Ahora se compra el agua, a veces la cobran cara. Yo la estuve vendiendo... y a veces no la cobraba.
Llegaba un día de fiesta, yo nada podía comprarme. Para sacar unas pesetas, tenía que sacrificarme.
Vendía agua en el fútbol, en la plaza vendía polos; vendía helados en la era donde jugaban a los bolos.
Con tres botijos prestados y tres amigos unidos, vendíamos toda el agua en lugares concurridos.
Los jóvenes de entonces muy pocos tenían dinero. A perra gorda el trago... ¡No se fiaba al primero!
Sacábamos para churros y para algunas gaseosas, pero éramos felices consiguiendo aquellas cosas.
Con qué poco uno se conforma cuando no se tiene nada; esos recuerdos perduran, no se olvidan por nada.
Marché de mi pueblo joven, las pasé muy "cañetas"; sin recibir un apoyo, uno las pasa muy putas.
Esto les cuento a mis nietos y me miran sonriendo: —"Abuelo, eres un cuentista, creemos que estás mintiendo".
Que piensen que soy cuentista, no me importa su opinión, ¡que lo que hoy tienen de sobra nació de aquel botijón!
E
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