Me siento medio dormida, me lo meto en la boca. No me espabila nada, hasta me quedo más sopa.
Siento que se ha salido, lo vuelvo a introducir. Lo agarro con firmeza, que no se vuelva a salir.
Lo muevo a todos lados, le doy arriba y abajo. Como le doy tan fuerte, me hace un daño del carajo.
Me asombro al sacarlo: ¡deja pelos en mi boca! Pienso que no estoy despierta o me estoy volviendo loca.
Parece que me habla, diciendo: "pero qué mema, para meterme en la boca, tienes que darme una crema".
Tras untarle la pasta, eso empieza a gustarme. Al paladear su sabor, logro al fin desperezarme.
Su gusto es exquisito, me llega a emocionar. ¡Tanto nervio pongo en ello, que me ha hecho hasta sangrar!
Lo miro detenidamente y me pongo a pensar: "Este cepillo de dientes... ¡Lo tengo que cambiar!".
Aclaro mis pensamientos, mientras me enjuago la cara: ¡No se puede estar tan tonto con la luz de la mañana!

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