El Nido del Carpintero
Cuando llegaba el desastre, se pasaba de puta madre: te jodías y te aguantabas sin decir nada a los padres.
Si yo le decía a mi madre que me encontraba aburrido, me decía: «¡Vete al monte! ¡Anda y búscate unos nidos!».
No importaba la especie, podía ser de perdiz; valían los de urraca y también de codorniz.
Me ponía muy contento si encontraba pajaritos; me los comía como fuera: asados o bien fritos.
Seguro estaréis pensando: «¡Qué niño sin conciencia!». Pero era la posguerra, tiempo de supervivencia.
A veces la naturaleza se cobraba su tributo; estuve a punto de perder las pelotas y el canuto.
Vi un nido de carpintero, oí a las crías piar; era una ocasión hermosa que debía aprovechar.
Me deslicé por el tronco para más pronto bajar, y un nudo que sobresalía casi me llega a capar.
Con los pantalones rotos y los pinreles sangrando, sin tener nadie a mi lado allí me quedé llorando.
Se lo oculté a mi madre por vergüenza al desnudo; me curé con unas hierbas machacadas con engrudo.
Será que no era mi día o quizá tuve mucha suerte: una infección en tal sitio pudo causarme la muerte.
Cosas de aquellos tiempos, de hambre, monte y herida; donde un nido y un descuido casi me cuestan la vida.

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