El Sueldo en el Paredón
Trabajó doce horas, terminó muy cansado; era un duro trabajo esquilar el ganado.
Cien pesetas de papel, un sueldo para pensarlo; teme que se lo roben, no sabe dónde guardarlo.
Se le enciende una luz, un escondite muy chulo: hace un canuto con él y se lo mete en el culo.
De regreso a su casa, le dio un fuerte apretón, y se puso a cagar detrás de un paredón.
Llega a casa contento, alegre y relajado, y la mujer le pregunta: —¿Cuánto dinero has ganado?
El mundo se le viene encima, no sabe qué responder; se da cuenta del gran fallo y se marcha a todo correr.
Rápido lo encontró, enrollado y rebozado; como no hay agua cerca, no procede a su lavado.
Ese pequeño problema lo solucionó rápidamente: sacó su manguera y lo dejó reluciente.
Se lo entrega a la mujer, que lo huele sin cesar: —¡Es un billete fantástico! ¡Me huele a flor de azahar!
Por eso, amigo lector, si el sueldo quieres guardar, busca un sitio más limpio y no te vayas a cagar.
Que el dinero, aunque sea poco, se debe de asegurar, no sea que por un descuido... ¡Huela a flor de azahar!

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