La Carrera de las Novicias
Dos novicias encerradas, llevan tristeza de vida, una noche hacen novillos por conocer la movida.
Se les paran los relojes, se olvidan del aposento, y a las seis de la mañana es la hora del recuento.
Es norma de la movida, al poner el colofón, enseñar a las novatas el rito de iniciación.
Asustadas las muchachas, pues no lo habían pensado, salen las dos correteando cada una por su lado.
A la puerta del convento se vuelven a encontrar, y lo normal en esos casos es ponerse a preguntar:
—¿Cómo te fue, Sor María? Espero que no hayas pecado, pues irías al infierno y eso no es perdonado.
—¡Tres veces pequé! —dijo ella— alego en mi defensa: él era un tío macizo y yo una pobre indefensa.
—¿Y tú qué hiciste, hermana, ante tales situaciones? —Yo me subí bien el hábito si él bajó los pantalones.
—¡Pero qué poca vergüenza! ¿No te han dado el resultado? Que corre más una monja con el hábito elevado, que un hombre que intenta alcanzarla con el pantalón bajado.

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