El abuelo se enamora de una mujer desconfiada, que cree que a los sesenta se quedará embarazada.
—Yo quiero hacer el amor, pero con precauciones. Acércate a la farmacia, compra unos condones.
—Yo soy muy católica, creo en los milagros; me siento todavía joven y puede pasarme algo.
—Sí que sería un milagro, y para el clan un desastre; aunque los dos, la verdad, estemos para el arrastre.
—Eso te pasará a ti, yo estoy como una rosa. Seguro que tienes miedo de que no te rule la "cosa".
El hombre, a regañadientes, camina hacia la farmacia; pedir eso a su edad no le hace ninguna gracia.
Le dice la farmacéutica: —¿Cómo los quiere el señor? Los hay de varios colores y de diferente sabor.
El pobre queda asombrado ante tanta novedad; los sabores y colores le causan perplejidad.
—Rojos si está enamorado, —le dice con soltura—, o lléveselos morados si es solo una aventura.
—Los prefiero más discretos, de muy suaves colores. Pero entremos en el tema: ¿cómo son esos sabores?
—Los que más se venden hoy son menta con chocolate, y el que lo está petando: ¡fabada con aguacate!
—Olvidemos los sabores, ella no los va a chupar, que la dentadura postiza le cubre todo el paladar.
Tras mucho reflexionar ante tantas maravillas, le dice a la farmacéutica: —¡Los prefiero con varillas!
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