El Secreto del Ponedero
Yo chupaba los huevos como una medicina; no piensen que eran los míos, eran los de las gallinas.
De niño nunca escuché hablar de la salmonela; no la conocía mi madre, y mucho menos mi abuela.
Comía los huevos crudos, no tenían caducidad; si acaso yo los pillaba, era de casualidad.
Las gallinas por la calle, como no hacían su nido, ponían cada mañana en su lugar preferido.
Bajo un montón de leña vi un ponedero al azar; ese fue un día de suerte, lo tenía que aprovechar.
Cada día un huevo fresco, y con mucho disimulo, le hacía dos agujeros: en la punta y en el culo.
Chupaba su contenido y, para disimular, lo rellenaba con yeso y lo volvía a dejar.
Hice así varias meriendas, no dejé ni un huevo entero, hasta que un día la dueña descubrió aquel ponedero.
Hallar aquel gran tesoro le produjo una alegría: ¡con una buena tortilla su familia comería!
Lo malo fue la sorpresa cuando se puso a partirlos: ¡eran tan duros los huevos que no pudo ni batirlos!
Como era vecina nuestra, se le ocurrió preguntar qué a esos huevos tan duros les podía pasar.
Mi madre los examina y le dice: «Es primeriza; pone los huevos tan duros por comer tierra caliza».
Al oír esa respuesta me entró la risa por dentro, pues mi madre, sin saberlo, ¡me salvó del escarmiento!

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