De joven uno se obsesiona, a veces por muy poquito. Yo me encapriché de una por tener un buen culito.
Cada vez que la veía, lo que pensaba primero era mirar por detrás y admirar su trasero.
No se usaban los "shorts" ni esas cosas modernas; la falda era más larga, tapando bien las piernas.
Un día estrenó medias, su falda se encogió, y de verla tan bonita mi mente se trastornó.
Ese día no pude más, me puse como un garrulo; en un descuido que tuvo le di un pellizco en el culo.
Ella se pegó un gran susto dando un salto muy alto; quiso la mala fortuna que cayera en un charco.
Se rompieron sus medias, yo tuve que pagarlas; eran medias de cristal, no podían repararlas.
Costaron ocho pesetas, ¡caro el pellizco salió! Ella no tuvo la culpa, la culpa la tuve yo.
Me marché de aquel lugar, tardé diez años en verla; ya no era de pellizcar, estaba para comerla.
Nunca la volví a ver, para mí fue lo mejor: ella ya tenía músico que le tocara el tambor.

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