Soledad.la solterona.
Rezó un año a San Antonio, ni un rosco se ha comido; cambió pronto de táctica invocando a Cupido.
Ni puñetero caso le hace, ella no se da cuenta: él prefiere juventud y olvida a las de treinta.
Rogó a toda figura que habita en el retablo; al ver que nadie escucha, ¡decidió hablar al Diablo!
Pero nada consigue, y ve que se equivoca; a un ser tan maligno rezar no le provoca.
Se acuerda de su padre, le llama hasta "cabrito", cuando el Maligno aparece y le dice a voz en grito:
—¡¿Qué coño quieres de mí?! ¡Me tienes hasta los cuernos! Que tengo mucho trabajo dirigiendo los infiernos.
—Te entregaría mi alma, te entregaría mi cuerpo; necesito con urgencia que disfruten de mi cuerpo.
—Veo que estás desesperada, vas a dejar de sufrir; te daré tanto calor que te vas a fundir.
Tuvieron muchas sesiones en verano y en invierno; ella ya nunca rezaba, él olvidó el infierno.
Un día le dijo al Diablo: —No soy una zorruna; te busqué por las facturas, no soy una facilona.
—Ni yo soy ese Diablo de tus quejas diarias... ¡Soy el cura del pueblo, que se vistió de demonio al oír tus plegariasLa mujer se quedó muda, con la boca bien abierta, al ver que el "Príncipe Oscuro" era el cura de la oferta.
Se ajustó la negra sotana el párroco pecador: —"Perdone usted, hija mía, lo hice por puro amor".
Ella, que no era tonta, le respondió con malicia: —"Si el hábito hace al monje, el rabo hace la caricia".
"Si Dios todo lo perdona, y el Diablo ya no me espanta, sigamos con las sesiones... ¡que me gusta su fe santa!"
Y así pasaron los años, entre el rezo y el pecado, ella nunca estuvo sola, ni él volvió a estar amargado.
Ya no invocaba a Cupido, ni al Diablo, ni al retablo, pues descubrió que en la iglesia... ¡se esconde mejor el diablo!
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