El abuelo Mariano.
Con sus ochenta cumplidos, tenía que hacer ejercicio. Para él, dar un paseo se convirtió en un vicio.
Esta vez se alejó mucho hacia un campo muy florido. Se enredó con unas hierbas, cayó al suelo malherido.
Con un tobillo torcido trató de pedir ayuda. Era demasiado temprano: la ha liado cojonuda.
Con esfuerzo sobrehumano se consigue levantar; una vez que está de pie, le dan ganas de mear.
Solo le faltaba eso, está hasta los cojones. Para mear mucho mejor, se baja los pantalones.
Hay un bulto entre las hierbas y no se fija primero; apunta el pito hacia el bulto, ¡mea sobre un avispero!
Rápido es atacado por cientos de aguijones; todo se empieza a hinchar, no cabe en los pantalones.
Vuelve con esfuerzo a casa enseñando cebolleta. Nadie le presta ayuda: ¡creen que es de otro planeta!
Cuando lo ve la María, se queda medio aturdida, pero le dice: «¡Mariano, vente a la cama enseguida!».
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