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jueves, 22 de enero de 2026

El Gato Cómplice


 

El Gato Cómplice

El hombre tiene una amante, la ama con gran desuello, se pone como una fiera y le araña todo el cuello.

La que ha liado no es pequeña, él no sabe ya qué hacer, ni qué explicación daría al verlo su mujer.

Trata de disimularlo con cremas y con pomada, pero el roce es tan profundo que no le sirve de nada.

Se compra una bufanda para poderlo tapar, a ver si con esa prenda lo logra disimular.

En su casa tiene un gato, ¡la solución esperada! Al salir a recibirle le sacude una patada.

—¿Qué te hizo el gato, querido, que le tratas a trompazos? —¡Es que saltó a mi cuello y me dio dos arañazos!

—Tienes razón, esposo, está algo majareta... ¡A mí me arañó las nalgas y me mordió una teta!

Qué bien vino a la mujer la treta de su marido: le ahorró de dar detalles de lo que hizo su querido.

Bendito sea aquel gato que a los dos salvó el pellejo, pues pecaban por igual frente a frente en el espejo.

El Gallo en el Gallinero


 

El Gallo en el Gallinero

En esta vida puñetera se llega uno a cabrear: si te sobran muchas cosas, no las puedes disfrutar.

De joven, al ir al baile, tocaba una para diez; en la tercera edad, todo se vuelve al revés.

Cuando podía ser gallo y me sobraban hormonas, no había gallinas viejas, solo pollitas tontorronas.

Ahora cambiaron las tornas, no hay problema ninguno: si se te ocurre ir a bailar, hay diez mujeres para uno.

Se quedan todas mirando, uno no sabe qué hacer; encima, si eres pequeño, empiezas como a encoger.

Ellas, todas enjoyadas, uno allí como un pobrete; ponen la canción del gallo, el que echa tanto casquete.

Uno no sabe qué hacer y puede cometer fallos: hay allí muchas gallinas para muy poquitos gallos.

Cuando levantan las manos y una te saca a bailar, es que necesita un gallo y, además, quiere empollar.

Ponen canciones picantes para calentar el ambiente; como ya somos mayores, eso lo tienen presente.

Ni con eso uno se anima, te largas malhumorado: en medio de tanta gallina, puedes salir desplumado.

Por eso me voy pitando, antes de que sea tarde, que aunque el gallo tuvo fama, hoy el corazón no arde. No sea que alguna de ellas, con su arte y su salero, me deje sin una pluma y me robe hasta el llavero.

EL OLOR DEL DINERO.


Trabajó doce horas,
 termino muy cansado,
Era un duro trabajo,
el esquilar el ganado.

Cien pesetas de papel,
un sueldo para pensarlo,
Teme que se lo roben,
no sabe donde guardarlo.

Se le enciende una luz,
un escondite muy chulo,
Hace un canuto con él,
y se lo mete en el culo.

De regreso a su casa,
le da el apretón
Y se pone a cagar
detrás de un paredón.

Llega a casa contento,
alegre y relajado,
y la mujer le pregunta,
¿Cuánto dinero as ganado?

El mundo se viene encima,
no sabe qué responder,
Se da cuenta del gran fallo,
se marcha a todo correr.

Rápido lo encontró,
 enrollado y rebozado,
No hay agua cerca,
no procede a su lavado.

Ese pequeño problema,
lo soluciono rápidamente,
Saco su manguera,
y lo dejó reluciente

Se lo entrega a la mujer,
que lo huele sin cesar,
¡Es un billete fantástico!,
 me huele a flor de azahar.



Cuestión de principio



Cuestión de principio

Católicos de toda la vida, no admiten otra opción, renegarán de sus hijos si cambian de religión.

Pobres de solemnidad, en un pueblo sin futuro, su hija abandona el hogar para ganar algún duro.

—Hija mía, eres hermosa, y eso es un don divino; reza mucho al Señor, Él te marcará el camino.

Al año regresa a casa, les dará una gran sorpresa; conduce un deportivo, viste como una marquesa.

—¡Padres, os traigo regalos! Para papá, un tractor; diez vestidos para madre y encargado un comedor.

—Tu oficio será especial y muy bien remunerado; ¡qué ver en tan poco tiempo lo mucho que has ahorrado!

—Es un oficio de antaño, que siempre ha estado pagado; no hace falta invertir y jamás ha fracasado.

Es un trabajo sencillo, solo aguantar algún peso; hoy se llama, simplemente, "trabajadora del sexo".

—Ese empleo es muy bueno, tienes nuestra aprobación; lo importante es ser honesta... ¡Y no cambiar de religión!

Ponen rumbo a la parroquia, con el tractor estrenado, que el cura limpie la culpa... ¡Y que el diezmo esté pagado!

miércoles, 21 de enero de 2026

Escaños de pueblo

 


Escaños de pueblo

En los líos de política, a todos sigo escuchando: dicen que deben unirse porque faltan los escaños.

Esos trastos tan antiguos, que se dejaron de usar, hacían daño en el culo al tenerse que sentar.

En el pueblo tengo varios, donde ocho pueden estar; como todos están gordos, se tendrán que apretujar.

Eran de mi bisabuela, que se llamaba Ceroma. Están curados al humo: ¡nunca entró la carcoma!

Son muy polivalentes, sirven para mil funciones; por ellos pasaron culos de muchas generaciones.

Habrán servido de cama, o para echar la siesta; para fabricar un niño en algún día de fiesta.

Tienen gotas de chorizo y churretes de jamones; gérmenes acumulados de muchas generaciones.

Al estar hoy en desuso, no cumplen su cometido; estoy dispuesto a venderlos... no importa a qué partido.

Disputar por un escaño, para mí es perder el tiempo; los políticos de ahora son culos de mal asiento.

Así que si algún ministro busca sitio en el Congreso, que me compre mis escaños... ¡Y que le cunda el progreso!

La Carrera de las Novicias

 


 La Carrera de las Novicias

Dos novicias encerradas, llevan tristeza de vida, una noche hacen novillos por conocer la movida.

Se les paran los relojes, se olvidan del aposento, y a las seis de la mañana es la hora del recuento.

Es norma de la movida, al poner el colofón, enseñar a las novatas el rito de iniciación.

Asustadas las muchachas, pues no lo habían pensado, salen las dos correteando cada una por su lado.

A la puerta del convento se vuelven a encontrar, y lo normal en esos casos es ponerse a preguntar:

—¿Cómo te fue, Sor María? Espero que no hayas pecado, pues irías al infierno y eso no es perdonado.

—¡Tres veces pequé! —dijo ella— alego en mi defensa: él era un tío macizo y yo una pobre indefensa.

—¿Y tú qué hiciste, hermana, ante tales situaciones? —Yo me subí bien el hábito si él bajó los pantalones.

—¡Pero qué poca vergüenza! ¿No te han dado el resultado? Que corre más una monja con el hábito elevado, que un hombre que intenta alcanzarla con el pantalón bajado.



Escotes y Sotanas.


 ESCOTES Y SOTANAS

Se llevan grandes escotes, algunos son de locura, y van creando problemas... sobre todo a los curas.

Son tan provocativos, difíciles de aguantar, con pechos como los presos que se quieren escapar.

Una va a confesarse y el cura, cuando la mira, siente que se le dispara totalmente la puntería.

—No puedo darte el perdón, ni escuchar tus pecados; ni con los ojos vendados me siento yo concentrado.

Y menos con tal calor, mejor vuelve en el invierno; quiero evitar tentaciones y no acabar en el infierno.

—Esos son problemas suyos, me importan un comino; como católica que soy, ¡es mi derecho divino!

—El derecho será divino, ¡de locura es el izquierdo! Hija, no me tientes más, ¡que si sigues, te los muerdo!

Enseñar tanta "chicha" es cosa de locura, y es la causa principal de que nadie quiera ser cura.

Así que tape ese escote y no sea usted tan pollina, que si el cielo es para santos, ¡la tentación es divina!

Cuestiones de fe... y de bolsillo


 

Cuestiones de fe... y de bolsillo

Me abordaron dos mujeres de esas que van predicando: que se va a acabar el mundo, que me vaya preparando.

—¿Y cuándo va a ser eso? ¿Si mucho va a tardar? Miren que ya soy mayor, no puedo mucho esperar.

—Se lo toma usted a broma, pero con toda certeza, como muera en el pecado, va al infierno de cabeza.

—Ya se cerró el purgatorio, el infierno está al caer; con el precio de energía, no se puede sostener.

No se sabe todavía lo lejos que puede estar, ni existe aquel transporte que nos pueda allá llevar.

Yo no quiero ir al cielo, debe haber muchos follones: una mezcla de creencias y de mil religiones.

Estas "salva-almas" locas me querían armar un lío... ¿Serán acaso viudas o no aguantan al marido?

—Adiós, mis buenas señoras, ya lo pensaré después; ahora lo que me importa es llegar a fin de mes.

Que si el juicio final llega, no me pillará sufriendo, pues con lo que sube el pan... ¡Ya lo estoy yo padeciendo!

Mentiras de Parque

 


Mentiras de Parque

Dos abuelos en el parque se cuentan sus aventuras, recordando sus conquistas, sus amores y locuras.

De jóvenes ya mentían, de abuelos, más que antes; no se comieron un rosco y presumen de amantes.

Un abuelo desaparece, el otro está sorprendido; no sabe lo que ha pasado, pues se ha ido sin sentido.

Medio año sin noticias, sin saber qué sucedió, y sin decir una palabra, un buen día apareció.

—Dime qué es lo que te pasa, me tenías preocupado; sabes que soy tu buen amigo, ¿dónde coño has estado?

—Tú sabes que mi vecina está que explota de buena; un día le toqué el culo y he cumplido una condena.

Me acusó de violador, se celebró pronto el juicio; yo afirmé que era verdad, ¡pues la tía está de vicio!

—Estás como una chota, es mentira con certeza; por muy buena que ella esté, a ti ya no se te endereza.

—La juez no me condenó por violador ni por acoso; fue por ser tonto del culo, presumido y mentiroso.

—No me des más explicaciones, pues me das una envidia sana; ¡yo voy a tocarle el pecho para entrar en la trena mañana!

La Valla de la Fábrica

 


La Valla de la Fábrica

Se conocieron en la fábrica en la que tanto trabajaron; compañeros de la cadena, en ella se enamoraron.

Allí pasaron los años, se casaron, tuvieron hijos; con el dinero ahorrado pudieron comprar un piso.

Ahora ya son abuelos, los dos están jubilados; añoran aquellos tiempos de sus amores pasados.

—Marido, en esos tiempos tú eras muy achuchón; me ponías contra la valla y me hacías el amor.

—Al tener que hacerlo de pie, tú a la valla te agarrabas; apretabas con mucha fuerza y bien que lo disfrutabas.

—Vayamos un día a aquel sitio, nos saltaremos la norma; lo haremos como entonces, a ver si estamos en forma.

—Es un plan casi perfecto, nada nos va a fallar; tú te agarras a la valla cuando empieces a temblar.

—¿Cariño, qué es lo que te ocurre? Te encuentro muy diferente: chillas, gritas y saltas... ¡Hasta produces corriente!

—¡Marido, eres gilipollas! Yo no he cambiado en nada: es la puñetera valla, ¡que ahora está electrificada!

El viejo quedó pasmado al ver tanta "energía", ¡vaya forma de acabar su noche de fantasía!



No Tenía un Antivirus


 ¿Pregunta?

Ha pasado mucho tiempo, no me había ni enterado de que te habías echado novio; a lo mejor te has casado.

—Tengo pareja lejana, a pesar de lo que ves; ahora todo es muy fácil, se liga por internet.

Sé que no es un problema, lo puedo comprender; lo bonito en estos casos es llegarse a entender.

Lo jodido de este asunto es el no tenerlo a mano, ni hablar el mismo idioma... ¡Ya que el tipo es australiano!

Nunca nos hemos juntado, lo llevamos con paciencia; ahora mismo nos tratamos por la videoconferencia.

La amiga queda perpleja es que no entiende nada; le está mirando la tripa... ¡Ve que está embarazada!

—Es tremenda la distancia, eso sí, es una putada; ¿dime qué coño hiciste para quedarte preñada?

—Un día salí del baño, recibí su llamada: él me introdujo un virus... ¡Y rápido fui contagiada!

—No me digas tonterías, y menos gilipolleces; yo uso el ordenador cada día varias veces.

Quizás sepas más que yo en lo que tienes que hacer: ¡pon un antivirus que avise cuando te lo van a meter!

Si por un virus nació el niño, no lo lleves al doctor, mejor busca a un informático que le instale un procesador.



E l cazador y la "pieza"


 l cazador y la "pieza"

El mozo era algo feo, de los pies a la cabeza. Al monte se marchó solo, por si caía una pieza.

El pobre estaba de caza, bastante desesperado. Seis horas lleva de marcha, y nada había cobrado.

Tras unos bajos matojos, algo blanco se movía. Rápido suelta un disparo, alguna pieza sería.

Un grito surge al momento, sale una moza llorando: ¡le pegó un tiro en el culo, que la pobre estaba obrando!

El médico a seis leguas, sin medios para llevarla; como el mozo estaba fuerte, la cargó sobre su espalda.

El doctor, al ver aquello, le dice amenazador: —¡A un culo tan primoroso, le has hecho un colador!

—Esto fue un accidente, créame, la confundí. Al ver ese blanco bulto, ¡pensé que era un jabalí!

—Tirar un tiro a lo tonto, se paga siempre muy caro. Nadie quiere una mujer, con el culo agujereado.

—Extraiga los perdigones, sé lo que tengo que hacer: por esta equivocación, ella será mi mujer.

Era un caso muy sencillo, no valía querellarse. Estando los dos solteros, el castigo era casarse.

Se casaron, son felices, y perduran todavía. ¡Esa fue la mejor pieza, de toda su cacería!


 

La gabardina y el susto


 

La gabardina y el susto

Reacción de las mujeres, esas que yo no comprendo: no les asusta lo grande y les aterra lo pequeño.

Si ven un pobre ratón, se suben a una tarima; ven un caballo o un burro y quieren subirse encima.

Si ven una cucaracha, empiezan a dar mil saltos; se refugian en la casa, en los sitios más altos.

Podría poner ejemplos de una infinidad de casos; sirva esta introducción para explicar estos pasos.

El hombre exhibicionista, al abrir la gabardina, ve que la mujer se escapa si la tiene chiquitina.

Pero si la tiene grande, ya no la está intimidando; pondrá cara de asombro, ¡pero seguirá mirando!

Contará luego a sus amigas: «era algo de mucho asombro, si se la echa hacia arriba le llegaría hasta el hombro».

«Y teniéndola hacia abajo —era una maravilla— por lo menos le llegaba muy cerca de la rodilla».

Las amigas le dirán: «eres una exagerada; tendrás que demostrarlo, no te creemos nada».

Si la tienes muy grande, no sueñes con dar un susto. Mejor deja de enseñarla, te encontrarás más a gusto.

No presumas de ese modo ni peques de fanfarrón, que ellas lo quieren todo, ¡pero con moderación!

Un pellizco Muy Caro


 

De joven uno se obsesiona, a veces por muy poquito. Yo me encapriché de una por tener un buen culito.

Cada vez que la veía, lo que pensaba primero era mirar por detrás y admirar su trasero.

No se usaban los "shorts" ni esas cosas modernas; la falda era más larga, tapando bien las piernas.

Un día estrenó medias, su falda se encogió, y de verla tan bonita mi mente se trastornó.

Ese día no pude más, me puse como un garrulo; en un descuido que tuvo le di un pellizco en el culo.

Ella se pegó un gran susto dando un salto muy alto; quiso la mala fortuna que cayera en un charco.

Se rompieron sus medias, yo tuve que pagarlas; eran medias de cristal, no podían repararlas.

Costaron ocho pesetas, ¡caro el pellizco salió! Ella no tuvo la culpa, la culpa la tuve yo.

Me marché de aquel lugar, tardé diez años en verla; ya no era de pellizcar, estaba para comerla.

Nunca la volví a ver, para mí fue lo mejor: ella ya tenía músico que le tocara el tambor.



El baño en el río

 


El baño en el río

Un domingo de verano, de esos veranos calientes, va con su mujer al río, lo normal, lo más corriente.

Con la típica tortilla y filetes empanados, buscan siempre el chapuzón para sentirse aliviados.

Ella, bajo la arboleda, se queda un rato descansando: —Ya me bañaré después, si me van dando las ganas.

—Marido, no te preocupes, me sentaré aquí de frente, así me mojo un poquito, que me asusta la corriente.

—Ten cuidado con las rocas, que al pisar te deslizas, al estar algo mojadas son muy escurridizas.

Desoyendo los consejos se escurre cayendo al río; con corriente y remolinos asustó al pobre marido.

Él no la puede sacar, pesa mucho la mujer, y tiene que salir del agua para ayuda poder pedir.

Llegan pronto los bomberos, él señala la caída: —¡No la busquen hacia abajo, hay que buscarla hacia arriba!

—Eso que usted nos indica es para no hacerle caso, en situaciones así se busca siempre hacia abajo.

Cuarenta años de casado, ya conozco bien su mente: solo por darme por culo, ¡nadará a contracorriente!

Amor a Alta Tensión


 

Amor a Alta Tensión

La pobre vino de culo, poco que agradecer. La consideraron fea al momento de nacer.

Su infancia fue muy dura, la pasó muy aislada; nadie jugaba con ella, se sintió muy marginada.

Llegó a la edad del amor, ningún mozo se acercaba; la pobre estaba muy triste y de vez en cuando lloraba.

Se le pasó pronto el arroz, se quedó seco y sin caldo; a pesar de ofrecerlo, nadie quiso ni probarlo.

Intrigada, la mujer, siempre estaba pensando: «¿Qué sentirá una mujer si se la están enchufando?».

Preguntó qué se sentía, si era algo diferente. «Más o menos —le dijeron—, ¡cómo cuando da corriente!».

Enchufó un cable en el culo, con otro tocó una teta; se puso como una moto, llegó muy pronto a la meta.

Eso le pareció poco, quería más emoción; una noche se enchufó a un cable de alta tensión.

No contó qué le pasó, allí nadie sabe nada; la encontraron sonriente, un poquito churruscada.

Aquí se acabó la historia de un ser tan diferente: murió de una sobredosis por culpa de la corriente.

No busquen explicaciones, ni le den vueltas al coco: ¡Se fue feliz la muchacha, con un orgasmo de foco!

El Nuevo Partido: L.P.C.


El Nuevo Partido: L.P.C.

Hay que votar de nuevo, ya lo tengo decidido: votaré las nuevas siglas de algo muy conocido.

Tanta y tanta elección ya nos obliga a pensar; nos duele la cabeza sin saber a quién votar.

L.P.C., las nuevas siglas, se votan sin dudar, cumplen lo prometido: no te van a defraudar.

Ayudan a las mayorías, a todos los desfavorecidos; aprietan a los gordos, levantan a los caídos.

Las forman solo dos partes muy bien cohesionadas; siempre se ponen de acuerdo, no piensan por separadas.

A aquellas que están tristes, arrugadas o mayores, las animan, las levantan, las ponen como las flores.

A las de poco tamaño les proporcionan altura; no quieren que sufra nadie en esta vida tan dura.

El hombre siempre las mira, la mujer las necesita; más si resultan grandes, menos si son pequeñitas.

Olvida ya las encuestas, no escuches más tonterías: ¡L.P.C. son sostenes que sujetan la alegría!


El Corazón Desmedido

 


El Corazón Desmedido

Ella tiene un corazón de tamaño desmedido, se apiada de cualquiera y ayuda al desfavorecido.

Al ver un joven pidiendo se le cae el alma al suelo, y se acerca con premura para ofrecerle consuelo.

—Un muchacho de tu edad debería estar en el tajo. —¡Qué más quisiera yo, dama, pero no tengo trabajo!

Estoy solo en este mundo y no tengo a donde ir, no tengo para comer ni ropa para vestir.

—Acompáñame a mi casa, que hoy he puesto un buen cocido, te daremos de comer y ropa de mi marido.

Ella consulta al esposo qué prenda le puede dar: —Dale lo que no me pongo o haya dejado de usar.

—Coge lo que más te guste o lo que te venga en gana; luego te das una ducha... ¡Y yo te espero en la cama!

Allí los halla el marido y le dice a la mujer: —Creo que te estás pasando, él solo vino a comer.

—¡No me pongas objeciones, ni me vengas con excusas, que yo solo le estoy dando... ¡Lo que tú ya nunca usas! 

Problemas de Pareja.


 

Problemas de Pareja 

Problemas hay en parejas que a todos pueden pasar: si uno se queda flaco y el otro empieza a engordar.

Al principio todo es gloria, los dos en el mismo peso; da igual cómo se acomoden cuando llega el momento del beso.

Analicemos el caso: si es ella la que engorda, (o si le pasa al marido, que la suerte es muy sorda).

El hombre empieza a sufrir viendo a su "santa" parienta; él se va quedando flaco, casi sin darse cuenta.

En la cama hay mil problemas aunque él busque una esquina; cuando ella se le acerca, ¡él siempre queda encima!

Hoy se siente muy cansado, no tiene ganas de sexo, pero terminó sobre ella por la inercia del peso.

Y llega pronto el reproche: —"¿Qué haces por ahí arriba? Me estás haciendo cosquillas en medio de la barriga".

—"No te preocupes, cariño, puedes seguirte durmiendo; solo estoy dando una vuelta, me estoy entreteniendo".

La noche que busca acción necesita mucha maña: ¡o se pierde en el bosque o se cae de la montaña!

Pues si el peso los separa y el colchón se vuelve un drama, no habrá paz ni habrá lujuria en el centro de la cama.

La Playa de Cemento


 

La Playa de Cemento

Mujer desconfiada y celosa, que al marido vive controlando; desde que tiene un teléfono móvil, se pasa la vida llamando.

Teme que alguien se lo robe, o eso es lo que ella aparenta, pero llama a cada momento para saber cómo se encuentra.

A la primera llamada, él responde al contestar: —«Estoy tomando el sol ahora, ¡dónde coño voy a estar!».

A la segunda llamada: —«Estoy en plena faena, aquí, tomando el sol de pleno y dando vueltas a la arena».

A la tercera llamada, él contesta con pereza: —«Haciendo ahora un descanso, tomándome una cerveza».

—«Marido, eres un canalla, y yo en casa cocinando; tú con sol, arena y cerveza, en la playa disfrutando».

—«Seguro no estarás solo, sino muy bien acompañado, con alguna pelandusca y poniéndote morado».

—«Puedo tomar bien el sol y disfrutar con la arena; si me tomo una cerveza, es para aliviar mi pena».

—«Desde aquí disfruto mucho, veo sol, playa y arena; veo cuerpos que marean, da igual rubia que morena».

—«Sigue con tus quehaceres y controla bien tus celos... ¡Sabes que soy albañil y trabajo en un rascacielos!

No sufras por más mujeres, ni por playas ni por duelos, ¡que mi arena es el cemento y mi sol... el de los cielos!».


¿

Luto Persistente


 

 Luto Persistente

Él está triste y deprimido, pues su gran amigo ha muerto, pero ha dejado una viuda que resucita a los muertos.

Ella se viste de negro para mostrar su tristeza; ese color tan oscuro realza más su belleza.

Obsesionado con ella, le declara su sentir; ella dice que es muy pronto, que no es tiempo de pedir.

Pero le da la esperanza de que llegue un tiempo mejor; estará para él dispuesta cuando cambie de color.

Ya ha pasado medio año, primavera entre las flores; ella deja el luto negro y se viste de colores.

Es el momento esperado, cuando la sangre se altera; ella está que ya revienta como flor de primavera.

Haber ganado su afecto para él es un gran orgullo; ya no puede esperar más: ¡casi explota su capullo!

La desnuda lentamente, admirando su belleza, y al mirar entre las piernas se queda de una sola pieza.

«Tanto cambio de vestido, tanta tela de colores, ¡y resulta que aquí dentro no han llegado los primores!»

Ve una cosa muy oscura de cabello muy hirsuto: es el lugar deseado, ¡que sigue guardando luto!

Abandona la aventura, se le apaga ya el ardor: «Lo intento si te lo rapas... ¡o si cambia de color!».

Homenaje a la Cocina.



Nunca hubiera imaginado que siempre me acordaría de los guisos de mi madre a la hora de la comida.

Pongo la televisión, veo cocinas impresionantes con cincuenta mil cacharros, lo que no tenían antes.

Miro a los cocineros, todos vestidos de gala; esos nunca trabajaron con un pico ni una pala.

No era buena cocinera, improvisación sí tenía, al carecer de productos al preparar la comida.

Con una lumbre en el suelo y un pote allí arrimado, valía para un cocido, un frito o un guisado.

Primero echaba el agua, que se fuera calentando, luego añadía a ese pote aquello que iba pillando.

Daba igual unos garbanzos, que judías o lentejas; su comida salía buena, ella no admitía quejas.

Si algo quedaba duro, nunca se iba a tirar: otra vez iba al’ pote, valía para cenar.

Si ahora viera estos platos que dicen de "comida fina", por supuesto que diría: —¡Eso es mierda de gallina!

Con esos platos tan grandes y porciones tan pequeñas, mandaría a los cocineros a que fueran a partir leña.

A las mujeres de antes yo les rindo un homenaje: criaban a muchos hijos con guisados y potaje.

Madres de manos curtidas, de gran temple y corazón, nos dieron toda una vida en cada plato y ración.

Recuerdos del Gallinero


 

Recuerdos del Gallinero

Recuerdo aquellos cines que tenían gallinero, donde el mejor asiento era del que llegara primero.

Eran sitios tan oscuros que no lograbas ni ver si quien tenías al lado era hombre o era mujer.

Eran bancos de madera sin ninguna separación, y aquello era alucinante según fuera la ocasión.

Había algunos hombres en sitios muy estudiados, para poder "meter mano" al estar bien camuflados.

A veces, con algo de suerte, surgía una oportunidad: se rozaba alguna cosa gracias a la oscuridad.

Se encontraba algún ligue o un susto de alucine, y no quedaba otro remedio que salir fuera del cine.

La última fila de todas era la más concurrida; aparte de la película, veías otra movida.

Eran de doble sesión con un precio muy barato; lejos de la familia pasabas allí el rato.

Entonces los jóvenes sí podíamos ir al cine; no como pasa ahora, con estos precios de alucine.

Eran tiempos de pillería, de penumbra y de pasión, donde el cine era la excusa y el roce la gran función.

El misterio del pueblo


 

El misterio del pueblo

El pueblo se hizo famoso, y no fue por una chiripa, pues tenía el récord de mozas con hinchazón en la tripa.

Corrió de boca en boca, —la lengua siempre exagera— que las mozas eran calientes y allí ligaba cualquiera.

Asustados todos los padres, decidieron poner remedio, cortando por lo sano según propuso Eleuterio.

Encerraron a las mozas de la noche a la mañana: cambiaron las cerraduras y hubo rejas en ventanas.

Pero el invento no funciona, ni de suerte ni chiripa; pasa ya medio año y sigue creciendo la tripa.

Librarlas de tal peligro es una pura quimera; ¡si hasta refuerzan los marcos poniendo una mosquitera!

Siguen creciendo las panzas, no saben cómo parar, y al fin las llevan al médico a ver qué puede pasar.

El diagnóstico es sencillo tras observar los detalles: «¡Ni repollo ni judías, y no caten el pepino, que estos causan tales aires!».

Ya no hacen falta candados, ni rejas, ni mosquiteras, que al quitarles las legumbres... ¡Se acabaron las "preñad eras"!

Dieta de Limpieza


 

Dieta de Limpieza

Ha pasado más de un año, dos amigas se presentan. Como casi toda mujer, sus gorduras se comentan.

Una con cincuenta kilos, dice: «Esa es mi meta». Y su amiga le pregunta qué detalle tiene su dieta.

«Yo ando por los ochenta, he seguido varias dietas. Me resultan muy pesadas, no alcanzo nunca esas metas».

«Esas dietas muchas veces son auténticas paparruchas; ¡a ti te puede engordar el jabón con que te duchas!».

«¡Hija, no me digas eso! Nunca lo hubiera pensado. Si uso hasta una esponja que me deja el cuerpo raspado».

«Tú lee bien el champú, ese que tiene perfume: te advierte claramente que ahueca y que da volumen.

Huye ya de los jabones y usa el limpia vajillas; ese quita toda grasa, quedas fina y hasta brillas.

Otro que puedes usar, aunque sea un poco fuerte, es una quita grasa de horno: ¡ese te vendría de muerte!

Esos quitan la grasa, hasta la más escondida. Como a ti te sobra mucha, te vendría a la medida».

«Te agradezco los consejos, sé que me van a ayudar. Con tal de perder los kilos, estoy dispuesta a probar».

Si sigue tales consejos, quedará como un diamante: sin grasa y con mucho brillo... ¡lo raro será que aguante!

Así termina la historia, de la dieta del fregado: no perdió ni medio gramo, ¡pero el cutis le ha quedado!

La Perra Gorda


 

La Perra Gorda

Retrocedamos cien años para entender la historia: cualquiera era muy feliz con una perra gorda.

Encontró una mi madre cuando era solo una mozuela; la gastó en golosinas... ¡Menuda zurra de su abuela!

Idea descabellada gastarla en caramelos; era un motivo sobrado para arrancarle los pelos.

Mentalidad de la abuela cuando tenía una perra: mejor dársela al cura para que rezara por ella.

O servía para el abuelo, si estaba sufriendo pena; si fue para el purgatorio, se acortaba su condena.

—¡Eres una gastadora, te voy a arrancar los pelos! Seguro que te compraste por lo menos diez caramelos.

—Dámelos rápidamente, comer tanto es un abuso; te pueden hacer daño, yo les daré mejor uso.

La abuela los confiscó, no los sabía chupar; los echó dentro del café para poderlo endulzar.

La pensión de la abuela era cosa del futuro; era la gente tan pobre que no tenía ni un duro.

Viuda la pobre mujer, sin dinero y sin calma, que el hambre dolía mucho... ¡Pero más le dolía el alma!

La Declaración del Pastor


 

La Declaración del Pastor

Cabreado con Hacienda, ya no sé ni qué hacer: siempre me sale a pagar y nunca a devolver.

Añoro mi mocedad cuando iba con el ganado; qué bien que me lo pasaba con las vacas en el prado.

No rellenaba papeles ni tenía preocupaciones, me tumbaba bajo un árbol tocándome los cojones.

Un bocata de tocino, la jornada era de fiesta; me engrasaba por dentro y dormía buena siesta.

Regresaba con las vacas y con gratos recuerdos, ellas abonando el paso y sonando sus cencerros.

Hacía declaraciones pero no sobre papeles, sino a mozas y a viudas, a casadas e infieles.

Nunca me las admitían, no las querían ni ver: todas eran rechazadas, ¡me salían a devolver!

Y encima, para más inri, Hacienda no tiene honor: mi mujer no tiene paga y yo pago por los dos.

Hoy estoy de mal humor por esta "democracia": hacer la Declaración no tiene ni puta gracia.

La confusión del parrandero




La confusión del parrandero

Después de una gran juerga, llega a casa calentito. Sin encender ni una luz, se acuesta muy despacito.

A pesar de su estado, se anima de repente. Desea echar un "quique", pues el tío está caliente.

La mujer en la cama no pone impedimento. Ni una palabra de amor, solo puro movimiento.

Está muy desconocida, no ha visto nada igual. Tanto se viene arriba, que le hace un sexo oral.

Ella cruza las piernas, casi lo llega a asfixiar. Sus gemidos son tremendos y no lo quiere soltar.

Le echa el segundo "quique", más que amor, parece lucha. Él se siente derrotado y se va directo a la ducha.

Enciende la luz del baño, cree que sigue soñando: su mujer está sentada en el váter, esperando.

—¿Cómo es posible, mujer, que tú aquí estés sentada? Si te acabo de dejar en la cama espatarrada.

—Llegas tarde y bien mamado, son las tres de la mañana... ¡Es mi madre la que duerme hoy en nuestra propia cama!

Se quedó tieso en el sitio, casi le da un tabardillo: ¡le hizo el amor a la suegra creyendo que era un potrillo!



El Baile de las Tres Pesetas


 

El Baile de las Tres Pesetas

La abuela siempre recuerda las fiestas de antiguamente, cuando no tenían luces y todo era diferente.

La fiesta era muy sencilla, sin ruidos ni altavoces, se hablaba todo al oído y así venían los roces.

Con los ruidos de estos tiempos se acaba nuestra paciencia, y la abuela me decía: "te contaré mi experiencia".

De joven me fui a bailar con esa música infernal, cuando salí de mi pueblo para ir a la capital.

Me movía con soltura, bebí y pasé de la raya, me rozaron las caderas... ¡Se rompieron mis bragas!

Se enredaron en mis pies, quedaron hechas pedazos; me caí en medio del baile y me di mil costalazos.

Del golpe rompí el sostén (que costó sus tres pesetas), pasé una vergüenza grande, pues se salieron mis tetas.

Los mozos de aquel salón me quisieron ayudar, pero al verme "desarmada" se quisieron aprovechar.

Todo ha cambiado bastante, lo tomo con paciencia, pues ya ves que en el baile se pierde la compostura... ¡Ten cuidado cuando salgas y ajusta bien tu costura!



El Traje de Eva

 


El Traje de Eva

El hombre ya no la mira, le presta poca atención. La mujer se lo achaca a su viejo camisón.

Se compra uno nuevo que resalta su silueta, con un poco de abertura para que se vea la teta.

No resultó la cosa, él no se da por enterado; siempre de culo en la cama, mirando para otro lado.

Nunca se dio por vencida, compra un rojo camisón; este es mucho más corto y llamará su atención.

La cosa sigue igual, el marido ni se entera, aunque deje al descubierto las piernas y la pechera.

Motivo de preocupación, lo lleva al oculista. Le hacen las pruebas: está perdiendo la vista.

«Pobrecito mi marido, lo estaba juzgando mal; si cada día ve menos, que no se fije es normal».

«Me acostaré desnuda, así no tendrá que mirar; sin ningún impedimento, mejor me podrá tocar».

Al fin la toca una noche: —¿Mujer, qué pijama llevas? —Es que no llevo ninguno, ¡estoy en traje de Eva!

—La verdad, te sienta bien, quizás un poco ajustado... Te sentaría mucho mejor si antes lo hubieras planchado.

Ella, al verse criticada, le soltó con gran salero: «¡Para planchar este traje, me falta un buen ingeniero!»



La secretaria robótica


 

La secretaria robótica

Oficina muy moderna, toda robotizada; en el despacho del jefe, un robot de secretaria.

Un amigo lo visita, se queda muy impresionado: —¡Qué mujer tan exuberante es la que tienes al lado!

—Te veo como impactado con eso que ves al frente; es un robot secretaria, simpática y eficiente.

—No te me tires faroles, a mí no me digas eso; mejor una de carne y hueso, con la que tener un sexo.

—No se puede comparar, es superinteligente; hay sexo cuando uno quiere, se mueve bien y es caliente.

—Como amigos que somos, me la dejarás probar; si es tan buena como dices, yo me la quiero comprar.

—Puedes hacer la prueba cuando a ti te dé la gana, la muchacha queda libre los fines de la semana.

Sus fantasías sexuales al fin se verán cumplidas; el amor de mil maneras y sin riesgo de contraer sida.

El lunes que la devuelve se presenta demacrado; y su amigo le sonríe: —¿Parece que te has pasado?

—No te cachondees de mí — le contesta a voz en grito—, ¡tu maldita secretaria me ha destrozado el pito!

—¿No leíste instrucciones que llevaba en el bolsillo? Esas se pueden leer mientras fumas un pitillo.

Si no te gusta leer, podías hacer preguntas... ¡Y sabrías que su culo lo usamos de sacapuntas!

No me llores por la herida, ni me pongas ese gesto, ¡que para usar tecnología, hay que leerse el presupuesto!

Desigualdades Sociales.


 Desigualdades

Prometieron, en democracia, mismas oportunidades, pero hoy se está comprobando que sobran desigualdades.

Sobre todo en las mujeres se ve una brecha marcada: las ricas parecen tontas, las pobres, espabiladas.

La directora de empresa cuyo dueño es el marido, firma cualquier documento sin haberlo ni leído.

Diez coches en el garaje, ¿cómo se han conseguido? Ella ni se ha enterado, son todos de su marido.

Acusada de delitos, ella no sabe de nada; firma todos los papeles porque está muy enamorada.

Pero la mujer que es pobre no tiene el amor en blanco: controla bien al marido y las cuentas en el banco.

Cincuenta euros al mes, gastar más es de locura; él tiene que rendir cuentas y entregar cada factura.

Si no cuadra el presupuesto y falta algún centavo, ella le grita con furia: "¿En qué has gastado, bendito?"

—Perdona mi despilfarro, cometí una gran locura: compré dos moños al chino y no me dio la factura.

Así va este mundo loco, con su justicia invertida: unos roban a manos llenas, ¡otros cuentan cada comida!


El Calzoncillo Desechable

El Calzoncillo Desechable

Hombres y mujeres, estamos de enhorabuena: ha salido una prenda que nos ahorra las faenas.

Calzoncillos desechables, los acabo de probar; les falta algún detalle que se debe mejorar.

Un inconveniente es que duran muy poquito: falta una funda apropiada que pueda acoger al "pito".

El siguiente defecto es un gran inconveniente: si se te escapa una gota, se deshacen de repente.

Si padeces de la próstata y meas solo chorrillos, tendrás que llevar mochila llena de calzoncillos.

Cubre dos necesidades este invento tan singular: cuando acabes de lo tuyo, te puedes hasta limpiar.

Si en el amor tienes prisa por encontraros calientes, solo hace falta un tirón y se rompen al momento.

Le agradará a tu esposa, que siempre está protestando porque no te limpias bien cada vez que vas al baño.

¡Este invento es ingenioso y, además, resulta chulo; solo falta uno moderno que nos limpie solo el culo!

Lo peor es el bolsillo, si es que los usas a diario, pues gastas en calzoncillos la mitad de tu salario. ¡

Los errores de la rica


 Los errores de la rica

Las ricas cometen fallos, a veces a cualquier hora; así fue como le dijo la criada a su señora:

—Quiero que doble mi sueldo, no sea roñosa conmigo, que hago el trabajo muy bien... ¡Me lo dice su marido!

—No seas tan presuntuosa, si tanto sabes hacer, explícame las razones para poderte creer.

—Su marido en la empresa por todos es admirado, por lo limpio que camina y lo bien que va planchado.

La comida que yo guiso, él la termina el primero; siempre dice: "¡está muy rica!", y hasta se chupa los dedos.

Sus zapatos siempre brillan como el sol de relucientes; dice que mis manos frotan de formas muy diferentes.

Tengo muchas cualidades, me lo dijo esta mañana: que soy mejor que usted... ¡Y sobre todo en la cama!

—¡Pero qué mujer tan fresca! No lo puedo consentir. Por todo lo que has dicho te tengo que despedir.

—Eso le traerá problemas, tendrá que recapacitar; con todo lo que yo sé, la puedo chantajear.

Piénselo bien, mi señora, antes de entrar en esmero, que lo mismo opina el chofer, el jardinero y el fontanero.

El Tercer Tesoro


 


Posee dos hermosos pechos, cada uno apunta a un lado; será porque uno del otro está un poco separado.

Justo en medio de los dos, comenzó a brotar un grano; ella no le hacía caso, pues era entonces muy enano.

Pero aquello fue creciendo de una forma preocupante; se volvió en muy poco tiempo un tercer pecho al

El novio, que está flipando, va a un doctor en cirugía; le explica el raro fenómeno de tan extraña anomalía.

—Es un caso excepcional, pero se puede arreglar; analizaré a la joven para poderla operar.

—No se complique la vida, hay una mejor opción; quizás le resulte fácil hacer otra operación.

—Aquí el que paga es quien manda, diga usted lo que prefiere; exponga su pensamiento, pida lo que el alma quiere.

—Soy un ser muy sensible, sufro más que un enano. No quiero su operación, Mejor ponerme otra mano..

El joven mira al doctor con ojos de gran tunante: —Tener tres de esos tres tesoros es un premio fascinante