Comercial en París
En su primer viaje a Francia conoció a una francesa, una mujer imponente de los pies a la cabeza.
Como no hablaba francés y la quería conquistar, sacó papel y lápiz y la puso a dibujar.
Ella, que era muy lista, le siguió el juego al momento: le quitó el lápiz de un salto y dibujó su intención en un acento.
Pintó un parque con flores, un rincón muy discreto... Él pensó: "¡Ya la tengo! ¡Quiere probar mi amuleto!".
Tras varios trazos románticos, ella se sintió aburrida, y dibujó un vaso vacío que pedía una bebida.
No hace falta ser un lince ni tener mucha intuición: la francesa tenía sed... y él, una gran erección.
Después de varios cócteles, ella subió la apuesta: dibujó un hotel de cinco estrellas para dormir una siesta.
"Eso de gastar tanta pasta me complica la jugada", dijo él, haciéndose el sordo ante tal "encerrona" planeada.
Ella, torciendo el morro y ya con pocas ganas, le dibujó una cama grande... ¡Con sus sábanas y almohadas!
Él, con el dibujo en la mano, estaba ya que ardía: ¡Esto una española ni en mil años lo haría!".
Se imaginaba ya el "mambo", el sudor y las pasiones... "¿Cómo coño adivino... que vengo a vender colchones?

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