Cuentan las malas lenguas que ella nació dormida; con un golpe en el trasero comenzó recién su vida.
La enfermedad del sueño no era entonces conocida; al no haber tratamiento, le marcó toda su vida.
En el cole se dormía, en la iglesia hasta roncaba; cualquier sitio le servía si la siesta la llamaba.
Su novio le da cien besos, más ella no se despierta; se queda siempre dormida con la boca medio abierta.
Llega la noche de bodas, la gran noche de su vida; solo con tocar la cama se queda ya inadvertida.
Y así se queda en estado, sin saber cómo ha pasado; como siempre está dormida, ni de la unión se ha enterado.
Llega el día del alumbramiento y se encuentra muy calmada; se sume en un sueño profundo, sin sentirse importunada.
Su vida pasó deprisa en un letargo risueño; seguro que sufrió poco viviendo dentro de un sueño.
Si los sueños son felices y se gozan con alegría, se levanta uno dichoso y pasa mejor el día.
Pienso que vivir así sería hasta interesante: ¡dejaría uno de pensar en tanto golfo y mangante!
Y así descansa la pobre, sin penas y sin desvelo, que si aquí vivió durmiendo, roncando estará en el cielo.

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