Nunca hubiera imaginado que siempre me acordaría de los guisos de mi madre a la hora de la comida.
Pongo la televisión, veo cocinas impresionantes con cincuenta mil cacharros, lo que no tenían antes.
Miro a los cocineros, todos vestidos de gala; esos nunca trabajaron con un pico ni una pala.
No era buena cocinera, improvisación sí tenía, al carecer de productos al preparar la comida.
Con una lumbre en el suelo y un pote allí arrimado, valía para un cocido, un frito o un guisado.
Primero echaba el agua, que se fuera calentando, luego añadía a ese pote aquello que iba pillando.
Daba igual unos garbanzos, que judías o lentejas; su comida salía buena, ella no admitía quejas.
Si algo quedaba duro, nunca se iba a tirar: otra vez iba al’ pote, valía para cenar.
Si ahora viera estos platos que dicen de "comida fina", por supuesto que diría: —¡Eso es mierda de gallina!
Con esos platos tan grandes y porciones tan pequeñas, mandaría a los cocineros a que fueran a partir leña.
A las mujeres de antes yo les rindo un homenaje: criaban a muchos hijos con guisados y potaje.
Madres de manos curtidas, de gran temple y corazón, nos dieron toda una vida en cada plato y ración.

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