La Perra Gorda
Retrocedamos cien años para entender la historia: cualquiera era muy feliz con una perra gorda.
Encontró una mi madre cuando era solo una mozuela; la gastó en golosinas... ¡Menuda zurra de su abuela!
Idea descabellada gastarla en caramelos; era un motivo sobrado para arrancarle los pelos.
Mentalidad de la abuela cuando tenía una perra: mejor dársela al cura para que rezara por ella.
O servía para el abuelo, si estaba sufriendo pena; si fue para el purgatorio, se acortaba su condena.
—¡Eres una gastadora, te voy a arrancar los pelos! Seguro que te compraste por lo menos diez caramelos.
—Dámelos rápidamente, comer tanto es un abuso; te pueden hacer daño, yo les daré mejor uso.
La abuela los confiscó, no los sabía chupar; los echó dentro del café para poderlo endulzar.
La pensión de la abuela era cosa del futuro; era la gente tan pobre que no tenía ni un duro.
Viuda la pobre mujer, sin dinero y sin calma, que el hambre dolía mucho... ¡Pero más le dolía el alma!

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