Un niño pide a su padre que le deje acompañar, a la feria del ganado para aprender a comprar.
—Hijo mío, puedes venir, ya que pones tal empeño; las cosas se aprenden bien si se empieza de pequeño.
Hay que fijarse en los tratos, no es una cosa sencilla, y menos cuando se trata de escoger una novilla.
El padre empieza a mirar su buen lustre y estatura; ve una que le convence, revisa su dentadura.
Da palmadas en el lomo, ve si es brava o inquieta, le tienta bien la barriga y le soba bien las tetas.
El niño está asombrado, no dice ni una palabra; aquello ya lo ha visto antes y se ha quedado sin habla.
—Puedes dar ya tu opinión, dime si te ha gustado; no has abierto ni la boca, te veo como atontado.
—Eso se lo hace el novio
a mi hermana en el pajar;
y él no tiene ni una perra...
¡Ni!
la piensa comprar!
El padre quedó de piedra, rascándose la cabeza: —¡En la feria se hace el trato, pero en casa la sorpresa!

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