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jueves, 8 de enero de 2026

La trampa del noviazgo


Te veo muy ojeroso, Juan, y como algo cansado. No lo encuentro normal... ¿Dime por qué te has casado?

—Cuando me fui de casa, sin los mimos de mi madre, pensé que la soltería sería de puta madre.

La verdad que no fue así y empecé a reflexionar: que para llevar la casa hay mucho que trabajar.

Tenía que hacer la comida, se me da muy mal guisar; peor es hacer la cama y mucho menos planchar.

No sabía lavar la ropa ni poner la lavadora, y para limpiar el baño me tiraba más de una hora.

Me busqué una novia exprés y, casi sin conocerla, me casé rápidamente para que lo hiciera ella.

Me equivoqué totalmente: en el amor es muy buena, pero hacer cosas de casa... dice que no hace esa faena.

Mi abuelo ya me lo dijo: "Si alguna vez te casas, la mujer con uñas largas no hace cosas de casa".

Me dio una alternativa y tenía que escoger: si prefería revolcones, lo tenía yo que hacer.

Con tres trabajos ahora, sin estar acostumbrado... revolcón, limpieza y curro, ¡ando la mar de cansado!

El cumpleaños del soltero de oro


Estaba el bueno de Antonio celebrando su onomástica, bebiendo unos buenos vinos de un modo muy entusiasta.

Entró al bar un buen amigo, uno de los invitados, con una noticia urgente que le dejó anonadado.

—"Antonio, no vas a creerlo, pero te tengo que hablar: tu mujer te pone cuernos, no lo puedes aguantar.

Corre pronto hacia tu casa, conduce sin descansar, que ahora están en plena faena y los puedes atrapar".

Salió como una centella, con la mente ya despierta, y se montó en una moto que vio allí junto a la puerta.

No miraba el recorrido por ir a todo correr; quería pillar al amante junto con su  mujer.

No pasan ni diez minutos cuando lo ven regresar; viene el pobre hecho un Cristo, maldiciendo sin parar.

—"Eres un pésimo amigo, el susto fue de morir. Me estampé con una farola, ¡casi no puedo vivir!".

—"Pero dime —dijo el otro—, en medio de aquel correr, ¿pudiste pillar al tipo que se tira a tu mujer?".

—"¡Vete a tomar por culo por haberme asustado! ¡Que yo no sé llevar motos... y ni siquiera estoy casado!".

El Dilema de Facundo

 


Era un chico espabilado, el hijo del tío Facundo, soñaba desde pequeño con poder cambiar el mundo.

En la escuela no jugaba a juegos de pelear, se sentaba pensativo: ¿qué podría reformar?

Así pasó la niñez, meditando noche y día, sin conectar con amigos, sin ninguna compañía.

Llegó a la edad adulta y el mal se empezó a agravar, no sabía echarse novia por no dejar de pensar.

Pidió consejo al abuelo, que todo lo solucionaba, buscando en su experiencia lo que el viejo aconsejaba.

—"Lo que debes hacer tú, mi pequeño saltamontes, es marcharte de la casa a una cabaña en los montes.

En ese lugar remoto allí podrás disfrutar; llévate a una tía buena que no te deje pensar.

Goza bien de los placeres y solo debes pensar: aunque la tía esté buena, ¡nunca te debes casar!"

—"Viniendo de ti, abuelo, no esperaba tal consejo, si te casaste tres veces... ¿Por qué el vicio, siendo viejo?"

—"La primera conectamos, no había televisiones, sentados en el sofá, cambiábamos opiniones.

Con la segunda fue peor, al llegar la televisión, ni sentarse en el sofá ni compartir opinión.

La tercera fue el desastre, ni hablar de tener razón: ¡no me dejaba cambiar el canal de televisión!"

Hizo caso del abuelo, el hijo del tío Facundo: con una tía buena al lado... es difícil cambiar el mundo.


La herencia de María



El abuelo está muy triste, pues murió su amada María. Era el centro de su vida, lo que él más quería.

Desde Japón llega un nieto, a visitar al abuelo. Al verlo tan afligido, intenta darle consuelo.

—"Trata de vivir la vida, ella ya descansa en el cielo. Dime qué puedo hacer yo, ¿qué es lo que quieres, abuelo?"—

—"Yo solo quiero a tu abuela, y solo quiero llorar. Aunque me encuentre muy solo, no la podré olvidar."—

—"Yo trabajo allá en Japón, donde hay muchísima gente. Solitaria como tú, pero muy inteligente.

Hay una solución clara, para esos inconvenientes: combaten su soledad con muñecas inteligentes.

Te puedo mandar ahora una, con la que puedas hablar, que cumpla tus beneficios y te saque a pasear."—

Llegó por fin la muñeca, y el abuelo respondía: —"Esta no me echa sermones, como hacía mi María."—

Al volver de vacaciones, el nieto buscó al abuelo. Lo encontró de nuevo en llanto, solo y tirado en el suelo.

—"¿Dónde está la muñeca? ¿Acaso se ha averiado, para que estés otra vez tan triste y abandonado?"—

—"Demasiado inteligente... ¡Era muy lista la pava! Quería el piso a su nombre, y si no, me abandonaba.

Cumplió al fin su amenaza, se marchó con el primero, que era más guapo que yo y tenía más dinero.

No hay que fiarse jamás de esas máquinas parlantes. Mejor comprar una hinchable... ¡Muda, como las de antes!"—


2. S

El trio de la Tomasa.


 El marido a su mujer: —Me gustaría un trío, dime si estás dispuesta y si cuento contigo.

—Ni sueñes esas cosas, que yo soy muy decente, con las ideas de antes y además soy creyente.

Me voy a Misa de Gallo, que dura hasta la mañana; no me esperes despierto, te puedes ir a la cama.

La misa se suspendió y regresó la Tomasa, sin rezar un padrenuestro, mucho antes a su casa.

Al entrar al dormitorio, la sorpresa fue divina: el marido está en la cama con la joven vecina.

—Eres un sinvergüenza y un cabrón de marido; ahora me desnudo yo y formaremos el trío.

Los dos están sorprendidos mientras ella se desnuda; se mete pronto en la cama, ¡la va a liar cojonuda!

—Vecina, tú no te vayas, acompáñame en la juerga; daremos una lección a este marido de mierda.

Compinchadas las mujeres, le decían al marido: —Vas a saber lo que es bueno, esto de hacer un trío.

Se turnaron las mujeres, las dos dándole caña; le dejaron más seco que una vieja telaraña.

El hombre no podía más, estaba muy arrepentido, y le juró a su mujer: —Seré un buen marido.

Aprendió bien la lección, no sueña con fantasías; con una mujer le sobra para el resto de sus días.



miércoles, 7 de enero de 2026

Susto en la farmacia.

Susto en la farmacia

Aquel hombre tenía una amante, su mujer se marchó a la misa. «Vente a mi casa, cariño, que tenemos mucha prisa».

Contaba con el sermón que el cura daba en la iglesia, pero el cura se resfrió y acabó con gran presteza.

Después del primer asalto, él la tiene ya rendida, pero antes del segundo... ¡Oyen la puerta encogida!

«¡Cariño, vete deprisa! ¡Salta por el ventanal! No intentes ni vestirte, ya te llamaré mañana».

Y saltó por la ventana, pues era solo un primero; como si fuera de cine, la atrapó un caballero.

Con tal mujer en sus brazos, él no sabía qué hacer; la dejó en pie en el suelo y se echó pronto a correr.

Andar desnuda en la calle no le hacía mucha gracia; por evitar las miradas, se metió en una farmacia.

Allí se sintió segura y empezó a respirar; buscaba algún relajante para poderse calmar.

El boticario, al mirarla, se quedó mudo y perplejo: jamás entró una mujer enseñando aquel "conejo".

Pensó que la pobrecilla sufría de calentura, y que por eso venía completamente desnuda.

«Deje ya de contemplarme y atiéndame con premura. ¿No me diga que a su edad no ha visto una tía desnuda?».

«He visto tías desnudas, pero no aquí en la farmacia; estoy pensando una cosa que puede tener su gracia...

Trae las manos vacías por detrás y por delante: ¿de dónde sacará el pago para costear el calmante?».

«Necesito esa pastilla y una bata para taparme; dese prisa en las dos cosas y dejé ya de mirarme».

«Todo lo que estoy mirando no lo estoy asimilando; no sé si sigo despierto o si lo estoy imaginando».

Se desmayó el farmacéutico ante lo que tenía delante; ella le hizo el boca a boca... ¡Y además le dio un calmante!


El secreto de ,la Entrepierna.


 Qué orgulloso estaba yo con mi novia, la modista. Todos decían en el pueblo que era una chica muy lista.

Sabía hacer de todo, hasta un jersey de lana, remendaba bien las sábanas y sabía hacer la cama.

Y ese que parecía tonto, ¿cómo la habrá conquistado? ¿Con algunos polvos mágicos o qué leche le habrá dado?

Para tenerla contenta yo no sabía qué hacer; ella quiso progresar y eso lo empezó a torcer.

Hacía lindos vestidos con hermosas selecciones, pero se le puso en la cabeza empezar a hacer pantalones.

Tuvo un éxito tremendo de la noche a la mañana. Todos buscan lo moderno, abandonan los de pana.

Muchos mozos a probar con la chica tan moderna; ella empezó a comparar al medir tanta entrepierna.

Con tanto mozo esperando para tomarse la medida, me dedicaba menos tiempo y la encontraba más fría.

Sin poder contenerme empecé ya a sospechar. Le dije: «te noto fría, quizás me quieres dejar».

«Gracias por comprenderlo, eres una cosa tierna; pero es que eres muy bajito y mides poco de entrepierna».

Y ahí se acabó la historia, esto ocurre en ocasiones: se comparan entrepiernas al hacer los pantalones.


Todo por una mona


 Todo por una mona

Pasó Paco ante una tienda a última hora del día. Vio que vendían monas de las que hacen compañía.

Sin pensárselo dos veces, compró la mona tan mona. Pensó que le vendría bien, sin contar con la patrona.

Nada más llegar a casa, ya le dijo la mujer: —Hoy me duele la cabeza, no tienes nada que hacer.

Se acostó con la mona, que no dejaba de jugar. Le dejó tan satisfecho, que la invitó a almorzar.

Se la llevó al trabajo, la mona siempre animando. Él, la mar de contento, llegó a su casa cantando.

La mujer, sola en casa, sin tener nada que hacer; solo viendo cotilleos y la cena sin hacer.

Él cogió a su mona para enseñarla a guisar. La tenía de ayudante para aprender a cocinar.

—¡Marido, qué leches haces! Que me tienes hasta el moño. Vente rápido a la cama, cumple con el matrimonio.

—Entérate de que esta mona es alegre y juguetona; no le duele la cabeza, es una monada de mona.

Cuando esta puñetera mona haya aprendido a guisar, te puedes ir con tu madre a que te enseñe a cocinar.

La mona aprendió el oficio y sabe hacer un cocido. Trata al hombre mejor que esa mujer al marido.

No se puede comparar a la mujer con la mona. Espero que lo entendáis: ¡Todo esto es pura broma!

La noche del dilema.

 

La noche del dilema.

Para la noche de bodas ella tenía la duda: no sabía qué ponerse, si ir vestida o ir desnuda.

Era un dilema terrible, vaya apuro que tenía: ¿de qué forma a su marido más le impresionaría?

Preguntó primero a una amiga para pedirle consejo: ¿debe estar a la vista o escondido el conejo?

"Ponte algo muy sexy, que eso les mola montones; se les cae la baba y se ponen como leones".

No conforme con aquello, buscó una segunda opinión: le preguntó a su abuela, que de eso sabe un montón.

"Hija mía, yo esa noche me puse ropa de lana; ¡nos daba tales picores que lo hacíamos con gana!".

Aquello sonó a rancio, completamente pasado; así que consultó a su madre, de criterio más moderno.

"Madre, dame tu consejo, ¿qué ropa debo llevar? ¿Una que se quite pronto o que cueste de quitar?".

"Ponte la que tú prefieras, de Mango o de Desigual; con ropa sexy o antigua, al marido le da igual.

Y si quieres repetir, no te lleves ni una muda: la ropa siempre es estorbo... ¡Pasa la noche desnuda!".


El Negocio del Ángel

 

El Negocio del Ángel

Estaba el padre Manolo terminando de rezar, llegó una mujer con prisa que se quería confesar.

—Espere solo un momento, estoy pidiendo al Patrón que me facilite el dinero para una operación.

—¿Es una falta pequeña o es un pecado mayor? —Le estoy poniendo los cuernos al marido, con el Ángel Seductor.

—No conozco a ese ángel y no me suena de nada; cincuenta euros a la iglesia y la falta queda perdonada.

Al día siguiente otra dama con el mismito pecado; la penitencia fue la misma y el error fue perdonado.

Así pasó medio año, con las mujeres pecando; con tan alta penitencia el cura se iba forrando.

Nunca las recrimino, jamás les dijo "¡ya basta!", pues aquel Ángel Seductor le hacía ganar mucha pasta.

La parroquia era ya rica, cada día iba mejor; el cura se hizo gran fan de ese Ángel Seductor.

Un día llegó una visita, un hombre arrebatador; rápido le dijo al cura: —Soy el Ángel Seductor.

—Tú no puedes ser un ángel ni has caído desde el cielo; ¿tú no sabes que a este cura no se le toma el pelo?

—Aquí tiene mi carné, yo jamás le he mentido: soy Ángel de nombre propio y Seductor de apellido.

Las mujeres me comentan que lo suyo es la usura; o me da una comisión o yo las cambio de cura.


¿Te gustaría que le demos un formato especial (como una tarjeta o un diseño visual) para que puedas enviarlo por WhatsApp o imprimirlo?

El Párroco y sus Virtudes

 El Párroco y sus Virtudes

Era un joven cura, guapo y elegante, al que un coche nuevo le hizo un desplante. Su carácter noble cambió de repente: salió de noche y se mezcló con la gente.

Conducta muy rara para el sacerdocio, frecuentando siempre lugares de ocio. Son sitios de riesgo y muy peligrosos, donde los pecados resultan honrosos.

La iglesia llenaba con tantas mujeres, que allí descuidaban sus propios deberes. No rezan siquiera, ni se santiguan, mirando al curita sus penas averiguan.

Los hombres, ya moscas, no quieren rezar, por miedo, a las "hostias" que el cura pueda dar. Viendo que la parroquia se vuelve un gran cisco, fueron a denunciarlo ante el señor Obispo.

Perseguido siempre por tanta mala fama, el Obispo decide cambiar el programa. A un lugar muy solo lo mandó a vivir, para que el pecado deje de existir.

Le visita al tiempo para ver su estado, y saber si al fin se siente perdonado. "¿Se olvidó ya, hijo, de tantas mujeres? ¿Ha vuelto a cumplir con sus santos deberes?"

"De aquel solitario lugar, Padre mío, rompo una lanza con mucho brío. Me lo paso en grande, no tengo añoranza, pues paso los días con la Templanza".

"Y en segundo lugar, para mi felicidad, práctico día y noche, la Caridad". El Obispo queda de una sola pieza: "¿Cómo logras, hijo, tan alta pureza?"

Apareció Templanza a un silbido del cura, con gasas finas mostrando su hermosura. Y a un segundo silbido, llegó Caridad, con un gran escote y mucha calidad.

El Obispo, al ver aquel cuadro en la sala, creyó que el infierno le abría su ala. Se desmayó de un infarto ante tal escenario, y aún se recupera hoy en el santuario.

El Fugitivo por Error


El Fugitivo por Error

El hombre viaja tranquilo en su viejo utilitario, tarareando una canción en su trayecto diario.

No tiene ninguna prisa, disfruta del equipaje; el camino es entretenido y acompaña el paisaje.

Pero ve un control de tráfico... y no se quiere parar. Se pone algo nervioso y empieza a acelerar.

Si venía tan tranquilo y acelera sin motivo, la Guardia Civil sospecha: —"Algo esconde ese tío".

Le sigue un motorista, le rebasa y da el alto. Él sale tan nervioso que casi besa el asfalto.

—"Papeles y carné", le pide el agente allí. Pero todo está en regla, poco queda por decir.

Le revisan la guantera, el maletero también, y el guardia no encuentra nada que no marche sobre el riel.

—"Si todo está perfecto, por lo que estoy viendo... Dígame, caballero: ¿Por qué diablos va huyendo?

—"Mire, agente, lo siento, me intentaba esconder... estoy un poco nervioso por culpa de mi mujer.

Se fugó con un civil y mi miedo, al verle ayer, era que se arrepintiera... ¡Y me la quisiera devolver!

.Geografía del Deseo

 

Geografía del Deseo

Lo siento mucho, cariño, me tengo que trasladar. Es un trago amargo para mí el no poderte llevar.

Me subirán el sueldo, la empresa lo ha decidido. El destino será largo: me voy a Estados Unidos.

No estaré fijo en un sitio, tengo que visitar lugares, dormir en distintos hoteles y sudar en varias ciudades.

—Tendré que aceptarlo aunque sea de mala gana... pero no me la pegues con ninguna americana.

—Ni se te ocurra pensarlo, no dudes de mi moral. Te quiero con locura y soy un tío formal.

Te mandaré un WhatsApp, al menos uno al día. Cuidado con el horario, no te encuentre dormida.

Cariño, quiero que sepas que conocí a Carolina. Me enamoré de ella, es una cosa divina.

Cinco días inolvidables admirando su hermosura. Todo es imponente en ella, una auténtica locura.

Doy vueltas en la cama como si fuera una noria; en cuanto haya descansado, poseeré a Georgia.

Cansado ya de Georgia, aunque era muy divina, me mudo de colchón... a conocer Carolina.

—¿Tú eras el que respetaba? Eres un puro demonio. No hace falta que regreses, se acabó el matrimonio.

Si has gozado con tres y con ellas vas disfrutando... yo te he puesto los cuernos con el macizo de Orlando.

Virtudes y el "Tratante"

 

Virtudes y el "Tratante"

Os presento  la Ambrosia, una mujer de bandera, que gobierna al pobre marido con una mano muy fiera.

El marido es un buen hombre, un bendito, un ser divino, pero en cuanto pilla un duro se lo gasta todo en vino.

Viven allá en la aldea, donde acaban los trigales, compartiendo la vivienda con gallinas y animales.

Como son gente muy pobre y la bolsa está ligera, solo ven algún dinero si venden una ternera.

Ambrosía dice al marido: —
Ya llegó la primavera, nos hace falta una ayuda, vete a vender la ternera".

—"Mañana vas al mercado y no rebajes ni un duro, tienes que traerme a casa mínimo cincuenta duros.

Sacó cinco duros extra y cambió de parecer: —"Me siso este dinérico y Ambrosía ella lo va a saber".

Se fue directo al bar:  tomó café, copa y un buen puro, se buscó una mala moza y allí se fundió otro duro.

Regresó a casa tarde cantando por el camino, él no sabía de coplas, pero le ayudaba el vino.

Como no había farolas y la niebla estaba fina, se equivocó de portal... ¡Y se acostó con la gorrina!

¡Cuando lo vio, se queda toda de piedra: —Tú sacaste más dinero! Y vienés hecho una mierda

—"Llegas hecho un adefesio, encima hueles a cuadra, seguro sacaste más perras y te tiraste a una guarra".


El Sabueso de la Perfumería

 El Sabueso de la Perfumería

En una boutique de lujo, de esas de alto copete, las modelos son empleadas y el perfume es un juguete. Pero hay un encargado que, más que vender fragancias, prefiere oler los cabellos, acortando las distancias.

Es un hombre bondadoso, aunque un poco "pavisoso", con un vicio por el pelo que resulta algo vicioso. Las chicas no comprenden qué busca en su melena, ¡parece un setter irlandés que anda buscando la cena!

Están todas hasta el moño de este perro faldero, que fiscaliza el champú con rigor de carnicero: —"Hoy no te has duchado", te suelta con descaro, —"Tus pelos están revueltos, y huelen un poco raro".

Si tuviste noche brava y el amor te despeinó, él nota que el aroma a Dior se te esfumó. Y si tu pelo esta mañana exhala una dulce esencia, te suelta la pregunta con total impertinencia:

—"Hueles mucho a vainilla... dime, linda, chiquilla: ¿Has tocado los huevos o hiciste una tortilla?

Hartas de este "nariz" que se cree muy cotilla, piden a gritos al dueño que lo borre de plantilla. —"¡Es un pervertido!", gritan todas al unísono, mientras él sigue olisqueando con el gesto muy monótono.

Pero el dueño, que es zorro y de vuelta está de todo, responde a las modelos con un poco de recodo: —"Señoritas, por favor, no me sean tan sensibles, que un olfateo de pelo no produce daños que sean irreversibles".

Y aquí llega la madre de toda esta cuestión, la cruda realidad de nuestra humana condición: No importa que te huela un galán de un metro noventa... ¡Lo malo es que lo haga un canijo que no llega a los ochenta!


 

El Comercial en París

 

Comercial en París

En su primer viaje a Francia conoció a una francesa, una mujer imponente de los pies a la cabeza.

Como no hablaba francés y la quería conquistar, sacó papel y lápiz y la puso a dibujar.

Ella, que era muy lista, le siguió el juego al momento: le quitó el lápiz de un salto y dibujó su intención en un acento.

Pintó un parque con flores, un rincón muy discreto... Él pensó: "¡Ya la tengo! ¡Quiere probar mi amuleto!".

Tras varios trazos románticos, ella se sintió aburrida, y dibujó un vaso vacío que pedía una bebida.

No hace falta ser un lince ni tener mucha intuición: la francesa tenía sed... y él, una gran erección.

Después de varios cócteles, ella subió la apuesta: dibujó un hotel de cinco estrellas para dormir una siesta.

"Eso de gastar tanta pasta me complica la jugada", dijo él, haciéndose el sordo ante tal "encerrona" planeada.

Ella, torciendo el morro y ya con pocas ganas, le dibujó una cama grande... ¡Con sus sábanas y almohadas!

Él, con el dibujo en la mano, estaba ya que ardía: ¡Esto una española ni en mil años lo haría!".

Se imaginaba ya el "mambo", el sudor y las pasiones... "¿Cómo coño adivino... que vengo a vender colchones?

La Fabada de Antonio

 

La Fabada de Antonio

Este es el tal Antonio, albañil de primera, que le exige a su mujer más chicha en la tartera.

"Cómprame una bien grande", dice el muy pesado. Y ella, por no aguantarle, la ha llenado de un guisado...

Una fabada con todo, tocino de pata negra, con unos aliños raros que el estómago te alegra...

A la hora del almuerzo, el tío no se lo cree, va enseñando la tartera para que el resto la vea.

"¡Si te comes todo eso!", le dicen con gran susto, "te vas a caer del andamio o reventarás de gusto".

Subido ya en los hierros, Antonio no se aguanta. "¡Cuidado!", voy a cagar¡que la tripa se me espanta!".

Y mientras él está cagando,  y se encuentra concentrado, se desplomó todo el grupo con el andamio volcado.

Mueren dos compañeros, ¡qué tragedia más fuerte! Y él dice: "¡Viva la fabada, que me libro  de la muerte!".

Llega a casa y lo cuenta, tan pancho el caradura, sin pensar en los entierros ni en esas dos pobres viudas.

La mujer más sensible, lo lamenta compumgida.es una enorme tragedia. Para esas dos pobres viudas

"No te preocupes por ellas", suelta el tío tan simplón, "que el seguro les paga por lo menos un millón".

Y la mujer, que lo escucha, dice: "¡Tu suerte es cojonuda! Si no hubieras ido a cagar. Yo sería la tercera viuda.

El susto del soltero.

 


Fumador y borrachín, soltero y empedernido, por cuidarse siempre mal está seco como un higo.

Está tumbado en un banco en un lugar solitario; se le acerca una morena en su paseo diario.

Con una voz melodiosa le dice con mucho amor: «¿Sería usted tan amable de concederme un favor?».

Él no se puede creer que ella le pida un favor; con lo buena que ella está, no hay sueño que sea mejor.

«Solo tiene que decirme en qué consiste el favor; lo haré con mucho gusto, poniendo todo mi amor».

«Si es usted tan amable, acompáñeme a mi hogar; allí sabrá el motivo y le podré convidar».

Pasaron al dormitorio, hubo café, copa y puro; ella pidió, por favor, que la esperara desnudo.

Ni por lo más remoto pasó por su imaginación, que en su desordenada vida probaría tal bombón.

Él ya cree en los milagros, esto no pasa a menudo: sin terminar el café, el tío estaba desnudo.

Una habitación preciosa, una cama muy ancha; su figura es similar al Quijote de la Mancha.

Más contento que un jilguero cuando le ponen alpiste, dispuesto para la batalla tiene la lanza en ristre.

Con su lanza entre las manos su moral se viene abajo: eso no es una lanza, más bien parece un pingajo.

Entra ella en la estancia con su hijo de la mano, y le pide que contemple a ese extraño ser humano.

«Fíjate bien en este hombre, que lleva una mala vida: ¡así te quedarás tú si no te comes la comida!».

Menú para Peces

 Menú para Peces

Esa mujer me dejó seco, el orgullo y hasta la vida. Me cambió por un cartero de los de mensajería.

No era amor, era demencia, un vacío en las pelotas, quise borrar mi existencia y no dejar ni las botas.

Sin cartero en el distrito mi tragedia es absoluta: si me manda una denuncia, no hay quien traiga a esa corrupta.

Planeé mi propio desguace, un final limpio y discreto, que no encuentren ni trocito del cadáver incompleto.

Me fui al lago de los parias, donde el agua es puro lodo, donde mueren las plegarias y te pudres sobre todo.

Me puse en bolas al borde, un regalo para el fango, buscando que la corriente me bailara el último tango.

Me hundí con fe de suicida, ya notaba el fin del cuento, pero la fauna del río no entiende de sentimientos.

Vinieron cientos de peces, hambrientos de carne humana, y atacaron con sus dientes mi "lombriz" y mi desgana.

Me devoraron el prepucio, disputan mis testículos, el dolor es un negocio que no sale en los artículos.

¿El amor? ¡A tomar por culo! Grité como una ramera, mientras un enorme pez  me arrancaba la cadera.

Desperté a las doce y cuarto, comó un desesperado. menos mal que fué un sueño y me habia despertado.



El Infarto del Machote

 

El Infarto del Machote

Él es un tipo de risa, que toma la vida a guasa. Pero hoy anda compungido... ¡nadie sabe qué le pasa!

Siente un yunque en las costillas, pasó una noche fatal. Ya no aguanta ni un chiste, ¡se encuentra de funeral!

«Hoy no doblo yo el lomo», le confiesa a su mujer. «Me voy directo al doctor, ¡que me urge que me vea él!».

El médico lo examina con cara de gran espanto. Pide una ambulancia urgente: «¡Al hospital... o al camposanto!».

Tras diez días en la cama, sale el hombre con temor. El doctor le da un aviso: «¡Mucho ojo con el amor!».

«Lo hará usted con mucha calma, nunca al estilo conejo. O le da un patatús firme y allí deja hasta el pellejo».

Pero él no dice ni "miau", se las da de muy machote. Se pasa el aviso por el forro, ¡no teme al efecto rebote!

Se zampa una pastillita sin que la mujer se entere. ¡Ya no es tren de mercancías, es un cohete que hiere!

La mujer quedó aturdida, ¡se volvió loca de remate! Aquello no era un marido, ¡era un reactor en combate!

Ni el AVE, ni el tren bala, aquello era pura explosión. Atravesó las barreras de la misma aviación.

Al terminar la faena, quedó el pobre muy maltrecho. ¡Pero se le quitó el susto... y hasta el dolor en el pecho!

El secreto de María

 




El secreto de María

—María, dime a dónde vas, que parece que llevas prisa. —¿Mujer, a dónde voy a ir? A la casa de la Luisa.

No sé qué le pasará, pues me acaba de llamar; será por el nerviosismo de que pronto va a casar.

Tú sabes que a las novias yo les quito los defectos, para que el día de la boda lo tengan todo perfecto.

Si acaso le viene ancho, yo se lo puedo estrechar; a la medida que quiera se lo dejo por estrenar.

Y si peca de muy estrecho, yo se lo dejo a medida, para que cuando se lo meta sienta una gran alegría.

Pero si le viene justo, ahí no tengo nada que hacer; eso es cosa del novio, que él dé su parecer.

—Y si ella es de "vida alegre", ¿dime qué puedes hacer? —¡Tendré que hacerle mil pliegues para poderlo encoger!

—¡Eres una malpensada! Yo no hago distinciones; mientras a mí me paguen, arreglo a hembras y varones.

Para eso soy modista y es una virtud muy mía: ¡dejarles el vestido listo para que luzcan ese día!


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martes, 6 de enero de 2026

El Misterio del Aparato



 

El Misterio del Aparato.

—¡Pero qué guapa, María! ¡Qué lozana desde viuda! Se te ve toda alegría, sin rastro de la amargura.


—¡Ay, amiga, cuánta razón! Mi marido era un "garrapo", siempre había discusión por usar el aparato.

Ahora que ya estoy libre vivo como una sultana: el aparato es mi esclavo y lo uso cuando a mí me da la gana.

Me pillo mis buenas siestas, disfruto yo sola un rato, lo agarro con las dos manos... ¡y le enchufo al aparato!

Me tiro sobre el sofá, ¡eso es una gloria bendita! Y de tanto que disfruto me quedo pronto fritita.

Aquel "cierzo" de marido me decía todo el rato: «¡Quita tus manos de encima, ni me toques el aparato!».

—¡Pues el mío es diferente! Lo compartimos a ratos: yo le busco siempre el momonto0
... ¡y él enchufa el aparato!

Para eso nos casamos, para darnos el placer; si él me lo quiere enchufar, yo no me voy a oponer.

—¡No te confundas, amiga! Que eso también me gustaba, y los dos juntos gozábamos cada vez que lo enchufaba.

Pero lo mío es más grave, ¡escucha mi confesión!: ¡Es que el muy tacaño no soltaba... el mando de la televisión!

El Milagro del Doctor


 

El Milagro del Doctor

Llaman urgente al doctor, la familia entra en desvelo: una joven doncella quiere marcharse al cielo.

Al revisar a la chica, se lleva una sorpresa. "No es muerte, es catalepsia, aunque esté así de tiesa".

Pregunta a los parientes si la joven tiene novio. "Necesita, por vía urgente, un supositorio propio".

Nadie quiere ser testigo, el pudor los desconcierta. Y dejan al doctor solo... "operando" a la muerta.

Como está boca arriba, aprovecha la postura. Ignora el lugar redondo, va directo a la ranura.

Rápido surge el efecto al terminar de entrar; la "difunta" siente el roce y empieza a respirar.

Viendo que el truco funciona, repite la operación. La muerta salta del lecho cantando el alirón.

Al tercer supositorio brinca como una rana. Se arranca por Rosalía y baila por sevillanas.

Se despide del doctor con vítores y alegría: "Doctor, guarde el instrumento por si hay otra recaída".

Pasado un mes le llama, él vuela al consultorio. El doctor va bien armado con un gran supositorio.

La encuentra muy radiante, fresca como una rosa. "El remedio fue bendito, estás mucho más hermosa".

—"Ya no le ocupo, doctor, pues ya me busqué un novio. Él me da el cariño... y siempre me pone el supositorio.

Pero acaba de morir mi abuela, aquí la tengo, bendita... ¡Meta el dedo, doctor, a ver si me la resucita!".



El Hornero "Manos de Trapo"



El Hornero "Manos de Trapo"

Se las da de constructor haciendo hornos de barro, pero es un gran chapucero que no vale ni un cigarro. No ha hecho uno derecho desde que entró en el gremio, y al que lo llama "hornero" habría que darle un premio.

Se pringa hasta las orejas moldeando los adobes, y aunque le pone empeño, ¡no hay quien lo vea y no robe! Como usa barro y paja y es un poco descuidado, va siempre hecho un gorrino, perdido y embarrado.

El hombre no tiene letras ni sabe de ingeniería, y todo lo que levanta se dobla al tercer día. Como no tiene estudios ni oficio profesional, lo que empieza con orgullo acaba en un dineral.

Para cuadrar los ladrillos no encontraba la postura: si los ponía por fuera se le iba la estructura. El dueño le pega un grito: "¡Me has hecho una porquería!", y él contesta: "No se apure, que cambio de técnica hoy día".

"Ahora los pongo por dentro", dijo el tío muy convencido. Y el horno quedó niquelado, ¡ni el de un rico ha lucido! Aquello era una belleza, redondo y bien rematado, pero el tonto, por su cuenta, dentro se quedó atrapado.

Como hizo la puerta chica —porque es corto de entendederas—, no le pasaban los hombros ni aunque usara una escalera. Solo asomaba el hocico, con cara de circunstancias, mientras los vecinos ríen a base de bien las gracias.

¡Socorro!, grita el mendrugo, dentro de aquel cascarón. La que ha liado el "maestro" no tiene comparación. Pasa un borracho de vuelta, lo mira con duda aguda, y suelta: "¡Vaya con Dios, que se joda esa tortuga!".

La jubilada "madame"

La jubilada "madame"
 

Con una vieja "madama", la amistad era discreta, pero muy interesante por ser ella una alcahueta.

Se dedicaba al apaño, encuentros a comisión, con todas sus conocidas y con mucha discreción.

La cita era sorprendente, estaba ya apalabrada, rodeada de misterio: ¿sería soltera o casada?

Con el servicio pagado y la hora concertada, la "tía", en bolas con bata, se encontraba preparada.

Uno se ponía a cien, era una aventura loca; podía ser joven o vieja, o gorda como una foca.

Alguna vez salía bien, otras salía torcido, o se quedaba a medias por si llegaba el marido.

Todo era puro misterio cargado de intensas dudas; si te pillaba el esposo, ¡te daba una tunda de aúpas!*

Mucha emoción y suspense, era una aventura fina: ¡no hacía falta ir al gimnasio para quemar adrenalina!


N

Soledad.la solterona.



 



Soledad.la solterona.

Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!




Soledad, la solterona, anda supercabreada. Va repartiendo patadas a todo lo que se halla.

No levanta la mirada en su paseo diario, mascullando entre dientes por el parque solitario.

Entre paso y berrinche ve una lámpara tirada, y sin pensarlo dos veces le suelta una patada.

El genio que estaba dentro sale un poco cabreado: —¡Coño! Me has hecho daño, pero me has liberado.

No ha sido muy ortodoxo sacarme de esa manera; ahora soy tu esclavo, pídeme lo que quieras.

No concedo tres deseos, soy del planeta Neptuno; allí rigen otras normas: solo concedemos uno.

—Soy pacifista y estoy sola, mi vida es una mierda; ¡quiero que llames a Putin para que pare la guerra!

—Qué difícil me lo pones, no sé de diplomacia... mejor pídeme otra cosa, que esa no me hace gracia.

—Búscame entonces un novio: rico, guapo y con bondad, que me ame locamente y acabe mi soledad.

El genio se queda mudo: —¡Eso lo querría para mí! En este perro mundo no quedan tíos así.

Yo me pongo en tu lugar, es una petición bella... pero llamaré a Putin, ¡a ver si para la guerra!



Romance del Conde Celoso


 

Romance del Conde Celoso 

Parte el Conde hacia la guerra recién salido del altar, con la duda entre las cejas de a quién podrá ella abrazar.

—Esposo, yo os esperara, mas volved con prontitud, que el cuerpo se vuelve herrumbre si se acaba la virtud.

—Para evitar los agravios y dormir con devoción, os guardaré la entrepierna con este fiel cinturón.

—¡Marido, sois un desconfiado! —la Condesa le gritó—. ¿Tan poco vale mi honra que me ponéis tal candado?

—No es falta de confianza, es por lo que pueda ser, que en tiempos del Rey Arturo ya hubo cuernos que temer.

Y le encajó una herramienta que no valía un real, de mano de obra extranjera y de un hierro muy fatal.

La guerra, que era de un día, mil días se prolongó, y el Conde, tras tres inviernos, a su casa regresó.

Halló a su esposa crecida, ancha de carnes y talle, con el culo como un bombo y un hierro que no hay quien falle.

Perdidas están las llaves, el cincho está bien trabado, y el Conde, por más que tira, lo encuentra todo oxidado.

—¡Sois un ruin y un tacaño! —dijo ella con gran decoro—. ¡Esto no hubiera pasado si el cinto fuera de oro!

—Si de oro fuera la prenda —respondió el Conde burlón—, ¡ya te habrían robado el alma, el cuerpo y el cinturón!

—Pues ahora os fastidiáis, que no habréis de catar nada. ¡Marchaos por donde vinisteis, que mi puerta está cerrada!

Montó el Conde su caballo y a la batalla volvió, dejando a la esposa presa a que encuentre un limador.

Corrió ella tras el herrero, que con maña y con tesón, le fue limando los hierros... ¡y gozan de la ocasión!

El Conde halló una aldeana que le dio paz y pasión; sin pasar por la iglesia... ¡y sin tener cinturón!


¿Qué

La abuela futbolera..


La abuela futbolera..

 La Seguridad Social, no sabe qué está pasando; en los días de partido veinte terminan ingresando.

Tienen el mismo problema y en el idéntico lugar; dan cuenta a la policía para que empiece a investigar.

A pesar de los registros y de poner todo su empeño, no encuentran nunca la causa y los casos se van sucediendo.

A las doce de la noche, una abuela con premura, con una bolsa en la mano va a tirar la basura.

La pobre tropieza y cae, no se puede levantar; un policía la ve y la corre a ayudar.

Coge la bolsa la abuela y sale como un cohete, pero se le olvida un bolso que va lleno de billetes.

¡Qué mala suerte la abuela, una caída nefasta! El policía pregunta: «¿De dónde sacó la pasta?».

—Vivo justo aquí enfrente, en esa casa chiquita, con un jardín muy pequeño y una valla muy bajita.

Cuando empieza el partido, yo me pongo a vigilar con tijeras en la mano, porque saltan a mear.

Cuando el tipo está meando, completamente absorto, le digo: «Suelta la pasta o ahora mismo te la corto».

—Es un negocio redondo, ¡es usted una abuela dura! ¿Pero qué hay en esa bolsa que llevaba a la basura?

—Después de lo que ha visto, yo se lo voy a explicar: ¡son restos de "objetores" que no quisieron pagar!


El último vuelo de la bruja

 

El último vuelo de la bruja

Tiene una suegra tan "santa", tan noble y tan singular, que allá donde pone el pie no vuelve hierva a brotar.

Él le tiene un gran afecto, un amor casi profundo: ya le compró la parcela... ¡pero en el otro mundo!

Han pasado veinte años alimentando el rencor; ella se pone más tiesa, él se dobla del dolor.

Un día le dio un síncope, la vieja se quedó frita; voló desde la terraza la "pobre" tía maldita.

Al recibir la noticia se quedó tieso el cuñado, brindando porque por fin la bruja hubiera cascado.

Pero al llegar al asfalto la vio todavía viva, con una mueca de asco y la mirada agresiva.

En su último suspiro le escupió con sentimiento: "No te librarás de mí, seré tu peor tormento".

Él se ha quedado muy calvo, camina mirando el suelo, pues si se descuida un poco le llueve mierda del cielo.

Su sospecha se confirma: la bruja sigue acechando, se hizo paloma de plaza para vivirlo cagando.

No le des veneno al postre, mejor dale una sonrisa: irá al infierno contenta... ¡y se irá mucho más deprisa!


ilustracion para el ultimo vuelo de la bruja

El Último favor al marido"


 


El hombre exhala su aliento, le pregunta a su mujer: —Ya que me voy al infierno, dime si me has sido fiel.

—Eso es una grosería que no voy a contestar. A ver si cierras los ojos y vuelves a resucitar.

Tú siempre fuiste un putero, un cerdo de gran calado. Dime con cuántas mujeres me has el cuerno plantado.

—Yo estaba lleno de vida y me sobraba gasolina. Le enchufé la manguera a toda hija de vecina.

A tus amigas del colegio, en cuanto tuve ocasión; si les venía un catarro, les metía la inyección.

Como bien sabes, trabajaba en despedidas de soltera, y allí tenía que "cumplir", quisiera o no quisiera.

Vi salir humo de un bloque, ardía hasta la persiana; me "sacrifiqué" por tres viudas y les apagué las llamas.

Fui a un centro de acogida de mujeres separadas; las tuve que "consolar", estaban tan... abandonadas.

Paseando por el parque se me acercó un grupo; cuatro modelos hermosas querían probar mi canuto.

Recuerda aquel cumpleaños, entre tartas y regalos; a las madres de los niños les quité todos los males.

Soy un hombre caritativo y siempre muy cumplidor: si una mujer lo precisa, le hago siempre un "favor".

—Nunca llegué a imaginar que fueras tan "misionero"; siempre ayudando a las damas... ¡con el instrumento entero!

Por ser tan "benefactor" estás hoy aquí estirado. Tengo pruebas suficientes para haberte envenenado.

Vete tranquilo a la tumba, y entérate de una vez: mientras tú hacías "favores", ¡yo me estaba tiraba al juez!


¿Qué

Limonda del demonio y milagro de San Antonio



Limonda del demonio y milagro de San Antonio

 En aquel Madrid variopinto, atiborrado de casas de huéspedes y posadas de mala muerte, uno se cruzaba con personajes que se ganaban la vida de las formas más insospechadas. En una de esas, coincidí con un cura que, en lugar de preguntarme por mis pecados, me preguntó por mis amores: si tenía novia o si, al menos, aspiraba a ello.

—Ahora mismo no tengo ni a quién darle los buenos días —le confesé—. Está la cosa difícil; si no eres un tipo de anuncio o tienes buenas referencias, las chicas no te dan ni la hora. No me como una rosca, padre.

El cura, que parecía tener línea directa con el "departamento de emparejamientos" del cielo, me soltó: —En ese campo yo puedo ser tu celestino si sigues mis instrucciones. Te vas a la ermita de San Antonio de la Florida, le enciendes una vela al santo y sueltas una limosna generosa. Yo haré un poco de presión desde aquí rezando por ti. Ya verás; allí las modistillas van buscando novio como quien busca una rebaja.

Decidí probar suerte. Al fin y al cabo, la inversión era poca y, con el enchufe del cura, el santo me miraría con mejores ojos.

Al llegar, la magia (o el destino) hizo su entrada: una chica tropezó en los escalones y aterrizó frente a mí. La ayudé a levantarse con mi mejor porte de caballero y la escolté a un banco para examinarle la rodilla. Tenía un rasguño, así que saqué mi pañuelo —que milagrosamente estaba limpio—, se lo vendé y la acompañé a su casa, sintiéndome yo el mismísimo don Juan.

Su madre me recibió como si hubiera salvado a la infanta. Entre elogios y bendiciones, me plantó en el comedor y me sirvió una limonada mientras lavaba mi pañuelo. Pero entonces, soltó la bomba: me dijo que era vidente y que, en agradecimiento, me leería el futuro gratis.

Ahí mismo se me cortó la digestión. Mi educación de la niñez me dio un bofetón: para mí, una vidente no era una profesional del futuro, sino una sucursal de Lucifer en la tierra, una bruja de las de verruga y escoba. Mientras me echaba las cartas, yo solo pensaba en salir corriendo antes de que me saliera rabo o cuernos.

Las predicciones fueron maravillosas, pero yo no oía nada. Dijo que mi pañuelo era un talismán y que nuestra amistad sería eterna. Salí de allí con las piernas de trapo. Mi cabeza era una coctelera: las calles se movían, el metro parecía ir hacia el infierno y yo, que solo había bebido dos vasos de limonada, me sentía más borracho que un pirata en una bodega. Tenía unas ganas de mear de otro mundo, pero el susto me tenía el grifo cerrado. Llegué a la pensión flotando, convencido de que estaba poseído por un espíritu burlón.

¿Mi primera medida de exorcismo? Le prendí fuego al pañuelo. Si había hechizo, que se quemara con la tela.

Días después, le conté la "tragedia" al cura. El hombre casi se parte de risa: —¡Pero hombre de Dios! —me dijo—. Esa chica era la elegida, la joya de la corona, y la madre solo era una señora con mucha imaginación. Has suspendido el examen de fe por culpa de tus miedos de niño. Deja de buscar brujas donde hay suegras y pide perdón al santo, que si sigues así, la próxima vez no te va a mandar ni una mirada.

Me quedé con la duda de si volver a pedir ayuda, porque a ver qué otra prueba me ponía San Antonio... que la última casi me deja sin pañuelo y sin cordura.

El santo se portó bien, la chica estaba de vicio, yo buscaba una aventura, ¡y casi acabo en el hospicio!