Vive con su suegra bruja, la quiere menos que al gato, un día la dan por muerta, busca un entierro barato.
Nada de tumba de mármol, ni lujos de panteón, que la entierren boca abajo en caja de cartón.
La llevan al velatorio con el ataúd cerrado, de una patada lo rompe: ¡la vieja ha resucitado!
No fue tal resurrección, pues ella no estaba muerta, sufrió una catalepsia mientras echaba la siesta.
El yerno sale corriendo, creyendo que es una guasa, con esa bruja viviente no quiere volver a casa.
Un amigo se lo encuentra abatido y asustado, le da el sentido pésame porque cree que ella ha palmado.
—Yo también me lo creí, compré una caja barata, ¡pero la bruja la rompió con solo estirar la pata!
—Eres un puto tacaño, te está bien empleado, ¿no conoces el refrán? ¡Que lo barato sale caro!
Para la próxima vez, lo que tienes que hacer: ¡cómpralo de acero puro que no lo pueda romper!
Que sirva de moraleja a todo yerno tacaño: si no inviertes en la caja, ¡te durará cien mil años!

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