Memoria de un baño
Eso de bañarse desnudo, que ahora mola un montón, yo lo practiqué en mi pueblo y no causaba sensación.
No tenía calzoncillos, mucho menos bañador; la verdad es que en pelotas se nada mucho mejor.
No utilizaba el jabón, ni esos geles de baño: un puñado de hierbajos me hacía siempre el apaño.
Restregaba con esmero, por detrás y por delante; eso me dejaba nuevo, servía de exfoliante.
Eso de los rayos uva era entonces un cuento chino: mejor cambiar de color con unos vasos de vino.
Para dejar limpio el cuerpo, un manojo de follaje; mezclado con las hormigas, ¡menudo paso al masaje!
Era una cosa normal, antes de tirarme al río, untar el cuerpo con barro: se sentía menos frío.
Yo me lanzaba a la orilla, no sentía la pereza; me sentía muy feliz en plena naturaleza.
Uno cambia con los años: si ahora me acerco al río, solo con meter el pie... se queda el pito encogido.
¡Qué tiempos aquellos, madre! ¡Qué libertad la del río! Hoy me sobran los prejuicios y me mata tanto frío.

No hay comentarios:
Publicar un comentario