El Gallo en el Gallinero
En esta vida puñetera se llega uno a cabrear: si te sobran muchas cosas, no las puedes disfrutar.
De joven, al ir al baile, tocaba una para diez; en la tercera edad, todo se vuelve al revés.
Cuando podía ser gallo y me sobraban hormonas, no había gallinas viejas, solo pollitas tontorronas.
Ahora cambiaron las tornas, no hay problema ninguno: si se te ocurre ir a bailar, hay diez mujeres para uno.
Se quedan todas mirando, uno no sabe qué hacer; encima, si eres pequeño, empiezas como a encoger.
Ellas, todas enjoyadas, uno allí como un pobrete; ponen la canción del gallo, el que echa tanto casquete.
Uno no sabe qué hacer y puede cometer fallos: hay allí muchas gallinas para muy poquitos gallos.
Cuando levantan las manos y una te saca a bailar, es que necesita un gallo y, además, quiere empollar.
Ponen canciones picantes para calentar el ambiente; como ya somos mayores, eso lo tienen presente.
Ni con eso uno se anima, te largas malhumorado: en medio de tanta gallina, puedes salir desplumado.
Por eso me voy pitando, antes de que sea tarde, que aunque el gallo tuvo fama, hoy el corazón no arde. No sea que alguna de ellas, con su arte y su salero, me deje sin una pluma y me robe hasta el llavero.

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