Pueblo abandonado, sin coches ni carretera. Cuando uno se ponía malo, acudía a la curandera.
Casi en tos los pueblos existía una iluminada que, sin saber medicina, a todo el mundo curaba.
Al bebé recién nacido que no sabía mamar, le metía el dedo en la boca y le enseñaba a chupar.
Al que es vago al andar, le pincha con un espino; rápido sale corriendo, que no le alcanza un Vespino.
Y la que no tiene hijos, acude a la iluminada: «Cambia de macho, mujer, y pronto quedas preñada.
No digas nada al marido, que no sepa que es cornudo. Una vela a San Antonio y a mí me sueltas un duro».
Así se iban apañando entre rezos y conjuros. La curandera, tirando si conseguía unos duros.
Todo cambia en la vida: llegó otra iluminada. Como era más moderna, dice que todo limpiaba.
Fue el Bartolo a consulta pensando que había pecado. No quería confesar; ella le dejó limpiado.
Un amigo le pregunta qué tal de limpio quedó: «Se quedó con la cartera, ni un duro me dejó».

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