El Soltero y el Pastel Rancio
En una noche de frío, comentaba un hombre casado: —Como estás solo y soltero, te vas a quedar helado.
—No lo crees ni borracho, soy el más feliz del mundo; es posible que no sepas que yo vivo en un segundo.
Rodeado de vecinas que todas están de vicio, tan jóvenes y bonitas que calientan el edificio.
En casa, medio desnudo, solo uso el albornoz, por si alguna me llamara para pedir sal o arroz.
Como soy un buen vecino, siempre dispuesto al favor, le puedo echar una mano... o las dos, si es lo mejor.
—No te tires tantos faroles, eres un soltero feo; nunca te has comido un dulce ni catado un caramelo.
Así que mejor no presumas de estar rodeado de mujeres, que están tras una vitrina y ni de lejos las hueles.
—Peor es estar casado y andar siempre amargado, con un solo pastel rancio... ¡y deseando el de al lado!
—Sigue soñando, vecino, entre arroz y albornoces, que a falta de pan, buenas son... ¡Tus fantasías precoces!
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