Juntó tantos calzoncillos, una cosa exagerada, quería lavarlos todos en una sola tongada.
Puso bien la lavadora, añadió el detergente, echó una gran cantidad con programa muy caliente.
Cuando los quiso sacar, eran un puro desecho, no entendía qué pasó para que ocurriera eso.
Al leer bien la etiqueta, descubrió el desaguisado: no puso lo que debía, ¡vaya si se había equivocado!
Querer tanta limpieza se convierte en una manía, pues cargó la lavadora con dos litros de lejía.
Ahora está sin calzoncillos, con las bolas al aire colgando, se pondrá una mascarilla mientras las va desinfectando.
Las desgracias no terminan, se vuelve a equivocar: usó alcohol de noventa ¡y se le van a pelar!
Entra rápido en la ducha para aliviar el momento: han desaparecido las bolas y el complemento.
Tanta recomendación que exige mucha limpieza, puede dejar a uno tonto... ¡Y hasta perder la cabeza!

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