El progreso en el pueblo
En una niñez sin luz, ni tampoco agua corriente, un recuerdo me impresiona y se viene a la mente.
Una niña presumía —en el pueblo fue el primero— que en casa de su abuela pusieron un "cagadero".
Escuchamos sorprendidos, otros lo toman a guasa: ¿Cómo se podía hacer caca sin tener que salir de casa?
—Nos estás tomando el pelo, no lo podemos creer, eres una mentirosa, eso habría que verlo para creer.
—Cuando salgamos del cole, me podéis acompañar, estoy segura que mi abuela os lo querrá enseñar.
La seguimos hasta casa, quedamos como atontados: una tabla con agujero... ¡y se cagaba sentados!
La abuela presumía ante la chiquillería; era la rica del pueblo, solo ella lo tenía.
Nos dio una galleta y un chupito de anís, rezumaba mucho orgullo, ese día fue feliz.
Contamos a los padres lo que habíamos descubierto: —¡Eso es una guarrería! ¡Mejor cagar en el huerto!
Algo que hoy es tan simple y parece imprescindible, no era entonces necesario cuando el cagar era libre.

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