Dos amigos en el cielo comentan su mala suerte; se ponen a repasar lo que produjo su muerte.
—Sucedió el mismo día, eso ya es casualidad. La otra es encontrarse aquí, en la eternidad.
—¿Tú de qué has muerto? Seguro que fue deprisa; no veo dolor en tu cara, hasta tienes una sonrisa.
—Si te digo cómo fue, seguro te dejo helado: la sonrisa que me ves es por morir congelado.
—La mía fue de un ataque, la culpa, de mi parienta: creí que tenía un amante que usaba su "herramienta".
Fingí mi ausencia tres días, pero regresé al instante para ver si la pillaba en la cama con su amante.
Pero la encontré muy sola, la tía estaba en pelotas; vi algunas prendas extrañas: pantalones y unas botas.
Removí toda la casa, miré bien en los rincones; frustrado al no hallar nada, me dio un mal de agitaciones.
No pude resistir eso, presa de la frustración; por eso mi muerte fue de un ataque al corazón.
—¿Dices que miraste bien? ¡Para mí eso es mentira! ¡Si miras el congelador, aún estaríamos con vida!
¡Qué par de tontos fuimos!, el destino es cojonudo: tú por buscar una amante, y yo por ser un cornudo.


































