El Molino y el Cura
Sin títulos de arquitectos, ni planos hechos a mano, construyeron un molino para moler bien su grano.
No había electricidad, y eso es lo que aquí cuenta; al pueblo no llegaría hasta los años sesenta.
Se reúne todo el pueblo el día del estreno, e invitan también al cura para que sople el veneno.
Corre el vino y aguardiente, se desata la locura; están todos ya bien trompas, ¡el que más bebe es el cura!
El agua mueve al molino, que marcha de maravilla, pero olvidan una cosa: el ponerle la trampilla.
Si el molino nunca para y la piedra sigue andando, con tanto rozamiento se acabará destrozando.
No saben cómo pararlo, y el cura es un gordinflón; se ponen todos de acuerdo ¡y lo usan de tapón!
Cuando lo sacan del agua, el hombre había adelgazado; escribió rápido al Obispo pidiendo ser trasladado.
Aquel suceso la Iglesia jamás se lo ha perdonado: se quedaron sin el cura y nunca fue reemplazado.
Como ya no queda gente, murió toda la locura: ya no hace falta el molino... ¡Y mucho menos el cura!
Hoy el cauce va en silencio, la piedra ya no rechina: el tiempo fue más gigante que la fuerza de la harina.

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