Confidencias de Acera
—¡Juani! ¿Pero qué tal te va? Te noto algo entristecida. Vamos a tomar un café y a contarnos de la vida.
—No tan bien como tú, creo yo, que te veo más guapetona; tienes la cara muy alegre, ¡pareces otra persona!
—La verdad es que no me va mal, estoy con mi compañero; llevamos ya casi un año, lo cumpliremos en enero.
Los dos tenemos trabajo, las cosas no marchan mal; el suyo es un puesto fijo, el mío es algo temporal.
Pero ahora cuéntame tú, que te veo tan decaída... ¿Es que dejaste a tu novio o qué le pasa a tu vida?
—Fue él quien me dejó a mí por una más salerosa... Ya sabes que soy bien fea y, la verdad, poquita cosa.
—¡Mujer, no digas eso! Piensa de otra manera; eres una chica normal, ¿por qué te crees tan fea?
—Al pasear por la calle se comprueba fácilmente: ningún hombre me dedica una mirada de frente.
Si paso por una obra y no escucho ni un silbido... o es que soy muy fea, Juani, o estoy mal del oído.
Bebe el café con orgullo y olvida pronto al ingrato, que estar fea o estar guapa es solo cuestión de un rato.

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