El remedio del despistado
No se entera de nada, es la mar de despistado, si su mujer se insinúa, no se da por enterado.
—Hoy te noto diferente, algo cambió en tu cuerpo; estás tan bella y radiante, que resucitas a un muerto.
—Es muy normal en mí, me pasa de vez en cuando; pero tú, por despistado, nunca lo estás notando.
Al mirarte a los ojos, noto algo muy extraño; me miras fijamente, están como brillando.
—Si me dieras un achuchón, sentirías lo que estoy sintiendo: tengo un calor sofocante, mi cuerpo está ardiendo.
—Estamos en invierno, no me acaba de cuadrar, que lleves tan poca ropa, que te puedes resfriar.
—Tú tienes la solución, para aliviar mi zozobra; no me seas gilipollas, pon manos a la obra.
El marido está hecho un lío, piensa y requetebién, no sabe si ir al médico, tal vez llevarla a urgencias.
Se ilumina su cerebro, encontró la medida, la mete en la bañera, con una ducha de agua fría.
Ella sale tiritando, con un enfado tremendo: —¡Lo que tú eres es tonto, y no un marido estupendo!

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