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martes, 20 de enero de 2026

Confidencias entre café y flores


 

Confidencias entre café y flores

Dos mujeres se reúnen, más que nada, a cotillear. Como ambas están casadas, tienen mucho que contar.

Los maridos siempre son tema de conversación; como ninguno es perfecto, les divierte la ocasión.

—¿Cómo vas con tu marido? Dicen que habéis discutido. —Nos pasa de vez en cuando, pero ya se ha convencido.

—Estoy de acuerdo contigo, no hay hombre que sea perfecto; con el tiempo te das cuenta de que todos tienen defectos.

—Ayer reñí con el mío, hoy volvió con mil colores, diciendo que me quería: ¡el amor de sus amores!

Al pasarse ya el enfado, nos entraron muchas ganas; puse en agua aquel ramo y volamos a la cama.

—El mío no es detallista, es más bien un desabrido, pero haciendo bien el amor... ¡No hay queja de mi marido!

Dos cosas son necesarias para arreglar desamores: saber usar la herramienta y acompañarla con flores.

Se miraron sonrientes, con el café ya acabado: con flores y buen empeño, el marido está arreglado.


El parto en el taxi Para e


 

El parto en el taxi

Para el taxi una pareja, la mujer, tripa hinchada; con lágrimas en los ojos, la cara muy colorada.

El hombre sale corriendo, tarda mucho en venir. La mujer se lamenta: está a punto de parir.

Al cuarto de hora aparece con total tranquilidad: —Llamé a toda mi familia, les conté la novedad.

—¡Taxista, vaya deprisa, que ya lo siento venir! —Mujer, cierra las piernas y no lo dejes salir.

—Ni caso a mi mujer, tú conduce muy prudente. Esta mujer, como todas, siempre es una impaciente.

No sé a quién hacer caso, ¡me puede dar un infarto! Estoy sufriendo yo más que si estuviera de parto.

Al fin llego al hospital, ya la bajan con la silla. Asoma ya la cabeza, la llevan en la camilla.

Él tarda mucho en pagar, dice: —¡Qué exagerada! Tiene muy poquito aguante, se queja siempre por nada.

Yo me libré por un pelo de tener que ser partero. El tío siguió tan tranquilo... ¡Y eso que era el primero!

El Recuerdo del Vaticano


 

El Recuerdo del Vaticano

En su luna de miel, eligen el Vaticano, por ser un lugar sagrado y con más calor humano.

Su madre, muy católica, les pide un recordatorio; una cosa muy sencilla, como cualquier abalorio.

Regresan y, al recordarlo, llega la gran cagada: la madre está esperando y no le compraron nada.

—Ahora te doy el recuerdo, es pequeño y muy discreto. Más tengo que ir al baño, que me está dando un aprieto.

Está meando y pensando qué se le puede ocurrir, qué regalarle a la madre y de ese apuro salir.

Pelos tiene de sobra, "ellos valdrán de recuerdo". Se arrancará unos pocos: dirá que son de San Pedro.

Se los entrega a su madre, que no logra comprender de dónde son esos pelos ni para qué pueden valer.

—Madre, no seas inculta, ¡esto es un gran recuerdo! Esos pelos pertenecen a los huevos de San Pedro.

—Perdón por mi ignorancia, ahora lo entiendo mejor. Sí que huelen a pescado... ¡San Pedro fue pescador!

¡Qué regalo tan sencillo para salir del apuro! La madre quedó contenta y él... sin gastar ni un duro.

La madre guarda el tesoro, con devoción y con celo. ¡Y hasta le reza un rosario, a cada punta de pelo!


H

La Medicina de la Vecina


 

La Medicina de la Vecina

Va a la farmacia a comprar una simple medicina, y allí, por casualidad, se encuentra con la vecina.

Gozan de buena salud, a los dos les hace gracia; se ponen a comentar por qué van a la farmacia.

Los dos buscan un calmante, fuerte, de relajación, pues llevan odio en el cuerpo por culpa de una traición.

«Mi marido es un cabrón, me pone bien los cuernos; le odio con toda mi alma, sin pastillas yo no duermo».

«A mí me pasa lo mismo, me engaña también mi mujer; esto clama una venganza, lo pienso y no sé qué hacer».

«Es la misma situación, olvidemos la añoranza; vayamos juntos a un hotel, cumplamos con la venganza».

Lógica proposición: «¡Que se salve el que más pueda! Que a ellos les den por saco, paguemos con su moneda».

Han pasado veinte años, su odio siguen tratando; esa enfermedad crónica... la curan de vez en cuando.

Siguen yendo a aquel hotel, con la misma medicina; ¡qué bendita la traición, que le unió con la vecina!

El crecimiento imprevisto

El crecimiento imprevisto.

Le están creciendo los pechos, una cosa exagerada. Todas las noches los mira, está muy preocupada.

Hace apenas quince días que se los fue a comprar: estrenó sujetadores y ya no los puede usar.

De muchos caprichos pasa, al menos de vez en cuando; a pesar de sus esfuerzos, ellos siguen engordando.

Al médico va muy poco, en contadas ocasiones; le da muchísima vergüenza enseñarle los melones.

Lo comenta con una amiga que tiene su misma edad; comparando ambos pechos, ella tiene la mitad.

No estaba preparada para un cambio tan tremendo; si le dicen que es normal, cree que le están mintiendo.

Al año la ve un amigo y no lo puede creer: que en un periodo tan corto tanto le puedan crecer.

Ante un cambio de tal talla, no lo puede remediar; él le pide, por favor, que se las deje tocar.

Ella accede a su petición, pero advierte una cosa: cree que es enfermedad, y además muy contagiosa.

—Llevas toda la razón, ¡rápido me has contagiado! Solo de tocar tus tetas, se me ha puesto... muy hinchado.

Ella se quedó asombrada, de ver tal inflamación, pensando que el pobre amigo, se moría de infección.


Contrastes del Tiempo


 

Contrastes del Tiempo

En épocas de juventud se hablaba de chicas finas; hoy, en la tercera edad, hablamos de medicinas.

Se presumía, y con ganas, de hacer muy bien el amor; ahora presume más el que tiene más dolor.

Triunfaba aquel que tenía más arrestos y cojones; hoy se lleva la medalla quien suma más operaciones.

De aquellas grandes comidas y de tener la tripa llena, pasamos a comer poco: solo un yogur de cena.

De tomarse unos cubatas que bien se podían beber, a un vasito de agua sola a la hora de comer.

De beber veinte cervezas y no tener que mear, a beber solo una caña... y ya para de contar.

De añorar el tiempo libre para salir a por conejos, a usar el tiempo que sobra contando historias de viejos.

De tener una aventura cada noche, siempre amando, al perpetuo mal humor de vivir siempre regañando.

Por si esto fuera poco, lo acaban de arreglar: sin poder salir de casa, ni siquiera a pasear.

Que la vida se nos pasa entre queja y decepción, ¡quién pillara aquellos años de alegría y de pasión!

El Milagro del Panteón


 

El Milagro del Panteón

Viuda quedó la mujer, no paraba de pensar, qué cosa podría hacer para hacerlo resucitar.

Encargó cincuenta misas, no le sirvieron de nada. Entre llanto y sin sonrisas, vivía desesperada.

A los santos recurrió, les pidió con devoción: si pecados cometió, que obtuvieran el perdón.

"Era demasiado joven para llevarlo hasta el cielo", dice a quienes la oyen, sumida en su desconsuelo.

Ya agotadas sus fuerzas, sin saber a quién llamar, por caminos y por fuerzas fue al panteón a rezar.

Esa conducta tan rara no pasó desapercibida, y aunque nadie se lo aclara, dicen que está "medio ida".

La espían por la noche, ven que después de rezar, sin pudor y sin reproche, se pone allí mismo a mear.

Asombrados le preguntan: "¿Por qué vas allí a mear?". Y sus razones se juntan: "¡A ver si al verme el 'pepe', se anima a resucitar!".

Y allí sigue la mujer, esperando el movimiento, por si el muerto, al ver tal "bien", sale de su enterramiento.


La sombra del roble


 

La sombra del roble

Bajo la sombra de un roble, era una época dura, era una época pobre.

Nacer tan extrañamente le otorgó gran fortaleza; creció siempre saludable, como la naturaleza.

Al llegar la madurez, se puso fuerte y tetona. Como entonces se decía: ¡era una tía jamona!

Al cruzarse por la calle, todos bajaban la vista; no estaban acostumbrados, era algo nunca visto.

Al entrar en la iglesia, nadie le quitaba el ojo; a los santos más devotos se les salían los ojos.

Las mujeres criticaban que no era para tanto; «los hombres son muy tontos y ella no tiene encanto».

Tan grande era su belleza que a los hombres intimida; nadie solicita su amor, va muy sola por la vida.

Lo que toda mujer sueña para ella fue un infierno; en un pueblo tan atrasado tenían miedo a los cuernos.

Nació en esa época tonta, siendo siempre señalada; destacar tanto del resto no le sirvió para nada.

De niños jugamos juntos, de adultos fuimos «primos». De mozo me intimidaba... de abuelos hoy recordamos todo lo que nos perdimos.

Bajo aquel roble de niños, hoy descansa la memoria; de una mujer tan hermosa que se quedó sin historia.

El Zapato Caprichoso


El Zapato Caprichoso

Son amigas desde niñas, todo se lo cuentan ya, sus fracasos y aventuras, el cotilleo no falta jamás.

Los vi allí todos los días, y ayer me animé a entrar, obsesionada con ellos, los tenía que probar.

Algo nerviosa me puse, al empezar el intento, me costó mucho meterlo, ¡qué difícil el momento!

Me hacía daño la punta, en los lados me rozaba, una verdadera pena, porque ese sí me gustaba.

Como seguía empeñada, lo probé una vez más, pero al ponerme de pie, me hizo daño por detrás.

Tan justo me quedaba, que hasta gusto me daba, para disfrutar de aquello, allí me quedé sentada.

Me tuvieron que ayudar, tras pasar un mal rato, se acercó el dependiente, y desencajó el zapato.

—No vengas sin tus amigas, por ser tan presumida; la próxima te acompaño, que yo sé bien tu medida.

Desde entonces he aprendido, y no peco de imprudente: no me pruebo ni un zapato, si no viene el dependiente.

Pájaros de mal Agüero.


 

Pájaros de mal Agüero.

No le explicaron de niño el famoso refranero: que en esta vida existen pájaros de mal agüero.

Para él será la urraca, siempre lo tendrá presente; por ella sufrió una paliza que le dejó bien caliente.

Entró una en su corral, se quedó medio asustado: si le robaba un pollito, seguro era castigado.

El padre tenía escopeta, rápido pensó en usarla; antes que robara un pollo, él tenía que matarla.

No la apoyó en el hombro al sentir el retroceso; le sacudió un tal golpe que casi lo deja tieso.

Allí se quedó llorando, triste y desconsolado, y a la puñetera urraca ni siquiera había espantado.

Regresa el padre a casa cuando presencia la escena; le da una somanta de palos, ¡sí que la ha liado buena!

Le sacudía por todo, no tenía compasión; travesura que hiciera nunca tenía perdón.

Quizás fuera suya la culpa por hacer tal trastada, más no se deja en casa una escopeta cargada.

Era un padre severo, con ideas atrasadas. Seguro que en su niñez... ¡Él también haría trastadas!

Las heridas han sanado, más queda el eco del estruendo. Que no hay ave más oscura, que un padre que educa hiriendo.


H

Superman y el Rascacielos

 


Superman y el Rascacielos

Construir rascacielos, es algo que no comprendo. En uno de mil niveles, se declaró un incendio.

Problema para bomberos, no pueden llegar tan alto; indican a todo el mundo: —¡Que se tiren dando un salto!

Nadie se atreve a saltar, ni se distingue la acera. Por muy "machote" que seas, eso acojona a cualquiera.

Solicitan soluciones, pero ninguna les dan. No queda más presupuesto... que llamar a Superman.

Se pone en el piso cien, desde allí les va diciendo: —¡Saltad ahora de uno en uno, que os iré recogiendo!

Ante tan mítico héroe, nadie se queda dudando; al que no se decide, otro lo va empujando.

Salva a más de dos mil, todos son rescatados. Algún que otro rasguño, pero ninguno quemado.

Entre vítores y aplausos, todos dan sus cumplidos; pero entre los de piel oscura, se oyen muchos silbidos.

A pesar de ser un héroe, él no se había entrenado, y no supo distinguir... ¡El moreno del quemado!

Así termina esta historia, de aquel rescate fallido: ¡que ni el acero te salva si el héroe está confundido!



El Burro y la Suegra


El Burro y la Suegra

Hay suegras que son muy brujas, otras que son normales, las hay que quieren al yerno y aman a los animales.

Este tenía una suegra con muy poca simpatía, que al casarse con la hija, que no lo quería, decía.

Siempre de mala leche, fingía tener mil males, sacudía al que pillaba, pegaba a los animales.

El yerno tenía un burro al que mucho mencionaba, y ella, para vengarse, hasta al burro maltrataba.

Un día el burro se enfada, lanza una coz muy directa, le da en plena cabeza... ¡Allí mismo queda muerta!

La noticia de su muerte vuela de pueblo en pueblo, y un gran gentío de hombres se junta para el entierro.

El cura está asombrado ante tal demostración: —¡Qué buena era tu suegra, la querían un montón!

—Esa no es la verdad, padre, es un asunto más burdo: puse un anuncio en la prensa para vender este burro.

No es que me tengan estima, ni han venido por el luto; ¡buscan todos al burro para un alquiler por minuto!

Amores de Aldea


Amores de Aldea

Aquellos amores de aldea, costaba mucho encontrar. Se invertía mucho tiempo para llevarla al pajar.

Había muy poco surtido, en todo había carencia. No se usaba el reloj, se armaban de paciencia.

Así pasaban los años, sin poder cobrar la pieza. Eso llega a obsesionar y da dolor de cabeza.

Tras tanto tiempo buscando, con tanto tiempo perdido, al fin encuentra una moza y puede soltar un tiro.

Buscó el momento ideal para podérselo dar; una noche le propuso una cita en el pajar.

Era un sitio apartado, con la paja bien trillada y un haz de paja larga que servía de almohada.

Al empezar la función, él no lo podía creer: la chica pegó un salto y escapó a todo correr.

Tardó algo en reaccionar, con el calzón bajado. Salió corriendo tras ella a ver qué había pasado.

—¡Mejor me miras el culo! —le gritó sin descansar—. ¡Me ha pinchado esa aguja que se perdió en el pajar!

Se acabó allí la aventura, terminó el sueño anhelado; él se quedó con la aguja y el tiro... mal disparado.

Ecología de otros tiempos

 

Ecología de otros tiempos

Con estas historias trato de olvidar el presente, no caer en depresión y así activar la mente.

Agotar papel de baño, una cosa inesperada, jamás eso ocurriría en una época pasada.

Menos en aldeas remotas donde el váter no existía; cada uno se limpiaba con aquello que podía.

Se disponía del campo para hacer esa labor, allí, con el culo al aire, se hacía mucho mejor.

Era pura ecología, todo era aprovechado; los olores se esparcían, el campo queda abonado.

Para limpiarse el trasero no hacía falta papel fino: unas hojas, unas hierbas o una rama de espino.

Uno usó esta última y, al sentir los pinchazos, se quitó los pantalones para mirarse los bajos.

Al ver cómo los tenía, el muchacho se asustó, pegó un salto tremendo y de nalgas se cayó.

Impulsado por los nervios, el culo sigue apretando, las cachas se le contraen y se le siguen clavando.

Una tarea imposible que no sabe resolver; corrió a todo trapo y no se le ha vuelto a ver.

La leyenda le recuerda con el nombre de Rufino, que dio tres vueltas al mundo por quitarse aquel espino.

Aprende de esta tragedia y el consejo del vecino: ¡más vale papel en mano que el trasero de Rufino!

Prueba de la Cuarentena

Prueba de la Cuarentena

Cansada está de pecar y caer en tentaciones, quiere meterse a monja y marchar a las misiones.

Consejo le pide al cura, por ser el más indicado: que la aleje de los hombres en un lugar apartado.

—Elegiste un mal camino que ya no quieres seguir; te someteré a una prueba que habrás de conseguir.

Tengo un sobrino encerrado que duda en meterse a cura; el chico está en cuarentena para aclarar su cordura.

Te encerraré con él mismo, y si superas la prueba, él despejará sus dudas y tú saldrás como nueva.

Es un muchacho excelente, yo lo vivo vigilando: no se aparta de la Biblia, se pasa el día rezando.

Si superas ese examen serás una monja buena; no te será muy difícil, es solo una cuarentena.

Al entrar en la mazmorra llora el chico sin consuelo, pero empieza a dar saltos tirando la Biblia al suelo:

—¡Bendito seas, Señor, mis ruegos has escuchado! ¡Me mandas lo que te pido, me voy a poner morado!

Y así termina la historia, de la monja y el novicio: entraron para rezar... ¡Y le cogieron el vicio!

Del jamón al salchichón


 Del jamón al salchichón

Érase una vez una mujer, tan rica como aburrida, que aunque le sobrara el dinero, no era feliz en su vida.

Triste era ser tan potente y sentirse tan aislada; en una sociedad pobre, su plata no valía nada.

Tras más de treinta años largos siempre comiendo jamón, decidió cambiar el chip y probar el salchichón.

Repartió toda su herencia en la primera ocasión; los pobres la bendecían al bajar su posición.

Aquello fue como un postre, como una tarta de miel: los hombres todos querían probar un poco de pastel.

Al estar a su nivel se acabaron los complejos; ella era un prado verde que atraía a los conejos.

Parecía un enjambre buscando entrar en colmena, a pesar de que era fea y no estaba nada buena.

Tanta demanda tenía que la mujer se hizo un lío: siendo pobre fue más fácil el pescar un buen marido.

Es extraña la moraleja, ni espero que alguien la crea: liga más una pobre fea, que una rica... siendo fea.

Y así concluye este cuento: que el dinero es un estorbo, pues la cuenta corriente quita, lo que la pobreza da de morbo.

Retaguardia de urgencia


Retaguardia de urgencia

Mala suerte tuvo el chico, pues nació bastante feo. No le quedó otro remedio: entregarse al pastoreo.

A las hembras del rebaño les gustaba sobremanera, pero el macho, si podía, le embestía con fiera saña.

No todo es mala fortuna en esta vida tan dura: a la primera apuesta, le llegó la gran ventura.

Se retocó de lo lindo al mirarse en los espejos; no se conocía ni él, se acabaron sus complejos.

Nunca se había decidido, aunque estaba enamorado. Se presentó ante la moza sin miedo a ser rechazado.

La chica, al ver el cambio, se quedó muy impresionada. Aquel joven tan perfecto la dejó pronto prendada.

"¡Vaya suerte has tenido!", le decían en su entorno, "te ligaste al más gallardo que existe por el contorno".

De pronto y sin motivo, rompe ella la relación. Él, que está desconcertado, le exige una explicación.

"La verdad, estás de cine, eres un tipo muy majo. Pero te falta un retoque... ¡De cintura para abajo!"

Vuelve entonces a la clínica, sin perder un solo instante, a gastarse lo que queda... ¡Y ponerse un buen implante!



Las Maletas y las Vacaciones


 Las Maletas y las Vacaciones

En cuestión de vacaciones, las dan cuando les conviene, o cuando al jefe le sale de donde más le mantiene.

Antes eran en agosto, ahora todo ha cambiado: muchas ya no coinciden, las pasan por separado.

Este es el comentario que mucho se va escuchando: novias que se van de playa, novios que quedan currando.

Pero del todo no es malo, ni te dan tanto la lata; se evitan las discusiones cuando hacen la maleta.

Empiezan metiendo cosas, no saben cuándo parar; llevan mil cachivaches que nunca van a usar.

Mi novia es tan precavida —se cree que es muy lista— que lleva diez bañadores ¡y va a una playa nudista!

La mía, veinte cremas; no me da una explicación, siendo del África negra y más oscura que el carbón.

La mía es mucho más rara, debe estar mal de la olla: con diez cajas de condones... ¡Y encima no tiene polla!

Así que me quedo solo, con la duda y el mosqueo: ¡ella gasta los condones y yo pago el veraneo!



lunes, 19 de enero de 2026

Dudas y temores en la primera cita


 

Dudas y temores en la primera cita

Tiene cita importante, es cerca de las diez; no sabe si dolerá, al ser la primera vez.

Él es guapo y atractivo, ya la está esperando; un beso de bienvenida para irse relajando.

La mete en la habitación, muy educado la invita: «Póngase muy cómoda, y quédese quietecita».

—Sé que es la primera vez, soy experto en la cosa; lo haré con mucha suavidad, no se ponga nerviosa.

Le introduce algo redondo, siente un poco de dolor; lo mete muy lentamente, con cuidado y con rigor.

Ahora viene lo peor, pues emplea más fuerza; le pide que se relaje, no quiere que se le tuerza.

Al final ya se la saca, ella se encuentra mejor; no fue tan grave la cosa, ya no siente más dolor.

—Te doy mi enhorabuena, ¡qué valiente y dispuesta! —Es que caí en buenas manos, ¡pues eres un buen dentista!

Se marcha muy sonriente, con la boca anestesiada, pensando que, después de todo, no ha sentido casi nada.

Son amores antiguos


 Son amores antiguos

Son amores a la antigua, de una época lejana: el mozo en plena calle, ella tras la ventana.

Se estilaba el cortejo con una manta de lana; se tapaba el pretendiente y cubría la ventana.

La moza estaba por dentro, separada por barrotes, evitando así los padres que se dieran cuatro azotes.

Pusieron mil barreras para evitar el pecado, pero muchas veces vimos que nada había servido.

Los padres, muy enfadados, piden mil explicaciones: sus hijas están con tripa... ¡están hasta los melones!

Aunque la ventana sea alta, es muy fácil explicar: se ponían unos zancos para así poder llegar.

Con el cuerpo entre las rejas, bien te salen las cuentas; eso facilita mucho el uso de herramientas.

Si la noche es muy oscura y la manta es muy parda, el trabajo se prolonga hasta la luz del alba.

A pesar de las rejas, pusieron mosquiteras; pero las tripas siguieron saltando las barreras.

La manta dejó de usarse, cambió la forma de amar; emigró la juventud, los padres quedaron atrás.

Hoy la mujer se libera, la medicina camina; se hinchan menos barrigas, se usa más la "gabardina".

Ya no se usan las mantas, ni se escala la pared; hoy se buscan los amores atrapados en la red.



Recuerdos de un viaje


 Recuerdos de un viaje

¿Recuerdos? ¿Solo esos recuerdos? Los que me quedaron de ti, que no me quisiste a mí y con otro te marchaste. No supiste que el amor estaba en lo que dejaste.

Me diste muy poco afecto y escasas satisfacciones, despreciaste mis amores y el alma me has malherido; me dejaste aquí olvidado, triste, solo y deprimido.

Me enviaste por otro rumbo, quizás fuera mi destino, pero me queda la duda al verte por el camino. Que otro disfrutó de ti y nada quedó para mí.

No sé cómo te fue la vida, deseo que te fuera bien, y que no sufras la herida de haber perdido aquel tren.

Si tan solo lo hubieras tomado, sin miedos y sin equipaje, hoy nos quedaría el recuerdo... el recuerdo de un buen viaje.

Así se escriben las sombras, con huellas que borra el ayer. Tú eres solo un recuerdo... de lo que no pudo ser.

Poco ducho en el amor


Poco ducho en el amor

Poco ducho en el amor, ansioso de sensaciones, se fue para la discoteca donde hay chicas a montones.

Se siente muy despistado, no sabe ni cómo entrar, y se queda recostado con un whisky en la barra del bar.

A su vera una morena bebe un trago con fijeza; los dos miran a una rubia y sonríen con franqueza.

—A ti te gustan las rubias, no miras a las morenas; la verdad es un bombón, esa tía está muy buena.

Me la llevaría a casa, allí la desnudaría; cubierta toda de nata, yo me la merendaría.

Con ese pecho que tiene, que parecen dos volcanes, mi lengua se pegaría como pegan dos imanes.

Rozaría yo sus muslos, suave, muy suavemente; perdería entre sus piernas la cabeza hasta la frente.

Le haría el amor mil veces con locura y con pasión; no me importaría morir de un ataque al corazón.

—Tú eres una morena que está de mucho paquete; olvidemos a la rubia... ¡y echemos un casquete!

—Eres un tío muy majo, iría de buena gana, ¿pero no te habías fijado en que yo soy una lesbiana?

—Si eso hace una lesbiana, a mí me está enamorando; ¡enséñame a ser lesbiano, que yo me paso a tu bando!

—Siendo así —dijo el novato—, ¡ya no hay más discusión! Pídete otra copa, "socia", y busquemos un bombón.

El Soltero y el Pastel Rancio


 El Soltero y el Pastel Rancio

En una noche de frío, comentaba un hombre casado: —Como estás solo y soltero, te vas a quedar helado.

—No lo crees ni borracho, soy el más feliz del mundo; es posible que no sepas que yo vivo en un segundo.

Rodeado de vecinas que todas están de vicio, tan jóvenes y bonitas que calientan el edificio.

En casa, medio desnudo, solo uso el albornoz, por si alguna me llamara para pedir sal o arroz.

Como soy un buen vecino, siempre dispuesto al favor, le puedo echar una mano... o las dos, si es lo mejor.

—No te tires tantos faroles, eres un soltero feo; nunca te has comido un dulce ni catado un caramelo.

Así que mejor no presumas de estar rodeado de mujeres, que están tras una vitrina y ni de lejos las hueles.

—Peor es estar casado y andar siempre amargado, con un solo pastel rancio... ¡y deseando el de al lado!

—Sigue soñando, vecino, entre arroz y albornoces, que a falta de pan, buenas son... ¡Tus fantasías precoces!


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El Aprendiz de Tratante.

 El Aprendiz de Tratante

Un niño pide a su padre que le deje acompañar, a la feria del ganado para aprender a comprar.

—Hijo mío, puedes venir, ya que pones tal empeño; las cosas se aprenden bien si se empieza de pequeño.

Hay que fijarse en los tratos, no es una cosa sencilla, y menos cuando se trata de escoger una novilla.

El padre empieza a mirar su buen lustre y estatura; ve una que le convence, revisa su dentadura.

Da palmadas en el lomo, ve si es brava o inquieta, le tienta bien la barriga y le soba bien las tetas.

El niño está asombrado, no dice ni una palabra; aquello ya lo ha visto antes y se ha quedado sin habla.

—Puedes dar ya tu opinión, dime si te ha gustado; no has abierto ni la boca, te veo como atontado.

—Eso se lo hace el novio a mi hermana en el pajar; y él no tiene ni una perra... ¡Ni!
la piensa comprar!

El padre quedó de piedra, rascándose la cabeza: —¡En la feria se hace el trato, pero en casa la sorpresa!

Polivalentes los niños


Polivalentes los niños

Polivalentes los niños, teníamos que valer para todo: hasta llevar a la vaca a que la montara el toro.

Un padre le dice al niño: —Ponle a la vaca el ramal, y llévala donde el toro, que la tiene que montar.

Ten mucho cuidado, hijo, que no te dé una patada; no sea que el toro se embale y te suelte una cornada.

—Átale, una soga larga, que no se pueda soltar, pues si ella no está dispuesta, se te podría escapar.

El niño agarra a la vaca, la guía con gran ternura, pero a mitad del camino, se tropieza con el cura.

—¿A dónde vas tú, rapaz, con la vaca tan atada? —A que la monte aquel toro, a ver si queda preñada.

—Lo que haces es peligroso, no lo sabrá ni tu madre; esto no es cosa de niños, debería hacerlo tu padre.

—Mi padre ya lo intentó, y no sirvió para nada; si el toro no la monta ahora, no quedará la preñada.

El cura se fue asombrando, santiguándose al andar: —¡Vaya cosas de estos tiempos, que ni el padre sabe ya!



El Ciclo del Altar

El Ciclo del Altar

Si te casas por la iglesia, esto te puede pasar: que con el tiempo se olvide lo jurado ante el altar.

Hay un periodo primoroso donde cumples los juramentos, hasta que llegan los hijos y truncan esos inventos.

Al repartir el cariño, al hombre le llega menos; cuando llega el segundo... ¡Ahí sí que lo perdemos!

Si es familia numerosa, no veas lo que se avecina: la mujer se deteriora y miras a la vecina.

Sigue el curso de la vida, los hijos se van del hogar; empieza un nuevo ciclo que no sabes afrontar.

A todo esto le añadimos que te encuentras jubilado; no puedes estar en casa, estorbas en cualquier lado.

Lo llevas como puedes, se va agotando la edad; ya solo esperas "cascarla" a ver si hay felicidad.

No encuentras la alegría, y mucho menos consuelo, hasta que te encuentras de nuevo con tu mujer en el cielo.

—¡Marido, qué alegría! ¡Nos volvemos a encontrar! Seguiremos las promesas que hicimos ante el altar.

—¡Me tienes hasta los cojones! ¡A ti no hay quien te pare! Que la promesa solo fue... ¡Que la muerte nos separe!

San Pedro mira de lejos, se ríe de la situación: "¡Haber leído la letra pequeña, antes de la bendición!"

El Genio de las Finanzas


 El Genio de las Finanzas

Dudaba de su mujer, y lo que aún era peor: le dolía la cabeza, nunca hacían el amor.

Su trabajo era una mierda, él no era ningún artista; como tantos españoles, era un simple mileurista.

Su mujer era estupenda, merecía sus alabanzas: ahorraba mil euros al mes, ¡un genio de las finanzas!

Difícil de comprender, hasta para un ignorante; cada día sospecha más que ella tiene un amante.

Su sospecha se confirma, los pilla en plena acción: «¡Voy a cortarle los huevos a ese pedazo cabrón!».

—Marido, piénsalo un poco, no le cortes los cojones; te quedas sin casa y coche, no habrá más vacaciones.

Esto detiene al marido, que se queda meditando, mientras el amante espera en la cama tiritando.

Rápido coge una manta, ella cree que va a asfixiarlo, pero con delicadeza él se dispone a arroparlo.

—¿Marido, qué coño haces? ¿No lo ibas a liquidar? —Con la mierda de tu sueldo, jamás podrías ahorrar.

No me tildes de loco, soy un tío muy cuerdo: cuidaré con cariño este aumento de sueldo.

Ya no importa la cornamenta, ni el orgullo, ni el honor; si el amante paga el coche, ¡que viva el trío y el amor!

El Mandil y el Delantal


El Mandil y el Delantal

Es un pequeño recuerdo a unas prendas sin igual, hoy puestas en el olvido: el mandil y el delantal.

Prendas que son muy antiguas con infinidad de usos; como una navaja suiza, fueron prendas multiusos.

Se veían en las abuelas, que en aquel gran bolsillo lo mismo guardaban todo... ¡Parecía un rastrillo!

Cuando algo se rompía, en verano o en invierno, echaban mano al mandil y ponían un remiendo.

Si la abuela te veía que te colgaba el moquillo, la solución la tenía ahí mismo, en el bolsillo.

Por debajo del mandil, las había con mucha maña; con gran disimulo ellas se rascaban la castaña.

Si el novio le comentaba: —"¿Cómo estás, vida mía?"—, levantando dicha prenda sabía lo que quería.

Y si sentía vergüenza al ver una cosa rara, esas prendas le valían para taparse la cara.

Si esto pasara ahora, causaría mucha risa; antes solo lo quitaban para asistir a la misa.

Hoy quedan en el baúl, descansando en el olvido, pero guardan el aroma de lo mucho que han querido.

En la fiesta de San Juan

 En la fiesta de San Juan

En la fiesta de San Juan, para buscarme una novia, te puse un ramo de guindas con una dedicatoria.

Te puse un hermoso ramo sin quitarle una cereza, pues te mereces el mundo por tu gracia y tu belleza.

Subí a lo alto del tejado, te puse el ramo, mi vida; si me quieres, dímelo, que tu mano será pedida.

Para ponerte ese ramo mucho he tenido que sufrir, pero por lograr tu amor no dejaré de insistir.

Anoche, sin luna llena, subí hasta tu tejado; son locuras que se hacen por estar enamorado.

Si tu padre se enterase de que rompí un par de tejas, me hincharía bien el morro y tiraría de mis orejas.

Si nuestra relación quieres al fin formalizar, te espero cuando oscurezca escondido en el pajar.

Más si el padre se enteraba y uno no era de su agrado, ¡te daba un tiro en el culo y salías mal parado!

Era todo muy romántico, arriesgado y divertido; es una verdadera pena lo mucho que se ha perdido.


Goles en el pasado

Goles en el pasado

Una noche se encontró con un amor del pasado. Habían pasado mil años, pero no fue olvidado.

Qué dulce resulta el recuerdo de amores y de aventuras, aquellas llenas de besos, abrazos y calenturas.

Coinciden los dos ahora: les faltó hacer el amor, por eso aquel viejo noviazgo les fue de mal en peor.

—Hoy podemos hacerlo, soy moderna y decidida, ya no tengo aquel temor de que crezca mi barriga.

Cuando la vio ya desnuda se disparó la pasión, volvió a cumplir los veinte y se puso como un león.

Él estaba sudando, ella pedía más meneo, casi caen de la cama con el fuerte traqueteo.

Su mujer le da un codazo, él despierta alborotado. —Sueñas, roncas y jadeas, ¡vete a dormir a otro lado!

¿Me quieres explicar ahora qué coño te está pasando? Dices más tonterías que si estuvieras soñando.

Él se frota los ojos, no sabe qué responder: —¡Es que soñaba con fútbol, no te enfades, mi mujer!

Las etapas del aparato

Las etapas del aparato

Estudió en un convento, donde estuvo internada. Sabía poco de hombres, estaba mal informada.

Le pregunta a su madre, aprovechando un rato: —Que me explique, señora, ¿cómo va el aparato?

—Espera un poco, hija, lo pienso unos momentos. Cuando lo tenga claro, te daré los ejemplos.

Tiene varias etapas, ese "miembro" tan noble: A los veinte es perfecto, fuerte como un roble.

Pasamos a los treinta, vivaracho y manejable; puedes jugar con él, es flexible y confiable.

Llegamos a los cincuenta, y se empieza a doblar; si lo tratas con cariño, aún sirve para jugar.

De los cincuenta a sesenta, etapa de transición: padece el mal del sueño y se vuelve dormilón.

Al llegar la tercera edad, no lo calienta ni el horno; no quiere salir de casa y es puro objeto de adorno.

Ya lo sabes, hija mía, ahí tienes la información. Y si dudas... ve con tu padre, que lo tiene en el colchón.

Hija, no busques más ciencia, ni pidas más explicación, que a los años del viejo... solo queda la intención.

El Yerno y la Suegra

El Yerno y la Suegra

Vive con su suegra bruja, la quiere menos que al gato, un día la dan por muerta, busca un entierro barato.

Nada de tumba de mármol, ni lujos de panteón, que la entierren boca abajo en caja de cartón.

La llevan al velatorio con el ataúd cerrado, de una patada lo rompe: ¡la vieja ha resucitado!

No fue tal resurrección, pues ella no estaba muerta, sufrió una catalepsia mientras echaba la siesta.

El yerno sale corriendo, creyendo que es una guasa, con esa bruja viviente no quiere volver a casa.

Un amigo se lo encuentra abatido y asustado, le da el sentido pésame porque cree que ella ha palmado.

—Yo también me lo creí, compré una caja barata, ¡pero la bruja la rompió con solo estirar la pata!

—Eres un puto tacaño, te está bien empleado, ¿no conoces el refrán? ¡Que lo barato sale caro!

Para la próxima vez, lo que tienes que hacer: ¡cómpralo de acero puro que no lo pueda romper!

Que sirva de moraleja a todo yerno tacaño: si no inviertes en la caja, ¡te durará cien mil años!

Me equivoqué de entierro!


¡Me equivoqué de entierro!

Su marido se murió, y lo piensa celebrar, en cuanto acabe el entierro, se piensa ir a emborrachar.

Siempre fue un gran cabrón cometiendo mil maldades, pero al llegar el entierro, resaltan sus bondades.

El cura suelta el sermón, cosas del cristianismo: "ningún muerto fue malo", a todos dicen lo mismo.

"Fue un perfecto cristiano, cumplió los mandamientos, tenía un gran corazón y nobles sentimientos".

"Era el padre perfecto, un marido ejemplar, amó siempre a todo el mundo, desde el principio al final".

La viuda al oír aquello, siente que estalla su ira, no lo puede soportar, se da la vuelta y se pira.

"¡María, no te escabullas! que no terminó la cosa, aún queda rezar un poco y dejarlo en la fosa".

"Ese no era mi marido, era un cabrón y un perro; por lo que usted está contando... ¡me equivoqué de entierro!

Si ese es un hombre tan bueno, que lo llore su familia, yo me voy a la otra caja a brindar con alegría".

Cuestión de imagen

 Cuestión de imagen

Políticas con melena, políticos sin afeitar; no traen buenas noticias, tratan de disimular.

Seguro se dejan barba, ya sea corta o alargada, es para que no les digan que les sobra mucha cara.

Si se rapan la cabeza, cuidándola con esmero, es solo para ocultar que se les ve el plumero.

Dicen palabras extrañas, juegan a desorientar, cuando todos entendemos lo que es subir y bajar.

Las políticas también usan otra estratagema: se tapan media cara con una larga melena.

Si quisieran dar la cara de una forma más sencilla, lo más lógico sería usar una simple horquilla.

Si hoy dan una noticia, no vale al día siguiente; tratan de volvernos locos y destrozarnos la mente.

En conclusión del asunto, todo es un puro camelo: no cumplen lo prometido, nos están tomando el pelo.

Que no nos engañe el corte, ni el tinte ni el peinado, que el político se viste con lo que nos ha quitado.



El Desastre de la Colada

El Desastre de la Colada

Juntó tantos calzoncillos, una cosa exagerada, quería lavarlos todos en una sola tongada.

Puso bien la lavadora, añadió el detergente, echó una gran cantidad con programa muy caliente.

Cuando los quiso sacar, eran un puro desecho, no entendía qué pasó para que ocurriera eso.

Al leer bien la etiqueta, descubrió el desaguisado: no puso lo que debía, ¡vaya si se había equivocado!

Querer tanta limpieza se convierte en una manía, pues cargó la lavadora con dos litros de lejía.

Ahora está sin calzoncillos, con las bolas al aire colgando, se pondrá una mascarilla mientras las va desinfectando.

Las desgracias no terminan, se vuelve a equivocar: usó alcohol de noventa ¡y se le van a pelar!

Entra rápido en la ducha para aliviar el momento: han desaparecido las bolas y el complemento.

Tanta recomendación que exige mucha limpieza, puede dejar a uno tonto... ¡Y hasta perder la cabeza!


La Vida de un Sueño

La Vida de un Sueño

Cuentan las malas lenguas que ella nació dormida; con un golpe en el trasero comenzó recién su vida.

La enfermedad del sueño no era entonces conocida; al no haber tratamiento, le marcó toda su vida.

En el cole se dormía, en la iglesia hasta roncaba; cualquier sitio le servía si la siesta la llamaba.

Su novio le da cien besos, más ella no se despierta; se queda siempre dormida con la boca medio abierta.

Llega la noche de bodas, la gran noche de su vida; solo con tocar la cama se queda ya inadvertida.

Y así se queda en estado, sin saber cómo ha pasado; como siempre está dormida, ni de la unión se ha enterado.

Llega el día del alumbramiento y se encuentra muy calmada; se sume en un sueño profundo, sin sentirse importunada.

Su vida pasó deprisa en un letargo risueño; seguro que sufrió poco viviendo dentro de un sueño.

Si los sueños son felices y se gozan con alegría, se levanta uno dichoso y pasa mejor el día.

Pienso que vivir así sería hasta interesante: ¡dejaría uno de pensar en tanto golfo y mangante!

Y así descansa la pobre, sin penas y sin desvelo, que si aquí vivió durmiendo, roncando estará en el cielo.

El encuentro de las ocho

 El encuentro de las ocho

Me siento medio dormida, me lo meto en la boca. No me espabila nada, hasta me quedo más sopa.

Siento que se ha salido, lo vuelvo a introducir. Lo agarro con firmeza, que no se vuelva a salir.

Lo muevo a todos lados, le doy arriba y abajo. Como le doy tan fuerte, me hace un daño del carajo.

Me asombro al sacarlo: ¡deja pelos en mi boca! Pienso que no estoy despierta o me estoy volviendo loca.

Parece que me habla, diciendo: "pero qué mema, para meterme en la boca, tienes que darme una crema".

Tras untarle la pasta, eso empieza a gustarme. Al paladear su sabor, logro al fin desperezarme.

Su gusto es exquisito, me llega a emocionar. ¡Tanto nervio pongo en ello, que me ha hecho hasta sangrar!

Lo miro detenidamente y me pongo a pensar: "Este cepillo de dientes... ¡Lo tengo que cambiar!".

Aclaro mis pensamientos, mientras me enjuago la cara: ¡No se puede estar tan tonto con la luz de la mañana!