Murió hace ya cien años, se fue estando muy cuerdo. Se toma unas vacaciones; quiere ver cómo está el pueblo.
La ruina que allí encuentra no es por casualidad. El pueblo está abandonado: se fueron a la ciudad.
Hacia allí se traslada, quiere ver la realidad. Debe de ser fantástico el vivir en la ciudad.
Se encuentra con atascos cuando la gente va al curro. Él nunca tuvo un atasco cuando viajaba en burro.
Asistió al Parlamento para ver una sesión. Eso era una jaula de grillos, todos armando follón.
En una manifestación no entendió lo que pasaba: la gente se volvía loca y todo lo destrozaba.
Fue a un partido de fútbol, pero no entendió nada. La gente se enfurecía con los que daban patadas.
Contempló a la juventud en los fines de semana: se marchaban a la cama a las seis de la mañana.
La gente corre que corre, aquello es un hormiguero. No entiende en qué compiten para llegar el primero.
Se montó en el metro y salió medio asfixiado. Le pisaron la cabeza, casi lo dejan planchado.
Allí las malas noticias vuelan de forma exagerada. Él era feliz en el campo sin enterarse de nada.
La conclusión que saca es que el mundo está loco; que para vivir feliz se necesita muy poco.
Se volvió al cementerio, a su tumba húmeda y fría. Allí descansa feliz, sin añorar esta vida.
































