El Milagro de María
Ella, ferviente católica; él, más bien un renegado. Entre juramentos y rabia, siempre vive cabreado.
—¿De qué te sirve, marido, soltar tantos juramentos? Si tú no crees en Dios, no escuchará tus lamentos.
Teniendo fe en las cosas, todo se puede curar; si se lo pides al Señor, Él lo puede solucionar.
Al médico tú no vas, el curandero no cura... ¡Reza un poco al Señor y no te mofes del cura!
A misa la acompañó, se portó divinamente; las manos entrelazadas, rezando como un creyente.
Dejó incluso de jurar, a ver si así mejoraba; ha pasado medio año... y sigue sin notar nada.
—¡María, esto no cura! ¿Cuánto tengo que rezar? Ya me estoy aburriendo, esto no empieza a mejorar.
—Marido, lo que tú pides, a Dios le suena a engaño; ¡cómprate ya la Viagra, que te hará mejor apaño!

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