La abuela pasó mucha hambre, le encantan las golosinas, y siempre anda rebuscando por armarios y cocinas.
Su nuera, que es estreñida, no podía ir al váter, y se compró un buen laxante con forma de chocolate.
La abuela se encontró un día con aquellas maravillas: —¡Pero esto es una delicia, mejor que tomar pastillas!—
Con ansia se las comió por miedo a que la pillaran, sin saber que en pocas horas las tripas le reclamaran.
Nada dijo a la familia, salió la abuela corriendo; era ya demasiado tarde y estaba casi anocheciendo.
Nadie en casa se alarma, la abuela es fuerte y es dura; a veces desaparece en busca de alguna aventura.
Pues cerca vive un viudo al que llaman "Ojo Tuerto", y ella a veces se le acerca para que le riegue el huerto.
Al regresar, tiene mal aspecto, y todos pronto le preguntan: —¿Qué tal te fue con el Tuerto? ¿Por qué traes esa cara de susto?—
—Mejor me hubiera sentado una noche con el Tuerto; esta la pasé yo sola... ¡abonando todo el huerto!—




