josegelado.blogspot.com

jueves, 29 de enero de 2026

La Faldriquera de la Abuela


 


Una abuela, me decía «Ven a mí, te quiero mucho». Sacaba de su faldriquera corruscos de pan pachucho.

Pequeños trozos de pan, muy duros y de centeno. Con cariño me decía: «¡Cómelos, que están muy buenos!».

Estaban de puta madre, con gérmenes muy nutrientes; bien chupados por su lengua, pues ella no tenía dientes.

Los cogía por vergüenza, porque tenían solera; llevarían más de un mes dentro de su faldriquera.

Estaban rebozados de sabor indefinido; ella no usaba bragas: andaban cerca del higo.

Microbios sin conocer no existían antaño; es fácil pensar así: nunca me hicieron daño.

Siendo un poco más mayor, se los echaba al gorrino, para que engordara más y poder comer tocino.

El que no vivió esos años no lo podrá comprender: la pobre abuela me daba lo que no podía comer.

Hoy nos sobran vitaminas y compramos pan de masa, pero falta aquel cariño que rondaba por su casa.

Decía que me quería con amor y con pasión... ¡Yo la habría querido más con un trozo de jamón!

Poema: El beso del sapo


 

Poema: El beso del sapo

Es un muchacho especial y con grandes sentimientos; cree en hadas y brujas, hechizos y encantamientos.

Tiene contados amigos, se va al campo a pasear pensando en fantasías que allí pueda encontrar.

Un amigo le encuentra en un estado muy guarro: cerca de una charca, desnudo y lleno de barro.

—¿Qué te pasó, compañero? Tu estado es de locura. —Te lo digo ahora mismo: he tenido una aventura.

Aquí topé con un ser, me cautivó su mirada; me dijo que no temiera, que era una princesa encantada.

Que la besara y chupara durante un corto tiempo; con ese simple favor cambiaría su encantamiento.

Se transformó en princesa, guapísima y cojonuda; por si esto fuera poco, estaba toda desnuda.

Me ofreció una recompensa por ser su salvador: me pidió que me desnudara y que le hiciera el amor.

Lo hicimos cientos de veces, de mil maneras y modos; en la hierba, en el prado... terminamos en el lodo.

—Tú eres un gilipollas, te espabilaré de un sopapo: estás supercolocado de tanto chupar el sapo.

Aventuras de Río


 

Aventuras de Río

Esas aventuras de niño, que hoy recuerdo en la vejez, es bonito revivirlas, al menos por una vez.

Se bañaban tres muchachas en el río, sin sus ropas. Para gastarles una broma, les escondí las de arriba y las de copas.

Sin saber qué les pasaba, yo las estaba espiando; al cabo de poco tiempo, las tres las están buscando.

Me presento con sus prendas, trato de disimular, y les digo: «Pobrecitas, me las acabo de encontrar».

—Eres un gran mentiroso, tú las habías escondido. Nos vengaremos de ti, ¡ya no serás nuestro amigo!

Al pasar un largo tiempo, la amenaza fue olvidada... Yo me bañaba en pelotas, sin temer a la emboscada.

No olvidaron el agravio, una de ellas se cobró: me quitó toda la ropa, y nunca más apareció.

Esperé a que fuera noche para volver sin un nudo. Mi madre, al ver aquel cuadro, pegó un susto cojonudo.

Como las madres son listas, supo bien lo que pasó; tras un par de preguntas, la ropa pronto encontró.

—Eso fue una gran venganza, más no puedo revelar. Si quieres saber quién fue, lo tendrás que averiguar.

Llevo años de detective con las tres de sospechosas; las tres se ríen de mí recordando aquellas cosas.

La Farmacia de la Vergüenza


 

La Farmacia de la Vergüenza

Una máquina en el metro me dejó muy pensativo, de lo fácil que es ahora comprar un preservativo.

Cuando los necesité, fue difícil conseguirlos; vergüenza daba de todo, y mucha más al pedirlos.

No sabía qué pedir, si paraguas o condones; quizás unos chubasqueros que sirvieran de protección.

Vigilaba la farmacia y que estuviera vacía, a ver si salía un hombre y era él quien me atendía.

Y me salen dos chicas, las dos guapas y muy finas; me sentí avergonzado y pedí unas aspirinas.

Voy a otra farmacia y me atiende otra mujer; solicité un jarabe para dejar de toser.

Sigo mi peregrinaje, me atiende un señor mayor; le veo un poco anticuado, pido algo para el dolor.

Cien farmacias recorrí, en ninguna los compré; sí, cien medicamentos que yo jamás usaré.

Junté tantos remedios que no me hacían ni gracia; solo me faltó el título para poner una farmacia.


El Secreto del Relleno


 

El Secreto del Relleno

Tres mozas se van de fiesta para divertirse un rato, todas ellas muy dispuestas a estrenar el zapato.

Los caminos eran malos, entre polvo y guijarros; con los zapatos en mano, no llegaban como guarros.

El baile fue en una era, entre nube polvorienta; de su calzado siquiera nadie llegó a darse cuenta.

Esas tres pobres muchachas poco sabían de la vida; los mozos, como tunantes, solo miraban para arriba.

Para la próxima cita mejoraron el estreno; cada una iba bendita con un sostén con relleno.

Funcionó de maravilla, todos los mozos contentos, pues se obró la maravilla ante tales monumentos.

Al ponerse más al día los tenían en el bote, con falda de osadía y ampliando más el escote.

Se pintaron los labios, enseñaron más las piernas; cayeron tontos y sabios al ponerse tan modernas.

La abuela no lo comprende, la madre no lo ve mal; el padre el hombro encoge: es cambio generacional.

El peso de la apariencia


 

El peso de la apariencia

A veces la suerte ciega juega una mala pasada: esta joven nació fea y vivió siempre marginada.

No se acercaban a ella los chicos de su edad; creció incubando un odio hacia aquella sociedad.

En sus tiempos de moza nadie le dio su calor; todos buscan la belleza, nadie mira el interior.

Un soltero ya de años en un pueblo vecino, por no verse solo y triste se cruzó en su camino.

Concretaron las nupcias, el enlace se efectuó; pero al no haberse tratado el defecto apareció.

No llegó la descendencia, lo cual resultó fatal; sin hijos a quien querer el matrimonio va mal.

Su rencor se multiplica, muere en la soledad; qué triste es nacer fea en el campo o la ciudad.

Cuando una nace hermosa tiene el triunfo asegurado; corre con tanta ventaja que hasta el fallo es perdonado.

Dicen que lo más valioso es lo que se lleva dentro; pero es una gran mentira, para ella... fue solo un cuento.

El tipo de lavadora


 

El tipo de lavadora

Le parece un disparate. Pues se le queda parada en cualquier escaparate.

—¡Qué vestido tan bonito para lucir por la calle! Me lo podías comprar; ten, una vez, un detalle.

—Te sentaría bien de joven, no puedes lucirlo ahora. Tienes un tipo cuadrado: el tipo de lavadora.

En uno de lencería, se queda pegada al suelo. Mira y remira las prendas; son todas para modelos.

—Ese sostén y esas bragas, mira qué cosa tan cuca. —Esa prenda tan pequeña no te tapa ni la nuca.

—Esas botas tan bonitas, que se cierran con corchetes... —¿No ves que son muy estrechas? No entrarán tus juanetes.

Se detiene ante las cremas, de esas que quitan la edad. —¿Me compras este potingue? ¡Dime siempre la verdad!

—No gastes en esas cosas, que no hacen ningún milagro. Tu cara ya no es de seda, ¡es un terreno de magro!

Ya metidos en la cama, la empieza a sobetear. —¡Aparta tus manos de mí, que no estoy para lavar!

—Y menos para un pingajo, arrugado y muy enano. ¡Te vas al cuarto de baño y te lo lavas a mano!


 

El Diagnóstico Inventado


 

El Diagnóstico Inventado

El hombre se va a morir, su mujer aún es muy bella; le angustia que, al él partir, otro se quede con ella.

Seis meses de vida activa le restan, según el plan; y busca una alternativa para poderla incordiar.

El cáncer es de pulmón, no admite ya medicina; no existe la curación, el final se le avecina.

Convoca a sus conocidos para el adiós, la partida... y cuenta, entre los gemidos, que hace años tiene el sida.

Cuando su esposa se entera del rumor que está vertiendo: —¡Es el tabaco el que impera! ¿Por qué coño estás mintiendo?

—Ya sé de qué estoy muriendo, y miento de esta manera para que sigan fumando quienes están allá afuera.

Sabes que te quiero mucho, que disfrutes de la vida... ¡Por eso digo a los amigos que tú me pegaste el sida!

Se acabó tu buena suerte, nadie se te va a acercar; te guardarán los amigos el luto de no tocar.

Plañideras del Prime Time


Plañideras del Prime Time

Una costumbre que parece pertenecer a otra era, resucita y reaparece: es la antigua plañidera.

En el entierro de un rico ellas no podían faltar, con el llanto por el pico no paraban de sollozar.

Todas vestidas de luto, grandes sayas, gran pañuelo; con cebolla en el tributo, lloran mirando hacia el suelo.

Gritan pidiendo al Señor que lo acoja en su regazo, que aquel hombre fue un primor y no dio nunca un codazo.

Veinticuatro horas penando para ganarse solo un duro, con el vino acompañando al tocino y al pan duro.

Aquellas viejas costumbres hoy regresan desfilando, bajo focos y techumbres en la tele están llorando.

No lloran por un finado ni por un lío perdido, lo hacen por un buen contado y por vender su vencido.

Su colección de pasiones la historia va agigantando, suman falsas confesiones y las siguen contratando.

Ya no se visten de luto ni de noche ni de día, sacando mayor tributo al lucir la mercancía.

En esto no hay igualdad, menuda ha sido la alzada; con total impunidad, ¡ganan ya por goleada

El Cerdito de Juan


 

El Cerdo de Juan

Juan tenía una cerda, soñaba con una piara; prometió dar un cerdito si ella quedaba preñada.

Buscó un buen cerdo macho, de raza y muy bien gordito, un semental con diploma: garantía, seis cerditos.

Cuatro serían venta, uno para su matanza, que tuviera buen tocino para llenarse la panza.

Llegó el día del parto: solo un cerdito parió. Juan no pudo cumplir lo que un día prometió.

Pidió consejo al cura: —Estás metido en un lío, si no cumples la palabra de aquello que has prometido.

—Eso no tiene perdón, es un pecado tremendo; no cumplir una promesa es ir derecho al infierno.

Juan entregó el cerdito por temor a aquel infierno; no pudo probar tocino y al cielo fue en el invierno.

El cura asaba el gorrino con un aroma excelente, mientras Juan subía al cielo con el alma muy creyente.

Subiendo al cielo pensaba: —¡Ay, Juan, pero qué lerdo! Si los santos son estatuas... ¿quién se come ahora mi cerdo?

Calores de Menopausia.

 Mujer, qué maniática eres, en primavera y en verano, siempre sobando el aparato sin soltarlo de tu mano.

Me pones hasta nervioso al no tomarte una pausa; dices que estás "calentita", ¡maldita sea la menopausia!

Déjalo de una vez en paz, que me estás hasta estresando, lo pasas de mano en mano, siempre lo estás meneando.

A veces, hasta encogido, te lo llevas a la boca; no puedes pasar sin él, ¡estás un poquito loca!

Cuando lo tienes abierto lo mueves con mala leche; si el pobre no da más de sí, ¡qué aire quieres que eche!

Lo tuyo ya es obsesión, el no dejarlo de usar, dices que te dan mareos y no puedes respirar.

Te llevaré hasta Siberia a que refresques un poquito, y se te quite la manía... ¡De usar tanto el abanico!

Si uso tanto el abanico, tienes que tener en cuenta, Que tú
 ya no das frío, ni tampoco me calientas.

Juan "El Planta Pinos"


 

Juan "El Planta Pinos"

No desestimen la historia, no es ninguna invención; esto ocurrió en el pueblo en más de una ocasión.

Le rechazó una moza, desestimó su oferta, y él, herido en su orgullo, plantó un pino en su puerta.

La venganza era guarra, quizá un tanto mezquina. ¡Qué placer marcar la casa y limpiarse en la cortina!

Las primeras veces bien: culpaban siempre al perro, mas de tanto plantar pinos ficharon al gamberro.

Al padre le sienta mal, vigila de noche y día; con un tiro en el trasero le quitará la manía.

Carga el cartucho con sal, en la sombra vigilando; le da el tiro en las nalgas cuando estaba allí cagando.

Era una noche oscura, el mozo salió pitando, pantalones por los suelos y con el culo sangrando.

Sospechan de un vecino, no lo pueden confirmar; pero hay un mozo en el pueblo que no se puede sentar.

El padre lo investigó, quería ver su trasero. El mozo le contestó: —"Solo tengo un agujero".

Aquel mozo se marchó en busca de otro destino, pero en el pueblo quedó como "Juan, el planta pinos".

La incógnita se mantiene, nadie asegura que fue; solo se sabe de él... ¡que siempre caga de pie!

Se difundió la noticia de venganza tan cañera: volaron los pretendientes, su hija quedó soltera.

Aún hoy cuentan los viejos, al calor de algún buen vino, que no hay rencor más tenaz que el de Juan "el planta pinos".

El Cocido de la Discordia


 

El Cocido de la Discordia

En una edad ya avanzada, le dice la mujer al marido: —¿Qué te pongo hoy de comer? ¡Pero no me pidas cocido!

—Sabes bien que a mí me gusta, que es comida muy variada. —Tú solo comes un huevo con un poco de ensalada.

Hacerlo es muy trabajoso y además, resulta aburrido. Solo con mirarte a la cara, se me atraganta el cocido.

—Vaya una excusa más tonta, ¡mi madre siempre lo hizo! Dime por qué no lo quieres, si a ti te gusta el chorizo.

—No te lo voy a hacer, no me toques los... botones. Para que al fin te enteres, estas son mis razones:

Eres un gorrino gordo y estás bastante viejo, tienes muy duro el pellejo y hay que rasurar tus pelos.

Los tienes como garbanzos, ya no puedo ni usarlos; ni una semana en remojo lograría yo ablandarlos.

Tu chorizo ya no vale, está seco y encogido; ni una semana en la olla daría sabor al cocido.

Hay muchas razones más que no quiero enumerar... ¡Así que come verdura, a ver si logras adelgazar!


El Cura y el Prado


 

El Cura y el Prado

Viene el cura a decir misa, en un borrico montado, vio en su puerta a una moza con el cuerpo espatarrado.

El cura queda asombrado, se le ven todos los bajos: las matas altas del prado, el manantial más abajo.

—¡Bájate la saya, moza! Así no puedes estar, que el primer burro que pase seguro querrá pastar.

—Si quiere pastar, que paste, y que lo deje rasado; no crecerán malas hierbas y queda limpio el prado.

—No te lo tomes a mal, es un comentario tierno; mi misión es salvar almas, que no vayan al infierno.

—Al infierno irá usted si me sigue así mirando; sé que con el pensamiento ahora mismo está pecando.

No se quede ahí parado y procure darse prisa, que ya doblan las campanas y le esperan en la misa.

De mala gana se fue, bastante contrariado, deseando ser el burro para comer en el prado.

No acertó con el sermón, pensaba en alguna cosa... y el pueblo entero notó que le hace falta una moza.

La moza quedó riendo al ver al cura marchar, que hay pastos que los pastores nunca podrán catar.



Cincuenta años


Cincuenta años

Cincuenta años de casados, y ya se encuentran aburridos. Es demasiado el tiempo, no quieren estar unidos.

Como ya son muy mayores, tienen poca paciencia; no les llega el dinero para ir a la residencia.

Él se va al hogar del jubilado a tomarse un cafelito; es el lugar más barato y se está muy calentito.

Ella se queda en casa viendo la televisión; escuchando los cotilleos, esa es su diversión.

Con dolores de rodilla, con dolores de cabeza, ven cómo pasan los días, sumidos en la tristeza.

Entre visitas al médico y esperas en el hospital, con dolores en la cama, lo cierto es que lo pasan fatal.

Los vecinos les comentan: «Pronto vais a mejorar, marchaos de excursión, apuntaos a bailar».

Por mucho que los animan, todo es pura tontería; cada año son más viejos, están peor cada día.

Soportando la rutina, sin ninguna otra ilusión, son dos sombras que caminan en la misma dirección.

La GAllina Charruscada.


 Carecía de juguetes, ni siquiera uno de china; mi único entretenimiento era un simple tirachinas.

¿Aves sueltas en la calle? Una banda de gallinas. No podía resistirme a usar aquel tirachinas.

Entre todas las aves, una tuvo mala suerte: le di de pleno en la frente y aquello le causó la muerte.

No era esa mi intención, yo solo quería asustar; pretendía divertirme, nunca quise matar.

¿Qué hacer con la gallina? ¿Cómo poder esconderla? Estaría rica asada, así que decidí comerla.

Reuní un montón de leña, sin pensar en aliñarla; ya se encargaría el fuego de asarla y desplumarla.

Cuando el fuego se apagó pensé: «ya estará muy buena». Me comeré la mitad, la otra será la cena.

Pero no era una gallina, estaba toda chamuscada; su olor era detestable, no pude probar nada.

Enterrado su cadáver, la despedí con gran pena, soñando que en pepitoria habría estado muy buena.


El gato cohete


 

El gato cohete

Reuniones de rapaces para pasar el rato: a uno se le ocurrió ¡por qué no pillar un gato!

Un plan muy perfecto, mucho que preparar; esa clase de animal es difícil de cazar.

Una vez cazado el gato, con la cola un poco grasa, le prendimos fuego al rabo a ver qué es lo que pasa.

Sale el gato disparado sin saber dónde se mete; eso no era ya un gato, ¡era un puro cohete!

Se refugia en un pajar, surge la gran faena: prende fuego toda la paja, la hemos liado buena.

Tocamos las campanas, el pueblo se reunió, y con calderos de agua entre todos se apagó.

No estaba lleno de paja y estaba muy apretada; nos salvamos por los pelos de esa gran gamberrada.

No éramos niños salvajes ni tampoco unos gamberros; nuestros únicos juguetes eran los gatos y perros.

Los padres en el campo, nosotros solos todo el día; la única diversión: hacer mil perrerías.

No sufran por el gato, siguió cazando ratones; solo se quemó el rabo sin más complicaciones.

El sermón de las rajas

El sermón de las rajas

Al vivir solo del campo, la gente estaba maltrecha. Si el tiempo no acompañaba, se perdía la cosecha.

Tristes y desesperados, imploran todos al cielo: que les mande pronto lluvia que les sirva de consuelo.

El campo, rajado y seco, así no pueden labrar. La tripa no se les llena con orar ni suplicar.

Sacan la santa al camino, el cura reza un sermón. Pide con mucha esperanza que cambie la situación.

—¡Amada patrona mía, aquí no crecen ni pajas! ¡Envía tanta agua al suelo que tape todas las rajas!

Los hombres, al oír eso, ponen su grito en el cielo. ¡Es lo único que tienen que le sirve de consuelo!

Las mujeres, asustadas, rodean pronto al cura: —Esa petición que hace nos parece una locura.

—Si su deseo se cumple, no vendremos más a misa; tendrá que hacer la maleta y escapar a toda prisa.

Por pelos se libró el cura al caer una nevada. Da las gracias a los cielos: ¡petición solucionada!

Y así termina este cuento de fe, campo y confusión: que a veces lo que uno pide no es siempre la solución.

La aventura de las Cinco


 

La abandonó un camionero al borde de la carretera; formó un gran espectáculo en su edad de quinceañera.

Se difundió la noticia, causó un gran alboroto; todos queríamos verla, corrimos más que una moto.

La tía hacía de todo: por solo cinco pesetas, tres por tocarle el culo, dos por mostrar una teta.

El revuelo fue tremendo, una cosa de locura; se enteró todo el pueblo, los civiles y hasta el cura.

Una panda de mirones, todos sin una peseta; no le salió ni un cliente, nos mandó a hacer puñetas.

Nadie abandonó el lugar, solo se cerró el anillo; no le quedó más remedio, tuvo que pedir auxilio.

Se presentan los civiles, quedamos muy asustados; más de uno llevó un palo al quedarse rezagado.

Lo más singular del caso en tan extraña ocasión: ¡fue que el hijo de un guardia llamó a su padre cabrón!

Al rato nos reunimos en la plaza del lugar; la diversión fue tremenda, un domingo sin igual.

Amor en Negro

 


Amor en Negro


Pareja de amantes fogosos en un lugar despoblado, no pueden resistirse más, no ponen mucho cuidado.

El hoyo de la cuneta les parece lo apropiado. Sin nadie que esté a la vista, es el sitio resguardado.

Pasados varios asaltos, se les apaga el ardor. Los dos se quedan dormidos en un abrazo de amor.

Hay bidones de alquitrán olvidados en la meta; en verano, mal cerrados, eso les hace la puñeta.

El líquido se desliza, están los dos bien sobados; se pega todo a sus cuerpos, los deja bien rebozados.

Piensan que van a morir, no se pueden despegar. No ven ya más salida y se ponen a rezar...

Alarmadas las familias, los buscan desesperados; se llevan la gran sorpresa al hallarlos allí pegados.

"Hacer el amor así", comentan, "¿será acaso una ofrenda?". "¡Eso es amor en negro, para no pagar a Hacienda!".

Nadie sabe despegarlos; pensando, comenta uno: "Mejor ponerlos al sol y darles con 'Tres en Uno'".

Desnudos y muy unidos, los dos se encuentran a gusto. Como no tuvieron hijos, se ahorraron los disgustos.

Pasados cincuenta años, aún no se han separado: ejemplo de unión eterna por su amor alquitranado.

El Taxi y la Camarera


 

El Taxi y la Camarera

Yo trabajaba en el taxi de la noche a la mañana. Ella era camarera en una barra americana.

Me encapriché de la chica, la tía estaba cañón. Yo quería dispararle en la primera ocasión.

Al trabajar por la noche, ya se sabe lo que pasa: al salir de su jornada, la llevaba hasta su casa.

Me tenía por buen chico, yo no podía creerlo. Quería meterle mano, mas no sabía cómo hacerlo.

Una noche salió alegre, me llamó "mi guapetón". Me dio un beso y un abrazo, ¡era la gran ocasión!

Cerca de su domicilio, busqué un lugar apartado. Era el momento perfecto, me iba a poner morado.

El bombón se abraza a mí, con buena disposición. Me temblaban las piernas al empezar la función.

Por abrazarla tan fuerte y con tanto nerviosismo, se le revolvió el cuerpo... ¡Soltó la pota allí mismo!

Ahí murió la pasión, se terminó la faena. La ayudé a subir a casa, los dos hechos una pena.

Tanto esperar el momento para no aprovecharlo... y el taxi oliendo a whisky, tuve que ir a lavarlo.

Dejé el oficio del taxi y se acabó nuestra historia. Han pasado muchos años, pero sigue en mi memoria.

Hoy cuento esta batalla ya como un padre ejemplar, ¡menos mal que aquel aroma se pudo por fin quitar!

La Capa del Cura


 

La Capa del Cura

En tiempos de Mari Castaña, vestían los hombres de pana, sayas largas, las mujeres, el cura, capa y sotana.

Iban llenos de remiendos, ¡aquello era una locura! Pobres de solemnidad, y entre ellos, también el cura.

Su capa cae a pedazos, está llena de jirones; no la sabe remendar, solo dar buenos sermones.

El cepillo de la iglesia no le saca del apuro; pobres son sus feligreses, no recauda ni un duro.

Al alcalde pide auxilio, convocan una reunión; con todo el pueblo delante, les da esta explicación:

—"El cura tiene un apuro de solución inmediata: se le cae la ropa a trozos y necesita una capa".

Las mujeres se marcharon, demostrando mucha cara; no soltaban ni una perra para que el cura se tapara.

Pero los hombres cedieron, ¡aquello fue una locura! Y a escote pagaron todos la capa nueva del cura.

Más al verle tan gallardo, ¡se vuelven a cabrear! Pensaban que aquel dinero... ¡Era para irse a capar!

Y así termina la historia de aquel pueblo y su locura, que por no entender de telas... ¡Dejó "sin capar" al buen cura!

La Confusión de María


 

La Confusión de María

—Te veo triste, María, cuenta qué te ha ocurrido. —Una desgracia tremenda: ¡se mató mi marido!

—No me lo puedo creer, noticia tan inesperada; si te llevabas bien con él, cuarenta años casada.

—Era un ser fabuloso, de lo bueno, lo mejor, pero perdió la cabeza haciéndome el amor.

Le entraron los sudores, no podía terminar, pegó un salto de la cama y se fue a duchar.

Abrió la puerta del armario, no sabía lo que hacía, y al verse frente al espejo ni él mismo se conocía.

Solo le escuché decir: «¡Estoy metido en un lío! Me cortará los pinreles si me descubre el marido».

Le dije: «Ven a la cama, que yo soy tu mujer». No me hizo ni caso y salió a todo correr.

Estaba fuera de sí y ocurrió lo peor: abrió la puerta y cayó por el hueco del ascensor.

Y ahora lo velo con pena, aunque me causa pavor: ¡se mató por miedo a sí mismo creyéndose su invasor!

La Pesadilla del Millonario


 

La Pesadilla del Millonario

Un millón de euros, gané en la primitiva, me sacó de mis casillas y dio un vuelco a mi vida.

Compré un apartamento, mi primera decisión, quería vivir solo y pasármelo cañón.

Contraté a un abogado de un famoso consorcio, me costó mucha pasta tramitar el divorcio.

Adquirí un deportivo que corría como un diablo, era tan sofisticado que no supe ni arrancarlo.

Fui a un gran restaurante con platos de degustar, no supe meterles mano y me quedé sin cenar.

En una agencia de chicas contraté a una señorita, la tía estaba de lujo y costó una buena guita.

Pero al verla desnuda, casi caigo desmayado, era un guapo travesti bien dotado y operado.

¡Tremenda situación! y por miedo a la calvez, retrocedí paso a paso, culo contra la pared.

Tantas emociones juntas me dejaron hecho papilla, ¡qué alivio fue despertar de tan loca pesadilla!



En Busca de la Castaña.


 Crueles éramos de niños, a veces una desgracia. Ver llorar a un compañero nos hacía mucha gracia.

El pobre perdió una vaca al borde de la montaña. La vaca tenía nombre: se llamaba "la Castaña".

Llorando desesperado, preguntó a una mozuela si alguno había visto la castaña de su abuela.

Nos partíamos de risa, uno añadió con saña: —"Pregúntale a tu abuelo, que él conoce la castaña.

Él sabe bien cómo está: si está cruda o está asada, si la mantiene con pelos o ya la tiene pelada".

Seguimos con la crueldad, mientras él seguía llorando; nosotros, dando por saco, nos seguíamos burlando.

Al fin halló a la Castaña paciendo allí en el prado, con la tripa bien rellena... ¡El chico quedó encantado!

Se difundió la noticia, lo supo el pueblo entero. Y le marcó para siempre: hoy le llaman "Castañero".

El Cristo y la Calderilla


 El Cristo y la Calderilla

Unos diez años tenía, al correr esta aventura: entré en una ermita vieja, sin pedir permiso al cura.

La presidía un buen Cristo, antiguo y crucificado; la gente le daba ahorros, él perdonaba el pecado.

Poco pecaba esa gente, era humilde y muy sencilla; no tenían ni un billete, solo daban calderilla.

Eran unas cinco pelas, para mí mucha fortuna; el Cristo no las gastaba, ni salía de la cuna.

Entré por un ventanuco, ¡vaya si me hizo sufrir! Recogí las monedas sueltas, pero no pude salir.

Aquel Cristo me juzgó, allí me quedé encerrado; no salía por donde entré, y era muy alto el tejado.

Al rato pasó un amigo, le llamé con gran presteza; él me ayudó a escapar, tirando de mi cabeza.

Liberado del castigo, salté feliz y contento; ¡la que me habría caído, si el cura me pilla dentro!

Compré muchos caramelos, y le di uno al buen Cristo; para que me perdonara, por si acaso me había visto.

Aún recuerdo aquel aviso, que el Señor me habrá mandado; le llevaré más dulces... ¡Y el trato queda cerrado!



Diagnóstico de un paseo


 

Diagnóstico de un paseo

Al escribir sobre esto, nada tengo por certeza; son ideas algo absurdas que rondan por mi cabeza.

Los matrimonios maduros, que se observan paseando, sin miedo a equivocarte, sabes cómo van marchando.

Si se cogen de la mano y van a la misma altura, el matrimonio funciona: ese es el amor que dura.

Si ella camina delante y él la sigue cabizbajo, es ella el jefe en la casa... ¡él la manda al carajo!

Si acaso fuera al revés y ella camina detrás, es un tipo de mal genio que impone su autoridad.

Si van a la misma altura, pero existe separación, falta poco para el divorcio: se está rompiendo la unión.

Si uno acelera su paso y el otro camina lento, es que no quieren ni verse: se agotó el experimento.

Si la lleva de la mano como quien va arrastrando, no es por exceso de ganas... ¡Es que se está meando!

Si es ella la que tira como si fuera un lastre, al pobre le queda poco: está ya para el arrastre.

Ese amor de toda la vida es una quimera pura; no tiene caducidad: siempre dura... lo que dura.

Que el amor no es un contrato, ni una meta, ni un destino, es solo el arte complejo de aguantarse en el camino.

La jaca y el pigmeo


 

La jaca y el pigmeo

Un amigo me rogó que le echara una mano: tenía una chica de sobra y solo tenía dos manos.

Rápido dije que sí, no lo dudé ni un segundo, dicen que así se las ponían al gran Felipe Segundo.

Tras las presentaciones, me quedé muy asombrado: la chica tiene más carne que mi peso duplicado.

Salimos pronto a bailar, más al querer abrazarla, sus pechos dan en mi boca y no logro ni abarcarla.

Salimos luego a pasear, yo me iba acomplejando: ella era una buena jaca, yo un pigmeo a su lado.

Para darle un buen beso tengo que dar saltitos; lo máximo que consigo es darle unos poquitos.

Descarté llevarla al catre (que fue lo que pensé primero), pues no llegaría a la cima al no ser yo montañero.

Una conquista tan fácil no la pude aprovechar; al sentirme tan pequeño lo tuve que abandonar.

A veces tanta abundancia no da muy buen resultado; con la mitad de mujer me habría conformado.

Travesuras de Niño.


 La llegada hacia mi pueblo, era un camino de carros. A veces con mucho polvo, y otras con mucho barro.

A mitad del recorrido, lo cruzaba una corriente. Con cuatro piedras en medio, así cruzaba la gente.

Vi llegar a la maestra, y empecé a imaginar: ¡Con la falda tan estrecha! ¿Cómo lo podrá cruzar?

Observé los alrededores, y miré sus pantorrillas. Se había subido la falda, por encima de las rodillas.

Estando a mitad del charco, a mí se me fue el "tarro". Empecé a tirarle piedras, para llenarla de barro.

Quieta encima de una piedra, me sentí muy emocionado. Fue mi pequeña venganza, por haberme castigado.

Fácil era esconderse, entre el bosque y la maleza. Rápido escapé de allí, con soltura y con presteza.

Hizo mil investigaciones, y además cogió un catarro. Pero nunca descubrió, quién la puso así de barro.

Travesuras que recuerdo, y de las que me arrepiento. Ella era buena persona, y hoy su castigo lamento.

miércoles, 28 de enero de 2026

La Cuarta Juventud


 

La Cuarta Juventud

Al salir de un baile, me quedo medio flipado, contemplando a una pareja al ver que habían ligado.

No es una discoteca de jóvenes embalados; es la salida del baile del hogar de jubilados.

¿Es amor lo que destilan? Al verles esa actitud, dirías que están en forma... ¡en su cuarta juventud!

En mitad de la calle les viene un apretón: se pegan un buen sobo, paran la circulación.

Parecen dos tortolitos vestidos como pinceles; al terminar con él sobo, ella busca sus pinreles.

Se ve que son de su agrado al seguir caminando: ella se aprieta a su lado, y se los sigue tocando.

Pierdo el campo de visión, me siento algo atontado. ¿Será verdad lo que vi? ¿O será que lo he soñado?

Me pellizco, estoy despierto: fue pura realidad. ¡Qué bonito es vivir eso, más en la tercera edad!

Un placer electrizante


 

Un placer electrizante

Treinta años estuvo a oscuras la pobre de la Manuela, sin conocer la corriente, siempre alumbrada con vela.

Al fin le ponen la luz, no sabe cómo apagarla, sufre por si llega el cobro y no sabe desconectarla.

Buscó el método barato, el sencillo y más fiable: para cortar el contacto, unir y desunir el cable.

Sintió una descarga leve, al ser la corriente baja, un cosquilleo especial que la serena y relaja.

Se dio cuenta la Manuela de que el mal se le remedia: ¡vale más que diez orgasmos hacer de toma de tierra!

Con cables en los pezones, todo su cuerpo temblaba, la dejaba como nueva... ¡y jamás se embarazaba!

Pasaron así los años, sin apenas novedad, hasta que subió la fuerza de aquella electricidad.

Con la salud resentida y la potencia más fuerte, recibió tal sacudida que le produjo la muerte.

Si el alpiste le gustaba, no murió de la cirrosis; el médico dio el informe: —¡Murió de una sobredosis!

Ni el vino ni los varones le dieron tal alegría, murió con los pelos tiesos ¡bendita sea la energía!

La Confesión de la Bisabuela.


 La Confesión

Necesito confesar, que soy una pecadora: uso la cama de noche y también a cualquier hora.

—Eso no tiene importancia, a veces son cosas tontas; prosigue con tu relato... ¿Dime cómo te lo montas?

—De lado, de boca arriba, probé todas las posturas para calmar los picores y bajar las calenturas.

Al quedarme en pelotas, pongo debajo una almohada, con las rodillas arriba me siento más relajada.

Si no me quedo hacia el techo, uso un gran almohadón, que me levante el trasero... ¡qué cómoda posición!

—Soy un cura y soy un hombre, y no dejo de pensar en todas esas posturas que me hacen hoy pecar.

Eres oveja perdida, quizás una entre mil, ya hallarás el camino para volver al redil.

Perdonaré tus pecados, ¡pues a eso es a lo que vienes! Para darte penitencia... ¿dime cuántos años tienes?

—Los próximos a cumplir serán ya los noventa; puede haber diferencias, pues ya no llevo la cuenta.

—Vete en paz, hija mía, ¡eso son buenas señales! Rezaré por ti al Señor, que Él te cure de tus males.

Se marchó la pobre anciana, cojeando y muy sonriente: —¡Lo que hace la artrosis, padre, en el cuerpo de una inocente!

El mozo que suplió al toro


 

El mozo que suplió al toro

Tiran del carro con fuerza, una vaca y un gran toro, pero el buey sufre un traspié y se quiebra el hueso solo.

Padre e hijo, desolados, se ponen a cavilar: ¿cómo llegar hasta el pueblo? Allí no pueden quedar.

Lanza el padre juramentos, el hijo ni uno solo; está en plena juventud y decide suplir al toro.

Tira con garbo del carro, ¡avería solucionada! La vaca lanza un mugido y se queda enamorada.

La noticia, al conocerse, fue malinterpretada; para enredarlo aún más, la vaca estaba preñada.

Cien vacas se concentraron en la plaza del lugar, todas mugiendo a la vez, haciendo el hierro sonar.

Para ellas es un ídolo, ¡un auténtico toro bravo! Y al verlo pasar de cerca, todas levantan el rabo.

Ante tanta cornamenta y aquel coro de mugidos, no le quedó alternativa: escapó dando alaridos.

Nadie sabe a qué lugar, dicen que llegó al infierno; le cogió miedo a las vacas y pavor a cualquier cuerno.

Desde entonces, por los campos, corre el mozo sin descanso, que prefiere ser soltero a ser buey en un remanso.


 

Pan negro y manos de campo


 

Pan negro y manos de campo

Es un recuerdo a mis padres, que cultivaban el campo. Comiendo siempre pan negro, no conocieron el blanco.

Pienso que vale también, para la inmensa mayoría; esa que vive del campo, de la caza y de la cría.

Si la cosecha era buena, se celebraba un fiestón; si venía un año malo, reinaba la resignación.

Su vida era muy sencilla, de contadas emociones. Se comían el tocino y vendían los jamones.

Lo mejor de aquella vida: no vivían estresados. Trabajaban para ellos sin estar asegurados.

No disponer de dinero tampoco era un problema. Ellos cantan y ellos bailan si tienen la tripa llena.

Gastaban las calorías, no había la obesidad. No existía ese problema en aquella sociedad.

Sin inventos tan modernos, su vida era diferente: no tenían gas ni luz, ni tampoco agua corriente.

Dejo aquí mis sentimientos, por si los quieren guardar. Que no se pierda en el viento, lo que hoy les vine a cantar.



El Artillero Retirado


 

El Artillero Retirado

Surgen problemas diarios, que ella no llega a entender; que no apuntemos con tino, no lo logra comprender.

El cuarto de baño es siempre foco de mil discusiones; nos consideran a todos unos torpes y meones.

Si uno se casa muy joven, el punto de mira es alto; y cuando vas a la faena, el tiro sale con salto.

En la mediana edad, ya se empieza a desviar; se marcha hacia los costados a la hora de apuntar.

En la tercera edad, si no lo haces sentado, con la pistola oxidada se va para cualquier lado.

El cierre ya no funciona, el cañón se ha encogido; recuerdas cuando era nuevo y te quedas afligido.

Ellas usan sus compresas, no se les escapa nada; nosotros no disponemos de una funda preparada.

Tendría que ser de goma, que se pudiera estirar... Solucionaría problemas, ¿los podéis imaginar?

Moraleja:

Así que, amigos queridos, no perdáis el buen humor, aunque el tiro sea torcido o ya no tenga el vigor. 

Mejor mear sentados, evitando el "chaparrón", ¡que así dormiremos tranquilos sin broncas en el salón!