Cansada está de pecar y caer en tentaciones, quiere meterse a monja y marchar a las misiones.
Consejo le pide al cura, por ser el más indicado: que la aleje de los hombres en un lugar apartado.
—Elegiste un mal camino que ya no quieres seguir; te someteré a una prueba que habrás de conseguir.
Tengo un sobrino encerrado que duda en meterse a cura; el chico está en cuarentena para aclarar su cordura.
Te encerraré con él mismo, y si superas la prueba, él despejará sus dudas y tú saldrás como nueva.
Es un muchacho excelente, yo lo vivo vigilando: no se aparta de la Biblia, se pasa el día rezando.
Si superas ese examen serás una monja buena; no te será muy difícil, es solo una cuarentena.
Al entrar en la mazmorra llora el chico sin consuelo, pero empieza a dar saltos tirando la Biblia al suelo:
—¡Bendito seas, Señor, mis ruegos has escuchado! ¡Me mandas lo que te pido, me voy a poner morado!
Y así termina la historia, de la monja y el novicio: entraron para rezar... ¡Y le cogieron el vicio!

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