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viernes, 23 de enero de 2026

Pecado de ambiente


 Pecado de ambiente

Tengo mil y una anécdotas vivas en mi memoria; motivo de una de ellas es escribir esta historia.

Monaguillo, en los cincuenta, no podía faltar a misa. ¡Y el cura me dio una torta por soltar una sonrisa!

Era el Domingo de Ramos, un domingo muy especial. Había que estar en silencio, un silencio sin igual.

Las mujeres junto al cura, con velos y mantos puestos. Los hombres allá al final... ¡No podían estar revueltos!

Primera fila: las niñas. Segunda: van las solteras. Tercera: están las casadas. En la cuarta: las abuelas.

El cura pide silencio, rezos, arrepentimientos... cuando en la cuarta se oye un pedo, ¡que mueve hasta los cimientos!

Imposible contenerme, suelto una gran risotada. El cura me mira serio y me atiza una bofetada.

Todo el mundo se sonríe mientras mira hacia el suelo. La única que está seria es la abuela del pañuelo.

La pobre se delató por soltar un pedo al viento. Se pone a pedir perdón con cara de sentimiento.

A mí me costó una torta, ¡pero ella fue excomulgada! «¡Arderás en el infierno por hacer esa guarrada!».

Eso se lo dijo el cura, que lo tuviera presente. Fue demasiado castigo por contaminar el ambiente.

Hoy recuerdo aquella escena y me río de tal suerte: ¡si el pecado fue el sonido, el castigo fue más fuerte!

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