El Cortejo del Aroma
Si una joven era guapa, una cosa era cierta: que habría varias meadas alrededor de su puerta.
A mí también me gustaba, sabía que era exigente; no paraba de pensar cómo mear diferente.
Su madre y su abuela decían a las vecinas: —¡Qué hija más guapa tengo! Hay veinte charcos de orina.
Las dos mujeres, muy sabias, estaban acostumbradas; solo con oler el pis distinguían las meadas.
—Ese que meó más largo es hijo de Anacleto; se comenta en el pueblo: la tiene de medio metro.
Ven uno con color rojo, al olerlo sabe a vino: —Ese es de un borrachín, el hijo de Severino.
—Este se nota muy bien, su olor es de aguardiente; borracho como su padre, es del hijo de Vicente.
Otro con olor a esencia es del hijo de Tomasa; ese que es tan educado... que parece algo sarasa.
Hice dieta de repollo, ese pis huele un montón; me distinguí de los otros para llamar la atención.
Me pasé un poco de raya, a abuela y madre atufé; no me seleccionaron... y nunca la conquisté.
Al final de esta contienda, me quedó una gran lección: no por mucho que uno apeste, se gana el corazón.

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