Lo encontré en una aldea, vive solo, sin un lujo, rodeado de naturaleza: allí descubrí a este brujo.
Tiene ya los cien años, buen cerebro y desparpajo; una de sus aficiones es comer tocino y ajo.
Solterón, empedernido, le llaman "Pepino el brujo"; todas sus enfermedades se las cura con orujo.
—Ese es mi gran remedio, jamás tomé una aspirina; me trinco un vaso de orujo, es la mejor medicina.
Es muy bueno para el frío, especial para el calor; seas viejo o seas joven, te hace funcionar mejor.
Con él puedo hacer el amor, como un joven y a saco; no me hace falta la Viagra, me sirve de afrodisíaco.
Le añado algunas hierbas que no voy a revelar; moriré con mi secreto, no lo vayas a copiar.
Me dejó muy sorprendido, pero le seguí escuchando; no sé si sería verdad o me estaba vacilando.
Me despedí de aquel viejo que en la sierra se quedó, brindando con su secreto por la vida que inventó.

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