Construye hornos de barro, es un gran chapucero; nunca hizo uno bueno, le llamaban «el hornero».
Los hacía con adobes, eran adobes de barro; con el material que usaba andaba siempre muy guarro.
El pobre no tiene estudios ni formación profesional; todo lo que el hombre hacía le salía bastante mal.
Para sujetar los adobes no encontraba la manera; todos se le caían si los ponía por fuera.
El dueño le recrimina, él solo dice: «Lo siento. Cambiaré de sistema: ahora los pongo por dentro».
El horno queda perfecto, ¡eso sí es una belleza! Pero cuando quiere salir, solo asoma la cabeza.
No sabe cómo salir, se queda como atontado; al hacer la puerta chica, allí se queda encerrado.
Se pone a pedir auxilio, la que lía es cojonuda; un borracho pasa y piensa: «¡Que se joda esa tortuga!».
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