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lunes, 26 de enero de 2026

El Reparto de Bienes.

El Reparto de Bienes.

A la hora del divorcio se discuten muchos temas, y al empezar el reparto surgen siempre los problemas.

Si el piso es de los dos, ese será el primero: lo más normal es vender y repartir el dinero.

¿De quién ha sido la culpa? Ese es el gran dilema. Habrá que ir al abogado a que resuelva el problema.

Hay otros muchos asuntos que pasaremos por alto, pero al llegar a los hijos... ¡ese sí que es un asalto!

Si solo tienen un niño y los dos son cabezones, por quererlo en exclusiva crecen las discusiones.

—Eres una mala madre, no le sabes ni cuidar. El niño es hijo mío y me lo quiero quedar.

—Eres un tonto del culo, gilipollas y un muermo; el niño no es hijo tuyo... ¡Porque te puse los cuernos!

—Yo estuve allí en el parto, no sabías ni abrazarle, y en sus primeras cacas tú me mandaste cambiarle.

—Y claro que lo cambié, ya sé que no soy su padre... pero como lo cambié por otro, ¡tú tampoco eres su madre!

Y así, entre tantos insultos, se aclaró por fin el drama: ¡vaya lío de familia, nos montamos en la cama!

El "Motor" del Octogenario

 

El "Motor" del Octogenario


Enviudó ya con los ochenta y quiso probar su suerte; se casó con una joven que estaba de buena muerte.

—¿A dónde vas, pobre viejo? ¿Te quieres pronto morir? Esa cuesta es muy empinada y no la vas a subir.

—Es envidia lo que tenéis, pues cada vez estoy mejor; esto me rejuvenece, tengo un potente motor.

Hasta pienso tener hijos, para que puedan saber, que la que antes fallaba era mi antigua mujer.

Al año llegó el primero, muy rollizo y muy sanote. Él presume ante sus amigos: —¡Ya veis que soy un machote!

Al año, otro nacimiento, y él sigue siempre diciendo: —La cuesta será empinada, ¡pero yo la voy subiendo!

Con el motor que yo tengo puedo llegar a los cien; es de los que hacían antes, como un Mercedes Benz.

—Sí, será bueno el motor, pero está muy descuidado; creemos que a esa máquina el aceite no has cambiado.

Si quieres tener más hijos debes revisar el motor... ¡Para que no salgan negros como la vez anterior!

El Infierno de España


 El Infierno de España

Al cielo no pudo entrar, le mandaron al infierno; hay tantas variedades que hay un lío allí tremendo.

Creía que solo había uno, pregunta en información: —Esto está muy dividido, depende la religión.

Visita varios de ellos, así se va enterando de cómo funciona cada uno y cuántos hay esperando.

En todos hay pocas almas, será por la baja campaña, pero queda sorprendido al descubrir el de España.

Allí pasa algo raro, hay millones para entrar; hay que echar solicitud y se pone a preguntar.

Funciona con energías, «esto está como un cristo»; antes de llegar aquí, desvían el suministro.

Su destino no se sabe, dicen que están ahorrando; nadie quiere saber nada y muchos se están forrando.

Si viene una inspección, aunque lo vean parado, ellos dan el visto bueno: ¡todos están sobornados!

A Satán solo le importa su buen sueldo y su querida; búscate un trapicheo y no se meten en tu vida.

No busques allí justicia, que ese sitio es un engaño: ¡los demonios son ministros que cambian cada cuatro años!

El Doctor "Manos Calientes"


 

El Doctor "Manos Calientes"

—¿Qué te pasa, amigo Juan? Que te veo muy tristón. —Estoy hecho una mierda, esperando un corazón.

—Me dejas de una pieza, si nunca tuviste vicios; trabajas en oficinas diseñando edificios.

—La vida es así de cruel, hace tiempo que estoy malo; esta vez me tocó a mí el recibir ese palo.

—Hay que echarle valor para seguir adelante. —Me operan rápidamente, ya encontraron al donante.

—Eso está muy avanzado, sobre todo en los humanos; existen pocos rechazos, hay muy buenos cirujanos.

—Me opera un especialista que es el número uno; operó a más de cien y no se murió ninguno.

Salvó muchísimas vidas, famosos y delincuentes; creo que tiene un apodo: le llaman "Manos Calientes".

—¡Ese doctor no me gusta! Su fama es inmerecida: ese salvó a mi mujer... ¡Y me birló a la querida!

—Ándate con mucho ojo, que el doctor es un tunante: ¡te va a arreglar el de pecho para robarte el de amante!



El Visitante de Agostini


El Visitante de Agostini

El hombre llegó a su casa notando algo muy extraño: una botella, dos copas... su mujer sale del baño.

Desnuda y muy sudorosa, ausente y bien despeinada, ni un beso de bienvenida, le mira como atontada.

Cuando pasa al dormitorio, el corazón le da un vuelco: la cama está toda deshecha y el cuarto se ve revuelto.

Él confía en su mujer, siempre ha sido muy formal; "ella nunca me engañaría, esto es algo paranormal".

La sienta para que se calme, hay tiempo para esperar; cuando esté recuperada, ya se lo podrá contar.

—Cariño, por Dios, perdona, no pienses mal de mi vida: aquí entró un extraterrestre y por él fui seducida.

—No me lo puedo creer, ¡eso es ciencia ficción! No me tomes por un tonto, dame otra explicación.

—Que era de otro planeta, de eso estoy muy segura; me hizo cosas en la cama en una y mil posturas.

Cuando me dejó rendida, nos tomamos un martini; dijo que él pertenecía al planeta De Agostini.

El marido, ya vencido, suspiró con amargura: —¡Lo que faltaba en la casa, otra nueva colección de altura!

El fin de la fábrica de armarios


El fin de la fábrica de armarios

Han tenido que cerrar. Empresas de productos varios. Se quedó sin futuro, la que fabricaba armarios.

Tuvo una época de gloria, le costaba abastecer, Los compraba mucha gente, para poderse esconder.

El hombre de otras tendencias, se veía poco a diario, Día y noche lo pasaba, escondido en el armario.

Esa incomprendida mujer, que ni un novio tenía, También usaba el armario, y casi no se veía.

De pronto se abren las puertas, se abandonan los armarios, Se vacían las iglesias, no se usan los rosarios.

El normal de toda la vida, no se exhibe con orgullo, Se queda muy desfasado, es un perfecto capullo.

La televisión se inunda, se puede ver a diario, De mujeres y hombres, que salieron del armario.

La que nunca tuvo novio, lo pasa de maravilla, Y presume, con orgullo, de hacer la mejor tortilla.

Había mucho amor oculto, ahora está aflorando, Pero como se infle mucho, terminará reventando.

Ya no se venden herrajes, ni cerrojos de latón, que para vivir al día, no hace falta un cascarón. 


El barniz se queda seco, la carcoma está de fiesta, pues mostrar lo que uno siente, ya casi nada nos cuesta.

Me acuerdo de ese armario, del cual podías saltar, Y hacer el salto del tigre, al estar sin empotrar.

Viendo la paja en el ojo ajeno

Viendo la paja en el ojo ajeno

Buenos días, vida mía, te noto algo salitrada; tienes muy mal aspecto, estás un poco arrugada.

Dime si es por mi culpa, si tienes alguna queja, que con ese mal talante me pareces una vieja.

Quizás sean los años que te traen la congoja; por verte ya mayor te sientes en cuerda floja.

Te queda mucha vida, y seguirás siendo útil; no desesperes, cariño, que no eres una inútil.

Alégrate de estar viva, enfréntate a la vida; sal fuera y diviértete, no te quedes escondida.

Tu edad es estupenda, no seas desaborida; levanta bien la silueta, no la lleves encogida.

—¡Marido, eres gilipollas! (y esto no es cosa mía), cuida de tus asuntos, no te metas en mi vida.

—Sabes que te quiero mucho, solo quiero que me hables; si yo tengo algo que ver... ¡Dime si soy el culpable!

—Culpable eres, y en parte, por hacerme esta encuesta... ¡Mírate bien el pito y hallarás la respuesta!

Bajé la vista al ombligo con la cara colorada, pues contra esa respuesta... ya no pude decir nada.

La Gallina del Yeso


 La Gallina del Yeso

De niño nunca escuché hablar de la salmonela; no la conocía mi madre, y mucho menos mi abuela.

Comía los huevos crudos, no había caducidad; si alguna vez los pillaba, era de casualidad.

Las gallinas por la calle, como no tenían nido, cada una iba poniendo en su lugar preferido.

Bajo un montón de leña vi un ponedero al azar; ese fue un día de suerte, lo tenía que aprovechar.

Cada día un huevo cogía con mucho, mucho disimulo; le hacía dos agujeros, en la punta y en el culo.

Chupaba su contenido y, para disimular, lo rellenaba con yeso y lo volvía a dejar.

Así hice varias meriendas, no dejé ni un huevo entero, hasta que un día la dueña descubrió aquel ponedero.

Hallar aquel gran tesoro le produjo una alegría: con una buena tortilla su familia comería.

Lo malo fue la sorpresa cuando se puso a partirlos: ¡eran tan duros los huevos que no pudo ni batirlos!

Le preguntó a mi madre si podía explicar eso: —"Si la gallina come piedras... ¡Pone los huevos con yeso!".

La pobre gallina entonces pagó por mi travesura: valió para diez cocidos a pesar de estar muy dura.

Hoy recuerdo aquella historia con nostalgia y con cariño, pues no hay mayor inventiva que la que tiene un niño.

El tiro por la culata

El tiro por la culata

—¡Marido, eres un celoso! Pensabas que tenía un ligue, y te gastaste el dinero contratando a un detective.

—De celos yo no padezco, te lo puedo asegurar; seguro lo has soñado o lo acabas de inventar.

—Desde hace quince días alguien me sigue los pasos; me explicarás el porqué, si yo no le hacía ni caso.

Un día ya me paré, le pregunté qué quería, si es que yo le gustaba y por qué me perseguía.

No me supo responder, me miró muy sorprendido; confesó que era un encargo por parte de mi marido.

No me digas que es mentira ni me pidas que me calle, te advierto que no soy tonta: puedo darte más detalles.

Tiene los ojos azules y una buena estatura, su cuerpo es atlético y su culo es de locura.

Lo pulí a mi manera, dejé que siguiera adelante; es un buen profesional... ¡Y ahora sí tengo amante!

Muchas gracias, querido, así no me encuentro sola. Él es más guapo que tú y, además, ¡usa pistola!

Así que no te me quejes, ni me pongas malos modos, tú pagas la vigilancia... ¡Y yo disfruto de todo!

Pesca de Verano


 Pesca de Verano

¡Cariño! Estamos de vacaciones, aunque no sea a diario, yo me encuentro relajada, ¡hazme algo extraordinario!

Haber avisado antes, que apenas es de mañana, si me tomo una Viagra... ¡no salimos de la cama!

Eso dura cinco horas, en una yo quedo lista; aprovechemos las otras en una playa nudista.

Siempre has querido ir, pero te daba complejo; por verla algo pequeñita te dabas por vencido y viejo.

Aprovecha la ocasión, vamos a la playa ahora, que todas se queden mirando lo que el bañador ignora.

Se adentra pronto en el mar, vienen peces pequeñitos, se la están mordisqueando y él siente hasta gustito.

Pero siente un gran mordisco que de verdad le hace daño: ¡se ha enganchado a su "amigo" un pez de un buen tamaño!

Da un salto de alegría, el hombre se siente audaz, pues ve que se pesca muy bien si la lombriz es capaz.

Después de tal experiencia, sus dudas se han disipado: su parienta está contenta, y encima cenan pescado.

Y así termina el veraneo, con humor y sin reproche, él presume de su "cebo" y ella disfruta la noche.

domingo, 25 de enero de 2026

La Era de los Gorrones

 

La Era de los Gorrones

Se encuentra ya la abuela en la cama agonizando, su familia está reunida y todos están llorando.

Trabajó durante décadas, está a punto de expirar; sesenta años de su vida cocinando en aquel bar.

La visitan asiduamente, pero se acaba el "chollo": se termina el café gratis y el llevarse siempre el bollo.

Esas croquetas tan ricas que ella sola sabía hacer, como dan mucho trabajo... ya no las van a comer.

Se acaban los cumpleaños y demás celebraciones; es el final de una era: ¡la era de los gorrones!

"Esta es mi voluntad: no quiero ser enterrada; como sé que me queréis, prefiero ser incinerada.

Mis cenizas en la urna, que quede muy bien cerrada, con luces de mil colores, que esté siempre iluminada.

Esa urna la tendréis por meses o temporadas, con las luces encendidas, que nunca estén apagadas.

Si os resultan extrañas todas estas peticiones... ¡Es
para que gastéis algo, so pedazo de gorrones!

La Primitiva y sus delirios


 La Primitiva y sus delirios

Cuando la gente se pone a hablar de la Primitiva, escuchando tantos sueños, te puedes pasar el día.

"El día que a mí me toquen unos cuantos de millones, diré adiós a la familia y fuera preocupaciones".

"Yo me compraré un coche, una marca de primera, visitaré todos los clubs que hay en la carretera".

"Yo me compraría un yate viajando por esos mares, visitando otros países, probando sus manjares".

"Yo prefiero estar en una isla hasta el final de mis días, donde pueda andar desnudo, rodeado de varias tías".

"Yo me compraría una finca, que cuesta menos pesetas; sería un hombre muy feliz todo el día buscando setas".

"Yo compraría un rascacielos con una terraza bella; invitaría a champán, a mi mujer y a la suegra".

"Son dos perfectas brujas, pero no saben volar; les pondría un par de alas, les daría un empujón... ¡Que salgan a disfrutar!".

Sueños de ambos sexos, no hay que discriminar: si eres mujer, tiras al marido y al suegro por el balcón, ¡y que aprendan a volar!

La Codiciada "Peseta"


Esto que escribo ahora es una historia coqueta, y me voy a referir a lo que era una peseta.

Pero no hablo de monedas, esta es mucho más tierna: era la que custodiaban las chicas entre las piernas.

El trabajo era muy arduo, conseguirla, una aventura; más fácil si eras muy guapo o tenías caradura.

Al estar tan escondida pocas veces se tocaba, la chica siempre decía: «esa zona es reservada».

Medio año de trabajo para poderla alcanzar, y algunas siempre decían: «¡tú no la vas a catar!».

Así fue mi juventud, verán que fue una puñeta: trabajaba muchas horas sin ganar una peseta.

Muchas que tanto guardaron hoy se sienten amargadas, viendo que sus "pese titas" están muy devaluadas.

Ahora, cuando nos vemos, nos ponemos a llorar: ¡quisiéramos ser tan jóvenes para podernos gastar!

Si yo volviera a nacer —dicen hombre y mujer—, la peseta que agarrara... ¡No la iba a dejar perder!


El Descanso del Guerrero


 

El Descanso del Guerrero

Cariño, vamos a vivir juntos, y me gustaría saber: si prefieres el día o la noche o dónde te suele apetecer.

Yo no tengo horas fijas ni lugar especificado; cuando me da de repente, me quedo en cualquier lado.

Si me duele la cabeza, me tomo una aspirina; aprovecho la ocasión y me vale la cocina.

Si tengo muy poco tiempo, aprovecho la ocasión: lo hago encima de la mesa o mejor en el sillón.

No lo puedo remediar, es casi como un vicio; el momento que más uso es cuando voy al servicio.

Una vez me emborraché y se me hizo de noche; como no podía conducir, allí aproveché... en el coche.

No te preocupes por eso, que te sirva de consuelo: infinidad de veces me he quedado por el suelo.

Soy un tipo polivalente, puedo hasta estar encogido; me vale cualquier lugar para quedarme dormido.

Así que no te extrañes, si me ves por la casa tirado, que no es pasión ni locura... ¡Es que estoy muy reventado!

El Valor del Pan.


 Me acabo de enterar de que soy un tonto del bolo, y todo debe ser por comer el pan tan solo.

No quedé tonto del todo, pues a veces lo mojaba; con un chorrito de agua el pan se me ablandaba.

Si pillaba algo de vino, mojarlo era una fiesta; me ponía muy alegre y dormía una buena siesta.

Con un poco de tocino a veces yo lo untaba, otro método sencillo que el hambre me calmaba.

No hablo del pan de trigo, yo comía el de centeno; cuando se tiene hambre, cualquier pan está muy bueno.

Me vienen a la memoria todos mis antepasados, ¿sería por comer pan el estar tan atrasados?

Pido hoy a la Academia que elimine ese refrán, ese que dice que es tonto quien se alimenta de pan.

Yo valoro mucho el pan, que a veces ni lo tenía; aunque me quedara tonto... ¡Seguro lo comería!

Hoy bendigo yo ese pan, el que a mis padres crio, que si tonto me ha dejado, el corazón me llenó.

El Sentenciado a Palmar

El Sentenciado

Levantándose temprano, tras mil horas de labor, se encuentra desmejorado, perdiendo todo el vigor.

La cosa es para preocuparse, se siente ya muy pachucho; pide hacerse un chequeo: "así no aguanto yo mucho".

Sus sospechas se confirman, sin margen, para la duda; el médico le sentencia: "la muerte ya le saluda".

Con el diagnóstico en mano, sabiendo lo que va a durar, le dice a su mujer: "las tengo que aprovechar".

—Lo que tú quieras, cariño, ¡qué noticia tan horrible! Haremos el amor a tope, lo más que nos sea posible.

—Es tu última voluntad, será atroche y  moche; aprovechemos el domingo: mañana, tarde y la noche.

Todo el domingo de fiesta, sin comer ni descansar; la mujer está agotada, el lunes debe trabajar.

Tras varios viajes seguidos, a las cinco de la mañana, la vuelve a despertar diciendo que tiene gana.

—¡Marido, ya está bien! ¡Déjame ya descansar! Tú te estás aprovechando... ¡Porque no te has de levantar!

Viendo tu gran energía y este ímpetu tan fiero, me da que el de la consulta no es médico... ¡Es un embustero!

Retazos de Aldea


 Retazos de Aldea

A esa familia asquerosa, ni la ayudes, ni le hables, ni te acerques a sus hijos, que son igual que los padres.

Eso pasaba en mi aldea, sin saber por qué ocurría; nunca le hablé a aquella chica, aunque yo la quería.

Encontré un lazo suyo, le di vueltas sin razón; al ir a devolvérselo, ¡ella me llamó ladrón!

Tan grave fue la deshonra, que no la pude pasar; la busqué cuando iba sola para poderla zurrar.

U A n día lo conseguí, ella terminó llorando; pidió perdón entre lágrimas y terminé perdonando.

Nació así nuestra amistad, jugando siempre a luchar; ella se dejaba el triunfo y nos fuimos a besar.

Emigré joven del pueblo, había mil necesidades; se acabaron las peleas, odios, amor y amistades.

Hoy, que ya somos abuelos, la reté a una pelea; no la quiso aceptar, dice que está vieja y fea.

«Ganarías como antes, yo terminaría debajo; ¡mi marido y tu mujer nos mandarían al carajo!».

Más hoy guardo su secreto, pues ella ya se marchó; se llevó nuestras peleas y el alma me arrebató.

Cuarenta años de paciencia


 

Cuarenta años de paciencia

Cuarenta años de casado, pobre hombre, ahí aguantando; su mujer es un desastre, sobre todo cocinando.

Se compra todas las revistas que traigan una receta, pero no sabe freír ni un trocito de panceta.

Sigue por televisión los programas de cocina, pero si hace una sopa... ¡le echa caldo de gallina!

Dice que el Arguiñano cocina de maravilla, pero lo único que aprendió fue a girar la tortilla.

Si copia las recetas, eso a ella le da igual: no calcula cantidades, falta aceite o sobra sal.

El hombre come de todo y lo hace sin protestar, hasta que un día la cena ya no la pudo aguantar.

Decidió guisar él mismo para que viera su mujer, que sin tantas tonterías ricas se puede comer.

Le salen platos de lujo, perfectos de condimento; y le dice a su señora con aire de lucimiento:

—"No mires tantas chorradas, mira qué bien lo hago yo". Y ella le suelta enseguida, con un tono de humor:

—"No seas tan presumido, que no eres el mejor... ¡Llevas años viendo porno y cada vez lo haces peor!".

Ya no hubo más reproches, ni recetas, ni sermón, que al final en esa casa... ¡No cocina bien ni Dios!

¡Que viva la primavera!


 

Que viva la primavera!

En una clase de mayores, a la que estoy asistiendo, escribo a la primavera lo que se va ocurriendo.

Sale un poco de mi línea, pues no domino esa ciencia, pero espero que les guste esta humilde ocurrencia.

Con el sol de primavera, el campo viste colores, los pájaros se saludan y comienzan sus amores.

Con los días de más luz, hasta la sangre se altera; es la estación del festejo: ¡Que viva la primavera!

Salimos fríos del invierno, de ropa nos despejamos. Hermosas ven las mujeres, los hombres nos alegramos.

El calor empieza ahora, pero este no nos molesta; con tantas horas de luz, bien nos sienta una siesta.

Es estación de la vida, es la estación del amor, renace la naturaleza, ¡admiremos su esplendor!

Copiemos de lo que nace, olvidemos los rencores, que todos nuestros enojos se conviertan en amores.

Que no se acabe la clase, ni las ganas de aprender, que siempre haya primaveras en nuestro modo de ver.


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Hablando de médico


 

Hablando de médicos

Hablando de médicos varios, las amigas se entretienen, y cada una presume del doctor que ella tiene.

—A mí me gustan los jóvenes, que sea un chico el que ausculta, eso me quita la pereza de acudir a la consulta.

—Yo prefiero mediana edad, que tengan ya experiencia, que escuchen lo que les digo y me traten con paciencia.

—Mejor que sea doctora para las intimidades, nos comprendemos mejor, somos como dos mitades.

—Para mí es indiferente, el género a mí no me cuenta, no pienso ir a ninguno hasta pasar los cincuenta.

—Yo no me pienso casar, ni quedar embarazada, y teniendo sexo diario... ¡No los necesito para nada!

—Mi ginecólogo es mayor, pero no lo pienso cambiar, lo conozco desde niña y me hace disfrutar.

—Lo tuyo es un caso extraño, me lo tienes que aclarar: ¿qué te hace ese ginecólogo para hacerte disfrutar?

—Le tiemblan mucho las manos, y con solo rozarme un poco, yo me pongo a gemir... ¡Y al pobre lo vuelvo loco!

—Viendo cómo está el asunto, —dijo la de los cincuenta—, ¡pásame ya su teléfono, que ese examen sí me tienta!

El vuelo de la libertad


 

El vuelo de la libertad

En la calle lo encontré, casi a punto de morir, yo le di calor y amor, y logró sobrevivir.

En una caja de zapatos, con un calcetín usado, le preparé un buen nido, y se sintió acomodado.

Cazando moscas andaba, para darle su comida; el pico siempre me abría cinco veces cada día.

Tal confianza cobró que a la mesa se subía, se posaba sobre el plato y de mi parte comía.

Pero un buen día partió, pensé que no volvería; le dejé sobre el tejado su ración de cada día.

Tres veces volvió al día, sin dejarse ya coger; descubrió la libertad, solo venía a comer.

Al fin todo se termina, se adaptó a la libertad; ¡vuela feliz, pajarito, y vive siempre en paz!

Ya no es mío su vuelo, ya no busca mi mano; salvar a un ser tan pequeño no fue un esfuerzo vano.

Casting para un marido


 

Casting para un marido

Viuda muy joven quedó, se le alegra la mirada; su marido fue un tirano que la tuvo dominada.

Dinero tiene de sobra, juventud y libertades; busca ya un nuevo marido con precisas cualidades.

Primera: que sea tierno, que se deje dominar; que ni beba ni que fume, ni se le ocurra pegar.

Segunda: que sea un hombre, que no quiera ser mandón; que sea muy hogareño y no salga del salón.

Tercera: que sea activo de la noche a la mañana; con la escopeta cargada, un titán sobre la cama.

Reunir tales virtudes es un reto complicado; ha entrevistado ya a ciento y a ninguno ha seleccionado.

Tiene voluntad de hierro, no se rinde la mujer; busca un hombre a la medida que le dé todo el placer.

Si no encuentra lo que busca, no se piensa doblegar; prefiere quedarse sola que volver a claudicar.

Cuestión de prudencia


 

Cuestión de prudencia

Es una verdadera monada, como portada de revista; él la mira embelesado: amor a primera vista.

Es como vivir un sueño, viste ella fina ropa; él vence su timidez y la invita a una copa.

Ella acepta encantada, él es guapo y distinguido; ella pide, delicada, una copa de buen vino.

Es como vivir un sueño con una mujer tan bella; de una copa pasan a otra hasta acabar la botella.

Él quiere seguir bebiendo, ella dice en el instante: —Ya no quiero beber más, por hoy ya ha sido bastante.

—Por una sola copa más, no creo que pase nada; yo te acompaño hasta casa si te sientes mareada.

—Me dolerá la cabeza, me afectará al cuerpo entero, todo me dará mil vueltas y me causará mareo.

—Mejor te vas a tu casa, no me quiero aprovechar; no está la cosa para bromas ni que me puedas denunciar.

Con estas leyes de ahora hay que andar con cuidado: por solo tocar un pelo puedes acabar juzgado.

Así termina la historia, cada uno por su lado; mejor dormir en tu cama que terminar procesado.

El declive de mi aldea


 

El declive de mi aldea

Cuando regreso a mi aldea, siempre me quedo observando: llevamos el mismo ritmo, nos vamos deteriorando.

Le van poniendo remiendos, parece algo mejorada, pero su gente se marcha y se queda despoblada.

Ya no se habla de bautizos, ni de nuevos nacimientos, que allí lo que está de moda son los enterramientos.

Carente de juventud, ni mozas para casar, las que antes eran cotillas ya no tienen de qué hablar.

Los pocos que allí resisten no transmiten alegrías; solo cuentan sus dolencias, que les quedan pocos días.

Ciervos y jabalíes nos miran desafiantes; se creen dueños del pueblo, son los nuevos habitantes.

Nadie lo hubiera pensado, y menos nuestros abuelos: los campos abandonados, varias casas por los suelos.

Me marcho con amargura, suspirando en el camino, viendo cómo se nos borra nuestro rastro y el destino.

El Remedio de la Pitonisa


 El Remedio de la Pitonisa

Su matrimonio va mal, va de mal en peor, pues ella tiene mal genio y siempre está de mal humor.

No quiere oír de divorcio, a todo ella se opone; él busca alguna receta para que ella lo abandone.

Consultó a una pitonisa que viera qué es lo que pasa, y cómo echar a su esposa para siempre de la casa.

—Te salió el tres de bastos, lo que tú tienes que hacer, es echarle tres "polvos" cada día a tu mujer.

Como tres y tres son seis, para no sufrir reveses, el plan lo debes cumplir por lo menos seis meses.

Su mujer se puso alegre, canta y baila sin parar; él está hecho una piltrafa, no se puede ni aguantar.

Volvió con la pitonisa: —¡Eso no da resultado! Deme pronto otra receta, que estoy muy desesperado.

—Esta vez ha salido el seis, y seguimos aumentando: tu mujer resiste mucho, ¡dale caña todo un año!

El pobre perdió la fuerza como si fuera gaseosa; ella, en cambio, al pasar el año, estaba como una rosa.

Si tienes este problema y lo quieres resolver, no vayas a pitonisas... ¡Y dale caña a tu mujer!

Que no te pase como a este, que por quererla alejar, le devolvió la salud, ¡y ahora no la puede echar!

Confidencias de Acera


 

Confidencias de Acera

—¡Juani! ¿Pero qué tal te va? Te noto algo entristecida. Vamos a tomar un café y a contarnos de la vida.

—No tan bien como tú, creo yo, que te veo más guapetona; tienes la cara muy alegre, ¡pareces otra persona!

—La verdad es que no me va mal, estoy con mi compañero; llevamos ya casi un año, lo cumpliremos en enero.

Los dos tenemos trabajo, las cosas no marchan mal; el suyo es un puesto fijo, el mío es algo temporal.

Pero ahora cuéntame tú, que te veo tan decaída... ¿Es que dejaste a tu novio o qué le pasa a tu vida?

—Fue él quien me dejó a mí por una más salerosa... Ya sabes que soy bien fea y, la verdad, poquita cosa.

—¡Mujer, no digas eso! Piensa de otra manera; eres una chica normal, ¿por qué te crees tan fea?

—Al pasear por la calle se comprueba fácilmente: ningún hombre me dedica una mirada de frente.

Si paso por una obra y no escucho ni un silbido... o es que soy muy fea, Juani, o estoy mal del oído.

Bebe el café con orgullo y olvida pronto al ingrato, que estar fea o estar guapa es solo cuestión de un rato.

La Llave y la Cerradura


 

La Llave y la Cerradura

Una mujer preguntaba, con muchísima razón: ¿Por qué si el hombre va con muchas, le llaman un "campeón"?

Pero si ella hace lo mismo, y es también una campeona, le cambian pronto los términos y la tachan de "put ona".

En charla sobre el deseo, una pide explicación; y como quien habla es hombre, le dio esta aclaración:

—"Tenéis una cerradura que abre cualquier llave; ahí reside el secreto, ahí encontraréis la clave.

Esa llave es especial, por vosotras respetada; abre puertas por el día o con la luz apagada.

Más vuestra cerradura, está mal ejecutada: por mucho que se intente, nunca se queda cerrada.

Todas lo sabéis de sobra, pues no es ninguna deidad: tenéis una cerradura de muy mala calidad.

Sois unas luchadoras, lo vais a conseguir: buscad una cerradura que nadie pueda abrir".

Guardad bien vuestro tesoro, con orgullo y libertad, que no hay llave que sea buena si le falta dignidad.

El Buen Samaritano


 

El Buen Samaritano.

Ella tiene un corazón de tamaño desmedido; se apiada de cualquiera, ayuda al desfavorecido.

Al ver un joven pidiendo se le cae el alma al suelo, y rápido se le acerca para ofrecerle consuelo.

—Un muchacho de tu edad debería estar en el tajo. —¡Quién pudiera! —dice el chico—, pero no encuentro trabajo.

Estoy solo en este mundo y no tengo a dónde ir; no tengo para comer ni ropa para vestir.

—Acompáñame a mi casa, que hoy tengo buen cocido; yo te daré de comer y ropa de mi marido.

Le pregunta a su esposo qué cosas le puede dar: —Lo que ya no me pongo o haya dejado de usar.

—Coge lo que más te guste o lo que te venga en gana; después te das una ducha... ¡yo te espero en la cama!

Los sorprende el marido y le grita a la mujer: —¡Creo que te estás pasando, él solo venía a comer!

—Tú me diste el permiso, no pongas ahora excusas: yo solo le estoy dando... ¡Todo lo que tú no usas!

El joven, muy agradecido, no perdió ni un solo instante, que el cocido estaba bueno... ¡pero el postre era excitante!

Pillo del Jamón


 

 Pillo del Jamón

El pobre pasa mucha hambre, ya no la puede aguantar; un jamón de pata negra la podrá solucionar.

En esto de robar cosas es un poco inexperto: lo esconde en la bragueta, ¡rápido es descubierto!

—Te llevaste un buen jamón, de los que son más caros. ¡Di algo en tu defensa! —¡Es que nunca lo he probado!

—Nos estás tomando el pelo, aprovechas la ocasión. ¡Ahora mismo al calabozo, diez días de prevención!

El pobre está muy asustado por cumplir esta medida: cree que morirá de hambre, que no le darán comida.

A la hora del almuerzo se lleva una gran impresión: le sirven un buen primero y unas lonchas de jamón.

Es un castigo muy tonto, eso se puede aguantar; allí le dan de comer sin tener que trabajar.

Robando cosas pequeñas no le van a encarcelar; van doscientas detenciones... ¡Y vive sin trabajar!

Ya no busca los jamones, ni se esconde lo robado; va directo hacia el sargento, ¡para estar bien alimentado!

El susto de la harina


 

El susto de la harina

De pequeño, en mi pueblo, vivía medio atontado; culpable, el hombre del saco, me tenía atemorizado.

No había electricidad, ni tampoco agua corriente; en aquella aldea pequeña, vivía poquita gente.

Las noches eran muy largas, había que tener paciencia. Me mandaron a un recado por culpa de una emergencia.

—Coge el candil de petróleo, ve a casa de Angelina, y le pides, por favor, que te preste una aspirina.

Salí fuera aquella noche, con más cautela que un caco, pero con tan mala suerte... que vi al hombre del saco.

El susto que me llevé fue un susto de cojones; al no llevar calzoncillos, me cagué los pantalones.

¡Qué estampa la de aquel niño! Con el candil tembloroso, oliendo a miedo y a rancio, sintiéndose un miedoso.

Cuando le miré a la cara, reconocí al hombre temido; se me pasó el temblor: ¡era un hombre conocido!

Me preguntó a dónde iba, con delicadeza y cariño. Me fijé bien en su saco... ¡Allí no cabía un niño!

El saco estaba muy blando al poner la mano encima; comprobé que en el saco llevaba un poco de harina.

Se la llevaba a Angelina para hacer un intercambio; yo nunca llegué a saber... qué le dio ella a cambio.

El Testamento del Tunante


 

El Testamento del Tunante

El abuelo está en las últimas, siempre ha sido un gran tunante. Se quedó viudo muy pronto, y se buscó algún amante.

—Dinos por favor, abuelo, ¿en qué sitio ser dejado? ¿En el suelo, en un nicho, o quieres ser incinerado?

—Desde hace ya mucho tiempo, yo lo tengo meditado: entre todas las opciones, quiero ser incinerado.

Recoged bien las cenizas, que sean bien repartidas, en porciones igualitarias, entre todas mis queridas.

En casa tengo diez penes de una forma muy precisa, todos ellos tienen hueco: ¡ahí metéis mi ceniza!

Dadle uno a cada una, me lo tenéis que jurar. Que con el juguete puesto, no me puedan olvidar.

La familia está pasmada ante herencia tan extraña, ¡vaya forma de marcharse repartiendo tanta caña!

Sabéis que soy muy sensible, muy bueno y muy humanitario. ¡Me tendrán siempre a mano en su uso diario!

—Abuelo, eres un putero, nos estás atarantando. —Es que después de muerto... ¡Yo quiero seguir chin

El Especialista" Malqueda"

 


El Especialista

Es un día de mucho frío, ella tiene ganas de amar, pero le da gran pereza tenerse que desnudar.

Al comentarlo con un amigo, él dice: «Puedo ayudarte; contarás con mi asistencia al vestir y desnudarte».

¡Vaya una excusa más tonta! «Vente a mi apartamento, yo te ayudo en la tarea, no tardaré ni un momento».

Rápido la despoja él, pues es un especialista; en menos de dos minutos, ya la tiene a la revista.

Tras tres sesiones de amor, él se queda desfondado; ella se viste solita, él está supercansado.

—Eres un hombre "malqueda", has tratado de engañarme; dijiste que me ayudabas a vestirme y desnudarme.

El galán ya no responde, duerme como un bendito, se le olvidaron las mañas y aquel favor tan bonito.

—Las mujeres en combate dejáis el pabellón alto; yo soy un pobre amateur, me rindo al tercer asalto.

Si te fías de promesas, sabes poco de la vida: nadie te echará una mano cuando te sientas vencida.

El Tira y Afloja


 

El Tira y Afloja

Al menos en esta fecha, que le echara algún producto para ponerla derecha.

—¡Amor! Eres una pesada y tienes mucha manía, a mí me da igual, de veras, que esté derecha o torcida.

—Pero tú debes saber que nos vamos a cenar, y los dos tenemos cuñadas que nos pueden criticar.

Ellas lo miran todo, eso no es manía mía. Seguro que murmurarán si te la ven tan torcida.

Encima está arrugada, la llevas hacia un lado; a ti todo te da igual, eres un gran descuidado.

—Es mía y a mí me gusta, me dio un buen resultado: el día que la estrené tú te quedaste en estado.

Deja ponerla a mi gusto, que hoy no es día de riña; a lo mejor yo me animo y fabricamos la niña.

¡Qué pesada eres, mujer! Siempre dándome la lata... Por esta vez te haré caso: ¡almidona la corbata!

Y después de la cena, amor, con o sin la niña nata, ¡nos quitamos en casa hasta la última alpargata!



Rebele su Rollo


 

Rebele su Rollo

Quiere desahogarse un poco, busca al fin la solución, y entra al estudio de fotos al leer el cartelón.

—Buenos días tenga, señor, yo le vengo aquí a contar: reñí fuerte con mi esposo, ¡estoy sin desayunar!

Seguro que usted nota que no vengo ni arreglada, ni la cara me lavé... ¡Vengo muy desaliñada!

Me marché a todo trapo, él se quedó allí acostado; me dio un fuerte empujón y me apartó de su lado.

Se está volviendo celoso cuando se pasa de vinos: dice que ando liada con un montón de vecinos.

Le juro que le soy fiel, pero existen ocasiones... que puedo caer en pecado por culpa de tentaciones.

—¡A mí qué me importa eso! Yo nada tengo que ver. Esos son sus problemas, no los puedo resolver.

—¡Pues entonces cambie el cartel, que me ha causado un embrollo! Ese que bien claro dice: "Venga y rebele su rollo".

El fotógrafo, aturdido, soltó un suspiro de asombro: —¡Señora, hablo de carretes, no de lo que trae al hombro!

La bruja y el mal de amores


La bruja y el mal de amores

Cada día está peor, pues su mujer tiene genio y siempre está de mal humor.

No quiere hablar de divorcio, ella siempre se opone; él busca alguna fórmula para que lo abandone.

Recurre a una pitonisa que adivine qué pasa, y cómo echar a su esposa para siempre de casa.

—Te salió un tres de bastos, lo que tienes que hacer, es echarle tres polvos diarios a tu mujer.

Como tres y tres son seis, para no tener reveses, esto lo has de cumplir por lo menos seis meses.

La mujer se puso alegre, canta y baila sin parar; él está hecho una mierda, ya no puede ni aguantar.

Vuelve donde la bruja: —¡Eso no da resultado! Deme otra solución, que estoy desesperado.

—Esta vez salió otro seis, y seguimos sumando; tu mujer aguanta mucho... ¡Dale caña todo un año!

El pobre perdió la fuerza como si fuera gaseosa; y ella, al pasar el año, estaba como una rosa.

Si tienes este problema y lo quieres resolver: no vayas a la bruja y cumple con tu mujer.

Así que ya estás avisado, no busques trucos extraños, que por querer que se fuera... ¡Te han caído otros diez años!

Amor a flor de piel... y de gas


 

Amor a flor de piel... y de gas

Hacía más de un año que empecé a rondarla, y el día que dijo "sí", no sabía dónde llevarla.

Entre varias opciones, creí elegir la mejor: fuimos juntos al campo a declararle mi amor.

Era en plena primavera, entre flores infinitas; jugamos muy animados a deshojar margaritas.

Apostamos un buen beso (con trampa también se gana), más sabiendo que los dos teníamos tantas ganas.

El beso empezó despacio, nos empezó a gustar, y de tanta emoción... empezamos a apretar.

Puse en ello tanta fuerza, le puse tanto celo, que se me aflojó la tripa... ¡y se escapó un gran pedo!

Se acabó allí la pasión, duró menos que un bizcocho; no quiso saber de mí, ¡diciendo que estaba pocho!

Desde entonces voy con ojo si me invade la pasión, no sea que otro suspiro... me rompa el corazón.

El Poder del Verde


 

El kale está de moda (berza), yo comí mucho ese verde; el recuerdo que me queda es el de ser un viejo verde.

Siempre quedan los recuerdos de aquella comida verde; cuando me pongo a escribir, todo me sale muy verde.

Las mozas de aquella época estaban un poco verdes; un piropo en amarillo lo interpretaban en verde.

Invité a una a cenar, que el verde sí le gustaba; al ponerle un caldo verde, ella eso no esperaba.

Comentó que le faltaba como picante y sabor; con buen chorizo y morcilla hubiera estado mejor.

Verde es la lechuga, verde mi enamorada; con un buen pepino verde, más rica está la ensalada.

La primavera es preciosa, el campo está muy verde; en la tercera edad, sigue el pensamiento verde.

Hoy todo me sale verde, estoy muy contento; me comí un caldo de berzas... ¡Estoy verde hasta por dentro!