El Viejo y el Punki
Repasa hoy su juventud, regresan a su memoria las penurias que pasaba para echarse alguna novia.
Sentado frente a un banco, ve una pareja besándose; a la derecha e izquierda, otras dos acariciándose.
En sus tiempos no ocurría, todo estaba prohibido; solo se podía hacer en un lugar escondido.
Viene un punki hacia su banco con su cresta de colores: «Se nota la primavera, ya van saliendo las flores».
Se sienta justo a su lado y se le queda mirando, como un gallo de pelea que le estuviera retando.
Se lía pronto un "canuto", le ofrece una buena calada; él la rechaza con fuerza: fumar no le gusta nada.
—¿Tronco, por qué eres tan soso? En tu juventud pasada, ¿no tuviste una aventura, ni una sola "guarrada"?
—Sí que tuve mil historias y algunas fueron locura: me pasé por un convento y hasta me ocupé de un cura.
No fumábamos canutos, pues lo que entonces ocurría es que buscábamos hueco a todo lo que se movía.
Hasta monté a una lora... y ahora que en ti me fijo, fruto de aquella aventura, ¡tú podrías ser mi hijo!
Se le erizó la cresta al punki con la noticia, mientras el viejo pensaba: «Es igualito a la Alicia».

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