la Cerradura

Una mujer preguntaba, con muchísima razón: ¿Por qué si el hombre va con muchas, le llaman un "campeón"?

Pero si ella hace lo mismo, y es también una campeona, le cambian pronto los términos y la tachan de "put ona".

En charla sobre el deseo, una pide explicación; y como quien habla es hombre, le dio esta aclaración:

—"Tenéis una cerradura que abre cualquier llave; ahí reside el secreto, ahí encontraréis la clave.

Esa llave es especial, por vosotras respetada; abre puertas por el día o con la luz apagada.

Más vuestra cerradura, está mal ejecutada: por mucho que se intente, nunca se queda cerrada.

Todas lo sabéis de sobra, pues no es ninguna deidad: tenéis una cerradura de muy mala calidad.

Sois unas luchadoras, lo vais a conseguir: buscad una cerradura que nadie pueda abrir".

Guardad bien vuestro tesoro, con orgullo y libertad, que no hay llave que sea buena si le falta dignidad.

El Buen Samaritano


 

El Buen Samaritano.

Ella tiene un corazón de tamaño desmedido; se apiada de cualquiera, ayuda al desfavorecido.

Al ver un joven pidiendo se le cae el alma al suelo, y rápido se le acerca para ofrecerle consuelo.

—Un muchacho de tu edad debería estar en el tajo. —¡Quién pudiera! —dice el chico—, pero no encuentro trabajo.

Estoy solo en este mundo y no tengo a dónde ir; no tengo para comer ni ropa para vestir.

—Acompáñame a mi casa, que hoy tengo buen cocido; yo te daré de comer y ropa de mi marido.

Le pregunta a su esposo qué cosas le puede dar: —Lo que ya no me pongo o haya dejado de usar.

—Coge lo que más te guste o lo que te venga en gana; después te das una ducha... ¡yo te espero en la cama!

Los sorprende el marido y le grita a la mujer: —¡Creo que te estás pasando, él solo venía a comer!

—Tú me diste el permiso, no pongas ahora excusas: yo solo le estoy dando... ¡Todo lo que tú no usas!

El joven, muy agradecido, no perdió ni un solo instante, que el cocido estaba bueno... ¡pero el postre era excitante!

Pillo del Jamón


 

 Pillo del Jamón

El pobre pasa mucha hambre, ya no la puede aguantar; un jamón de pata negra la podrá solucionar.

En esto de robar cosas es un poco inexperto: lo esconde en la bragueta, ¡rápido es descubierto!

—Te llevaste un buen jamón, de los que son más caros. ¡Di algo en tu defensa! —¡Es que nunca lo he probado!

—Nos estás tomando el pelo, aprovechas la ocasión. ¡Ahora mismo al calabozo, diez días de prevención!

El pobre está muy asustado por cumplir esta medida: cree que morirá de hambre, que no le darán comida.

A la hora del almuerzo se lleva una gran impresión: le sirven un buen primero y unas lonchas de jamón.

Es un castigo muy tonto, eso se puede aguantar; allí le dan de comer sin tener que trabajar.

Robando cosas pequeñas no le van a encarcelar; van doscientas detenciones... ¡Y vive sin trabajar!

Ya no busca los jamones, ni se esconde lo robado; va directo hacia el sargento, ¡para estar bien alimentado!

El susto de la harina


 

El susto de la harina

De pequeño, en mi pueblo, vivía medio atontado; culpable, el hombre del saco, me tenía atemorizado.

No había electricidad, ni tampoco agua corriente; en aquella aldea pequeña, vivía poquita gente.

Las noches eran muy largas, había que tener paciencia. Me mandaron a un recado por culpa de una emergencia.

—Coge el candil de petróleo, ve a casa de Angelina, y le pides, por favor, que te preste una aspirina.

Salí fuera aquella noche, con más cautela que un caco, pero con tan mala suerte... que vi al hombre del saco.

El susto que me llevé fue un susto de cojones; al no llevar calzoncillos, me cagué los pantalones.

¡Qué estampa la de aquel niño! Con el candil tembloroso, oliendo a miedo y a rancio, sintiéndose un miedoso.

Cuando le miré a la cara, reconocí al hombre temido; se me pasó el temblor: ¡era un hombre conocido!

Me preguntó a dónde iba, con delicadeza y cariño. Me fijé bien en su saco... ¡Allí no cabía un niño!

El saco estaba muy blando al poner la mano encima; comprobé que en el saco llevaba un poco de harina.

Se la llevaba a Angelina para hacer un intercambio; yo nunca llegué a saber... qué le dio ella a cambio.

El Testamento del Tunante


 

El Testamento del Tunante

El abuelo está en las últimas, siempre ha sido un gran tunante. Se quedó viudo muy pronto, y se buscó algún amante.

—Dinos por favor, abuelo, ¿en qué sitio ser dejado? ¿En el suelo, en un nicho, o quieres ser incinerado?

—Desde hace ya mucho tiempo, yo lo tengo meditado: entre todas las opciones, quiero ser incinerado.

Recoged bien las cenizas, que sean bien repartidas, en porciones igualitarias, entre todas mis queridas.

En casa tengo diez penes de una forma muy precisa, todos ellos tienen hueco: ¡ahí metéis mi ceniza!

Dadle uno a cada una, me lo tenéis que jurar. Que con el juguete puesto, no me puedan olvidar.

La familia está pasmada ante herencia tan extraña, ¡vaya forma de marcharse repartiendo tanta caña!

Sabéis que soy muy sensible, muy bueno y muy humanitario. ¡Me tendrán siempre a mano en su uso diario!

—Abuelo, eres un putero, nos estás atarantando. —Es que después de muerto... ¡Yo quiero seguir chin

El Especialista" Malqueda"

 


El Especialista

Es un día de mucho frío, ella tiene ganas de amar, pero le da gran pereza tenerse que desnudar.

Al comentarlo con un amigo, él dice: «Puedo ayudarte; contarás con mi asistencia al vestir y desnudarte».

¡Vaya una excusa más tonta! «Vente a mi apartamento, yo te ayudo en la tarea, no tardaré ni un momento».

Rápido la despoja él, pues es un especialista; en menos de dos minutos, ya la tiene a la revista.

Tras tres sesiones de amor, él se queda desfondado; ella se viste solita, él está supercansado.

—Eres un hombre "malqueda", has tratado de engañarme; dijiste que me ayudabas a vestirme y desnudarme.

El galán ya no responde, duerme como un bendito, se le olvidaron las mañas y aquel favor tan bonito.

—Las mujeres en combate dejáis el pabellón alto; yo soy un pobre amateur, me rindo al tercer asalto.

Si te fías de promesas, sabes poco de la vida: nadie te echará una mano cuando te sientas vencida.

El Tira y Afloja


 

El Tira y Afloja

Al menos en esta fecha, que le echara algún producto para ponerla derecha.

—¡Amor! Eres una pesada y tienes mucha manía, a mí me da igual, de veras, que esté derecha o torcida.

—Pero tú debes saber que nos vamos a cenar, y los dos tenemos cuñadas que nos pueden criticar.

Ellas lo miran todo, eso no es manía mía. Seguro que murmurarán si te la ven tan torcida.

Encima está arrugada, la llevas hacia un lado; a ti todo te da igual, eres un gran descuidado.

—Es mía y a mí me gusta, me dio un buen resultado: el día que la estrené tú te quedaste en estado.

Deja ponerla a mi gusto, que hoy no es día de riña; a lo mejor yo me animo y fabricamos la niña.

¡Qué pesada eres, mujer! Siempre dándome la lata... Por esta vez te haré caso: ¡almidona la corbata!

Y después de la cena, amor, con o sin la niña nata, ¡nos quitamos en casa hasta la última alpargata!



Rebele su Rollo


 

Rebele su Rollo

Quiere desahogarse un poco, busca al fin la solución, y entra al estudio de fotos al leer el cartelón.

—Buenos días tenga, señor, yo le vengo aquí a contar: reñí fuerte con mi esposo, ¡estoy sin desayunar!

Seguro que usted nota que no vengo ni arreglada, ni la cara me lavé... ¡Vengo muy desaliñada!

Me marché a todo trapo, él se quedó allí acostado; me dio un fuerte empujón y me apartó de su lado.

Se está volviendo celoso cuando se pasa de vinos: dice que ando liada con un montón de vecinos.

Le juro que le soy fiel, pero existen ocasiones... que puedo caer en pecado por culpa de tentaciones.

—¡A mí qué me importa eso! Yo nada tengo que ver. Esos son sus problemas, no los puedo resolver.

—¡Pues entonces cambie el cartel, que me ha causado un embrollo! Ese que bien claro dice: "Venga y rebele su rollo".

El fotógrafo, aturdido, soltó un suspiro de asombro: —¡Señora, hablo de carretes, no de lo que trae al hombro!

La bruja y el mal de amores


La bruja y el mal de amores

Cada día está peor, pues su mujer tiene genio y siempre está de mal humor.

No quiere hablar de divorcio, ella siempre se opone; él busca alguna fórmula para que lo abandone.

Recurre a una pitonisa que adivine qué pasa, y cómo echar a su esposa para siempre de casa.

—Te salió un tres de bastos, lo que tienes que hacer, es echarle tres polvos diarios a tu mujer.

Como tres y tres son seis, para no tener reveses, esto lo has de cumplir por lo menos seis meses.

La mujer se puso alegre, canta y baila sin parar; él está hecho una mierda, ya no puede ni aguantar.

Vuelve donde la bruja: —¡Eso no da resultado! Deme otra solución, que estoy desesperado.

—Esta vez salió otro seis, y seguimos sumando; tu mujer aguanta mucho... ¡Dale caña todo un año!

El pobre perdió la fuerza como si fuera gaseosa; y ella, al pasar el año, estaba como una rosa.

Si tienes este problema y lo quieres resolver: no vayas a la bruja y cumple con tu mujer.

Así que ya estás avisado, no busques trucos extraños, que por querer que se fuera... ¡Te han caído otros diez años!

Amor a flor de piel... y de gas


 

Amor a flor de piel... y de gas

Hacía más de un año que empecé a rondarla, y el día que dijo "sí", no sabía dónde llevarla.

Entre varias opciones, creí elegir la mejor: fuimos juntos al campo a declararle mi amor.

Era en plena primavera, entre flores infinitas; jugamos muy animados a deshojar margaritas.

Apostamos un buen beso (con trampa también se gana), más sabiendo que los dos teníamos tantas ganas.

El beso empezó despacio, nos empezó a gustar, y de tanta emoción... empezamos a apretar.

Puse en ello tanta fuerza, le puse tanto celo, que se me aflojó la tripa... ¡y se escapó un gran pedo!

Se acabó allí la pasión, duró menos que un bizcocho; no quiso saber de mí, ¡diciendo que estaba pocho!

Desde entonces voy con ojo si me invade la pasión, no sea que otro suspiro... me rompa el corazón.

El Poder del Verde


 

El kale está de moda (berza), yo comí mucho ese verde; el recuerdo que me queda es el de ser un viejo verde.

Siempre quedan los recuerdos de aquella comida verde; cuando me pongo a escribir, todo me sale muy verde.

Las mozas de aquella época estaban un poco verdes; un piropo en amarillo lo interpretaban en verde.

Invité a una a cenar, que el verde sí le gustaba; al ponerle un caldo verde, ella eso no esperaba.

Comentó que le faltaba como picante y sabor; con buen chorizo y morcilla hubiera estado mejor.

Verde es la lechuga, verde mi enamorada; con un buen pepino verde, más rica está la ensalada.

La primavera es preciosa, el campo está muy verde; en la tercera edad, sigue el pensamiento verde.

Hoy todo me sale verde, estoy muy contento; me comí un caldo de berzas... ¡Estoy verde hasta por dentro!

La Esperanza Perdida


 

La Esperanza Perdida

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde; él la perdió hace años al lado de un prado verde.

Se conocían de niños, le declaró su amor. Ella dijo: «Es muy pronto, espera a que sea mayor».

Esperanza es malvada y no tiene corazón; toda su vida soltero, no halló la solución.

Ella sigue soltera, él la sigue esperando. Es muy rara la Esperanza, no sabe qué está aguardando.

Le llegó la menopausia, aún no se ha decidido; de tanto esperar sentada, tiene arrugado el higo.

Él perdió la esperanza, ya no piensa más en ella; pasó una vida triste pudiendo vivirla bella.

Adiós, querida Esperanza, él mucho te ha querido; no sabrás qué habría pasado si te hubieras decidido.

Ya se marchó la esperanza, el tiempo se la llevó; queda un hombre que descansa de un sueño que no ocurrió.

La Espera que Desespera.


La Espera

En las parejas ocurre, si salen a pasear, que la mujer tarda mucho y el hombre debe esperar.

Para salir la mujer, siempre pone más cuidado, el hombre no se lo piensa y sale más descuidado.

Tarda mucho en estar lista, siempre tiene que arreglarse: una hora de pintura y dos horas para peinarse.

Si el tiempo está muy revuelto, a ella no le importa nada, aunque al pisar la calle ya se quede despeinada.

El hombre, de mal humor de tanto y tanto esperar, se pone de mala leche y se empieza a cabrear.

Para ponerlo contento, ella dice entre sonrisas: «¡Eres un tío apurado, que siempre anda con las prisas!».

«Tú, al salir de la casa, no te acuerdas de mear, pero te metes al bar y yo tengo que esperar».

Si ella se muere primero, él se piensa vengar: ¡ahora será su esposa la que tenga que esperar!

Pone un cartel en la tumba: «Me paso el día meando; ahora vas a saber lo que se sufre esperando».

Así termina la historia de esta pareja tan fiel: ella esperando en la gloria, y él meando a granel.

El Resfriado del Fan


 

El Resfriado del Fan

Chuchi, ¿qué te pasa? Te veo acalorada, tu ánimo decaído y, además, acatarrada.

Tú sabes, lo fan que soy, lo puedes imaginar; tanta cola me tragué que casi no puedo hablar.

—Chica, no digas burradas, no ocurre todos los días. Te afectó a la cabeza, que hasta dices tonterías.

—Cuando un chico te gusta y lo que hace te mola, no te queda más remedio que aguantar toda esa cola.

Si te soy sincera, no me arrepiento de nada, aunque me dejó hecha polvo, decrépita y resfriada.

Era la cola tan grande... ¡no puedes ni imaginar! No veía la cabeza, mucho menos el final.

Así me tiré un mes, aguantando noche y día; la cola cada vez más larga y, además, no se movía.

Cuando llegué a la taquilla y ya conseguí la entrada, fue cuando yo me di cuenta de que estaba resfriada.

Valió la pena la espera, el frío y el malestar, pues por ver a quien yo quiero, ¡me volvería a resfriar!



sábado, 24 de enero de 2026

Nicanor y el Cura.


 

Nicanor y el Cura

El cura de aquel pueblo se cruzó con Nicanor; él jamás pisaba misa, pues el hombre era pastor.

—Irás directo al infierno y morirás en pecado; jamás asistes al templo ni una vez has comulgado.

—No tengo un domingo libre, así llevo veinte años; si abandono a mis ovejas, ¿quién cuida de mi rebaño?

—Por encima de nosotros existe un Ser Superior; Dios cuidará tus ovejas, Él es el mejor pastor.

Convencido, fue a la iglesia y puso mucha atención, pero se quedó de piedra al escuchar el sermón:

«Sois el rebaño del Señor, a todos está cuidando; está aquí con nosotros y nos está vigilando».

—¡Si ahora está en la iglesia, el cura me tomó el pelo! Él es un gran mentiroso, y yo un incauto y un lelo.

Se marchó a toda pastilla, corriendo a toda prisa, a cuidar de sus ovejas... y jamás volvió a misa.

Que entre santos y sermones se pierde mucho ganado, y Dios no quita los lobos si el pastor se ha descuidado.



Refranes del Abuelo


 

Refranes del Abuelo

Esos refranes picantes que el abuelo iba contando, ya casi no se escuchan y se nos van olvidando.

De algunos, yo me acuerdo, me vienen a la memoria; escribiré aquí unos cuantos para que siga la historia.

En el baile le decían al que no daba la vuelta: «Es que teme que se asome la famosa cornamenta».

Aquella que busca novio y se arrima a cualquiera, es porque mucho le pica y no quiere estar soltera.

Si una chica madrugaba muy temprano en la mañana: «Esa va en busca de amores, pues se levantó con gana».

Esa que tropieza mucho y siempre cae boca arriba, por eso, de vez en cuando, se le hincha la barriga.

Al que se le murió la esposa, esa que tanto quería, no pasaron ni dos meses y ya tiene una querida.

—¡El Antonino es un borracho!— iba diciendo Cecilia. —Pero no lo dejo nunca, ¡que me gusta su morcilla!

Por ahora ya está bien, no le doy más al coco; para algunos será mucho, para otros será poco.

Si alguno quiere saber, si hay más versos en la lista, que me pague una bebida, y me sacará la pista.



La Hoja de la Higuera


La Hoja de la Higuera

En una clase de poesía, que me pareció cañera, me dieron para inspirarme la hoja de una higuera.

Escribir sobre este tema no es una destreza mía; con el tiempo limitado, salió esta poesía.

Nací plena en primavera, muero al llegar el otoño; esta vida, por tan corta, es un verdadero coño.

Me consumo lentamente al caerme de la rama; estoy pegada en el suelo, que hoy me sirve de cama.

Mucha gente me pisa, no se paran a pensar que, húmeda y pastosa, se pueden resbalar.

Poco intereso a los hombres, no admiran mi belleza; contemplar una hoja seca les produce gran pereza.

Cuando estaba en la higuera, me apartaron a un lado: querían tocar el higo, ver si había madurado.

No saqué sobresaliente, ni un simple aprobado... ¡Será que tengo el cerebro un poco ya desgastado!

Así termina mi rima, fruto de aquel mal momento; ¡que la próxima me den un higo, y verán qué gran talento!



Los Antiguos Apaños


 

Los Antiguos Apaños

En épocas de otros tiempos, apenas hubo cortejo. Se casaban rápidamente siguiendo solo un consejo.

Eran siempre las madres quienes daban el empujón: ofrecían a sus hijos por honrados y guapetones.

Pregonaban por el pueblo y también los alrededores: «¡Una joya es mi niño! ¡Es de todos el mejor!».

A las hijas las cuidaban como si fueran de oro, buscando siempre el apaño que les diera algún decoro.

«No te quedes soltera», le decían a la hija mía, «que por no querer boda, murió sola la tía María».

Al varón le advertían: «¡No te quedes solterón! Que te volverás un raro o perderás la condición».

Trabajando siempre el campo, entre sudores y labores, les quedaba poco tiempo de cultivar los amores.

El divorcio no existía, ni se hablaba de maltrato; con ocho hijos o diez... ¡No tenían un mal rato!

Aquellos viejos apaños daban buenos resultados: se aguantaban entre ellos y morían esposados.

Hoy los tiempos han cambiado, ya no existen esos lazos; lo que antes era un nudo, hoy se rompe en mil pedazos.



Colegas de Profesión.



Compañeros de faena, colegas de dormitorio. Todos éramos muy jóvenes, aquello era un jolgorio.

Casi todos responsables, cumpliendo bien el trabajo, pero empezaba el desmadre al terminar nuestro tajo.

En aquel hotel de playa, con chicas de vacaciones, había material de sobra para mil diversiones.

Cada noche las tertulias se llenaban de alegría, y entre bromas cada uno decía: «¡la más guapa es la mía!».

Había mil discusiones sobre mujeres y amores; aunque cualquier compañía nos quitaba los dolores.

Había quien con veinte años iba con una de cincuenta, con tal de que ella invitara y pagara bien la cuenta.

Hubo alguna que otra riña, pero eso ya se olvida. Lo mejor es recordar lo que te alegre la vida.

Y ahora, ya siendo abuelo, cómo me acuerdo de ellos... La juventud siempre deja unos bonitos recuerdos.

Todos teníamos motes que guardo en mi memoria, y ahora quiero escribir de cada cual su historia.



Piropos de un matrimonio


 

Piropos de un matrimonio

Piropos de un matrimonio, después de cuarenta años. Están muy enamorados, y se siguen piropeando.

—Cariño, estás preciosa, y te mueves con salero. Me recuerdas una estatua, de las de Fernando Botero.

—¡Qué cumplido eres, amor! Es un piropo precioso. Si tú no estuvieras calvo, me recordarías a un oso.

—Si estuviera Rubén vivo, seguro te pintaría. A él le gustaban las gordas, no andaba con tonterías.

—Tú podrías ser modelo, saldría un cuadro bonito. Te pintaría Miguel Ángel, pues tienes pequeño el pito.

—Cariño, si te operaras, y te quitaras las lorzas, con esa piel que te sobra, se podrían hacer alforjas.

—¿Qué me dices de las tuyas? Desde la ingle hasta el hombro, se podrían hacer cien sacos para tirar el escombro.

—No me saques más virtudes, tú eres feo y estás calvito. Por si eso fuera poco, ya no te funciona el pito.

—Cariño, sí me funciona, tienes que comprender, que tienes tal matorral, que en él se puede perder.

—Me puedo hacer una poda, o rasurarme la cuca. Con los pelos que me quite, tú te haces una peluca.

¡Qué amor tan profundo! ¡Qué cariño tan perfecto! A pesar de tantos años, no se encuentran un defecto.

Eso es lo más grandioso, ese amor no tiene fin. ¿Qué celebración habrá? El día de San Valentín.

Y aunque se digan de todo, se quieren de tal manera, que duermen siempre abrazados... ¡a pierna suelta y entera!



La hija de los jefes


 

La hija de los jefes

Era hija de los jefes, de las que tenían orgullo, pasaba mucha hambre, necesitaba un capullo.

Ser rica en esos tiempos, era un inconveniente, recibía pocas ofertas, andaba supercaliente.

Eso era muy malo, para un pobre empleado, que sabía poco de la vida, y estaba como atontado.

Se restregaba sobre él, pero nada de saca y mete, él tenía que callar. Para ella era un juguete.

«Tú haces lo que yo mande, y no admito tus quejas, si dices algo a mis padres, te mando a cuidar ovejas».

Presumiendo de criado, de ese pobre infeliz, sin apoyo de los padres, siendo siempre un aprendiz.

Sin nadie a quien acudir, explotado con creces, poco que agradecer, a la hija, ni a los jefes.

Ahora sería denunciable, entonces no era delito, aunque ella le pegara, o le arrastrara del pito.

Sigue habiendo abusos, de los seres superiores, menos que en otros tiempos, en que trabajaban menores.

La historia calla estas penas, que el tiempo al fin ha juzgado, pues no hay cadena más fuerte que el silencio de un criado.


La fe y la farmacia


 

La fe y la farmacia

Ella, ferviente católica; él, más bien un renegado. Jurando con mala leche, siempre vivía cabreado.

—¿De qué te vale, marido, hacer esos juramentos? Si tú no crees en Dios, no escuchará tus lamentos.

Teniendo fe en las cosas, todo se puede curar; si se lo pides al Señor, Él lo puede solucionar.

Al médico tú no vas, el curandero no cura... ¡Reza un poco al Señor y no te mofes del cura!

A misa la acompañó, se portó divinamente; las manos entrelazadas, rezando como un creyente.

Dejó hasta de jurar, a ver si así mejoraba; ha pasado medio año y sigue sin notar nada.

—¡María, que esto no cura! ¿Cuánto tengo que rezar? Ya me estoy aburriendo, no empieza a mejorar.

—Marido, lo que le pides le parecerá algo extraño... ¡Cómprate ya la Viagra, que te hará mejor apaño!

El hombre bajó la vista, guardó el rosario en el paño, y se fue a la farmacia a por el remedio del año.

Inversiones de Plazo Fijo


 Inversiones de Plazo Fij
o

Si te haces un tatuaje, por sentirte algo aburrido, hay un lugar especial, discreto y muy escondido.

Si lo piensas solamente, verás qué bien te conviene: se usa y no pierde valor... ¡Tatuarlo sobre el pene!

Un billete de quinientos te será muy duradero; con él podrás disfrutar y jugar con el dinero.

Tener el capital ahí nunca es dinero perdido, aunque sufra alguna merma, sí lo tienes encogido.

Pero esa devaluación no te debe preocupar: en cualquier momento dado lo puedes recuperar.

En el banco nada renta, esta es la mejor manera: tenerlo siempre a la mano y usarlo cuando se quiera.

Si la parienta te dice que quiere tener un hijo: "carecemos de efectivo, este es a plazo fijo".

Y si llega el divorcio, ella aquí no tiene parte: no son bienes gananciales, ¡eso no se reparte!

Si se pone muy pesada esas veces que no escucha, préstaselo cuando quiera... ¡Que lo meta en su hucha!

Sin disputas de herencia, eso siempre será tuyo. Te morirás muy a gusto el día que te dé un yuyu.

Así que ya lo sabes, si quieres ser millonario: ¡lleva siempre tu fortuna fuera del talonario!


El Cortejo del Aroma


 

El Cortejo del Aroma

Si una joven era guapa, una cosa era cierta: que habría varias meadas alrededor de su puerta.

A mí también me gustaba, sabía que era exigente; no paraba de pensar cómo mear diferente.

Su madre y su abuela decían a las vecinas: —¡Qué hija más guapa tengo! Hay veinte charcos de orina.

Las dos mujeres, muy sabias, estaban acostumbradas; solo con oler el pis distinguían las meadas.

—Ese que meó más largo es hijo de Anacleto; se comenta en el pueblo: la tiene de medio metro.

Ven uno con color rojo, al olerlo sabe a vino: —Ese es de un borrachín, el hijo de Severino.

—Este se nota muy bien, su olor es de aguardiente; borracho como su padre, es del hijo de Vicente.

Otro con olor a esencia es del hijo de Tomasa; ese que es tan educado... que parece algo sarasa.

Hice dieta de repollo, ese pis huele un montón; me distinguí de los otros para llamar la atención.

Me pasé un poco de raya, a abuela y madre atufé; no me seleccionaron... y nunca la conquisté.

Al final de esta contienda, me quedó una gran lección: no por mucho que uno apeste, se gana el corazón.