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domingo, 25 de enero de 2026

La Esperanza Perdida


 

La Esperanza Perdida

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde; él la perdió hace años al lado de un prado verde.

Se conocían de niños, le declaró su amor. Ella dijo: «Es muy pronto, espera a que sea mayor».

Esperanza es malvada y no tiene corazón; toda su vida soltero, no halló la solución.

Ella sigue soltera, él la sigue esperando. Es muy rara la Esperanza, no sabe qué está aguardando.

Le llegó la menopausia, aún no se ha decidido; de tanto esperar sentada, tiene arrugado el higo.

Él perdió la esperanza, ya no piensa más en ella; pasó una vida triste pudiendo vivirla bella.

Adiós, querida Esperanza, él mucho te ha querido; no sabrás qué habría pasado si te hubieras decidido.

Ya se marchó la esperanza, el tiempo se la llevó; queda un hombre que descansa de un sueño que no ocurrió.

La Espera que Desespera.


La Espera

En las parejas ocurre, si salen a pasear, que la mujer tarda mucho y el hombre debe esperar.

Para salir la mujer, siempre pone más cuidado, el hombre no se lo piensa y sale más descuidado.

Tarda mucho en estar lista, siempre tiene que arreglarse: una hora de pintura y dos horas para peinarse.

Si el tiempo está muy revuelto, a ella no le importa nada, aunque al pisar la calle ya se quede despeinada.

El hombre, de mal humor de tanto y tanto esperar, se pone de mala leche y se empieza a cabrear.

Para ponerlo contento, ella dice entre sonrisas: «¡Eres un tío apurado, que siempre anda con las prisas!».

«Tú, al salir de la casa, no te acuerdas de mear, pero te metes al bar y yo tengo que esperar».

Si ella se muere primero, él se piensa vengar: ¡ahora será su esposa la que tenga que esperar!

Pone un cartel en la tumba: «Me paso el día meando; ahora vas a saber lo que se sufre esperando».

Así termina la historia de esta pareja tan fiel: ella esperando en la gloria, y él meando a granel.

El Resfriado del Fan


 

El Resfriado del Fan

Chuchi, ¿qué te pasa? Te veo acalorada, tu ánimo decaído y, además, acatarrada.

Tú sabes, lo fan que soy, lo puedes imaginar; tanta cola me tragué que casi no puedo hablar.

—Chica, no digas burradas, no ocurre todos los días. Te afectó a la cabeza, que hasta dices tonterías.

—Cuando un chico te gusta y lo que hace te mola, no te queda más remedio que aguantar toda esa cola.

Si te soy sincera, no me arrepiento de nada, aunque me dejó hecha polvo, decrépita y resfriada.

Era la cola tan grande... ¡no puedes ni imaginar! No veía la cabeza, mucho menos el final.

Así me tiré un mes, aguantando noche y día; la cola cada vez más larga y, además, no se movía.

Cuando llegué a la taquilla y ya conseguí la entrada, fue cuando yo me di cuenta de que estaba resfriada.

Valió la pena la espera, el frío y el malestar, pues por ver a quien yo quiero, ¡me volvería a resfriar!



sábado, 24 de enero de 2026

Nicanor y el Cura.


 

Nicanor y el Cura

El cura de aquel pueblo se cruzó con Nicanor; él jamás pisaba misa, pues el hombre era pastor.

—Irás directo al infierno y morirás en pecado; jamás asistes al templo ni una vez has comulgado.

—No tengo un domingo libre, así llevo veinte años; si abandono a mis ovejas, ¿quién cuida de mi rebaño?

—Por encima de nosotros existe un Ser Superior; Dios cuidará tus ovejas, Él es el mejor pastor.

Convencido, fue a la iglesia y puso mucha atención, pero se quedó de piedra al escuchar el sermón:

«Sois el rebaño del Señor, a todos está cuidando; está aquí con nosotros y nos está vigilando».

—¡Si ahora está en la iglesia, el cura me tomó el pelo! Él es un gran mentiroso, y yo un incauto y un lelo.

Se marchó a toda pastilla, corriendo a toda prisa, a cuidar de sus ovejas... y jamás volvió a misa.

Que entre santos y sermones se pierde mucho ganado, y Dios no quita los lobos si el pastor se ha descuidado.



Refranes del Abuelo


 

Refranes del Abuelo

Esos refranes picantes que el abuelo iba contando, ya casi no se escuchan y se nos van olvidando.

De algunos, yo me acuerdo, me vienen a la memoria; escribiré aquí unos cuantos para que siga la historia.

En el baile le decían al que no daba la vuelta: «Es que teme que se asome la famosa cornamenta».

Aquella que busca novio y se arrima a cualquiera, es porque mucho le pica y no quiere estar soltera.

Si una chica madrugaba muy temprano en la mañana: «Esa va en busca de amores, pues se levantó con gana».

Esa que tropieza mucho y siempre cae boca arriba, por eso, de vez en cuando, se le hincha la barriga.

Al que se le murió la esposa, esa que tanto quería, no pasaron ni dos meses y ya tiene una querida.

—¡El Antonino es un borracho!— iba diciendo Cecilia. —Pero no lo dejo nunca, ¡que me gusta su morcilla!

Por ahora ya está bien, no le doy más al coco; para algunos será mucho, para otros será poco.

Si alguno quiere saber, si hay más versos en la lista, que me pague una bebida, y me sacará la pista.



La Hoja de la Higuera


La Hoja de la Higuera

En una clase de poesía, que me pareció cañera, me dieron para inspirarme la hoja de una higuera.

Escribir sobre este tema no es una destreza mía; con el tiempo limitado, salió esta poesía.

Nací plena en primavera, muero al llegar el otoño; esta vida, por tan corta, es un verdadero coño.

Me consumo lentamente al caerme de la rama; estoy pegada en el suelo, que hoy me sirve de cama.

Mucha gente me pisa, no se paran a pensar que, húmeda y pastosa, se pueden resbalar.

Poco intereso a los hombres, no admiran mi belleza; contemplar una hoja seca les produce gran pereza.

Cuando estaba en la higuera, me apartaron a un lado: querían tocar el higo, ver si había madurado.

No saqué sobresaliente, ni un simple aprobado... ¡Será que tengo el cerebro un poco ya desgastado!

Así termina mi rima, fruto de aquel mal momento; ¡que la próxima me den un higo, y verán qué gran talento!



Los Antiguos Apaños


 

Los Antiguos Apaños

En épocas de otros tiempos, apenas hubo cortejo. Se casaban rápidamente siguiendo solo un consejo.

Eran siempre las madres quienes daban el empujón: ofrecían a sus hijos por honrados y guapetones.

Pregonaban por el pueblo y también los alrededores: «¡Una joya es mi niño! ¡Es de todos el mejor!».

A las hijas las cuidaban como si fueran de oro, buscando siempre el apaño que les diera algún decoro.

«No te quedes soltera», le decían a la hija mía, «que por no querer boda, murió sola la tía María».

Al varón le advertían: «¡No te quedes solterón! Que te volverás un raro o perderás la condición».

Trabajando siempre el campo, entre sudores y labores, les quedaba poco tiempo de cultivar los amores.

El divorcio no existía, ni se hablaba de maltrato; con ocho hijos o diez... ¡No tenían un mal rato!

Aquellos viejos apaños daban buenos resultados: se aguantaban entre ellos y morían esposados.

Hoy los tiempos han cambiado, ya no existen esos lazos; lo que antes era un nudo, hoy se rompe en mil pedazos.



Colegas de Profesión.



Compañeros de faena, colegas de dormitorio. Todos éramos muy jóvenes, aquello era un jolgorio.

Casi todos responsables, cumpliendo bien el trabajo, pero empezaba el desmadre al terminar nuestro tajo.

En aquel hotel de playa, con chicas de vacaciones, había material de sobra para mil diversiones.

Cada noche las tertulias se llenaban de alegría, y entre bromas cada uno decía: «¡la más guapa es la mía!».

Había mil discusiones sobre mujeres y amores; aunque cualquier compañía nos quitaba los dolores.

Había quien con veinte años iba con una de cincuenta, con tal de que ella invitara y pagara bien la cuenta.

Hubo alguna que otra riña, pero eso ya se olvida. Lo mejor es recordar lo que te alegre la vida.

Y ahora, ya siendo abuelo, cómo me acuerdo de ellos... La juventud siempre deja unos bonitos recuerdos.

Todos teníamos motes que guardo en mi memoria, y ahora quiero escribir de cada cual su historia.



Piropos de un matrimonio


 

Piropos de un matrimonio

Piropos de un matrimonio, después de cuarenta años. Están muy enamorados, y se siguen piropeando.

—Cariño, estás preciosa, y te mueves con salero. Me recuerdas una estatua, de las de Fernando Botero.

—¡Qué cumplido eres, amor! Es un piropo precioso. Si tú no estuvieras calvo, me recordarías a un oso.

—Si estuviera Rubén vivo, seguro te pintaría. A él le gustaban las gordas, no andaba con tonterías.

—Tú podrías ser modelo, saldría un cuadro bonito. Te pintaría Miguel Ángel, pues tienes pequeño el pito.

—Cariño, si te operaras, y te quitaras las lorzas, con esa piel que te sobra, se podrían hacer alforjas.

—¿Qué me dices de las tuyas? Desde la ingle hasta el hombro, se podrían hacer cien sacos para tirar el escombro.

—No me saques más virtudes, tú eres feo y estás calvito. Por si eso fuera poco, ya no te funciona el pito.

—Cariño, sí me funciona, tienes que comprender, que tienes tal matorral, que en él se puede perder.

—Me puedo hacer una poda, o rasurarme la cuca. Con los pelos que me quite, tú te haces una peluca.

¡Qué amor tan profundo! ¡Qué cariño tan perfecto! A pesar de tantos años, no se encuentran un defecto.

Eso es lo más grandioso, ese amor no tiene fin. ¿Qué celebración habrá? El día de San Valentín.

Y aunque se digan de todo, se quieren de tal manera, que duermen siempre abrazados... ¡a pierna suelta y entera!



La hija de los jefes


 

La hija de los jefes

Era hija de los jefes, de las que tenían orgullo, pasaba mucha hambre, necesitaba un capullo.

Ser rica en esos tiempos, era un inconveniente, recibía pocas ofertas, andaba supercaliente.

Eso era muy malo, para un pobre empleado, que sabía poco de la vida, y estaba como atontado.

Se restregaba sobre él, pero nada de saca y mete, él tenía que callar. Para ella era un juguete.

«Tú haces lo que yo mande, y no admito tus quejas, si dices algo a mis padres, te mando a cuidar ovejas».

Presumiendo de criado, de ese pobre infeliz, sin apoyo de los padres, siendo siempre un aprendiz.

Sin nadie a quien acudir, explotado con creces, poco que agradecer, a la hija, ni a los jefes.

Ahora sería denunciable, entonces no era delito, aunque ella le pegara, o le arrastrara del pito.

Sigue habiendo abusos, de los seres superiores, menos que en otros tiempos, en que trabajaban menores.

La historia calla estas penas, que el tiempo al fin ha juzgado, pues no hay cadena más fuerte que el silencio de un criado.


La fe y la farmacia


 

La fe y la farmacia

Ella, ferviente católica; él, más bien un renegado. Jurando con mala leche, siempre vivía cabreado.

—¿De qué te vale, marido, hacer esos juramentos? Si tú no crees en Dios, no escuchará tus lamentos.

Teniendo fe en las cosas, todo se puede curar; si se lo pides al Señor, Él lo puede solucionar.

Al médico tú no vas, el curandero no cura... ¡Reza un poco al Señor y no te mofes del cura!

A misa la acompañó, se portó divinamente; las manos entrelazadas, rezando como un creyente.

Dejó hasta de jurar, a ver si así mejoraba; ha pasado medio año y sigue sin notar nada.

—¡María, que esto no cura! ¿Cuánto tengo que rezar? Ya me estoy aburriendo, no empieza a mejorar.

—Marido, lo que le pides le parecerá algo extraño... ¡Cómprate ya la Viagra, que te hará mejor apaño!

El hombre bajó la vista, guardó el rosario en el paño, y se fue a la farmacia a por el remedio del año.

Inversiones de Plazo Fijo


 Inversiones de Plazo Fij
o

Si te haces un tatuaje, por sentirte algo aburrido, hay un lugar especial, discreto y muy escondido.

Si lo piensas solamente, verás qué bien te conviene: se usa y no pierde valor... ¡Tatuarlo sobre el pene!

Un billete de quinientos te será muy duradero; con él podrás disfrutar y jugar con el dinero.

Tener el capital ahí nunca es dinero perdido, aunque sufra alguna merma, sí lo tienes encogido.

Pero esa devaluación no te debe preocupar: en cualquier momento dado lo puedes recuperar.

En el banco nada renta, esta es la mejor manera: tenerlo siempre a la mano y usarlo cuando se quiera.

Si la parienta te dice que quiere tener un hijo: "carecemos de efectivo, este es a plazo fijo".

Y si llega el divorcio, ella aquí no tiene parte: no son bienes gananciales, ¡eso no se reparte!

Si se pone muy pesada esas veces que no escucha, préstaselo cuando quiera... ¡Que lo meta en su hucha!

Sin disputas de herencia, eso siempre será tuyo. Te morirás muy a gusto el día que te dé un yuyu.

Así que ya lo sabes, si quieres ser millonario: ¡lleva siempre tu fortuna fuera del talonario!


El Cortejo del Aroma


 

El Cortejo del Aroma

Si una joven era guapa, una cosa era cierta: que habría varias meadas alrededor de su puerta.

A mí también me gustaba, sabía que era exigente; no paraba de pensar cómo mear diferente.

Su madre y su abuela decían a las vecinas: —¡Qué hija más guapa tengo! Hay veinte charcos de orina.

Las dos mujeres, muy sabias, estaban acostumbradas; solo con oler el pis distinguían las meadas.

—Ese que meó más largo es hijo de Anacleto; se comenta en el pueblo: la tiene de medio metro.

Ven uno con color rojo, al olerlo sabe a vino: —Ese es de un borrachín, el hijo de Severino.

—Este se nota muy bien, su olor es de aguardiente; borracho como su padre, es del hijo de Vicente.

Otro con olor a esencia es del hijo de Tomasa; ese que es tan educado... que parece algo sarasa.

Hice dieta de repollo, ese pis huele un montón; me distinguí de los otros para llamar la atención.

Me pasé un poco de raya, a abuela y madre atufé; no me seleccionaron... y nunca la conquisté.

Al final de esta contienda, me quedó una gran lección: no por mucho que uno apeste, se gana el corazón.

La Tormenta del Bromista


 

La Tormenta del Bromista

Tenía al compañero ideal, un bromista empedernido; hoy se encuentra ante el juez por matar a su marido.

—Señora, está ante mí, por violencia feminista; declare lo que pasó y no se pase de lista.

—Se lo explico, Señoría, nada le hará dudar; comprenderá los motivos, todo lo puedo aclarar.

Un día en pleno invierno, me encontraba yo lavando; me lanzó un cubo de agua que me dejó tiritando.

Le miré muy sorprendida, él no se dio ni cuenta: —Es una broma, cariño, fue cosa de la tormenta.

Al poco cogió garbanzos, ¿y sabe usted lo que hizo? Me los tiró a la cabeza diciendo que era granizo.

Otro día, con un petardo, yo me encontraba fregando; me lo explotó entre las piernas, decía que estaba tronando.

Sepa usted, su Señoría, que tanta broma atormenta; ya me tenía hasta el moño de jugar a la tormenta.

Yo tenía cerca un hacha, pero tenga la certeza: ¡que le cayó un rayo encima y le partió la cabeza!

Así que no me condene, sea justo, Señoría, que a un hombre muerto por rayo lo juzga la astronomía.

La cuenta de la juerga


 

La cuenta de la juerga

Salió una noche de juerga, volvió por la mañana. La pilló tan especial, que sigue con ella en cama.

Ya se tomó una pastilla para poder aguantar, está suda que te suda y no para de sudar.

Quiere salir de la cama, tiene que ir a trabajar, pero ella le acompaña aunque se vaya a mear.

Se apoderó de su cuerpo, está hecho una mierda; ya casi no tiene fuerzas para librarse de ella.

Cuando pasas de la raya, las cosas salen torcidas; esta no se despega de él al menos en quince días.

Él se creía un machote que aguantaba de maravilla, pero esta es tan cojonuda que le dobla la rodilla.

Lo mejor quedar en casa, y no ir de botellón. Evitarás la resaca, y cuidarás el riñón.

El remedio del despistado


 

El remedio del despistado

No se entera de nada, es la mar de despistado, si su mujer se insinúa, no se da por enterado.

—Hoy te noto diferente, algo cambió en tu cuerpo; estás tan bella y radiante, que resucitas a un muerto.

—Es muy normal en mí, me pasa de vez en cuando; pero tú, por despistado, nunca lo estás notando.

Al mirarte a los ojos, noto algo muy extraño; me miras fijamente, están como brillando.

—Si me dieras un achuchón, sentirías lo que estoy sintiendo: tengo un calor sofocante, mi cuerpo está ardiendo.

—Estamos en invierno, no me acaba de cuadrar, que lleves tan poca ropa, que te puedes resfriar.

—Tú tienes la solución, para aliviar mi zozobra; no me seas gilipollas, pon manos a la obra.

El marido está hecho un lío, piensa y requetebién, no sabe si ir al médico, tal vez llevarla a urgencias.

Se ilumina su cerebro, encontró la medida, la mete en la bañera, con una ducha de agua fría.

Ella sale tiritando, con un enfado tremendo: —¡Lo que tú eres es tonto, y no un marido estupendo!

La Quietud del Olvido


 

La Quietud del Olvido

Un rincón de paz profunda, el pueblo de mi mujer, de pobladores mayores, próximo a desaparecer.

Son las cinco de la tarde, bajo un sol muy inclemente; no veo a nadie en la calle, aquí ya no queda gente.

Contemplo al fin la ribera, oigo al jilguero cantar; cruza un avión las nubes, perdiéndose en el altar.

Giro la vista a un paraje de flores y mariposas, que vienen a buscar polen, tan frágiles y hermosas.

Es curioso observar a la mariposa en su afán: si se le acerca una abeja, sus alas pronto se van.

Caminando con mi nieto por el monte abandonado, sorprendimos a un zorro, vimos pasar un venado.

Se escucha el canto de un gallo desde una aldea cercana; él hace de despertador a las seis de la mañana.

Si buscas ser ermitaño y anhelas la soledad, ven pronto para este sitio: aquí la encontrarás.

Es mejor que vengas solo, pues dos son una multitud; deja el móvil y el engaño, disfruta de la quietud.

Pues en este rincón muerto, donde el alma encuentra paz, la soledad no es un peso, sino un bálsamo veraz.

El Molino y el Cura


 

El Molino y el Cura

Sin títulos de arquitectos, ni planos hechos a mano, construyeron un molino para moler bien su grano.

No había electricidad, y eso es lo que aquí cuenta; al pueblo no llegaría hasta los años sesenta.

Se reúne todo el pueblo el día del estreno, e invitan también al cura para que sople el veneno.

Corre el vino y aguardiente, se desata la locura; están todos ya bien trompas, ¡el que más bebe es el cura!

El agua mueve al molino, que marcha de maravilla, pero olvidan una cosa: el ponerle la trampilla.

Si el molino nunca para y la piedra sigue andando, con tanto rozamiento se acabará destrozando.

No saben cómo pararlo, y el cura es un gordinflón; se ponen todos de acuerdo ¡y lo usan de tapón!

Cuando lo sacan del agua, el hombre había adelgazado; escribió rápido al Obispo pidiendo ser trasladado.

Aquel suceso la Iglesia jamás se lo ha perdonado: se quedaron sin el cura y nunca fue reemplazado.

Como ya no queda gente, murió toda la locura: ya no hace falta el molino... ¡Y mucho menos el cura!

Hoy el cauce va en silencio, la piedra ya no rechina: el tiempo fue más gigante que la fuerza de la harina.



El cambio de aceite


 


El cambio de aceite

Una pareja de novios se fue un día a esquiar; olvidaron las cadenas, pese a lo que pueda pasar.

Se les pinchó un neumático poco antes de llegar. Hacía un frío de mil demonios, y la tuvieron que cambiar.

Salió a cambiarla él, pues ella no tiene ni idea; aunque tenga su carné, de mecánica... ni ralea.

Le cuesta poner el gato, hace un frío acojonante; las manos se le congelan por no llevar unos guantes.

Regresa pronto hacia el coche, la calefacción es poca; las orejas se le parten, se le queda tiesa la boca.

—¿La cambiaste ya, cariño? —¡No! Me quedé pajarito; déjame entre tus brazos calentarme un poquito.

Ese calor natural siempre resulta un deleite; se pusieron calentitos... ¡Y cambiaron el aceite!

El amor lo puede todo, nos pasa a cualquiera; olvidaron que tenían asistencia en carretera.

Moraleja de esta historia: Si el frío te desespera, mejor es un buen abrazo que asistencia en carretera.


¿Te 

El Ahorro del Difunt

El Ahorro del Difunto

Teme tanto a la muerte, no piensa en otra cosa; antes de hacer el amor se lo dice a la esposa:

—Si muero antes que tú, lleguemos a un acuerdo: no quiero que me olvides, quiero un entierro de acuerdo.

—Estoy conforme contigo, si te tengo que enterrar, ya puedes ahorrar dinero para poderlo pagar.

—Hay una forma sencilla, pues las veces serán muchas: cada vez que "lo hagamos", dos pesetas a la hucha.

—Es una idea estupenda, pues de esa manera, los hijos o tú me haréis un entierro de primera.

Pasan sesenta años, la familia está enterada: para pagar el sepelio, la hucha será vaciada.

—Un panteón señorial, eso será lo primero; cinco curas, cien misas... ¡Va a sobrarnos el dinero!

Más, al romper la alcancía, se les borra la sonrisa: ¡por haber pecado poco, se queda sin flores ni misa!



Los Marusos de Toledo

 

Los Marusos de Toledo

Trabajando en el comercio, entre el sótano y rejillas, atisbábamos a las mozas, su ropa y sus pantorrillas.

Cuando no estaba el patrón, todo estaba calculado: un frasco de buen perfume en el sitio inapropiado.

Justo encima de la trampa, si era bella la señora, el espía desde abajo disfrutaba de su hora.

Pasaba la información de todo lo que veía, mientras fuera, ante la moza, el resto presumía.

—Hoy vas de color azul, ponte mejor las granates, que estás en los días críticos y vas dejando remates.

—Sois unos tontos del bolo, no sabéis lo que me pongo, que vuestra vista no alcanza ni el borde de mi tongo.

—Y tú eres una ignorante que te crees muy espabilada, somos todos adivinos con la vista bien entrenada.

Al no ser de aquel lugar, nos llamaban los "mar
usos", una especie un tanto extraña entre adivinos y brujos.

Éramos seis dependientes, las chicas nos tenían miedo, y ni brujos ni adivinos, comieron rosca en Toledo.

El Milagro de María

 

El Milagro de María


Ella, ferviente católica; él, más bien un renegado. Entre juramentos y rabia, siempre vive cabreado.

—¿De qué te sirve, marido, soltar tantos juramentos? Si tú no crees en Dios, no escuchará tus lamentos.

Teniendo fe en las cosas, todo se puede curar; si se lo pides al Señor, Él lo puede solucionar.

Al médico tú no vas, el curandero no cura... ¡Reza un poco al Señor y no te mofes del cura!

A misa la acompañó, se portó divinamente; las manos entrelazadas, rezando como un creyente.

Dejó incluso de jurar, a ver si así mejoraba; ha pasado medio año... y sigue sin notar nada.

—¡María, esto no cura! ¿Cuánto tengo que rezar? Ya me estoy aburriendo, esto no empieza a mejorar.

—Marido, lo que tú pides, a Dios le suena a engaño; ¡cómprate ya la Viagra, que te hará mejor apaño!


El estreno esperado



 

El estreno esperado

Nació en una época mala, su infancia no fue mejor, con solo dos pantalones, causando mucha aflicción.

Ambos llenos de remiendos, sin nada que estrenar, el dinero escaseaba y no se podían comprar.

Con tanta escasez de ropa, si uno se le rompía, al otro algo le pasaba; siempre el mal le coincidía.

Una vez se rompió uno justo por la bragueta, y el "miembro" se le salía haciéndole la puñeta.

No se los podía cambiar, pues el repuesto que había se rompió al tirar un pedo... ¡Y fue todo el mismo día!

Así marchó para la escuela, muy triste y de mala gana, y su cola, sin permiso, se asomaba a la ventana.

Cambiaba él la postura cuando tenía que escribir, pero ella, que iba por libre, se le volvía a salir.

Las niñas, al observarlo, no paraban de reír; con la cara enrojecida él se quería morir.

Aquel miembro tan rebelde no lograba dominarlo: si lo ponía al derecho, se asomaba, por el contrario.

¡Cuántos complejos tenía! Vergüenzas pasó a montones... hasta que en la Comunión, estrenó unos pantalones.

Y al verse tan elegante, por fin pudo descansar, pues la "cola" prisionera ya no pudo ver el mar.

El Paso del Tiempo


 El Paso del Tiempo

Muchos años de casados, tengo la piel arrugada; me ignoras tanto, marido, que ya estoy un poco "hinchada".

¡Marido, fíjate en mí! Deja el juego y el azar, que aunque los años me pesen, hay mucho que aprovechar.

Me pasa igual que a la fruta cuando empieza a madurar: se pone dulce y más tierna, fácil de paladear.

Recuerdo la última vez... ¡Ni el pijama te quitaste! Ni cuenta me di, siquiera, de lo poco que duraste.

Yo quiero seguir gustándote, pero dime de qué modo; dime qué tengo que hacer antes de perderlo todo.

—No te preocupes, cariño, verás que no pasa nada, hoy nos "despelotaremos" y quedarás relajada.

Al ver al marido en cueros, ella exclama, de pasada: —¿Esa mierda es tu aparato? ¡Con razón no siento nada!

—¡Joder con la desmemoriada! Te estás pasando de lista... ¡No te echo un "Kike" más hasta que pierdas la vista!

Y así termina la historia, entre riñas y pasión: ¡él guardando su aparato y ella con un buen sofocón!

Los Sabores del Ayer


 
Los Sabores del Ayer

Comer de todo un poco ya no es un problema, cuando yo me criaba toda comida era buena.

La berza era la estrella de esa dieta variada: servía como verdura, carne, fruta y ensalada.

Repollo con pimentón, para chuparse los dedos; se hinchaba bien la tripa, se soltaban buenos pedos.

Comía brotes de espino y las moras que ellos dan; si estaban algo verdes, las pasaba con el pan.

La hora de la merienda no estaba establecida: trincaba lo que pillaba a cualquier hora del día.

Tuve la mejor dieta y no lograba engordar: siempre faltaba comida a la hora de zampar.

Comíamos de la fuente con la pitanza justa; nadie decía entonces: "esto no me gusta".

Vivía suplicando que llegara un día de fiesta, por si mataban un gallo y me tocaba la cresta.

Podría contar muy fácil esos días especiales: eran cinco al año, los demás... todos iguales.

Hoy lo cuento con orgullo, aunque fue dura la tierra, pues me tocó ser un niño nacido en la posguerra.

El Centenario del Abuelo.


 

El Centenario

El abuelo cumple cien, no pasa todos los días, son fechas muy especiales con la familia reunida.

Adoran al centenario, que es duro como los robles, lo quieren ver muy derecho, no dejan que se nos doble.

Se tuerce hacia un costado, todos corren a ayudarle, solícitos a su lado, buscando cómo enderezarle.

—No bebas de ese vino, no sabes de qué está hecho, toma este buen Rioja, que te mantendrá derecho.

Con jamón de pata negra, y siempre en justa medida, te pondrás mucho más fuerte y te alargará la vida.

Lo colman de atenciones, de besos y de regalos, pero el pobre está pasando por unos momentos malos.

Tanta ayuda y cuidado no los puede soportar, y les pide, por favor, que le dejen ladear.

—Todos sois unos cielos, pero si no me ladeo, no se me abre el trasero... ¡Y no me sale el pedo!

La familia se apartó al oír aquel estruendo: ¡cien años bien celebrados con un trueno de los buenos!

Crónica de un engaño


 

Crónica de un engaño

Muchas reuniones políticas, difíciles de entender. Un mayor y sin estudios, no las puede comprender.

Hablan con frases extrañas, que "quieren tender un puente". ¿Es que no saben nadar o no aguantan la corriente?

"No pactar a cualquier precio", otra frase que no entiendo. ¿Habrá dinero por medio o es que se están vendiendo?

La "órbita" del partido me parece una tontuna. ¿Acaso no están en la tierra o viven todos en la luna?

Es difícil comprender qué cosa es un "contubernio". ¿Será como hacer las paces entre la suegra y el yerno?

Como están todos perdidos, tienen que buscar sus rumbos; están igual que un borracho: por la calle dando tumbos.

Piden unos a los otros que tengan "renovación". ¡Será cambiar el chorizo por un trozo de salchichón!

Salta una nueva palabra, el famoso "Compromís". Será votar entre todos para elegir a una miss.

Nunca se ponen de acuerdo, otra vez habrá elecciones. A gastar nuestro dinero y a tocar los cojones.

Así nos va en este mundo, con tanto lío y sermón. Ellos se llevan la pasta... ¡y nosotros el sofocón!

El Baile en Castilla


 El Baile en Castilla

En la Castilla profunda, de mentes muy atrasadas, ir a bailar a otro pueblo era empresa arriesgada.

De joven se arriesga mucho, fui a un lugar desconocido; de tiempos de Mari castaña, más cerrado que el mío.

Vi a una moza muy sola, nadie la osaba invitar; estaba bien la muchacha, lo que me llegó a extrañar.

"La curiosidad mató al gato", y eso me pudo pasar; le eché un par de pelotas: —"Dime, ¿quieres bailar?".

Rápido se aferra a mí, me quedo muy sorprendido; siempre decían que no, más a un desconocido.

Tras dos piezas musicales, ella seguía a mi lado; yo empecé a sospechar: "Aquí hay gato encerrado".

Su padre la vigilaba, el más bruto del lugar; al que se arrimara un poco el cuello le iba a quebrar.

Yo ignoraba aquella historia y bien que la apretujaba; ella estaba por la labor, yo noté que le gustaba.

Contempla el padre, la escena, los dos calientes, a tono; el hombre viene hacia mí, ¡quiere partirme el lomo!

El baile se paraliza, todos miran la función; —"¡Corre, muchacho! —me dicen—, ¡evita la paliza hoy!".

Vaya que salí corriendo, sin mirar nunca hacia atrás; salté montes, crucé ríos... ¡Y no volví nunca más!

Hoy recuerdo aquel susto con mi vida ya asentada, que por un baile apretado casi no cuento ya nada.


Las Promesas y la Desmemoria


 

Es como si los Reyes Magos adelantaran su llegada; como somos niños malos, no nos traerán casi nada.

Todos lucen fabulosos, están limpios, van de blanco, pero luego meten mano: el tonto, el listo y el manco.

El veterano del paro ya no debe preocuparse; hay una "fácil" receta: la de pronto suicidarse.

Y para el octogenario que proteste por sus dones: ¡que se muera rápidamente y subiremos pensiones!

¿Ayudas para los campos para que no queden secos? Mejor traer los productos que se crían en Marruecos.

Bajará toda vivienda y el recibo de la luz; será un país de diseño, sin esperas en salud.

Prometen y prometen, no se cansan de prometer; es lo de toda la vida: engañar hasta meter.

Una vez que lo consiguen, se les borra el recuerdo; y aplican ese refrán: "si te he visto, no me acuerdo".

Venden humo en el discurso, nos engañan con el cebo, y al llegar las elecciones... ¡Tropezamos de nuevo!

Así se cierra el engaño, con la cuenta bien llenada, mientras el pueblo se queda con la cara de tontada.

Y aunque el palo sea fuerte y nos quiten hasta el pan, mañana vendrán otros... ¡Y de nuevo nos la darán!


El cura y el diablo


 

El cura y el diablo

Un cura está muy enfadado, habla del diablo en la misa, pero la gente lo ignora y hasta le entra la risa.

«¡Sois unos incrédulos! —dice sin poderlo creer—, un día os lo presento para que lo podáis ver».

Contrata entonces a un actor, de diablo lo disfraza, lo saca en pleno sermón y espera a ver qué pasa.

Entra el actor en escena, la gente queda aterrada; la iglesia se queda vacía en una gran desbandada.

El cura está sorprendido, no esperaba tal reacción; solo queda un viejecito escondido en un rincón.

A él se acerca el diablo: «¿Por qué no te has marchado? Te veo muy tranquilo, ni siquiera te has asustado».

«Está bien que te presentes, tenía ganas de verte, y no tener que esperar hasta el día de mi muerte.

¡Si yo soy tu cuñado! —le dice con pocas ganas—, que llevo ya cincuenta años aguantando a tu hermana.

Así que no me das miedo, ni me asusta tu figura, que el infierno en el que vivo es peor que tu tortura».



El Picaro del Resfriado.


 
EL PÍCARO RESFRIADO

Es un poquito quejica, bromista y aprovechado. Se ha quedado en la cama por un simple resfriado.

Tiene muchas amigas por su don y simpatía. Les dice que va a morir, que le quedan pocos días.

Que pasen a despedirse ahora que todavía está cuerdo: quiere llevarse a la tumba de cada una un recuerdo.

Se presentan las mujeres demostrando su amistad; le darán lo que él pida, cumplen con su voluntad.

—Eres una gran amiga, mi queridísima Aroca, me llevaré tu memoria... ¡Da cien besos en mi boca!

—Piluca, siempre te quise, pudiste ser mi pareja. Dame fuertes abrazos mientras me rozas la oreja.

—A ti, Concha, amiga mía, por favor te lo pido: que me bajes el pijama y me acaricies el ombligo.

Pero Lupe, que no traga que él se vaya a palmar, le manda besos de lejos y no se quiere acercar.

—No te despidas así, siendo mi mejor amiga; ¡vente a la cama conmigo, que eso alargará mi vida!

Al final se fueron todas, quedó allí abandonado... ¡Y es que todos temen mucho contagiarse el resfriado!

Por querer ser tan tunante y dárselas de acabado, ahora nadie le da besos... ¡Por miedo a acabar contagiado!

Pan, vino y tocino

 

Pan, vino y tocino

Pan, vino y tocino, antes eran esenciales; con eso llenaban la tripa, con eso curaban los males.

De niño escuché mil historias, de alguna aún me acuerdo. Casi todas hablaban de hambre, esta viene hoy a mi recuerdo.

Sucedió entre madre e hija, la escuché yo de chiripa: poco le hablaba de amores, solo de llenar la tripa.

La madre decía a la hija: «Como esto pronto no cambie, busca un rico y no un amor, y procura no pasar hambre».

A la chica la busca un mozo que mata más de un gorrino, que cosecha mucho trigo y hasta él mismo se hace el vino.

Pero ella siempre lo rechaza y, cuando la madre se entera, le dice: «Hija, tú estás loca o estás mal de la sesera».

«Sabes bien que son tres cosas las que resultan primordiales: con pan, vino y con tocino, se remedian todos los males».

«Remedian los de la tripa, quitan el hambre al momento, pero para estar satisfecha, hace falta un complemento».

«Comprobé que tenía pan, bebí un buen vaso de vino, y me comí un bocadillo con un trozo de tocino».

«Me mostró aquellos manjares y me dejó impresionada... pero cuando enseñó el chorizo, ¡me dejó decepcionada!».

Moraleja de esta historia: no te fíes del destino, que no todo es buen embutido, aunque sobre el pan y el vino.

La Potencia del Abuelo


 

La Potencia del Abuelo

Un abuelo en la consulta le comenta a su doctor: —Quiero bajar mi potencia, que cada día es mayor.

Cuando salgo por la calle y veo a tanta jovencita, no lo puedo remediar: ¡mi aparato se me excita!

Al llegar el verano, con tanta carne tierna, me duele la cabeza y se doblan mis piernas.

Si no logro bajarla, me sube la tensión, y moriré, de seguro, de un fuerte corazón.

Pienso que es una campaña que el gobierno ha diseñado: ¡muchachas con poca ropa para el pobre jubilado!

—Señor, no piense eso, es que el clima ya mudó; la mujer tiene calor y por eso va desnuda.

Lo suyo no es tan grave, cuéntelo a la parienta; ella le echará una mano y la pondrá más contenta.

Tire el pantalón de pana, use uno más fresquito; así irá mucho más cómodo y refresca el pajarito.

—Doctor, no me ha entendido, se lo explico despacito: ¡la potencia de la mente es la que quiero en el pito!

Si el seso sigue tan fuerte, y lo de abajo tan tieso, ¡prefiero ser un ignorante y que me funcione el hueso!

Buscar amor en la red


 

Buscar amor en la red

Buscar amor en internet es un método moderno: puedes ligar un "bombón", o puedes ligar un "muermo".

Aquel ser indefinido presumía de excelente, con matrículas de honor y una mente sobresaliente.

Y con ella se casó, pues la chica era muy bella; pero nada de la casa sabía hacer la doncella.

"Cariño, haz tú la comida, yo preparo la ensalada; pero mira que esté sosa, no me gusta muy salada".

"Antes limpia bien la casa y pon luego la lavadora, que yo no sé ni agarrar el palo de una escoba".

"Después arreglas la cama, que yo no sé cómo hacerla; a mí solo se me da bien, ¡acostarme y revolverla!".

"Amor, ¿sabes hacer algo? Casi no lo puedo creer; dime qué es lo que dominas, qué cosas sabes hacer".

"Soy una mujer muy culta, con estudio superior; tengo varias medallas y matrículas de honor".

"Enséñame todo eso, que me quede convencido". "Ahora mismo puedes verlo: ¡vente a la cama conmigo!".

Allí le enseñó de todo, en lo que era la mejor, por lo que ganó medallas y matrículas de honor.

Perdón pido a las mujeres, no pretendo ser osado; si esto se aplica al hombre... ¡Tiene el mismo resultado!

Así que busca con tiento, no te nuble la pasión; que hay estudios que no sirven, si no es bajo el edredón.

El Abuelo y la Ambiciosa


El Abuelo y la Ambiciosa

Abuelo rico se casa con joven muy ambiciosa; ella tiene mucha marcha, a él... le falla la cosa.

Disfrutar lo que le queda para él no es una broma: se somete a un trasplante de un miembro que sea de goma.

No calculó bien sus fuerzas, la edad no tuvo en cuenta; ella tiene seis velocidades, él... una sola y muy lenta.

—Cariño, me acuesto antes, que ya soy un hombre mayor; mejor te pones tú encima, que tú te mueves mejor.

Ella está entusiasmada, le aplica "la batidora"; quiere quedarse viuda ¡y cargárselo en una hora!

De la cama sale humo, ella no lo detecta; el viejo pide más marcha y ella le mete la sexta.

Aquí acaba la historia de este matrimonio extraño; la culpa la tuvo ella por pretender un apaño.

Con la alcoba bien cerrada y los dos allí jadeando, la goma se les quemó... ¡Y acabaron asfixiando! 

Ni herencia, ni testamento,ni lujos con buena vida; se fueron los dos al hoyo, en una marcha suicida.