Fumador y borrachín, soltero y empedernido, por cuidarse siempre mal está seco como un higo.
Está tumbado en un banco en un lugar solitario; se le acerca una morena en su paseo diario.
Con una voz melodiosa le dice con mucho amor: «¿Sería usted tan amable de concederme un favor?».
Él no se puede creer que ella le pida un favor; con lo buena que ella está, no hay sueño que sea mejor.
«Solo tiene que decirme en qué consiste el favor; lo haré con mucho gusto, poniendo todo mi amor».
«Si es usted tan amable, acompáñeme a mi hogar; allí sabrá el motivo y le podré convidar».
Pasaron al dormitorio, hubo café, copa y puro; ella pidió, por favor, que la esperara desnudo.
Ni por lo más remoto pasó por su imaginación, que en su desordenada vida probaría tal bombón.
Él ya cree en los milagros, esto no pasa a menudo: sin terminar el café, el tío estaba desnudo.
Una habitación preciosa, una cama muy ancha; su figura es similar al Quijote de la Mancha.
Más contento que un jilguero cuando le ponen alpiste, dispuesto para la batalla tiene la lanza en ristre.
Con su lanza entre las manos su moral se viene abajo: eso no es una lanza, más bien parece un pingajo.
Entra ella en la estancia con su hijo de la mano, y le pide que contemple a ese extraño ser humano.
«Fíjate bien en este hombre, que lleva una mala vida: ¡así te quedarás tú si no te comes la comida!».

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