El susto de la harina
De pequeño, en mi pueblo, vivía medio atontado; culpable, el hombre del saco, me tenía atemorizado.
No había electricidad, ni tampoco agua corriente; en aquella aldea pequeña, vivía poquita gente.
Las noches eran muy largas, había que tener paciencia. Me mandaron a un recado por culpa de una emergencia.
—Coge el candil de petróleo, ve a casa de Angelina, y le pides, por favor, que te preste una aspirina.
Salí fuera aquella noche, con más cautela que un caco, pero con tan mala suerte... que vi al hombre del saco.
El susto que me llevé fue un susto de cojones; al no llevar calzoncillos, me cagué los pantalones.
¡Qué estampa la de aquel niño! Con el candil tembloroso, oliendo a miedo y a rancio, sintiéndose un miedoso.
Cuando le miré a la cara, reconocí al hombre temido; se me pasó el temblor: ¡era un hombre conocido!
Me preguntó a dónde iba, con delicadeza y cariño. Me fijé bien en su saco... ¡Allí no cabía un niño!
El saco estaba muy blando al poner la mano encima; comprobé que en el saco llevaba un poco de harina.
Se la llevaba a Angelina para hacer un intercambio; yo nunca llegué a saber... qué le dio ella a cambio.

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