El Misterio del Aparato.
—¡Pero qué guapa, María! ¡Qué lozana desde viuda! Se te ve toda alegría, sin rastro de la amargura.
—¡Ay, amiga, cuánta razón! Mi marido era un "garrapo", siempre había discusión por usar el aparato.
Ahora que ya estoy libre vivo como una sultana: el aparato es mi esclavo y lo uso cuando a mí me da la gana.
Me pillo mis buenas siestas, disfruto yo sola un rato, lo agarro con las dos manos... ¡y le enchufo al aparato!
Me tiro sobre el sofá, ¡eso es una gloria bendita! Y de tanto que disfruto me quedo pronto fritita.
Aquel "cierzo" de marido me decía todo el rato: «¡Quita tus manos de encima, ni me toques el aparato!».
—¡Pues el mío es diferente!
Lo compartimos a ratos:
yo le busco siempre el momonto0
...
¡y él enchufa el aparato!
Para eso nos casamos, para darnos el placer; si él me lo quiere enchufar, yo no me voy a oponer.
—¡No te confundas, amiga! Que eso también me gustaba, y los dos juntos gozábamos cada vez que lo enchufaba.
Pero lo mío es más grave, ¡escucha mi confesión!: ¡Es que el muy tacaño no soltaba... el mando de la televisión!








