Los Antiguos Apaños
En épocas de otros tiempos, apenas hubo cortejo. Se casaban rápidamente siguiendo solo un consejo.
Eran siempre las madres quienes daban el empujón: ofrecían a sus hijos por honrados y guapetones.
Pregonaban por el pueblo y también los alrededores: «¡Una joya es mi niño! ¡Es de todos el mejor!».
A las hijas las cuidaban como si fueran de oro, buscando siempre el apaño que les diera algún decoro.
«No te quedes soltera», le decían a la hija mía, «que por no querer boda, murió sola la tía María».
Al varón le advertían: «¡No te quedes solterón! Que te volverás un raro o perderás la condición».
Trabajando siempre el campo, entre sudores y labores, les quedaba poco tiempo de cultivar los amores.
El divorcio no existía, ni se hablaba de maltrato; con ocho hijos o diez... ¡No tenían un mal rato!
Aquellos viejos apaños daban buenos resultados: se aguantaban entre ellos y morían esposados.
Hoy los tiempos han cambiado, ya no existen esos lazos; lo que antes era un nudo, hoy se rompe en mil pedazos.

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