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sábado, 17 de enero de 2026

Memoria de un baño

 

Memoria de un baño 

Eso de bañarse desnudo, que ahora mola un montón, yo lo practiqué en mi pueblo y no causaba sensación.

No tenía calzoncillos, mucho menos bañador; la verdad es que en pelotas se nada mucho mejor.

No utilizaba el jabón, ni esos geles de baño: un puñado de hierbajos me hacía siempre el apaño.

Restregaba con esmero, por detrás y por delante; eso me dejaba nuevo, servía de exfoliante.

Eso de los rayos uva era entonces un cuento chino: mejor cambiar de color con unos vasos de vino.

Para dejar limpio el cuerpo, un manojo de follaje; mezclado con las hormigas, ¡menudo paso al masaje!

Era una cosa normal, antes de tirarme al río, untar el cuerpo con barro: se sentía menos frío.

Yo me lanzaba a la orilla, no sentía la pereza; me sentía muy feliz en plena naturaleza.

Uno cambia con los años: si ahora me acerco al río, solo con meter el pie... se queda el pito encogido.

¡Qué tiempos aquellos, madre! ¡Qué libertad la del río! Hoy me sobran los prejuicios y me mata tanto frío.


Guía para la Tercera Edad-


Guía para la Tercera Edad.

Esta es la guía ideal para la tercera edad: pasar las fiestas con calma, en paz y felicidad.

No comas nada de dulce ni el alcohol vayas a catar, que el juicio se pierde pronto y no te sabrás controlar.

Al levantarte de la mesa puedes dar un mal traspié, romperte pronto la cadera y acabar del revés.

Mejor evita el marisco y toda clase de pescado, que con lo que tiran al mar podría estar contaminado.

Si ves la mesa bien llena, evita las tentaciones; bebe dos vasos de agua y ayuda a tus riñones.

Pillarte un buen empacho es cosa de muy valientes; si no comes esos días, tienes para el mes siguiente.

Son fiestas entrañables para hacer buenas obras; disfruta cuando terminen... ¡Comiéndote las sobras!

Quizá no hagas ni caso ni cumplas estas normas; si tu cuerpo lo aguanta, es que estás en buena forma.

Más lo importante de todo, más que el agua o el pescado, es disfrutar de los hijos y de los nietos al lado.

RECUERDOS DE INFANCIA Y MAGIA


 RECUERDOS DE INFANCIA Y MAGIA

En los tiempos de mi infancia había mucha creencia, en brujas y curanderos más que en médicos y ciencia.

La madrina de mi madre curaba todos los males, lo mismo fuera a personas que a pobres animales.

Casi parte de la casa, a mí me quería mucho; era médico de guardia si me ponía "pachucho".

Una vez pillé un catarro de esos de campeonato; con miel, manteca y con vino me lo curó en un rato.

Echaba "males de ojo" y deshacía entuertos, decían que hasta era capaz de resucitar a los muertos.

Ponía velas al Cristo, espantaba al demonio, y si una oveja se perdía rezaba a San Antonio.

Si al casarse alguna moza iba un poco "alocada", por una ristra de chorizos ella todo lo arreglaba.

Esa singular mujer ni era bruja, ni era nada... estaba como una cabra, ¡pero un poco más chalada!

En los tiempos actuales ya no existen esas brujas: hoy han sido reemplazadas por cotillas y marujas.

Murió la vieja creencia, la ciencia ganó la partida, pero qué falta nos hace algo de magia en la vida.



Estamos en un Atolladero

 

El Atolladero

Esto es un atolladero, no acabamos de salir. Solo llegan malas noticias que no nos dejan vivir.

Unos días con pandemia, otros días con la guerra. Siempre con malas noticias, ¡esta vida es una perra!

Unos días sube el gas, otros días la corriente. No vamos hacia adelante, nos engañan vilmente.

Dicen que esto es "puntual", pero, por lo que se ve, nos toman por idiotas y nos mienten otra vez.

Que la culpa es de los otros, que esto viene de herencia... Estamos hasta el gorro y perdemos la paciencia.

Para rematar la faena, nos suben la gasolina. Iremos todos andando y ellos en limusina.

Que aprietes el cinturón y que midas el consumo... con una pensión pequeña, solo puedes comprar humo.

Solo queda confiar en la divina providencia, apretar el cinturón y armarse de paciencia.

¿Eso de la providencia? Es cosa muy alejada. Será al estirar la pata, cuando ya no quieras nada.

Así pasan nuestros días, entre aprietos y facturas, pagando siempre los mismos tanta mentira y locura.

Aventuras en la selva nocturna

 

Aventuras en la selva nocturna

De taxista por la noche, eso era una locura. Como ir a la selva: cada noche, una aventura.

Me paró una mujer, no parecía gran cosa. Noté ese sexto sentido; me pareció sospechosa.

Me señaló el destino. Casi a punto de llegar, dice: "No tengo dinero, en carne puedes cobrar".

Novato en ese oficio, no conocía el ambiente. No sabía cómo tratar con esa clase de gente.

La miré atentamente; ella me enseñó una teta. "Primero tomas el postre, después llegas a la meta".

—Mejor te bajas del taxi. Para mí es una experiencia; intentaré asimilarlo y no perder la paciencia.

Soltó una carcajada, dijo muy despacio: —Pasa al asiento de atrás, que tenemos más espacio.

Soy una mujer decente, deudas no quiero tener. Ven a mi lado, "cariño", sabrás lo que es el placer.

—No quiero perder el tiempo. Tú sigue con tu decencia. No me toques las narices, ni acabes con mi paciencia.

Mejor si te vas corriendo. Tu carne está vieja y dura; me pegarías tus gérmenes, no me la pondrías dura.

Menos mal que se marchó, dejó de darme la lata. Eso no era una mujer, más bien una garrapata.

Esta fue una experiencia de esas que no se olvidan. Allá en los años sesenta, de las muchas en mi vida.

Los Huevos del Marido

 

Los Huevos del Marido

Viuda desconsolada, nadie sabe qué le pasa. Se enteran de su desgracia: desvalijaron su casa.

La dejaron sin chorizo, despreciaron el tocino. Desapareció el jamón y cinco litros de vino.

—No lloro por esas cosas, lo que más me ha dolido es que se llevaran dos huevos que eran de mi marido.

Era su mejor legado, hasta brillo les sacaba. Los pasaba de mano en mano, a veces los apretaba.

Los quería más que a mi vida, estaban como nuevos. Era el más fiel recuerdo que tenía de sus huevos.

Eran los huevos de un santo, por eso yo los quería. Unas veces los sacaba, otras veces los metía.

Nunca los abandoné, ni siquiera en vacaciones. Al tenerlos a mi lado, evitaba tentaciones.

Esos huevos los usaba por la noche y por el día. Al sentirlos en mis manos, rebosaba de alegría.

Eran una obra de arte, finos, lisos y pulidos. Nunca podré olvidar los huevos de mi marido.

Esos huevos de madera valen para muchos fines: coger puntos a las medias y zurcir los calcetines.

Así termina esta historia, de la viuda y su desvelo. ¡Que por dos huevos de palo, casi se nos va al' cielo!

Recuerdos de Madrid

 

Recuerdos de Madrid

María vino a Madrid toda llena de ilusiones. Al mes regresó al pueblo, estaba hasta los melones.

Una amiga le comenta: —Te veo hasta más delgada. Tienes como más ojeras, andas como cabreada.

—Tengo en el cuerpo señales de esa pequeña aventura. Recuerdos inolvidables, una cosa de locura.

Me sobaron de lo lindo, me apretaron sin parar. Yo miraba hacia el techo, no paraba de sudar.

Entré fría y sonriente, a veces hasta cantando. Al llegar hasta el final, sudando y coreando.

A veces sentía mareos, no podía respirar. Perdía la noción del tiempo, me tenía que agarrar.

Unas veces eran blandas, otras veces eran duras. No sabía cómo ponerme y cambiaba de posturas.

—Para mí lo que cuentas no es nada deprimente. Solo de pensar en ello, me estoy poniendo caliente.

—Narro la pura verdad, todo esto se junta... ¡Si viajas en el metro, cuando llega la hora punta!

Así que no te confundas, que no ha sido un "revolcón". Es la vida del que viaja estrujado en el vagón.


Todo sube... ¡menos lo importante

 


Todo sube... ¡Menos lo importante!

Todo sube que te sube, y no para de subir. Escuchando a dos señoras, esto es lo que pude oír:

—Me está creciendo la tripa, la tengo bastante hinchada. Me mantengo solo del aire y no estoy embarazada.

Pensaba suicidarme, no puedo resistir más; pero no puedo llevarlo a cabo por la subida del gas.

Es como una pesadilla, esto no hay quien lo aguante. Hago los viajes a pie por el puto carburante.

Al subir tanto el aceite, cuando tengo que guisar, pongo solo una gota para poderlo catar.

Me olvidé de la carne, ya no puedo comprarla. Tendré que conformarme si una vez puedo chuparla.

Subieron los pepinos, se encareció el tomate. Pensar en la ensalada es un puro disparate.

Frigorífico parado, alcoba bien apagada... Mi marido no distingue y hace el amor a la almohada.

—Eso de que todo sube, para mí es tontería. En unas cosas será verdad, en otras, pura mentira.

Al tocársela al marido, al momento comprobé: la tenía cincuenta puntos por debajo del IPC.


Moraleja: Aunque la cesta de la compra nos cause gran decepción, lo peor es que en la cama... ¡También haya deflación!

El Secreto de la Cigüeña


 

El Secreto de la Cigüeña

—Una amiga le comenta: «Te veo guapa y risueña. Te está creciendo la tripa, ¿quizás viene la cigüeña?».

—Tienes toda la razón, diez años llevo esperando. Todos los días escribiendo, al final está llegando.

—Seguro que tu marido está la mar de contento. El fruto de su trabajo durante todo este tiempo.

—Ahora está tan contento que no cabe en sí de gozo. Estaba desesperado, quería tirarse a un pozo.

Eso de la cigüeña es de época pasada. Cuentos de las abuelas que ya no valen para nada.

Que venían de París... otra pura tontería. No la cree nadie ya, era pura fantasía.

—Me tienes muy intrigada, llena de curiosidad. ¿Dime cómo lo hiciste? Ya no puedo aguantar más.

—El método es muy barato, atractivo y muy sencillo. Olvidé esas historias... ¡Y cambié de pajarillo!

Moraleja: No te empeñes con porfía en lo que no tiene apaño; renovar la «maquinaria» nunca suele hacer daño.

Sopa de Noticias

 

Sopa de Noticias

No pasa un solo día sin salir un notición que nos deje cabreados y nos suba la tensión.

Escuchar las noticias cada día es deprimente; hace temblar al cobarde, acojona al valiente.

Se atraganta la comida, hacen llorar en la cena; el mundo está revuelto, sin una noticia buena.

El COVID no se termina, no saben cuándo ni cómo; no lo hemos superado y nos llega lo del mono.

Que no gastemos luz, hay que suprimir el gas; si no joden por delante, te la meten por detrás.

Que la Tierra se calienta, que hará más calor que frío; que sigamos consumiendo... nos hacen la picha un lío.

Pelearse por un Mar Negro es algo muy deprimente; es ser cabrones con ganas de hacer sufrir a la gente.

La guerra pocos la entienden y no soluciona nada; esto que estamos viviendo es una "Putin-putada".

Así que apaga la tele, no escuches más el sermón, que para vivir tranquilo hace falta un buen colchón.

El Charlatán de las Pulgas

 

El Charlatán de las Pulgas

Época de los cuarenta, daban tortas más que panes. Media gente analfabeta, proliferan charlatanes.

Vida mucho más tranquila, sin reloj ni tanta prisa. Ponían sus tenderetes a la salida de misa.

Pueblos llenos de pulgas, uno de los muchos males. Convivían las personas rodeadas de animales.

El charlatán pregonaba: «¡Tengo polvos especiales! Eliminando las pulgas, se acabarán vuestros males.

Son unos polvos mágicos, le informo lo primero; que no traen instrucciones al venir del extranjero.

Al terminar el lote, le indicaré cómo usarlos. Valen para otros bichitos, que también pueden matarlos.

Al hombre no le hacen daño, la mujer los puede usar. Los meten en una media, después, a espolvorear.

Las pulgas saltan y saltan, y no paran de saltar. Esos polvos las atontan y se pueden atrapar.

Pides el yunque al herrero y la maza más pesada. Le das un mazazo fuerte, la dejas espachurrada.

Es un método infalible, muy fácil de hacer: dándole en la cabeza, esa no vuelve a morder».

El sistema fracasó, la gente perdió la guerra; una lucha desigual, el método era una mierda.

Moraleja de esta historia: no te fíes del que vende, que si el remedio es un mazo, el que es tonto no lo entiende.



Mi Novia de Acero.

 

Los recuerdos de la mili me vienen a la memoria. El capitán me decía: «El fusil será tu novia».

No entendía nada de esas afirmaciones. No tenía culo ni tetas, no veía comparaciones.

«Olvida la del pueblo, aunque sea una monada. En caso de ir a la guerra, esa no sirve de nada.

Esta es la mejor novia con la que puedes soñar. Si el enemigo te ataca, ella te puede salvar».

Dormirás con ella, llegarás hasta amarla. Tiene que estar en forma para así poder usarla.

Enamorarse del fusil es como creer un mito. Elevaba la moral, hacía bajar el pito.

Por lo bajini pensaba: «Este es un loco cabrón. Seguro que está casado con una mujer cañón».

Él dormía caliente; en las guardias que yo hacía no calentaba esa novia, era demasiado fría.

Esas cosas las recuerdo con nostalgia y alegría. Era un joven soñador, estaba lleno de vida.

Hubo muchas enseñanzas que eran pura tontería. También algo aprendí de lo dura que es la vida.

Hoy con el tiempo pasado. Poco me acuerdo de ella. No le cogí cariño. Tampoco fue mi doncella.

Energía de Retaguardia

 

Energía de Retaguardia

Sube mucho el gas, nos estamos quejando. No miramos para atrás: lo estamos desperdiciando.

No depender de Rusia ni de otro país con gas, si aprovechamos el nuestro, que nos sale por detrás.

Una bolsa con ventosa, con cierre automatizado, nos recogería el gas al ser este expulsado.

Fomentar comer legumbre, con verdura incorporada; tiraríamos más pedos, la crisis solucionada.

No depender de centrales ni otras fuentes de energía; nosotros lo producimos por la noche y por el día.

Es energía gratuita, renovable y natural. No contamina la atmósfera y el ahorro es abismal.

Lo estamos desperdiciando, no buscamos soluciones. Esto es mucho más barato, evita exportaciones.

La fábrica la tenemos, tenemos las tuberías. Sabemos lo que nos falla: descubrir las recogidas.

Si conseguimos esto, todo irá de mil amores. Solo queda envasarlo y separar los olores.

Con esto nos bastaría, bajaría la gasolina. Comeríamos mejor al usar más la cocina.

Si no llega con el nuestro, en subidas puntuales, contaríamos con las vacas y con otros animales.

Los políticos de turno, con esta simple opción, asegurarían el voto en la próxima elección.

"Es energía gratuita, renovable y natural. No contamina el ambiente y el ahorro es ¡Abismal!



Choque generacional

 

Choque generacional

Asistí a un festival, con canciones rapeando. Me atronaron los oídos, casi terminé llorando.

Quise comprender la letra, me empezó a doler la olla. Entendí frases sueltas, como "tonto" y "gilipollas".

Rapeaban unas chicas, debían de estar sin trabajo. Que todo les daba igual, estar encima o debajo.

Una cosa me extrañó: verlas tan desesperadas. Decían estar más alegres cuando estaban colocadas.

Las canciones tenían de todo: de maría y otras sustancias, de pollas y chupetones, y otras muchas "elegancias".

Mucho de "hijos de puta", de chorizos y ladrones. De unos polvos mágicos, y no sé de qué cojones.

Palabros que en otros tiempos eran como guarradas, ahora son aplaudidos y con furor coreadas.

Si ya no me coloco mirando tías cachondas, se ve que no estoy al loro: ya no cojo ni las ondas.

Mucho ruido, muchas luces encima del escenario. Difícil de asimilar, al ser yo octogenario.

Me vuelvo para mi casa, que allí se está más tranquilo. Prefiero mis viejos discos, que tienen mucho más estilo.

La aparición del río

 

La aparición del río

Era un pueblo tranquilo, nunca pasaba nada. A pesar de tener río, la gente no se bañaba.

Era esa época antigua en la que existía el pudor. Desnudos sentían vergüenza y no tenían bañador.

Nada dura eternamente, todo cambia en esta vida. Se armó una revolución al llegar una atrevida.

Prudencio cogió la burra, no puso ni un aparejo. La guiaba con los pies, montó a pleno pellejo.

La burra sabía el camino, lo tenía muy andado. Solo ver el azadón, se encaminó hacia el prado.

Al pasar cerca del río, creyó estar viendo visiones, Le flojearon las piernas, se hincharon los pantalones.

Tumbada en una toalla, había una chica desnuda. Era una desconocida, y estaba cojonuda.

Con el chichi a medio pelo, con un buen par de tetas. Pensó en una extraterrestre, que venía de otro planeta.

No pudo apartar la vista, estaba hipnotizado. Se olvidó de la burra. Eso lo pagó muy caro.

Una puñetera piedra, justo en medio del camino. Tropezó en ella la burra, lo lanzó contra un espino.

Jurando se levantó, apretándose los puños. Estaba como un Cristo, todo lleno de rasguños.

Su mujer se asustó, al verle en ese estado. Hizo la señal de la cruz, ¿Con quién te has peleado?

La burra es la culpable Porque tuvo un tropezón. Mejor vamos a la cama y me bajas la hinchazón.

No se sabe si hubo cura para aquel gran sofocón, pero hoy evita el río por miedo a otro tropezón.



El Hormiguero Fantastico.

 El Hormiguero

Tenía una mujer que era bastante sosa. Él hacía por cambiarla, pero no funcionaba la cosa.

La besaba en la boca, muy apasionadamente. Era besar a una estatua: se mostraba indiferente.

Con solo dar un besito, él se ponía emocionado. Ella giraba el cuerpo, mirando para otro lado.

Era una estatua de bronce si le tocaba una teta. No se ponía caliente, ni arrimando cebolleta.

Sigue de ella enamorado, no piensa en separación. Lo primero que hace es un cambio de colchón.

Fuera duro o fuera blando, ella siempre respondía: —Hoy me duele la cabeza, lo haré mejor otro día.

Pasan días, pasan meses, lo mismo siempre a diario. Una noche por el campo, ocurre algo extraordinario.

Quizás fuera por la brisa o por el cambio de ambiente. Ella le da medio beso, él la encuentra diferente.

No piensa desperdiciar otra ocasión como esa. Rápido la lanza al suelo, como el león a la presa.

Al empezar la faena, y sin dar explicaciones, ella empezó a moverse a seis mil revoluciones.

Al terminar, ¡le pregunta el motivo de ese cambio!: —¡Casi me dejas capado y sin palanca de cambio!

—Te está bien empleado, otra vez mira primero. ¡No se te ocurra tumbarme encima de un hormiguero!

Desde aquel día el marido, cuando la nota dormida, busca siempre un hormiguero ¡para' darle un poco de vida!



La María y el Jabón

 La María y el Jabón

Cantando estaba María, lavando ropa en el río. Esa ropa remendada, de ella y de su marido.

Con un trozo de jabón, de la grasa del gorrino, que sobraba en la sartén al freír bien el tocino.

Una trucha juguetona dio un salto de improviso. El jabón se le escurrió, se lo llevó el remolino.

Por intentar alcanzarlo, en un acto instintivo, la María se cayó a lo hondo del río.

Un árbol medio caído le vino de maravilla. Aferrada a las ramas, pudo ganar la orilla.

Puso su ropa a secar a la orilla del río. No quería entrar mojada a la casa del marido.

Tener las carnes al aire se consideraba guarro. La María se tapó con un pegote de barro.

Dejó un pequeño agujero, para poder respirar. Pensando también la pobre que tendría que mear.

El marido bajó al río al ver que tardaba tanto. Verla en esas condiciones le produjo un gran espanto.

—María, ¿pero qué pasa? ¡Tienes el "chichi" endurecido! Está duro como roca y el agujero encogido.

—¡Así no podrás ser madre, ni podré darte un hijo! ¡Se te ha quedado más chico que el pitorro de un botijo!

El marido se marchó dando voces por el río: —¡Vaya una suerte la mía, tener el botijo obstruido!

El Burro Galán y el Hechizo.

 El Burro Galán y el Hechizo 

Era un burro muy feo. ¡Qué feo era ese burro! Pero estaba bien dotado del atributo del burro.

Andaba siempre muy triste, el ánimo decaído. El rabo entre las piernas y el aparato encogido.

El pobre estaba virgen, lo tenía sin estrenar. Soñaba con ser más guapo para así poder ligar.

Conoció a una bruja que cobraba muy barato. Al burro, por ser tan feo, ella lo ponía guapo.

Lo transformó en el burro más bonito del lugar, con una sola condición: no podría rebuznar.

—Si llegas a rebuznar no respondo del hechizo: o sigues siendo guapo, o pierdes el chorizo.

No parecía complicado cumplir esa condición; dejar de rebuznar y ser un burro molón.

La bruja no se fiaba de que el burro lo cumpliera. Para despejar las dudas lo probó de esta manera:

Se transformó en la burra más molosa del lugar. El burro empezó a dar saltos y se puso a rebuznar.

Se olvidó que era bruja al ver aquel aparato; pensó que tenía derecho a disfrutarlo un buen rato.

Los dos se sentían felices en medio de aquel alborozo. Se ponen a rebuznar, formando los dos un coro.


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La Máquina y la Moneda

 

La Máquina y la Moneda

Un matrimonio de pueblo, que se quieren divorciar, Es la custodia del hijo, lo que tienen que aclarar.

No se ponen de acuerdo, explican sus razones, Se encuentran ante la juez, dan sus explicaciones.

—Señoría, yo lo parí, sufrí muchos reveses, Tuve una gestación difícil, durante los nueve meses.

Una madre ama al hijo, no lo pienso abandonar. Su padre es un desastre, que no sabe ni labrar.

—Soy un buen labrador, esto no puedo aguantar, Para plantar la semilla, hay mucho que trabajar.

Ella es una tierra mala, dura como la arcilla. Yo me tiré cinco años, para plantar la semilla.

Es como un terreno baldío, muy poco roturado. Hace falta sudar mucho, para enterrar el arado.

—¡Eso es una pura mentira! Tu reja no es buena. No vale para labrar, ni en un terreno de arena.

Además, es muy pequeña, endeble y muy gastada. Echa de gominola, como cuando está chupada.

La juez no es de pueblo, tampoco ha parido. Nada entiende de reja, ni de terreno baldío.

Para dictar la sentencia, la juez está hecha un lío. La juez dictó la sentencia: —No se peleen, señores, que el producto es de la máquina... ¡Y el dueño cobra los valores!


La venganza de María

 La venganza de María

Se casó mediante poderes, sin conocer al marido. Salió muy mal el negocio: un borracho empedernido.

Falló la noche de bodas, esa noche tan deseada. Él bebió como una esponja y no se le enderezaba.

No existía el divorcio, ni remedio para el mes; ideó ella un invento para no tener bebés.

Aguantar a un hombre así no es para tomarlo a broma; lo primero que compró fueron unas bragas de goma.

Él notaba algo extraño, no sabía lo que era: él empujaba hacia dentro, algo empujaba hacia fuera.

A pesar de estar borracho, protestó por la manía: —No me gusta esta postura, la encuentro algo fría.

—Cambiaremos el estilo si no vienes a gatas; si vienes algo sereno, lo haremos a cuatro patas.

Si no llega bien despierto, se va a enterar del asunto; le prepara una sorpresa que lo dejará en su punto.

No se fiaba ni un pelo, por si salía al revés: cogió esa bolsa antigua que calentaba los pies.

Se la puso entre las piernas para darle un escarmiento, con el agua bien hirviendo para que la echara dentro.

Como siempre, llegó ebrio, no se enteraba de nada. Esa noche terminó... ¡Con la pilila escaldada!


Cam

Revolución en la Aldea

 


Revolución en la Aldea

Estrenábamos maestra. Íbamos medio asustados; resultó que era muy guapa y con los labios pintados.

Usaba la falda corta, las curvas muy bien marcadas, se le notaba el orgullo y no tenía barriga.

Zapatos de medio tacón, usaba medias de seda; una cosa nunca vista: vestir de aquella manera.

Las madres cotilleaban: —¡Qué desgracia hemos sufrido! No enseñará a nuestros hijos y altera a cualquier marido.—

Era atractiva y simpática, no conocía la vara; nos hablaba sin gritar y aquello nos extrañaba.

Los chicos todos contentos, las madres muy enfadadas: —Es una señoritinga, no sabe enseñar nada.—

Acostumbrados a ir con maestras anticuadas, queríamos ir a la escuela y con la cara lavada.

Las madres dale que dale: —¡Qué desgracia hemos sufrido! Ahora quiere ir a la escuela el burro de mi marido.—

Revolucionó a los abuelos que no sabían ni un cero; ahora dicen a la abuela: —¡Préstame el lapicero!—

En una aldea atrasada solo cabía esperar que una mujer tan moderna no acabara de encajar.



El Pato de la Discordia

 

El Pato de la Discordia

Son dos buenos cazadores que así pasaban los ratos, pues lo que más disfrutaban era la caza de patos.

Quizás está fuera causa de no ser amigos buenos, pues discutían por verse invadiendo sus terrenos.

Llegó el enfrentamiento por una simple memez: al disparar a una pieza los dos tíos a la vez.

Un perro cobra la presa y se la lleva al patrón; el otro llega deprisa con sofoco y sofocón.

—¡Suelta ese pato ahora mismo! ¡No seas aprovechado! ¡Yo le tenía más cerca, seguro que lo he cazado!

—¡Es mío y no lo suelto, si no atiendes a razones, te vas a llevar de premio patada en los cojones!

Al ir a quitarle el pato le suelta la gran patada; con gritos por el suelo, la cosa queda zanjada.

Conmovido por su llanto se le ablanda el corazón: —Puedes quedarte la pieza... ¡Quizás tenías razón!

Moraleja: No merece un mal amigo ,si no se viene a razones, que es mejor ceder la pieza ¡que una patada ... en los cojones!


La suerte de los chinos

 

La suerte de los chinos

Era la más guapa del pueblo, simpática y resalada; una pandilla de mozos la tenía asediada. Tener tantos pretendientes es para ella un dilema, no sabe a cuál elegir: un verdadero problema.

No puede salir de casa, se siente como una presa; son como perros hambrientos tras el rastro de la pieza.

No puede resistir más, no soporta la presión; se ha armado de gran valor para dar un buen pregón:

—A todos os quiero mucho, no sé cuál es el mejor; haced entre vosotros un torneo y elegiré al vencedor.

Aceptan el desafío, pelean como guerreros; solo quedan dos en pie que resultan ser gemelos.

Ridícula la disputa, desisten de la pelea; se la juegan a los chinos: quien gane, se la queda.

—Como somos tan iguales, ella no lo va a advertir; nos turnamos cada poco, la podemos repartir.

En la primera ocasión se da cuenta del engaño: comprueba que el aparato no tiene el mismo tamaño.

—No sé cuál ganó de los dos, me estáis haciendo un lío. Es mejor vivir los tres y así formamos un trío.

El látigo olvidado

 

El látigo olvidado

En tiempos de Inquisición, época de brujería, condenaban a la mujer por la menor tontería.

Por una cosa muy vana fue una joven castigada: al cruzarse con el cura, le sostuvo la mirada.

Se quejó el buen superior de haber sido tentado por esa mujer de casta y de busto pronunciado.

«Indigno es en la mujer mirar al cura a la cara; para dar un escarmiento, ¡que sea bien castigada!»

«Serás tú el ejecutor, pues eres el ofendido; le darás cien latigazos, que no olvide lo sufrido».

Llevaron a la mujer a una celda muy oscura; la dejaron sin ropajes y entró enseguida el cura.

Se oyen gemidos y gritos, y los que están escuchando se quedan maravillados de la zurra que está dando.

Cuando abrieron la celda, se llevan la gran sorpresa: ella sale entre bailes con una jota aragonesa.

El cura está medio muerto, no puede ni respirar; no entiende qué ha sucedido, ni lo puede explicar.

«Para cumplir el castigo, se usa el látigo de cuero; tú olvidaste la correa... ¡Y encima  sales en cueros!»


El misterio del costurero

 

El misterio del costurero

En un remoto lugar, un domingo en plena misa, se puso una de parto: el niño nació deprisa.

En la pila del bautismo le lavaron al momento, pues era el agua más cercana al lugar del nacimiento.

Pensaron en un milagro que todo iba a cambiar: él sería el elegido que daría la señal.

Se crio muy apartado de los chicos y las chicas; como era tan agraciado, le tacharon de marica.

Le tocó en la Legión el servicio militar. Todos y todas pensaron: «Allí le van a cambiar».

Regresó de hacer la mili, y en algo había cambiado: se dejó crecer la barba, pero seguía afeminado.

Se dedicó a la costura, nadie lo podía creer: maestro en los sostenes y en prendas de la mujer.

Era tan perfeccionista al tomar bien las medidas, que pedía turno el pueblo —una mujer cada día—.

Empezaron a nacer niños sin saber quién los fabrica, pero todos se parecen al perfil del «marica».

Los hombres se mosquearon: «Algo raro está pasando». Las mujeres comentan: «¡Es el tiempo del cambio!».

Murió joven y agotado, dicen que «desnutrido», siempre al pie del trabajo y cumpliendo lo pedido.

Desfiló una multitud mientras le estaban velando: ellos le señalan el dedo, ellas desfilan llorando.

Analizando su historia, el misterio se complica: para unos fue un machote, para otros... un marica.

Los enanos de la Vicenta

 

Los enanos de la Vicenta

Ocurrió la historia en el pueblo, sobre los años cuarenta. Un regalo inesperado que recibió la Vicenta.

Viuda hacía veinte años, era ya una octogenaria, algo apartada del mundo, con una vida solitaria.

No sabía escribir, ni por supuesto leer; sabía cosas del campo y una miaja de coser.

No recibía pensión, pues entonces no existía; cultivaba algo en el huerto, comía lo que podía.

Los hijos y los nietos todos habían emigrado. Un nieto fue a visitarla cargado con un regalo.

Era una radio enorme con dos buenos altavoces; al estar un poco sorda, para que oyera las voces.

Aprovechó que la abuela fue a ver a la vecina; para darle una sorpresa, se la instaló en la cocina.

Al regresar la anciana, oyó que estaban hablando; salió a pedir auxilio, ¡pensó que estaban robando!

Se reunió medio pueblo, nadie se atrevió a entrar, hasta que llegó Aniceto, el más bruto del lugar.

Entró armado con un hacha, esa era su costumbre; rompió la radio en pedazos, después los echó a la lumbre.

—Podéis entrar sin temor, que todo está arreglado: me cargué a los enanos y después los he quemado.

Con su Propia Medicina.


Cuarenta años de casados ya no se pueden ni ver; hay intereses de por medio y no se quieren perder.

En situación tan extrema buscan cualquier desperfecto, con tal de librarse el uno del otro y hacer el crimen perfecto.

Como él ya está jubilado, se le ocurre una traición: va al campo a buscar setas con la peor intención.

Él las conoce de sobra, sabe cuál puede comer; es una trampa ideal para matar a su mujer.

Poco ducho en la cocina, no sabe nada de nada, pero le dice a su esposa: —"Están ricas rebozadas".

—"Ten cuidado al cocinarlas, que esta es una seta fina; para apreciar bien su gusto pásala solo por harina".

—"Esta otra es diferente, resulta un poco más sosa; si la rebozas con huevo te quedará más sabrosa".

Con este sencillo truco cree que ya está salvado: distinguirá las venenosas por el tipo de rebozado.

Pero ella, que desconfía, viendo el plan que se ha inventado, por llevarle la contraria les cambió el rebozado.

Engañar a una mujer es tarea complicada; él estiró la pata pronto con la seta envenenada.

Nunca fue ella acusada de malvada ni asesina; él murió por gilipollas con su propia medicina.

Un tacaño en el entierro

 

Un tacaño en el entierro

Era un viejo muy tacaño con el puño bien cerrado, no quería que su mujer disfrutara lo ahorrado.

Antes de morir el hombre le dijo: —"Escucha, mujer, todo el dinero que tengo al hoyo me lo he de traer".

—"Júrame por lo que quieras que al cerrar el ataúd, metes todos mis millones donde no haya ni una luz".

Ella, que era muy lista, le dijo: —"No sufras, marido, que te irás con tus pesetas aunque ya estés fallecido".

Llegó el día del entierro, la caja estaba ya ahí, y la viuda puso un sobre antes de decirle "así".

Una amiga le decía: —"¡Pero tú estás tonta o qué! ¿Le has dado todo el dinero para que no vuelva a pie?"

La viuda, con mucha guasa, le contestó muy sincera: —"Yo soy mujer de palabra y no soy una cualquiera".

—"He contado los billetes, las joyas y hasta el parqué, lo he ingresado en mi cuenta... ¡Y le he firmado un cheque!"

—"Si en el otro barrio quiere comprarse algún capricho, que baje hasta la oficina y que cobre lo que he dicho.

El milagro de la salchicha

 

El milagro de la salchicha

Condenado por el Rey, sumido en la desdicha, le acusan de que a la Reina le gustaba su salchicha.

Cosa tan insoportable el Rey no pudo tolerar; decidió cortarle el miembro: ¡que no vuelva a pasar!

Mensajeros por el reino anuncian el escarmiento, pues quiere el Rey que su pueblo conozca el acontecimiento.

Llegado el día marcado, la plaza está que revienta; entradas por las nubes y funciona la reventa.

Se cruzan mil apuestas de lo que pueda pasar: si cortarán los testículos y cuánto podrán pesar.

Le dejan en pelotas, sin hacer un rasurado; no caerá solo el miembro, irá bien acompañado.

Lo suben al patíbulo, un tronco ponen debajo, mas no encuentran el objetivo para cortarlo de un tajo.

Un silencio sepulcral, la gente queda sin habla: no encuentran lo que buscan, ¡es más liso que una tabla!

El tipo es un portento, la situación la aguanta: metió el miembro en la tripa y los huevos en la garganta.

Imposible castigarle, no encuentran el motivo; le había entrenado un Buda y se libró del castigo.

El Rey, muy avergonzado ante tal situación, no tiene más remedio que otorgar el perdón.

Para el Rey fue un alivio, para la Reina una dicha: ya no sería juzgada... ¡Por gozar de la salchicha!

La Frustración de la Viuda.

 

Veinte años lleva viuda, está muy desesperada; le gustaría recordar algo de cuando estuvo casada.

Recuerda bien a su esposo, aunque era un "puñetero": recogía muchos trastos y los guardaba en el trastero.

Cansada de tanto bulto, se pone a hacer la limpieza; ve una lámpara extraña y de una sola pieza.

Está toda oxidada, parece de varios siglos; por ver si es interesante, decide sacarle brillo.

La mujer frota que frota y no deja de frotar; al genio que estaba dentro lo consigue despertar.

—Date prisa en pedir algo, ¡que casi me muerde el deseo! No te enrolles al pedir, que solo concedo un deseo.

—No quiero abusar de ti, deseo algo modesto: ¡Convierte a mi perro fiel en un joven muy apuesto!

—Deseo concedido, será tu esclavo y amado; es un buen carpintero y sabe clavar el clavo.

La viuda se volvió loca al ver su cuerpo de atleta: «Seguro que está en forma y siempre llega a la meta».

Pero al mirar "la herramienta", ve una pieza obsoleta; ese martillo no clava ni una simple chincheta.

El joven soltó una risa, ella casi se desmaya; él le recuerda aquel día que le hizo una canallada:

—Solo tuviste un deseo, ¿no te has parado a pensar? Que cuando yo era perro... ¡Me llevaste a castrar!

El Avispero Tierno

 


El Avispero Tierno

¡¡Levanta el culo del sofá!! No seas tan marrullero, te llevo un año diciendo que tapes un agujero.

Sigues ahí tan pancho, ni te has dignado a mirar. ¿Necesitas material para poderlo tapar?

De noche ni lo ves, de día te da miedo; solo cerveza y sofá, y encima tirando pedos.

—Sabes que las avispas a mí me dan mucho miedo; esa pared es muy vieja, tiene muchos agujeros.

—Tiene tantos agujeros que no doy con el exacto. —¡Saca la chorra y los meas! Lo encontrarás en el acto.

Obedeciendo las órdenes, meó contra la pared; salió todo un avispero, le picaron más de diez.

Su miembro, una morcilla, no lo podía esconder; lo agarró con las dos manos, se lo enseñó a la mujer.

Sus ojos desorbitados, la mente se le nubló; no lo podía creer, por eso se desmayó.

Recuperada del susto, ella hincó la rodilla; estaba dispuesta a catar ese tipo de morcilla.

No sabía que las avispas elaboran tal morcilla, pero esta sabía a miel: ¡era una maravilla!

Le prohibió ir al médico, dijo que era pasajero, que no matara a las avispas... ¡Y tapará otro agujero!


Falta de Material.

Llevan poco de novios, los dos se encuentran a gusto, pasan a segunda fase: se interesan por sus gustos.

El hablar de casamiento es un poco complicado: ella quiere por la iglesia, él prefiere por juzgado.

"Me gusta por la iglesia, es la cosa más normal; pero antes de casarse... ¡Hay que ver el material!"

"Eso era antiguamente, ahora es más natural: si una cosa no te gusta, se devuelve el material".

"Esa idea que tú tienes no me deja convencida; mejor vamos a la cama y te tomo la medida".

Al catre fue a remolque, eso la hizo dudar; él apagó pronto la luz sin llegarse a desnudar.

Él, para disimular, se soltaba muchos pedos; ella esperaba una cuarta... ¡Y eran solo cuatro dedos!

Aquí termina la historia de María y de Gregorio: faltaba mucho material para llegar al casorio.

Lady: Una historia de adopción

 

Lady: Una historia de adopción

Hola, mi nombre es Lady, una perrita adoptada. No sé si tengo hermanos, porque fui abandonada.

Llegó un ángel del cielo que me libró de una jaula; ese ángel salvador tiene el nombre de Paula.

Me adoptó una familia amante de los animales; soy feliz con todos ellos, se terminaron mis males.

Para los que me conocen, soy una pura delicia; reparto amor a raudales a todo el que me acaricia.

No tengo pedigrí, no soy de raza pura; soy una perra bonita que rebosa de ternura.

Amo a todo el mundo, niños y jóvenes, seres de mediana edad y adoro a los abuelos.

Cada uno en esta vida disfruta a su manera; yo disfruto con los míos organizando carreras.

Antes de comprar un perro, lo que se debe pensar: que no es un simple peluche que se puede abandonar.

Si la vida de un perrito tú la quieres cambiar, ¡valora la adopción!, no necesitas comprar.