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miércoles, 21 de enero de 2026

Hacer el amor sin casarse


 Hacer el amor sin casarse

Hacer el amor sin casarse, tarea muy complicada; la mujer, en otros tiempos, andaba muy asustada.

Con los cuentos de la abuela, los consejos de la madre, amenazas de los hermanos y los golpes de su padre.

La Iglesia con sus pecados, el cura con sus sermones, penitencias impuestas al hacer las confesiones.

Usando bragas de lino, rozando sus zonas tiernas, difícil tenerlas juntas... ¡Se separaban las piernas!

El pecado era más grave si la mujer se tumbaba; era un pecado mortal que nunca se perdonaba.

El hacerlo estando en pie parecía menor pecado; existía la creencia de no quedar en estado.

Con esa postura y faldas se hacía bastante mal, pero era menos castigado al ser pecado venial.

Si no mostraba entusiasmo, y además no se movía, le servía de disculpa no saber lo que hacía.

Y así pasaban los años, entre rezos y temores, guardando bajo la falda sus más ocultos amores.

El Emigrante y el Suegro


 El Emigrante y el Suegro

Una historia muy curiosa de un joven que fue emigrante. Su padre era un aldeano al que creían ignorante.

Salió a buscar la fortuna, solo piensa en regresar. Su novia quedó en el pueblo, no la puede ni olvidar.

Por no perder aquel amor, no mira a otras mujeres. Y autoriza así a su padre: ¡Que le case por poderes!

Ella quiere pronto un niño, lo comenta con el suegro. —¡No te preocupes, mi hija, que yo rápido lo arreglo!—

Le comunica a su hijo el deseo de su mujer: —Si mandas algo de semen, se podrá hacer el deber.—

El hijo no imaginaba tan sencilla solución; por si acaso no llegará, mandó doble la ración.

Pero el padre, que es tacaño, busca el modo más barato: pone una gota en su miembro y le mete aquel aparato.

Nunca se acabó la muestra, ella queda embarazada. Da las gracias a su suegro, él responde: —¡De nada!—

Cuando regresó el marido, ya tenía dos mocitos. ¡Se parecían al abuelo, eran sus vivos retratos!

El marido está orgulloso, de sus hijos y su suerte, ¡sin saber que el "superabuelo" usó un método más fuerte!

Retratos de la Mili


 Retratos de la Mili

Toca recordar la mili, con sus horas tan vacías; me las pasaba escribiendo a chicas desconocidas.

Entre todos los reclutas había camaradería, cambiando fotos y señas de mozas que conocían.

Y así, alguna picaba, tal vez por curiosidad; tras un cruce de palabras nacía una amistad.

Qué fácil jurar amor en un simple papelito, firmando falsas promesas a un rostro desconocido.

Pero el mundo da mil vueltas, a veces es pequeñito: me encontré en un trabajo a una que le había escrito.

Al escuchar mi apellido, se acercó a investigar; puso cara de asombro y no dejaba de mirar.

Me temblaban las rodillas, el corazón me latía, al ver que aquella muchacha era la que yo quería.

Hice promesas por carta al ponerme a escribir, pero al tenerla delante... no las podía cumplir.

No supe reaccionar, no estaba preparado; era "mucha" mujer la que tenía a mi lado.

Nos dimos solo un abrazo, dos besos y un apretón; se me trabó la lengua, faltó la respiración.

Al llegar el día siguiente, ya no fui ni a trabajar; era tanta la abundancia que no la supe afrontar.

Hoy lo evoco arrepentido: ¡Fui demasiado zoquete! Con el hambre que pasaba... ¡Y rechazar tal banquete!

Vicios de lengua y plaza


 Vicios de lengua y plaza

En esto de los defectos, todo se ha vuelto moderno; antes solo criticaban al del pueblo de al lado, el eterno.

Los hombres, unos borrachos; ellas, guarras de cojones. No sabían ni zurcir, ni remendar pantalones.

A la hija de Anastasia le crece la tripa y el pecho. Nadie conoce a su novio: ¿quién coño se lo habrá hecho?

¿Y qué pensar de Cipriano? Es un chorizo y ladrón: no cría ni un solo gorrino y siempre come jamón.

Si pasamos a mujeres, ya me diréis de Maruja: viste bien y no hay dinero, ¡esa es una puta bruja!

Y la hija, la Tomasa, que a Madrid se fue a servir... que anda metida en mala vida, ya se veía venir.

No es como aquella Pilar, esa sí fue espabilada: se lio con un "pez gordo" y ya no está de criada.

Acordaos del Ciruelo, que siempre andaba de culo; hoy vive sin trabajar... estará haciendo de chulo.

Casi nadie en este mundo se libra del cotilleo: unas por ser muy hermosas, otros por ser muy feos.

Esos chismes de los pueblos, de aquellas gentes de antaño, quizás por su ignorancia a muchos hicieron daño.

Perdonaremos a todos, pues se debían entretener: no tenían televisión y muchos no sabían leer.

Cambiamos el banco del pueblo por el móvil y la pantalla, pero el vicio de la lengua... ese nunca se nos calla.

Encrucijada de Luces


 

Encrucijada de Luces

Estoy en una encrucijada, a veces no sé qué hacer; tengo la luz apagada, temo tener que encender.

Unos nos recomiendan el ahorro de energía, otros, en su ciudad, la encienden noche y día.

No sé a quién hacer caso, me tienen hasta el gorro: viendo tanta luz prendida... ¿Dónde coño está el ahorro?

Unos con otros compiten por iluminar ciudades, con millones de bombillas en enormes cantidades.

La Navidad se adelanta cada año un poco más; terminará siendo siempre todo el año Navidad.

El que no tenga dinero se tendrá que conformar: no encenderá ni la luz cuando vaya a orinar.

Hacer el amor a oscuras o bien hacerlo de día; imposible por la noche si no tiene puntería.

Y el de la tercera edad, con la próstata dañada, tendrá la cuña en la cama para soltar la meada.

Al lanzar una campaña, como nunca están de acuerdo, vuelven loco al más pintado... ¡Aunque estuviera muy cuerdo!

Así que apaga la vela, no gastes en tonterías, que mientras ellos festejan... ¡Tú pagas las averías!



Dos amigas muy amigas


 Dos amigas muy amigas

Dos amigas muy amigas, de amistad de muchos años, se vuelven a saludar tras superar mil desengaños.

—¡Qué alegría me da verte! Estás lozana y hermosa. A pesar de tus setenta, te veo como una rosa.

En cambio, fíjate en mí, estoy muy estropeada. Desde que perdí al marido, ya no valgo para nada.

Me contarás tus secretos, a ver si copio tu norma. Ya intenté ir al gimnasio para mantenerme en forma.

—El secreto es muy sencillo, tienes que ponerte al día: como sobran tantos hombres, ¡tírate uno cada día!

Eso es lo que yo hago para mantenerme activa. Cada día cambio de mozo, me va muy bien en la vida.

—¡María, qué cosas dices! Desde que murió el marido, jamás lo volví a catar, ¡está más seco que un higo!

—Lo nuestro es un manantial y precisa de cuidados. Si no le quitas la broza, se terminará secando.

Como ves es muy sencillo, procura tenerlo en cuenta. Siempre estará en su punto... ¡Usando buena herramienta!

Recordando mi juventud





Cuando aprendía a bailar, entre madres muy cotillas, me solía cabrear con sus malas miradas fijas.

El baile se celebraba en la plaza de los toros; las madres, allí sentadas, tenían crítica para todos.

Lejos de mi familia, siendo yo allí un emigrante, al pedir baile a una chica no ponían buen semblante.

Nadie me daba apoyo por venir de otro lugar; como si fuera un bicho, me querían rechazar.

Eran todas unas brujas, no las podía aguantar; no dejaban a sus hijas un momento disfrutar.

Así ninguna picaba, estaban todas muy moscas; siempre decían que no, y no me comía una rosca.

Esas madres protectoras no hacían la reflexión: que a ellas les gustó el baile y también un apretón.

De aquel pueblo me marché, me vine a la capital; aquí no había cotillas y aprendí, por fin, a bailar.

Sin esas protectoras ni miradas acechando, la ocasión se aprovechaba... ¡Al! ¡Menos de vez en cuando!
Fue difícil aquel tiempo siendo un bicho en el lugar, pero el destino me puso donde sí pude brillar.


E

martes, 20 de enero de 2026

Primeros auxilios fatales

Primeros auxilios fatales

Un joven se desmayó por una fuerte impresión: al ver a su amor con otro, se le partió el corazón.

Ocurrió en plena calle, la gente corre que corre; pasan todos por su lado, pero nadie le socorre.

Solo una amable abuela —de las que quedan ya pocas— puso todo su entusiasmo para hacerle el boca a boca.

No reaccionó con aquello; la anciana, con gran coraje, decidió luego desnudarle para darle un buen masaje.

Con sus manos ya cansadas le empieza a masajear, pero al tener poca fuerza no le hace reaccionar.

Se sube encima del chico y con el cuerpo frotando, ayudada por sus manos, él ya va reaccionando.

La octogenaria, contenta, da unos saltos de alegría; sigue con él sube y baja, cree que salvó una vida.

El joven, al verla encima, piensa que le están violando; no se lo puede creer y termina agonizando.

Desenlace inesperado: ella queda frustrada, le da un ataque al corazón y muere a él abrazada.

Es una triste historia de "amor" y de ternura: la de un burlado Romeo y una Julieta madura.

Y así termina el romance de aquel encuentro fatal: un joven muerto de susto y una abuela sin rival.


El dilema del tatuaje.


 El dilema del tatuaje

Quiere hacerse un tatuaje, duda cuál será el mejor. Como no lo tiene claro, pide opinión a su amor.

El novio le recomienda que se pinte un corazón, con las iniciales de ambos, para reforzar la unión.

En los tiempos que corren, eso es muy arriesgado: muchos amores terminan antes de haber empezado.

Pregunta a sus amigas, ¿qué consejos le darán? "Un día te pones Pedro, y al otro te pones Juan".

Lo ve todo anticuado, ella quiere renovar; como es una mujer moderna, no deja de cavilar.

Ponerse uno permanente le parece algo pasado; además de estar muy visto, sale bastante caro.

Indecisa se encuentra, a todo le ve un defecto; lo deja para más tarde y abandona el proyecto.

Al año se decidió, por un método más fino, lo cambia todos los días, por pegatinas del chino.


La receta del doctor.


La receta del doctor

Padece una depresión, ya lleva una temporada. No mira ni a su mujer, no le apetece hacer nada.

 Al médico no quiere ir, dice que son matasanos, que solo es algo pasajero, ¡que él se encuentra muy sano!

Pero el mal no se le pasa, y sigue siempre empeorando; su mujer no lo soporta, todo el día regañando.

Ella, que no aguanta más, pide cita con el doctor, y el médico recomienda: «¡Que haga mucho más el amor!».

«Ese mal desaparecerá, tendrá cara de alegría; se irá toda depresión, si lo hace cada día».

Se lo cuenta a su mujer, que da saltos de alegría: ¡no se acostaban en serio desde hacía mil quinientos días!

Ella prepara las sábanas con un perfume de flores, esperando que el marido recupere sus ardores.

«Vayamos pronto a la cama, tú debajo y yo aquí encima, me moveré con esmero para darte la medicina».

«Lee antes la receta, que lo dice bien grabado: no usar remedio casero, ni producto caducado».

«Si el mío está caducado y la tuya es una molleja... ¡Para que esto funcione bien hay que cambiar de pareja!».

La Tomasa y el Novio Burlado

 


La Tomasa y el Novio Burlado

Tenía novia en el pueblo, era la hermosa Tomasa. Cuatro años de noviazgo, sin entrar nunca en su casa.

Época de dificultades, de secretos amoríos. Solo se "pillaba" algo, en lugares escondidos.

Entre escobas y entre espinos, con mil y una zarandajas, si la llevaba al pajar... la delataban las pajas.

Un día estaba impaciente, con mil ganas de jarana. Le pidió entrar en su casa, para verla en su cama.

—No seas tan impaciente, ni te canses de esperar, la noche que no haya nadie, yo te dejaré entrar.

Llegó la noche soñada, se lo dijo esa mañana: —Tienes el camino libre, pero entra por la ventana.

Es la que mira hacia el huerto, yo la dejaré entreabierta. No te verán los vecinos, olvídate de la puerta.

La Tomasa no aparece, él se siente un pobre lelo. Seguro que no le quiere y le está tomando el pelo.

De tanto estar esperando, se le quitaron las ganas. Y para dejar su huella... ¡Va y se mea en la cama!

Soñó con mil posiciones, en su cama se acostó. Pasó la noche solito, pero al fin descansó.

Al llegar la luz del día, la Tomasa regresó. ¡Vaya susto, se pegaría con el charco que encontró!

La burra, el vino y el mal marido


 

La burra, el vino y el mal marido

Dedicado a Judit, por compartir esta desternillante historia de su padre.

—¡Marido, coge la burra, lleva el grano hasta el molino! Tráelo pronto y bien molido, pero no te lleves vino.

Cargó el trigo sobre el lomo, con cuidado y con medida, más llenó la bota en sombras y se la llevó a escondidas.

El molino era de agua y molía lentamente; él, pegando picotazos, fue nublando su mente.

Terminada la molienda, se sintió algo mareado; el regreso es cuesta arriba, largo y muy empinado.

Están cansados los dos, mucho les cuesta subir; se paran en el camino a descansar y dormir.

Allí quedaron postrados en una falsa armonía, hasta que se hizo muy tarde y salió a buscarlos la  tía Bernardina.

Fáciles de localizar, conociendo el recorrido: abrazado con la burra, así encontró al marido.

—¡Vaya par de sinvergüenzas, durmiendo como benditos! ¡Tú te quedas con la burra y yo me llevo el saquito!

El truco del acelerón


 

El truco del acelerón

De joven compré una moto con la intención de ligar, y si el amor no surgía... me servía para pasear.

Una Vespa en los sesenta, no de estas tan modernas; las chicas usaban faldas y no separaban piernas.

Les pedía que se agarraran, que tuvieran mucho cuidado, que se subieran la falda y no sentaran de lado.

¡Cómo disfrutaba yo! Con sus manos en mi espalda, más si la chica era hermosa y usaba la minifalda.

Pocas veces lo lograba, era gente recatada; la mujer en esos tiempos estaba poco lanzada.

Si ella no se sujetaba el paseo no era chulo: acelerando más fuerte se podía caer de culo.

Eso ocurrió alguna vez por no ir bien agarrada; si se volvía a montar... ¡Entonces sí se apretaba!

A veces me lo decían: «Eres un poco cabrón, para que yo me cayera diste un fuerte acelerón».

«Yo no soy el culpable, las reglas no has cumplido; de haberte apretado fuerte no te habrías caído».

«Eso es lo que tú quieres: que yo te apriete con ganas. ¡No pidas que monte más, ni me verás la semana!».

No todo eran fracasos, algunas daban paseos, unas pocas caricias y algunos besuqueos.

Si intentabas algo más te podías llevar un fiasco; había mucho miedo entonces... ¡Y a viajar siempre sin casco!

Tiempos de mi juventud que ya no van a volver; ¡qué difícil era entonces conquistar a una mujer!

Que me quiten lo bailado, los sustos y los paseos, que en mi Vespa se quedaron mis mejores devaneos.



El Viaje de Negocios


 

El Viaje de Negocios

—¿Cariño? Cuánto te quiero, me ausento de mala gana. Por motivos de negocios, estaré fuera una semana.

—No te preocupes, mi amor, que yo te estaré esperando. Seguro que ni dormiré, me la pasaré rezando.

Es la primera separación desde que están casados. Será la prueba de fuego para dos enamorados.

—No lo pases mal, mi vida, te llamaré a diario. Como me encontraré solo, me haré algún solitario.

Al fin pasó la semana, regresa rápidamente. Recuperará en una noche todo lo que estuvo ausente.

Con tabiques de pladur se transmiten los gemidos. El vecino de al lado escucha todos los ruidos.

Da golpes en la pared, ellos no quieren oír. El hombre no aguanta más que no le dejen dormir.

Ellos siguen a su bola, ignorando al tal cotilla: «Es viudo y está muy solo, seguro que siente envidia».

Está hasta los cojones, se encuentra muy cabreado. Hace un agujero al muro para así ser escuchado:

—¡Me da igual que hoy celebre que ya terminó el calvario! ¡Pero explique qué "rezos" eran los que oía yo a diario... mientras usted hacía el solitario!


La Chica de Almohada



La Chica de Almohada

Muchos años de patrona, muchos años de recuerdos. Algunos ya se olvidaron, de otros tantos aún me acuerdo.

Solo alquilaban la cama, sin derecho a compartir; si me salía un ligue, no sabía a dónde ir.

Con tanta prohibición se nubló mi pensamiento. Y siempre estaba tramando cómo darle un escarmiento.

Con una vieja almohada le inventé una peluca; me fabriqué una chica que quedó la mar de cuca.

A la hora de hospedarme, me hice mucho el remolón, esperando a la patrona para hacer la habitación.

Al verme allí bien abrazado a chica tan cojonuda, salió espantada del cuarto pregonando voz de ayuda.

Juntó a varias vecinas, armó un tremendo follón. Armadas hasta los dientes, entraron a la habitación.

—¡Que esa chica se levante! ¡Usted es un pervertido! Prepare ya su maleta, ¡esto no es permitido!

Me levanté de la cama con "la chica" bien sujeta. No saben ni qué decir, se quedaron boquiabiertas.

Se dan cuenta del engaño y miran a mi patrona. A todas les da la risa festejando así la broma.

La mujer me apreciaba, de su casa no me echó; admitió no estar al loro y el enfado se pasó.

Hoy recuerdo aquella historia y su cara de impresión. ¡Qué buenos tiempos, aquellos de almohada y de habitación!

Coplas del recluta


 

Coplas del recluta

No quería hacer la mili, ni tampoco fregar ollas; quiso pasar por inútil y se hizo el gilipollas.

Uno se podía librar si tenía los pies planos, si acaso estaba muy ciego o si llegaba a ser enano.

Solo le queda una opción: que le borren de la lista. Para que eso suceda, dice ser corto de vista.

Le hacen todas las pruebas, él solo sabe decir: —Todo lo veo borroso, no lo puedo distinguir.

Se presenta una enfermera con una falda muy corta; le pregunta si es mujer, él dice: —No veo ni torta.

—Veo así como un bulto, me parece como un oso; también puede ser un burro, lo veo todo borroso.

Se desnuda la enfermera, casi en pelota picada; el tío sigue insistiendo: —¡Es que no distingo nada!

—Bájese los pantalones, esta prueba es infalible; nos dirá si es que no ve o se le fundió un fusible.

Al bajar los pantalones, se tuvieron que apartar: tenía el arma montada, a punto de disparar.

Esa prueba tan sencilla no la pudo superar; tuvo que hacer la mili y no se pudo librar.

Así termina la historia de aquel recluta tunante: juró que no veía nada... ¡Y se delató al instante!

El Currículum y el Banquete


 

El Currículum y el Banquete

En su vida fue ejemplar, cumplió los mandamientos; quiere, al llegar al cielo, no hallar impedimentos.

Así, al llegar a la gloria, ¿San Pedro dice «adelante»? —Ya leí tu currículum, la verdad, es impresionante.

—Si algo tú necesitas, pídemelo sin dudar. Hiciste mil sacrificios, nada te puedo negar.

—Todo lo veo muy bien, ya sé que esto es eterno; más quisiera visitar, un día de estos, el infierno.

—Te concedo un día libre para que puedas bajar. Regresa antes de las ocho, o te quedas sin cenar.

¡Por qué tanto sacrificio! ¡Cómo pudo tener miedo! Lo que contempla allí abajo es un puro cachondeo.

A la hora de la comida, es uno el que se sirve. No importa el horario, ¡allí hay bufé libre!

Hay licores de todo tipo, bebes lo que tú quieras. Nadie se mete con nadie, aunque pillen borracheras.

El amor allí es libre, nada está prohibido. Los cuernos los luce el diablo, ¡nunca los luce el marido!

Si el infierno es así, el cielo será mejor... Creyó que en el abismo lo pasarían peor.

Regresa para la cena: la primera decepción. Unos sándwiches muy fríos, con poco queso y jamón.

—Esta cena es una caca y carece de primero. San Pedro le contesta: —Para cuatro que aquí somos, no ponemos cocinero.

El hombre quedó asombrado, mirando su plato vacío: —¡Si quieres fiesta y banquete, vete al infierno, hijo mío!


Confidencias entre café y flores


 

Confidencias entre café y flores

Dos mujeres se reúnen, más que nada, a cotillear. Como ambas están casadas, tienen mucho que contar.

Los maridos siempre son tema de conversación; como ninguno es perfecto, les divierte la ocasión.

—¿Cómo vas con tu marido? Dicen que habéis discutido. —Nos pasa de vez en cuando, pero ya se ha convencido.

—Estoy de acuerdo contigo, no hay hombre que sea perfecto; con el tiempo te das cuenta de que todos tienen defectos.

—Ayer reñí con el mío, hoy volvió con mil colores, diciendo que me quería: ¡el amor de sus amores!

Al pasarse ya el enfado, nos entraron muchas ganas; puse en agua aquel ramo y volamos a la cama.

—El mío no es detallista, es más bien un desabrido, pero haciendo bien el amor... ¡No hay queja de mi marido!

Dos cosas son necesarias para arreglar desamores: saber usar la herramienta y acompañarla con flores.

Se miraron sonrientes, con el café ya acabado: con flores y buen empeño, el marido está arreglado.


El parto en el taxi Para e


 

El parto en el taxi

Para el taxi una pareja, la mujer, tripa hinchada; con lágrimas en los ojos, la cara muy colorada.

El hombre sale corriendo, tarda mucho en venir. La mujer se lamenta: está a punto de parir.

Al cuarto de hora aparece con total tranquilidad: —Llamé a toda mi familia, les conté la novedad.

—¡Taxista, vaya deprisa, que ya lo siento venir! —Mujer, cierra las piernas y no lo dejes salir.

—Ni caso a mi mujer, tú conduce muy prudente. Esta mujer, como todas, siempre es una impaciente.

No sé a quién hacer caso, ¡me puede dar un infarto! Estoy sufriendo yo más que si estuviera de parto.

Al fin llego al hospital, ya la bajan con la silla. Asoma ya la cabeza, la llevan en la camilla.

Él tarda mucho en pagar, dice: —¡Qué exagerada! Tiene muy poquito aguante, se queja siempre por nada.

Yo me libré por un pelo de tener que ser partero. El tío siguió tan tranquilo... ¡Y eso que era el primero!

El Recuerdo del Vaticano


 

El Recuerdo del Vaticano

En su luna de miel, eligen el Vaticano, por ser un lugar sagrado y con más calor humano.

Su madre, muy católica, les pide un recordatorio; una cosa muy sencilla, como cualquier abalorio.

Regresan y, al recordarlo, llega la gran cagada: la madre está esperando y no le compraron nada.

—Ahora te doy el recuerdo, es pequeño y muy discreto. Más tengo que ir al baño, que me está dando un aprieto.

Está meando y pensando qué se le puede ocurrir, qué regalarle a la madre y de ese apuro salir.

Pelos tiene de sobra, "ellos valdrán de recuerdo". Se arrancará unos pocos: dirá que son de San Pedro.

Se los entrega a su madre, que no logra comprender de dónde son esos pelos ni para qué pueden valer.

—Madre, no seas inculta, ¡esto es un gran recuerdo! Esos pelos pertenecen a los huevos de San Pedro.

—Perdón por mi ignorancia, ahora lo entiendo mejor. Sí que huelen a pescado... ¡San Pedro fue pescador!

¡Qué regalo tan sencillo para salir del apuro! La madre quedó contenta y él... sin gastar ni un duro.

La madre guarda el tesoro, con devoción y con celo. ¡Y hasta le reza un rosario, a cada punta de pelo!


H

La Medicina de la Vecina


 

La Medicina de la Vecina

Va a la farmacia a comprar una simple medicina, y allí, por casualidad, se encuentra con la vecina.

Gozan de buena salud, a los dos les hace gracia; se ponen a comentar por qué van a la farmacia.

Los dos buscan un calmante, fuerte, de relajación, pues llevan odio en el cuerpo por culpa de una traición.

«Mi marido es un cabrón, me pone bien los cuernos; le odio con toda mi alma, sin pastillas yo no duermo».

«A mí me pasa lo mismo, me engaña también mi mujer; esto clama una venganza, lo pienso y no sé qué hacer».

«Es la misma situación, olvidemos la añoranza; vayamos juntos a un hotel, cumplamos con la venganza».

Lógica proposición: «¡Que se salve el que más pueda! Que a ellos les den por saco, paguemos con su moneda».

Han pasado veinte años, su odio siguen tratando; esa enfermedad crónica... la curan de vez en cuando.

Siguen yendo a aquel hotel, con la misma medicina; ¡qué bendita la traición, que le unió con la vecina!

El crecimiento imprevisto

El crecimiento imprevisto.

Le están creciendo los pechos, una cosa exagerada. Todas las noches los mira, está muy preocupada.

Hace apenas quince días que se los fue a comprar: estrenó sujetadores y ya no los puede usar.

De muchos caprichos pasa, al menos de vez en cuando; a pesar de sus esfuerzos, ellos siguen engordando.

Al médico va muy poco, en contadas ocasiones; le da muchísima vergüenza enseñarle los melones.

Lo comenta con una amiga que tiene su misma edad; comparando ambos pechos, ella tiene la mitad.

No estaba preparada para un cambio tan tremendo; si le dicen que es normal, cree que le están mintiendo.

Al año la ve un amigo y no lo puede creer: que en un periodo tan corto tanto le puedan crecer.

Ante un cambio de tal talla, no lo puede remediar; él le pide, por favor, que se las deje tocar.

Ella accede a su petición, pero advierte una cosa: cree que es enfermedad, y además muy contagiosa.

—Llevas toda la razón, ¡rápido me has contagiado! Solo de tocar tus tetas, se me ha puesto... muy hinchado.

Ella se quedó asombrada, de ver tal inflamación, pensando que el pobre amigo, se moría de infección.


Contrastes del Tiempo


 

Contrastes del Tiempo

En épocas de juventud se hablaba de chicas finas; hoy, en la tercera edad, hablamos de medicinas.

Se presumía, y con ganas, de hacer muy bien el amor; ahora presume más el que tiene más dolor.

Triunfaba aquel que tenía más arrestos y cojones; hoy se lleva la medalla quien suma más operaciones.

De aquellas grandes comidas y de tener la tripa llena, pasamos a comer poco: solo un yogur de cena.

De tomarse unos cubatas que bien se podían beber, a un vasito de agua sola a la hora de comer.

De beber veinte cervezas y no tener que mear, a beber solo una caña... y ya para de contar.

De añorar el tiempo libre para salir a por conejos, a usar el tiempo que sobra contando historias de viejos.

De tener una aventura cada noche, siempre amando, al perpetuo mal humor de vivir siempre regañando.

Por si esto fuera poco, lo acaban de arreglar: sin poder salir de casa, ni siquiera a pasear.

Que la vida se nos pasa entre queja y decepción, ¡quién pillara aquellos años de alegría y de pasión!

El Milagro del Panteón


 

El Milagro del Panteón

Viuda quedó la mujer, no paraba de pensar, qué cosa podría hacer para hacerlo resucitar.

Encargó cincuenta misas, no le sirvieron de nada. Entre llanto y sin sonrisas, vivía desesperada.

A los santos recurrió, les pidió con devoción: si pecados cometió, que obtuvieran el perdón.

"Era demasiado joven para llevarlo hasta el cielo", dice a quienes la oyen, sumida en su desconsuelo.

Ya agotadas sus fuerzas, sin saber a quién llamar, por caminos y por fuerzas fue al panteón a rezar.

Esa conducta tan rara no pasó desapercibida, y aunque nadie se lo aclara, dicen que está "medio ida".

La espían por la noche, ven que después de rezar, sin pudor y sin reproche, se pone allí mismo a mear.

Asombrados le preguntan: "¿Por qué vas allí a mear?". Y sus razones se juntan: "¡A ver si al verme el 'pepe', se anima a resucitar!".

Y allí sigue la mujer, esperando el movimiento, por si el muerto, al ver tal "bien", sale de su enterramiento.


La sombra del roble


 

La sombra del roble

Bajo la sombra de un roble, era una época dura, era una época pobre.

Nacer tan extrañamente le otorgó gran fortaleza; creció siempre saludable, como la naturaleza.

Al llegar la madurez, se puso fuerte y tetona. Como entonces se decía: ¡era una tía jamona!

Al cruzarse por la calle, todos bajaban la vista; no estaban acostumbrados, era algo nunca visto.

Al entrar en la iglesia, nadie le quitaba el ojo; a los santos más devotos se les salían los ojos.

Las mujeres criticaban que no era para tanto; «los hombres son muy tontos y ella no tiene encanto».

Tan grande era su belleza que a los hombres intimida; nadie solicita su amor, va muy sola por la vida.

Lo que toda mujer sueña para ella fue un infierno; en un pueblo tan atrasado tenían miedo a los cuernos.

Nació en esa época tonta, siendo siempre señalada; destacar tanto del resto no le sirvió para nada.

De niños jugamos juntos, de adultos fuimos «primos». De mozo me intimidaba... de abuelos hoy recordamos todo lo que nos perdimos.

Bajo aquel roble de niños, hoy descansa la memoria; de una mujer tan hermosa que se quedó sin historia.

El Zapato Caprichoso


El Zapato Caprichoso

Son amigas desde niñas, todo se lo cuentan ya, sus fracasos y aventuras, el cotilleo no falta jamás.

Los vi allí todos los días, y ayer me animé a entrar, obsesionada con ellos, los tenía que probar.

Algo nerviosa me puse, al empezar el intento, me costó mucho meterlo, ¡qué difícil el momento!

Me hacía daño la punta, en los lados me rozaba, una verdadera pena, porque ese sí me gustaba.

Como seguía empeñada, lo probé una vez más, pero al ponerme de pie, me hizo daño por detrás.

Tan justo me quedaba, que hasta gusto me daba, para disfrutar de aquello, allí me quedé sentada.

Me tuvieron que ayudar, tras pasar un mal rato, se acercó el dependiente, y desencajó el zapato.

—No vengas sin tus amigas, por ser tan presumida; la próxima te acompaño, que yo sé bien tu medida.

Desde entonces he aprendido, y no peco de imprudente: no me pruebo ni un zapato, si no viene el dependiente.

Pájaros de mal Agüero.


 

Pájaros de mal Agüero.

No le explicaron de niño el famoso refranero: que en esta vida existen pájaros de mal agüero.

Para él será la urraca, siempre lo tendrá presente; por ella sufrió una paliza que le dejó bien caliente.

Entró una en su corral, se quedó medio asustado: si le robaba un pollito, seguro era castigado.

El padre tenía escopeta, rápido pensó en usarla; antes que robara un pollo, él tenía que matarla.

No la apoyó en el hombro al sentir el retroceso; le sacudió un tal golpe que casi lo deja tieso.

Allí se quedó llorando, triste y desconsolado, y a la puñetera urraca ni siquiera había espantado.

Regresa el padre a casa cuando presencia la escena; le da una somanta de palos, ¡sí que la ha liado buena!

Le sacudía por todo, no tenía compasión; travesura que hiciera nunca tenía perdón.

Quizás fuera suya la culpa por hacer tal trastada, más no se deja en casa una escopeta cargada.

Era un padre severo, con ideas atrasadas. Seguro que en su niñez... ¡Él también haría trastadas!

Las heridas han sanado, más queda el eco del estruendo. Que no hay ave más oscura, que un padre que educa hiriendo.


H

Superman y el Rascacielos

 


Superman y el Rascacielos

Construir rascacielos, es algo que no comprendo. En uno de mil niveles, se declaró un incendio.

Problema para bomberos, no pueden llegar tan alto; indican a todo el mundo: —¡Que se tiren dando un salto!

Nadie se atreve a saltar, ni se distingue la acera. Por muy "machote" que seas, eso acojona a cualquiera.

Solicitan soluciones, pero ninguna les dan. No queda más presupuesto... que llamar a Superman.

Se pone en el piso cien, desde allí les va diciendo: —¡Saltad ahora de uno en uno, que os iré recogiendo!

Ante tan mítico héroe, nadie se queda dudando; al que no se decide, otro lo va empujando.

Salva a más de dos mil, todos son rescatados. Algún que otro rasguño, pero ninguno quemado.

Entre vítores y aplausos, todos dan sus cumplidos; pero entre los de piel oscura, se oyen muchos silbidos.

A pesar de ser un héroe, él no se había entrenado, y no supo distinguir... ¡El moreno del quemado!

Así termina esta historia, de aquel rescate fallido: ¡que ni el acero te salva si el héroe está confundido!



El Burro y la Suegra


El Burro y la Suegra

Hay suegras que son muy brujas, otras que son normales, las hay que quieren al yerno y aman a los animales.

Este tenía una suegra con muy poca simpatía, que al casarse con la hija, que no lo quería, decía.

Siempre de mala leche, fingía tener mil males, sacudía al que pillaba, pegaba a los animales.

El yerno tenía un burro al que mucho mencionaba, y ella, para vengarse, hasta al burro maltrataba.

Un día el burro se enfada, lanza una coz muy directa, le da en plena cabeza... ¡Allí mismo queda muerta!

La noticia de su muerte vuela de pueblo en pueblo, y un gran gentío de hombres se junta para el entierro.

El cura está asombrado ante tal demostración: —¡Qué buena era tu suegra, la querían un montón!

—Esa no es la verdad, padre, es un asunto más burdo: puse un anuncio en la prensa para vender este burro.

No es que me tengan estima, ni han venido por el luto; ¡buscan todos al burro para un alquiler por minuto!

Amores de Aldea


Amores de Aldea

Aquellos amores de aldea, costaba mucho encontrar. Se invertía mucho tiempo para llevarla al pajar.

Había muy poco surtido, en todo había carencia. No se usaba el reloj, se armaban de paciencia.

Así pasaban los años, sin poder cobrar la pieza. Eso llega a obsesionar y da dolor de cabeza.

Tras tanto tiempo buscando, con tanto tiempo perdido, al fin encuentra una moza y puede soltar un tiro.

Buscó el momento ideal para podérselo dar; una noche le propuso una cita en el pajar.

Era un sitio apartado, con la paja bien trillada y un haz de paja larga que servía de almohada.

Al empezar la función, él no lo podía creer: la chica pegó un salto y escapó a todo correr.

Tardó algo en reaccionar, con el calzón bajado. Salió corriendo tras ella a ver qué había pasado.

—¡Mejor me miras el culo! —le gritó sin descansar—. ¡Me ha pinchado esa aguja que se perdió en el pajar!

Se acabó allí la aventura, terminó el sueño anhelado; él se quedó con la aguja y el tiro... mal disparado.

Ecología de otros tiempos

 

Ecología de otros tiempos

Con estas historias trato de olvidar el presente, no caer en depresión y así activar la mente.

Agotar papel de baño, una cosa inesperada, jamás eso ocurriría en una época pasada.

Menos en aldeas remotas donde el váter no existía; cada uno se limpiaba con aquello que podía.

Se disponía del campo para hacer esa labor, allí, con el culo al aire, se hacía mucho mejor.

Era pura ecología, todo era aprovechado; los olores se esparcían, el campo queda abonado.

Para limpiarse el trasero no hacía falta papel fino: unas hojas, unas hierbas o una rama de espino.

Uno usó esta última y, al sentir los pinchazos, se quitó los pantalones para mirarse los bajos.

Al ver cómo los tenía, el muchacho se asustó, pegó un salto tremendo y de nalgas se cayó.

Impulsado por los nervios, el culo sigue apretando, las cachas se le contraen y se le siguen clavando.

Una tarea imposible que no sabe resolver; corrió a todo trapo y no se le ha vuelto a ver.

La leyenda le recuerda con el nombre de Rufino, que dio tres vueltas al mundo por quitarse aquel espino.

Aprende de esta tragedia y el consejo del vecino: ¡más vale papel en mano que el trasero de Rufino!

Prueba de la Cuarentena

Prueba de la Cuarentena

Cansada está de pecar y caer en tentaciones, quiere meterse a monja y marchar a las misiones.

Consejo le pide al cura, por ser el más indicado: que la aleje de los hombres en un lugar apartado.

—Elegiste un mal camino que ya no quieres seguir; te someteré a una prueba que habrás de conseguir.

Tengo un sobrino encerrado que duda en meterse a cura; el chico está en cuarentena para aclarar su cordura.

Te encerraré con él mismo, y si superas la prueba, él despejará sus dudas y tú saldrás como nueva.

Es un muchacho excelente, yo lo vivo vigilando: no se aparta de la Biblia, se pasa el día rezando.

Si superas ese examen serás una monja buena; no te será muy difícil, es solo una cuarentena.

Al entrar en la mazmorra llora el chico sin consuelo, pero empieza a dar saltos tirando la Biblia al suelo:

—¡Bendito seas, Señor, mis ruegos has escuchado! ¡Me mandas lo que te pido, me voy a poner morado!

Y así termina la historia, de la monja y el novicio: entraron para rezar... ¡Y le cogieron el vicio!

Del jamón al salchichón


 Del jamón al salchichón

Érase una vez una mujer, tan rica como aburrida, que aunque le sobrara el dinero, no era feliz en su vida.

Triste era ser tan potente y sentirse tan aislada; en una sociedad pobre, su plata no valía nada.

Tras más de treinta años largos siempre comiendo jamón, decidió cambiar el chip y probar el salchichón.

Repartió toda su herencia en la primera ocasión; los pobres la bendecían al bajar su posición.

Aquello fue como un postre, como una tarta de miel: los hombres todos querían probar un poco de pastel.

Al estar a su nivel se acabaron los complejos; ella era un prado verde que atraía a los conejos.

Parecía un enjambre buscando entrar en colmena, a pesar de que era fea y no estaba nada buena.

Tanta demanda tenía que la mujer se hizo un lío: siendo pobre fue más fácil el pescar un buen marido.

Es extraña la moraleja, ni espero que alguien la crea: liga más una pobre fea, que una rica... siendo fea.

Y así concluye este cuento: que el dinero es un estorbo, pues la cuenta corriente quita, lo que la pobreza da de morbo.

Retaguardia de urgencia


Retaguardia de urgencia

Mala suerte tuvo el chico, pues nació bastante feo. No le quedó otro remedio: entregarse al pastoreo.

A las hembras del rebaño les gustaba sobremanera, pero el macho, si podía, le embestía con fiera saña.

No todo es mala fortuna en esta vida tan dura: a la primera apuesta, le llegó la gran ventura.

Se retocó de lo lindo al mirarse en los espejos; no se conocía ni él, se acabaron sus complejos.

Nunca se había decidido, aunque estaba enamorado. Se presentó ante la moza sin miedo a ser rechazado.

La chica, al ver el cambio, se quedó muy impresionada. Aquel joven tan perfecto la dejó pronto prendada.

"¡Vaya suerte has tenido!", le decían en su entorno, "te ligaste al más gallardo que existe por el contorno".

De pronto y sin motivo, rompe ella la relación. Él, que está desconcertado, le exige una explicación.

"La verdad, estás de cine, eres un tipo muy majo. Pero te falta un retoque... ¡De cintura para abajo!"

Vuelve entonces a la clínica, sin perder un solo instante, a gastarse lo que queda... ¡Y ponerse un buen implante!



Las Maletas y las Vacaciones


 Las Maletas y las Vacaciones

En cuestión de vacaciones, las dan cuando les conviene, o cuando al jefe le sale de donde más le mantiene.

Antes eran en agosto, ahora todo ha cambiado: muchas ya no coinciden, las pasan por separado.

Este es el comentario que mucho se va escuchando: novias que se van de playa, novios que quedan currando.

Pero del todo no es malo, ni te dan tanto la lata; se evitan las discusiones cuando hacen la maleta.

Empiezan metiendo cosas, no saben cuándo parar; llevan mil cachivaches que nunca van a usar.

Mi novia es tan precavida —se cree que es muy lista— que lleva diez bañadores ¡y va a una playa nudista!

La mía, veinte cremas; no me da una explicación, siendo del África negra y más oscura que el carbón.

La mía es mucho más rara, debe estar mal de la olla: con diez cajas de condones... ¡Y encima no tiene polla!

Así que me quedo solo, con la duda y el mosqueo: ¡ella gasta los condones y yo pago el veraneo!