El juicio del abuelo
En un juicio muy extraño, un abuelo es acusado por una mujer madura de haberla... "perjudicado".
Él ya pasa de los ochenta, ella ronda los cuarenta; ella pesa más de cien... ¡él no llega ni a cincuenta!
El abuelo se defiende: —¡Señoría, ella me ha provocado! Me pegó tal empujón que me dejó "espachurrado".
Es un tierno ancianito, nadie le conoce un vicio; tiene los bolsillos secos y un abogado de oficio.
Para probar la inocencia ante tales acusaciones, el juez ordena al letrado: —¡Bájele los pantalones!
Al bajar los pantalones, ven, como dos huevos fritos, cuatro pelos mal contados y un amago de pichito.
Empeñado en la defensa, se entusiasma el abogado; empezó a darle masajes... ¡y lo dejó casi estirado!
No respira ya el abuelo y se está palideciendo, que la cosa se calienta y termina así diciendo:
—¡No me estires más el pito! ¡Déjalo como al inicio! Que como se mueva el "bicho"... ¡aquí perdemos el juicio!

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